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El Padre Pistolas es invitado al programa de Adela Micha… ¡pero lo que dice hace que lo censuren!

La productora soltó una pequeña risa al otro lado de la línea. Precisamente por eso queremos tenerlo, padre. Adela valora la autenticidad. No queremos que cuide sus palabras ni que sea alguien que no es. Queremos justamente al padre Pistolas que todos comentan con su estilo directo y sin tapujos.

El sacerdote miró por la pequeña ventana de su oficina. Afuera el pueblo comenzaba su actividad diaria. Los niños caminaban hacia la escuela. Los comerciantes abrían sus pequeños negocios y algunos campesinos ya regresaban del campo con productos frescos. Era su gente y él había dedicado su vida a servirles y protegerles a su manera.

¿Cuándo sería? preguntó finalmente, “El próximo miércoles mandaríamos un auto por usted el martes para que se hospede en la ciudad y esté descansado para el programa.” El padre Pistolas reflexionó por unos momentos. Quizás esta era una oportunidad para hablar de los verdaderos problemas que enfrentaban las comunidades rurales, lejos de las opiniones filtradas de políticos y funcionarios que rara vez pisaban estos lugares.

Está bien, respondió con determinación, pero con una condición. Iré con mi propia camioneta. No me gusta depender de nadie para moverme como usted prefiera, padre”, respondió la productora sin poder ocultar su entusiasmo. “Le enviaremos todos los detalles por mensaje. El programa comienza a las 10 de la mañana, pero necesitamos que esté en el estudio a las 8 para maquillaje y sonido.” Maquillaje.

El padre soltó una carcajada ronca. Mire, señorita, yo voy como soy, sin maquillajes ni arreglos. O me aceptan así con esta cara que Dios me dio o mejor busquen a otro. Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. De acuerdo, padre. Lo consultaré con Adela, pero estoy segura que no habrá problema. Lo importante es que haya aceptado la invitación.

Tras colgar, el padre Pistolas permaneció sentado en su escritorio por varios minutos. Por su mente pasaron todas las posibles preguntas que podrían hacerle, todos los temas controversiales que había tocado a lo largo de su ministerio, su postura sobre el uso de armas para defenderse del crimen organizado, sus críticas a algunos políticos, sus remedios naturales que había promovido entre la gente, sus comentarios sobre diversas situaciones sociales que le habían valido amonestaciones de la jerarquía eclesiástica. Doña Lupita tocó

suavemente a la puerta antes de asomarse. “Todo bien, padre”, preguntó con genuina preocupación. “Sí, Lupita”, respondió mientras se levantaba y se quitaba la casulla. “Me han invitado a un programa de televisión en la ciudad de México con Adela Micha.” La mujer abrió los ojos con sorpresa. “Ave María purísima.

¿Y va a ir?” “Pues ya dije que sí”, contestó con ese tono directo que lo caracterizaba. Tal vez ya es hora de que en la capital escuchen algunas verdades, aunque no les gusten. Mientras salía de la oficina, el padre Pistolas ya sentía esa mezcla de nerviosismo y determinación que siempre precedía a sus momentos más definitorios. No lo sabía en ese momento, pero aquella llamada telefónica era el comienzo de lo que se convertiría en uno de los episodios más comentados de la televisión mexicana reciente.

“Dios me guarde y me ampare”, murmuró para sí mismo mientras se santiguaba, “Porque lo que tengo que decir lo voy a decir, aunque tiemble el mundo.” La noticia de la invitación televisiva corrió como pólvora por Chucándiro. Para el mediodía no había persona en el pueblo que no estuviera enterada de que su párroco aparecería en el programa de Adela Micha. Las opiniones estaban divididas.

Algunos veían con orgullo que su sacerdote tendría un espacio nacional para hablar sobre los problemas que enfrentaban. Otros temían que su estilo directo solo traería más problemas con la arquidiócesis de Morelia. Ya ve cómo es la gente de la televisión. Padre, le advirtió don Heriberto, uno de los ancianos más respetados del pueblo, mientras compartían un café en la pequeña plaza.

Lo van a querer hacer quedar mal. Esa señora Micha es muy buena para sacarle a uno lo que no quiere decir. El padre Pistolas dio un sorbo a su café. negro antes de responder. Mire, don Ji, yo solo tengo una forma de hablar y es diciendo la verdad. No tengo nada que esconder. Si me quieren hacer trampa, pues allá ellos y su conciencia.

A lo largo de los días siguientes, el sacerdote continuó con sus labores habituales, misas diarias, visitas a enfermos, pláticas con los jóvenes del bachillerato que él mismo había ayudado a construir, pero en los momentos de soledad no podía evitar pensar en lo que significaría esa entrevista. El martes por la mañana, el padre Pistolas preparó su vieja camioneta Ford para el viaje a la Ciudad de México.

Era un modelo de los años 90 con la pintura desgastada por el sol y los caminos rurales, pero el motor funcionaba perfectamente gracias al mantenimiento constante que él mismo le daba. ¿Seguro que no quiere que lo acompañe, padre?, preguntó Tomás, un joven que frecuentemente le ayudaba con las labores más pesadas de la parroquia.

“Son muchas horas de carretera.” “No, hijo, esto es algo que tengo que hacer solo”, respondió mientras acomodaba una pequeña maleta en el asiento trasero. Además, alguien tiene que quedarse a cuidar, que no se metan a robar las limosnas. Antes de partir, el sacerdote entró a la iglesia vacía, se arrodilló frente al altar y permaneció en silencio por varios minutos, como buscando claridad o tal vez valor.

Finalmente se santiguó, se ajustó el revólver bajo el cinturón y salió decidido hacia su vehículo. El camino hacia la capital era largo, más de 4 horas por carreteras que alternaban tramos bien pavimentados con otros llenos de baches y curvas peligrosas. El padre pistolas conducía con la ventanilla abajo, dejando que el aire le refrescara mientras escuchaba en la radio noticias sobre la violencia que continuaba azotando diversas regiones del país.

Y luego se preguntan, ¿por qué uno anda armado? murmuró para sí mismo al escuchar sobre un enfrentamiento entre carteles rivales en un municipio cercano. A mitad del camino se detuvo en un puesto de comida al borde de la carretera. La señora que atendía lo reconoció de inmediato. “Padre pistolas”, exclamó con genuina sorpresa. “¿Qué lo trae por estos rumbos?” Voy a la ciudad de México, hija”, respondió mientras se sentaba en una de las mesas de plástico bajo una lona que proporcionaba sombra.

“Me invitaron a un programa de televisión. ¿Va a salir en la tele?”, preguntó asombrada mientras le servía un plato de quesadillas. “Tengo que avisarle a mi familia para que lo vean. Es con Adela Micha”, añadió el sacerdote dándole un mordisco a su comida. Mañana por la mañana, la mujer se persignó de inmediato.

Tenga cuidado, padre. Esa señora es muy lista para sacarle a uno todo. Mi esposo dice que a los políticos los hace quedar como tontos cuando van a su programa. “Pues yo no soy político, gracias a Dios”, respondió con una sonrisa. “Y no tengo nada que ocultar.” Tras terminar su comida y bendecir el negocio de la señora, el padre Pistolas continuó su viaje.

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