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“El Jurado HUMILLÓ a Juan Gabriel Frente a 20,000 Personas… Sin Saber que Era Él”

No era un número redondo elegido para impresionar. era simplemente la capacidad del teatro y el concurso había conseguido llenarla de cabo a rabo. En las filas delanteras se veían periodistas con libretas y fotógrafos con sus equipos ya montados. En la zona media, donde Juan Gabriel tomó su asiento casi al final del pasillo, había una mezcla heterogénea de público, familias con jóvenes que participaban o conocían a participantes y parejas de mediana edad que habían venido como cualquier otra actividad cultural de un jueves por la noche y

grupos de estudiantes de música que seguían el concurso con el interés profesional de quienes están evaluando a sus futuros competidores. La persona sentada a su izquierda era una mujer de unos 50 años con un programa del evento doblado sobre las rodillas. A su derecha, un muchacho de unos 25 que llevaba una cámara de fotos colgada al cuello y parecía haber venido a fotografiar a alguien en concreto.

Ninguno de los dos lo miró con particular atención. Las gafas oscuras, pensó, hacían su trabajo. En el escenario, el presentador, un hombre de unos 40 años con el pelo hacia atrás y un traje que era elegante, sin ser ostentoso. Estaba dando los últimos avisos antes de comenzar la segunda parte del concurso. explicaba las reglas con la cadencia de quien las ha repetido tantas veces que ya no las escucha mientras las dice.

Y el público respondía con esa atención a medias que se reserva para las instrucciones que uno siente que ya conoce. Juan Gabriel tomó su asiento y observó la sala con esa mirada panorámica que desarrollan quienes han pasado suficientes años al otro lado mirando desde el escenario. Hay una manera en que los artistas experimentados leen a un público antes de que empiece el espectáculo, no como masa, sino como individuos, identificando los focos de energía, las zonas de resistencia, los grupos que han venido predispuestos a disfrutar y los

que han venido con las expectativas demasiado altas o demasiado bajas. Luego dirigió su atención a la mesa del jurado. Eran tres personas. A la izquierda hay una mujer de unos 45 años con gafas de montura fina y un cuaderno abierto frente a ella. tenía el aspecto sereno de alguien que ha escuchado mucha música y sabe que las sorpresas son siempre posibles.

A la derecha, un hombre joven, no más de 35 años, con la apariencia ligeramente nerviosa de alguien que todavía no está del todo cómodo con la autoridad que le han conferido. Y en el centro, Gaspar Valverde. Juan Gabriel lo identificó antes de saber su nombre, antes de escuchar una sola palabra suya. Había algo en la manera en que aquel hombre ocupaba el espacio que lo decía todo.

La postura demasiado recta, los brazos sobre la mesa con una precisión casi calculada, la forma en que los ojos recorrían el teatro con la expresión de quien está inventariando lo que le pertenece. envestía un traje gris oscuro de corte impecable con una corbata azul marino que seguramente costaba más de lo que muchos de los participantes de esa noche ganaban en un mes.

su pelo perfectamente peinado hacia atrás con algún producto que lo dejaba liso y brillante. Completaba una imagen estudiada hasta el último detalle, la imagen de alguien que quiere que sepan antes de que abra la boca que él está por encima del escenario en el que se encuentra. Juan Gabriel conocía ese tipo.

Los había encontrado suficientes veces en su propia vida, en los despachos de los ejecutivos que lo habían rechazado, en las salas de espera donde había aguardado horas para que alguien le diera 10 minutos. Hice en los concursos donde había participado de joven y donde personas con trajes caros y miradas distraídas habían decidido su futuro con la indiferencia de quien clasifica documentos en una oficina.

sintió algo apretarse levemente en el pecho. No era exactamente enojo, era reconocimiento. El presentador anunció el inicio de la segunda parte del concurso y los aplausos del público llenaron el teatro durante unos segundos. Juan Gabriel aplaudió también de manera automática mientras sus ojos permanecían fijos en la mesa del jurado.

El espectáculo comenzó. Gaspar Valverde tenía 52 años y había construido su reputación sobre dos pilares que en su mente estaban perfectamente conectados, aunque en la realidad casi nunca lo están, el conocimiento genuino y la crueldad sistemática. Era cierto que sabía de música. Ela había trabajado con artistas importantes a lo largo de 20 años de carrera.

Había producido discos que habían llegado a las listas de éxitos en España y en varios países de América Latina y tenía un oído que sus colegas reconocían como excepcional para identificar ciertos tipos de talento en estado bruto. Eso era real e innegable. Lo que también era real, aunque nadie se lo dijera a la cara, era que en algún momento de su trayectoria había confundido el rigor con la brutalidad y esa confusión lo había ido convirtiendo en una figura que generaba tanto respeto como temor y cada vez más lo segundo que

lo primero. Sus críticas en los concursos donde participaba como jurado eran famosas en los círculos de la industria musical española y se hablaba de ellas con esa mezcla de fascinación y horror que acompaña a los accidentes de tráfico. Nadie quiere verlos, pero tampoco puede apartar la mirada. Los participantes que pasaban por sus manos salían en el mejor de los casos, con la autoestima severamente golpeada y en el peor con la certeza absoluta de que debían abandonar cualquier pretensión artística para siempre.

Gaspar lo justificaba con una argumentación que había perfeccionado a lo largo de los años y que sonaba en sus propias palabras razonable. El mundo real no tiene contemplaciones. Si no pueden aguantar una crítica honesta aquí con 1000 personas delante, ¿cómo van a aguantar el rechazo de una discográfica o las reseñas negativas de los críticos o un concierto que sale mal? Yo les hago un favor.

Ah, los estoy preparando. La teoría tenía una lógica superficial que convencía a quienes nunca habían sido el blanco de esa supuesta preparación. Lo que Gaspar no veía o prefería no ver era la diferencia fundamental entre endurecer a alguien y quebrarlo, entre señalar un camino de mejora y cerrar todas las puertas, entre la crítica que construye y la que simplemente satisface la necesidad de quien la hace de sentirse superior.

Sus dos compañeros de jurado esa noche, Isabel Montero y Rodrigo Castels, lo sabían. Isabel llevaba 15 años en la industria como compositora y profesora de canto, y su manera de evaluar era completamente distinta, directa, pero empática, señalando los problemas sin perder de vista la persona que había detrás de la voz.

Rodrigo, más joven y menos seguro de sí mismo en ese entorno, tendía a seguir la corriente e aunque en su fuero interno guardaba cada vez más incómoda distancia con el método de Gaspar, pero ninguno de los dos le contradiría esta noche. Eso también lo sabía todo el mundo. El primer participante de la segunda parte del concurso subió al escenario.

una chica de unos 18 años que interpretó una versión de una canción popular con una voz que, si bien no era extraordinaria, tenía una dulzura natural genuina. El público respondió bien. Isabel señaló algunos puntos técnicos a mejorar con una sonrisa. Rodrigo elogió la seguridad escénica. Gaspar la miró durante varios segundos en silencio con esa pausa calculada que utilizaba para crear tensión.

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