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¿Cómo vivía el Papa en Perú? El misterio de su vida antes del Vaticano

En 1985, con 30 años, Prebost respondió a la invitación de su congregación, Ser misionero en el norte de Perú. Fue enviado a servir en Chulucanas y luego en Chiclayo, en las provincias de Piura y Lambayeque. Estos años, entre 1985 y 1998, fueron decisivos. Allí se enfrentó a una realidad marcada por la pobreza extrema, la violencia política del sendero luminoso y limitaciones materiales que golpeaban a la población.

En Chiclayo y Chulucanas, la iglesia no solo predicaba, actuaba como refugio y sostén para los más débiles. En una región donde los conflictos sociales, el desempleo y las inundaciones eran cotidianos, las parroquias y seminarios se convirtieron en centros de esperanza. Prebostó a ese impulso pastoral. Visitaba barrios alejados, trabajaba con cáritas, dirigía comedores sociales y atendía a migrantes.

Desde su vestimenta sencilla hasta sus acciones, encarnó una iglesia de servicio y presencia. Prebost no solo trabajó en lo pastoral, fue también formador de seminaristas, profesor de derecho canónico y prefecto de estudios del seminario agustino en Trujillo y luego en Chiclayo. Su vínculo con la cultura local fue genuino. Aprendió español con fluidez, adoptó costumbres del norte peruano desde la gastronomía hasta la música y se integró como hijo adoptado de la comunidad.

En aquellos años de 1980, la amenaza terrorista era real. Una fuente recuerda que sobrevivió a amenazas y hasta intentos de atentado, pero siempre eligió quedarse junto a su gente. Nadie lo obligaba a permanecer, pero él entendió que la cercanía era su forma de testimoniar la fe. Durante más de una década, Prebost vivió como discípulo, escuchando, aprendiendo, sirviendo.

Su misión no fue paradisíaca, fue una misión encarnada con arduo trabajo, compromiso y humildad. Allí se fue forjando su mirada pastoral, su capacidad de liderazgo en medio de lo cotidiano y su sensibilidad espiritual. Dios no lo llamó primero a Roma, lo llamó a servir en los márgenes entre los pobres en tierra peruana. Llegó a Perú en 1985 como misionero agustino, pero lo que pocos sabían entonces era que había llegado para ser pastor en medio del pueblo, no desde arriba, sino a ras de suelo.

En esta etapa, Chiclayo se convirtió en su escuela de vida y dio allí los primeros pasos de ese estilo pastoral que hoy como Papa se mantiene firme y sereno. Nombrado formador de seminaristas y religiosos, Robert Prebost puso un estilo que hoy se reconoce como propio de León XIV. Presencia silenciosa, escucha, cercanía sin protagonismo.

El padre Marcos Ballena, rector del seminario en Chiclayo, recuerda, se notaba claramente que el evangelio vive en él. Siempre llevaba en el corazón a los últimos y a los desposeídos. La coordinadora de pastoral juvenil, Simena Valdivia comentó, siempre nos escuchaba. Tenía verdadero interés en lo que hacíamos.

Es como si siguiera siendo nuestro obispo. Su estilo fue descrito como un pastor que camina entre las ovejas, disponible sin horarios ni agendas rígidas. Laicos y sacerdotes relatan que él atendía consultas a cualquier hora. Un sacerdote recuerda, contestaba el teléfono. Incluso si era medianoche, fue inmediatamente a ayudar. Un amigo, Héctor Camacho, recuerda su cercanía desde los primeros años.

Como compadre es un pastor que caminaba todos los días junto a los más pobres. Su pastoral no fue de discursos largos, sino de presencia activa. Se le vio cargando ladrillos en Oyotún para la reconstrucción de una capilla. Durante la pandemia organizó comedores populares en zonas como Callao, colaborando con Caáritas.

Estuvo cerca de los migrantes vulnerables apoyando la Comisión de Movilidad Humana. No imponía soluciones, se arremangaba y trabajaba junto a la comunidad. Los testimonios no son retórica, reflejan una realidad compartida. Una religiosa que trabajó con él en el acompañamiento de mujeres vulnerables testimonia, estuvo atento a saludarlas con sencillez.

expresaba respeto y la importancia de tenderles una mano. Jesús León, líder local, lo define como muy bien amado, líder y buen oyente. Prebost no fue un extranjero distante. Aprendió español fluidamente, adoptó costumbres locales desde el ceviche hasta la guitarra en las misas y vivió la cultura desde adentro.

Formó a nuevos líderes laicos. Presidió comisiones para derechos humanos y justicia social y promovió el sinodalismo y el discernimiento eclesial. Como rector y profesor, supo combinar formación académica en derecho canónico con el acompañamiento personal, apuntando al corazón de quienes encontraban sentido para su vocación.

En el silencio de su presencia, muchos aprendieron no solo a hablar de Dios, sino a escucharlo. Una vida austera y profundamente espiritual. En Chiclayo, el entonces obispo Robert Prebost renunció a vehículos y protocolo para caminar por las calles de tierra, hablar con los moradores y conocer sus realidades.

Su cercanía variaba con líderes comunales, catequistas y vecinos. Su paso entre la gente reflejaba una fe encarnada, presencia real con enfermos y en crisis. Durante situaciones críticas en la región, como el fenómeno del niño en 2017 e incluso la pandemia de COVID-19, Prebosto en primera línea. Caminó por zonas inundadas para auxiliar a damnificados tras el niño costero.

En la pandemia no solo bendecía las calles con el santísimo sacramento, sino que promovió la instalación de dos plantas de oxígeno para ayudar a las personas más vulnerables. También organizó la entrega de 30.000 00 mascarillas KN95 y canastas de víveres llegando a silos, comisarías, hospitales y barrios sin recursos.

El padre Hugo Sánchez, colaborador cercano, recuerda, entregábamos oxígeno en dos turnos diarios. Él venía, nos decía, “Hay más necesidad, voy con ustedes.” Innumerables testimonios recogen la misma sensación. Un pastor presente en medio del dolor, sencillez cotidiana, tenis, música y gastronomía. Aunque ahora es papa.

En su vida diaria en Perú, el cardenal Prebost era un hombre sencillo. Era habitual verlo jugar tenis en el hockey club de Chiclayo. Disfrutaba del bals criollo y de grupos como los Quipus. Tenía un gusto especial por la gastronomía local, cebiche, cabrito con frijoles, arroz con pato y un peculiar pastel del papa de Pimentel. Esta cercanía cultural lo acercaba al pueblo.

Él no era un extranjero distante, sino un vecino con corazón peruano. La austeridad corporal de León XIV reflejaba una austeridad espiritual aún mayor. Renunció al protagonismo, se hizo cercano, sirvió con las manos y el alma abiertas. Su vida cotidiana en Perú no fue casualidad, fue formación espiritual, fue escuela de humildad, de cercanía, de servicio generoso.

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