Durante las décadas de los 80 y 90, el ritmo del merengue dominicano estuvo dominado por un fenómeno sin precedentes: Las Chicas del Can. Una agrupación compuesta exclusivamente por mujeres que derrochaba energía, sensualidad y un talento inigualable sobre los escenarios de toda América Latina y Europa. Con grandes éxitos musicales, hacían bailar a millones de personas. Sin embargo, detrás de las luces resplandecientes, los vestidos glamorosos y las sonrisas coreografiadas, se escondía una realidad sombría marcada por la explotación, el despojo de la propiedad intelectual, desilusiones amorosas, rupturas emocionales y una serie de muertes prematuras que, hasta el día de hoy, alimentan los rumores de una supuesta maldición.
La historia de la orquesta comenzó como el sueño legítimo de Belquis Concepción [01:07]. Desde su juventud, Belquis se propuso romper las barreras del machismo imperante en la industria musical y crear una agrupación compuesta únicamente por mujeres [01:14]. Tras un enorme esfuerzo personal, logró reunir a las músicas y llevar el concepto a la televisión dominicana, llamando la atención del público. Al principio de este viaje, el renombrado director y productor Wilfrido Vargas no creía en el proyecto; incluso mandó a decir con su padre que abandonara la idea [01:22]. A pesar de la falta de apoyo inicial, Belquis insistió con firmeza [01:29].
Sin embargo, cuando la agrupación estuvo completamente armada, estructurada y lista para triunfar, Wilfrido Vargas cambió de opinión al ver el potencial comercial del proyecto [01:54]. Confiada en los lazos casi familiares que los unían, Belquis aceptó su apoyo y asesoría técnica, permitiendo que Vargas se involucrara en la gestión de la banda. Esta decisión marcaría el inicio del fin de su control
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sobre su propia creación. Debido a las extenuantes jornadas de trabajo de veinticuatro horas los siete días de la semana, la salud de Belquis se quebrantó gravemente al contraer el síndrome de Guillain-Barré, una enfermedad que la dejó postrada en una cama de hospital por meses [02:41], [03:23]. Durante su convalecencia, la soledad y el aislamiento la invadieron. El golpe definitivo llegó cuando intentó regresar a los escenarios y descubrió que Wilfrido Vargas había registrado legalmente el nombre de “Las Chicas del Can” a su propio nombre [03:16]. Despojada de su identidad artística y del fruto de su sudor, Belquis fue relegada y obligada a abandonar el proyecto de su vida entre lágrimas y una profunda depresión [03:45], [03:57].
Con Wilfrido Vargas al mando absoluto, la dinámica de la orquesta cambió radicalmente. El maestro, innegablemente un genio de la dirección musical, comenzó a implementar un enfoque mucho más agresivo y comercial. Las Chicas del Can empezaron a proyectar una imagen notablemente más sensualizada y arriesgada en comparación con la etapa inicial dirigida por Concepción [05:33]. Esta transformación trajo consigo prácticas cuestionables dentro del manejo de las integrantes. Miriam Cruz, quien se convertiría en la voz principal más emblemática de la orquesta, ingresó a las filas de la agrupación con apenas trece años de edad [06:00], [06:34]. Siendo una menor de edad, fue sometida a rigurosos cambios de imagen: le teñían el cabello de rubio y le aplicaban un maquillaje excesivo para aparentar mayor edad ante el público y las autoridades de inspección [06:08]. La joven vocalista pasó meses lejos de su núcleo familiar, enfrentando un fuerte impacto psicológico, miedo y una timidez extrema que debía ocultar cada vez que se encendían los micrófonos [06:27].
