Posted in

Cantinflas vio herrero reparando BICICLETAS GRATIS a repartidores—cómo sobrevivía lo PARTIÓ

Le pagaré poco a poco.” Y sabes qué me dijo? me dijo, “No hago crédito. O pagas ahora o vete.” Entonces me fui y durante dos semanas no pude trabajar. Sin bicicleta no podía hacer entregas. Sin entregas no ganaba dinero. Y mi familia, mi familia pasó hambre esas dos semanas. Finalmente pedí prestado dinero a prestamista.

Tuve que pagar intereses altísimos, pero conseguí dinero para reparar bicicleta y volví a trabajar. Pero esas dos semanas me enseñaron algo. Me enseñaron que para personas como yo, para repartidores, para trabajadores pobres, bicicleta no es posesión, es vida. Sin bicicleta no hay trabajo. Sin trabajo no hay vida.

Las lágrimas comenzaban a correr por las mejillas de don Felipe. Entonces, cuando finalmente pude ahorrar algo de dinero, ara aprendí herrería. Aprendí a reparar bicicletas. Y abrí este taller con promesa. Nunca haría a otro repartidor lo que ese herrero me hizo a mí. Nunca pondría ganancia antes que supervivencia de trabajador.

Y su esposa, sus hijos, ¿están de acuerdo con esto? Don Felipe miró al suelo. Mi esposa murió hace 5 años. Cáncer. Mis hijos son adultos ahora. 25 y 22. Tienen sus propias familias. Me visitan ocasionalmente, pero vivo solo. ¿Viven bien? Mejor que yo. Uno es mecánico en taller real, otro trabaja en fábrica. Ambos ganan más que yo.

Y a veces me preguntan, “Papá, ¿por qué sigues cobrando tan poco? ¿Podrías ganar más?” ¿Y qué les dice? Les digo que hay cosas más importantes que dinero. Les digo que cuando veo repartidor joven desesperado porque bicicleta está rota, veo yo mismo a los 25 años. Ay, no puedo, no puedo hacerle pasar lo que yo pasé. Durante las siguientes semanas, Mario visitó el taller de don Felipe varias veces.

Cada vez presenció misma escena. Repartidores desesperados viniendo con bicicletas rotas. Don Felipe cobrando solo lo que podían pagar. Había repartidor de periódicos de 50 años que había estado haciendo mismo trabajo durante 30 y ananma años. Su bicicleta era reliquia, probablemente de 1940. Don Felipe la repó décima vez.

Le cobró 10 pesos. Había repartidor de tortillas de 18 años que acababa de empezar su primer trabajo. Su bicicleta era prestada, ni siquiera era suya. Pero estaba rota. Don Felipe la reparó gratis. Cuando consigas tu primera paga, puedes traerme algo, pero ahora necesitas poder trabajar. Había repartidor de agua de 60 años que llevaba garrafones pesados en bicicleta especial.

La bicicleta necesitaba reparación estructural seria. Don Felipe trabajó durante 3 horas. Le cobró 30 pesos, menos de un tercio del costo real. ¿Cuántos repartidores ayuda cada semana? Mario preguntó, 20, tal vez 25. Algunos solo necesitan reparaciones menores, 5 pesos de trabajo. Otros necesitan reparaciones mayores, 60 70 pesos de trabajo.

Pero todos pagan lo que pueden, no lo que cuesta. Y en 15 años he reparado miles de bicicletas, tal vez 10,000, tal vez más. He perdido cuenta. ¿Cuánto dinero ha perdido? Don Felipe pensó. Si hubiera cobrado precio completo por cada reparación, probablemente habría ganado 100,000 pesos más en 15 años. Tal vez más. Ese es mucho dinero.

Sí, podría haber tenido casa más grande, coche, tal vez, ahorros, pero ¿sabes qué? No me arrepiento porque ese dinero, ese dinero que perdí, no lo perdí, lo invertí. ¿Lo invirtió en qué? En supervivencia de familias, en dignidad de trabajadores, en saber que hice diferencia. ¿Cuál ha sido su momento más significativo? Don Felipe no vaciló.

Fue hace 7 años, en 1964. Repartidor joven vino. Tenía tal vez 22 años. Su bicicleta estaba completamente destruida. accidente. Lo había atropellado coche. El repartidor no estaba herido gravemente, pero su bicicleta era pérdida total. Marco doblado, ruedas destruidas, todo. Me dijo don Felipe. Sé que no puede reparar esto, pero tiene bicicleta vieja que pueda venderme barato, porque sin bicicleta pierdo mi trabajo y acabo de casarme. Mi esposa está embarazada.

Necesito trabajar. Miré su bicicleta destruida. Miré su cara desesperada y tomé decisión. Tenía bicicleta en mi taller. Bicicleta que alguien había abandonado años atrás. La había reparado durante meses, poco a poco usando piezas sobrantes. Planeaba venderla algún día por tal vez 200 pesos. Se la di.

Le dije, “Toma esta bicicleta, págame cuando puedas.” Él lloró, me dijo, “No puedo aceptar esto, es demasiado.” Le dije, “Puedes y lo harás porque necesitas trabajar. Tu familia necesita que trabajes. Toma la bicicleta, trabaja. Cuando tengas dinero, tráeme algo, pero ahora solo ve a trabajar.” Se meses después regresó.

Traía 50 pesos. Me dijo don Felipe. Sé que bicicleta vale mucho más, pero esto es todo lo que puedo pagar ahora. Mi esposa tuvo bebé. Gastos fueron muchos, pero prometo traer más cuando pueda. Le dije, “50 pesos es suficiente. No necesito más. Solo cuida esa bicicleta y trabaja duro. 3 años después, ese mismo hombre regresó, pero esta vez no traía bicicleta rota.

Traía sobre, dentro había 300 pesos. Me dijo don Felipe hace 3 años me salvó. Me dio bicicleta cuando no tenía nada. Ahora tengo mejor trabajo. Mi familia está bien. Mi hijo tiene 3 años y quiero pagarle lo que bicicleta realmente valía, más intereses por su bondad. Intenté rechazar dinero, pero él insistió.

Ah, me dijo don Felipe cuando me dio esa bicicleta me enseñó algo. Me enseñó que mundo no es solo crueldad, que hay personas buenas, que hay personas que ayudan sin esperar nada a cambio, pero también me enseñó que cuando podemos debemos pagar, que recibir ayuda crea responsabilidad de ayudar a otros cuando podamos. Entonces, tome este dinero no como deuda, sino como inversión.

Use esto para ayudar al próximo repartidor desesperado y así su bondad continúa. Tomé dinero y lo usé exactamente como él sugirió. Compré piezas, arreglé otra bicicleta vieja y se la di a otro repartidor necesitado. Y eso, eso es lo que me enseñó, que bondad no es acto aislado, es ciclo. Ayudas a alguien, ellos siguen adelante y cuando pueden ayudan a alguien más.

Oh, te ayudan a ti para que puedas ayudar a otros. Pero hay algo más que debo contarle sobre ese repartidor. Don Felipe continuó, su voz temblando con emoción. Hace dos años, en 1969, ese mismo hombre regresó de nuevo, pero esta vez no traía dinero, traía algo diferente. Traía a su hijo. El niño tenía 6 años y el padre me dijo, “Don Felipe, quiero que mi hijo conozca al hombre que salvó a nuestra familia.

Read More