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El Mariachi Preguntó: Alguien sabe cantar? Cuando el Cantante Faltó — Jose Alfredo Jimenez Hizo Esto

Esa noche, sin embargo, algo en el aire de la cantina empezaba a tensarse de una manera distinta a las noches anteriores. El murmullo de las mesas tenía ya esa textura inquieta de quien espera algo que no llega y comienza a preguntarse en voz cada vez más alta, ¿por qué no llega? Reyes miraba hacia la puerta cada pocos segundos, como si mirar con más insistencia pudiera apresurar la llegada de alguien que evidentemente no iba a llegar.

Y mientras el dueño de la cantina calculaba cuánto tiempo más podía sostener esa espera sin que el público empezara a pedir que le devolvieran su dinero, en la mesa del fondo, José Alfredo seguía tomando su café frío, sin saber todavía que esa espera, esa  tensión, ese pequeño desastre que se estaba formando en el escenario vacío de la sirena, era exactamente la grieta por la que su vida entera estaba a punto de cambiar de dirección.

Para entender por qué José Alfredo estaba esa noche en esa mesa, hay que ir varios años atrás a Dolores  Hidalgo, el pueblo donde nació en enero de 1926, en una casa donde el dinero nunca alcanzaba para todo lo que hacía falta y donde las canciones, en cambio, sobraban, su padre murió cuando él era apenas un niño y esa muerte no fue solo la pérdida de un hombre, fue el quiebre de la poca estabilidad  que la familia había logrado sostener.

La madre quedó al frente de los hijos con la fuerza obligada de quien no tiene la opción de derrumbarse. Y José Alfredo creció entendiendo  desde edad temprana que la vida no le iba a regalar nada que no estuviera dispuesto a buscarse el mismo. La familia se mudó a la Ciudad de México buscando lo que cualquier familia humilde de provincia buscaba en la capital durante esos años.

trabajo, oportunidad, una posibilidad de que las cosas mejoraran simplemente por estar en un lugar más grande. La ciudad, sin embargo, no le entregó nada gratis. José Alfredo tuvo que crecer rápido en un barrio donde la calle enseñaba tanto como cualquier escuela y donde aprendió pronto que había dos tipos de personas, las que se quejaban del lugar donde les había tocado nacer y las que simplemente trabajaban con lo que tenían.

Él decidió, sin que nadie se lo explicara con esas palabras, pertenecer al segundo grupo. Desde niño tuvo una relación extraña con las palabras. No era el alumno más brillante del salón, ni el que mejor leía en voz alta, pero tenía una capacidad que sus maestros notaban sin saber exactamente cómo nombrarla, la de convertir  lo que sentía en frases que se quedaban en la cabeza de quien las escuchaba.

empezó a escribir versos sueltos en cuadernos escolares, no porque alguien le pidiera tarea de ese tipo, sino porque algo dentro de él necesitaba salir de esa forma y no de otra. Esos primeros versos no eran buenos en el sentido  técnico que un maestro de literatura hubiera exigido. Eran honestos, que es una cualidad distinta y a veces  más difícil de fabricar.

La adolescencia lo encontró dividido entre dos pasiones que parecían no tener relación entre sí, el fútbol y la música. Jugó en equipos de ligas menores con la ilusión, compartida por miles de jóvenes de su generación, de que el deporte podía ser la puerta de salida de la pobreza. Entrenaba con la disciplina de quien cree de verdad que ahí está su futuro, corriendo en canchas de tierra, soportando golpes y derrotas con la misma entereza con que soportaba las carencias en casa.

Pero por las noches, cuando el cuerpo ya no daba para más entrenamiento, sacaba la libreta y seguía escribiendo como si una parte de él ya supiera, mucho antes de que la otra parte lo aceptara, que el destino no estaba en una cancha, sino en algo que todavía no tenía forma clara. Nadie en su familia ni en su barrio le decía que tenía talento para la música.

No porque no lo notaran, sino porque ahí escribir canciones no era un oficio serio, era afición de muchacho soñador,  algo que se abandona cuando llega la hora de buscar trabajo de verdad. Y José Alfredo, aunque escuchaba esas opiniones, seguía  escribiendo, llenando una libreta que cargaba a todas partes sin mostrarla completa a nadie, como quien guarda un secreto que todavía no está listo para ser juzgado por el mundo.

El fútbol no llevó a José Alfredo a ninguna parte que él hubiera imaginado en sus mejores noches de entrenamiento. llegó a jugar en algunos equipos de cierto nivel, pero el camino hacia convertirse en jugador profesional se fue cerrando de la misma manera en que se cierran la mayoría de esos caminos para la mayoría de los jóvenes que los intentan.

Sin un anuncio dramático, sin una derrota única que pudiera señalarse como el final,  sino con una acumulación lenta de oportunidades que no llegaban, de pruebas que no resultaban, de equipos que preferían a otro jugador por razones que nunca quedaban del todo claras. José Alfredo entendió, sin  que nadie tuviera que decírselo con crudeza, que esa puerta se estaba cerrando y que necesitaba encontrar otra manera de sostenerse mientras decidía qué hacer con el resto de su vida.

Empezó a trabajar como mesero en distintos establecimientos de la Ciudad de México, llevando platos y levantando mesas con la misma seriedad con que había entrenado para el fútbol, porque había aprendido algo que pocos jóvenes de su edad terminan de entender a tiempo, que la dignidad de un trabajo no depende del trabajo en sí, sino de la entrega que uno le pone.

Después llegó a la zapatería, un empleo más estable, con horario fijo y un sueldo que, sin ser generoso, al menos era predecible. vendía zapatos durante  el día a clientes que entraban buscando un par cómodo y salían sin saber que el joven que les había atendido cargaba en el bolsillo del pantalón una libreta llena de versos que nadie en esa tienda había leído jamás.

Por las noches, José Alfredo frecuentaba cantinas y reuniones donde había música, no como artista, sino como espectador atento, absorbiendo melodías, estructuras, formas de contar una historia en 3 minutos de canción. Había algo en el que escuchaba esas canciones de manera distinta a como las escuchaba el resto del público.

No solo las sentía, las desarmaba, entendía porque una frase funcionaba y otra no, porque ciertas palabras encajaban en la melodía como si hubiera nacido juntas y otras se sentían  forzadas como un mueble en el lugar equivocado de una habitación. En algún momento de esos años, José Alfredo se atrevió a mostrarle algunas canciones a conocidos del ambiente  musical, gente que tocaba en grupos pequeños o tenía algún contacto con estaciones de radio.

Las respuestas que recibió fueron casi todas variaciones de la misma frase, que tenía algo, que las letras no estaban mal, pero que ese algo todavía no era suficiente para lo que ellos necesitaban en ese momento. José Alfredo aprendió a escuchar esa frase sin que lo detuviera porque entendió que suficiente es una palabra relativa que cambia de significado según quien la pronuncia y que la única forma de volver suficiente lo que todavía no lo es no es esperar, sino seguir  escribiendo, seguir afilando lo que uno tiene mientras el

mundo decide cuando está listo para recibirlo. Hubo noches en que la frustración pesaba más que la fe, noches en que volvía a su cuarto después de una jornada larga en la zapatería y un rechazo más en alguna estación de radio, preguntándose si no estaría engañándose. Pero siempre, después de esas noches de duda, volvía a la libreta porque había algo en el que ni la pobreza ni el rechazo habían logrado apagar, algo que seguía insistiendo en que esas palabras, tarde o temprano iban a encontrar un lugar donde alguien las escuchara de

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