El manejo personal de las artistas bajo la tutela de Vargas también estuvo rodeado de controversia. Durante años, existieron fuertes rumores sobre un supuesto romance secreto entre Wilfrido Vargas y la joven Miriam Cruz [08:33]. Se comenta en el ámbito artístico que Miriam era la protegida absoluta del director [08:14], al punto de que Vargas llegó a declarar que todas las composiciones de esa época dorada estaban inspiradas exclusivamente en la voz y la figura de ella, definiéndola como su mundo entero [08:41]. Esta estrecha relación y el estricto control de Vargas habrían frustrado otros acercamientos amorosos dentro de la industria, incluyendo la evidente química que Miriam compartía con el cantante Eddie Herrera [08:01]. Eventualmente, cansada de que sus opiniones profesionales no fueran tomadas en cuenta y tras años de una rutina agobiante, Miriam Cruz renunció a la orquesta en busca de su independencia artística, rechazando ofertas de aumento salarial [07:32].
El verdadero matiz trágico de Las Chicas del Can se consolidó tras la disolución de sus alineaciones originales, dando paso a lo que los sectores más enigmáticos del entretenimiento denominan “la maldición de la orquesta”, debido a los destinos fatídicos de varias de sus integrantes [10:46], [16:56]. Eunice Betances, corista histórica y fiel aliada de Miriam Cruz, padeció un agresivo cáncer de mama en fase terminal [10:10]. Betances decidió mantener su diagnóstico en estricto secreto y continuó trabajando hasta que la enfermedad la consumió por completo a una edad temprana, dejando un vacío inmenso en la música tropical [10:17].
Un caso aún más desgarrador fue el de Verónica Medina [11:46]. Después de abandonar la agrupación tras la salida de Belquis Concepción, Medina intentó consolidar una carrera como solista y llegó a emigrar a Holanda, donde logró cierto reconocimiento [12:02], [12:17]. Sin embargo, una mala jugada en el plano sentimental la obligó a regresar a la República Dominicana, enfrentando el declive de su carrera musical [12:27], [12:53]. Abandonada por su hijo y tras sufrir la pérdida de su madre, Verónica cayó en la ruina económica absoluta [13:11]. Aislada del medio artístico y padeciendo de epilepsia, la precaria situación económica le impidió costear sus medicamentos esenciales [13:25]. Una noche, su vecina notó que las luces de la vivienda permanecían apagadas; al ingresar las autoridades, hallaron el cuerpo sin vida de la cantante, quien había fallecido completamente sola en su hogar horas antes [13:44], [14:13].
La lista de decesos prematuros continuó sumando nombres con los años. Heidy Bello, vocalista que ingresó a la agrupación en 1988 y dio voz a temas icónicos como “Sin él”, falleció repentinamente en el año 2024 en la ciudad de Nueva York a los 51 años de edad, víctima de un infarto fulminante [15:41], [16:15]. Asimismo, Janny Viloria, destacada bajista de la llamada “nueva era” de la orquesta a partir de 1992, perdió la vida a los 54 años tras complicaciones severas derivadas de una cirugía cerebral para tratar el cáncer que padecía [17:18], [18:07]. Estas trágicas pérdidas consecutivas avivaron las leyendas urbanas que vinculaban el éxito comercial de Wilfrido Vargas con presuntas prácticas de santería, sugiriendo que las consecuencias espirituales y los “cobros” de dichas deudas místicas recaían directamente sobre la salud y la vida de las mujeres de sus agrupaciones [11:05], [11:17].
A pesar del sufrimiento, el abuso contractual y los finales trágicos, algunas integrantes lograron reescribir sus historias. Un ejemplo notable es el de Carmen Rosa Santos, quien fuera bajista de la agrupación [18:39]. Al enterarse de su embarazo, Carmen Rosa tomó la radical decisión de abandonar la fama y priorizar la maternidad por encima de las presiones de la industria musical [18:46]. Décadas después, ese sacrificio dio frutos históricos: su hijo, criado lejos de los vicios del viejo sistema, se convirtió en una de las máximas estrellas de la música urbana internacional, conocido mundialmente como Arcángel “La Maravilla” [18:53]. El legado musical de Las Chicas del Can permanece imborrable en la historia del merengue, pero la cruda realidad de su trasfondo deja una lección histórica sobre la vulnerabilidad de las mujeres artistas de la época y el altísimo precio humano que se pagaba a cambio de la gloria en el escenario.