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Le dijo a Antonio Aguilar “Si sabes cantar Amorcito Corazón, sube” — Pero Pedro Infante lo oyó todo

 Tony Aguilar, un nombre que todavía no significaba mucho. Un hombre de Zacatecas con una voz grande y un camino que aún no había encontrado su forma exacta. Había llegado a la Ciudad de México desde Villanueva siendo casi nadie. Había estudiado canto en Hollywood. Había cantado boleros en Tijuana.

 Había cruzado hasta Puerto Rico buscando algo que todavía no sabía nombrar. Y ahora estaba aquí en una cantina de [música] tres calles de ancho con su cerveza y su silencio. Llevaba el abrigo con barro en los talones. Había venido desde un rancho en las afueras. [música] No se había cambiado. No le había parecido necesario.

 Don Bernal puso el micrófono a las 9. Los primeros dos en cantar fueron Gente del gremio, un hombre mayor de producción que cantó un corrido con la voz rota pero honesta, y una muchacha de vestuario que tenía una voz oscura que sorprendió a todos. La gente aplaudió de verdad con ese tipo de aplausos que solo produce quien lleva 12 horas trabajando, quien ya no tiene energía para los falsos.

 El tercero en subir fue Marcos Dueñas. [música] Antes de que subiera, Antonio había estado mirando el micrófono desde su mesa. Lo miraba con esa mezcla de familiaridad y distancia, la que producen las cosas que uno conoce, pero todavía no ha domado. Llevaba 2 años cantando en la XW, 2 años de boleros en estudios, [música] técnicos que asintieron, productores que dijeron que sí y luego no pasaba nada.

 2 años buscando algo que Rafael Hernández el jibarito le había dicho que encontraría si cantaba lo suyo, lo suyo, como si uno [música] supiera siempre dónde está lo suyo. Tenía 25 años y era el tipo de persona que entra a una cantina como si fuera suya, guapo de una manera que él mismo aprovechaba demasiado.

 Había ganado un concurso de canto en Puebla el año anterior. Desde entonces cargaba esa información como si fuera una licencia para opinar sobre todo lo que sonara. Esa noche llevaba una camisa con botones de nácar en una cantina de tramollistas. Marcos Dueñas tenía voz, era lo más complicado. Tenía voz, tenía técnica, [música] tenía esa manera de pararse ante el micrófono que solo se consigue con años de ensayo.

 La gente que lleva años ensayando siempre tiene eso y a veces es suficiente y a veces no, pero mientras uno escuchaba esa voz, faltaba algo, algo difícil de nombrar, lo que hace que una canción no sea solo nota, sino algo más. Cantó tres boleros seguidos, los cantó bien, recibió buenos aplausos [música] y entonces dijo que quería intentar algo diferente.

 Dijo que quería cantar Amorcito Corazón. En la [música] cantina hubo un murmullo. Era la canción de Pedro Infante, la que había cantado en nosotros los pobres 4 años antes, la que se silvaba en los mercados y en los camiones y en los talleres de toda la República. No era [música] una canción cualquiera, era una canción que tenía dueño y el dueño era conocido.

 En la mesa del fondo, Antonio Aguilar dejó de mirar la pared. Marcos Dueñas empezó a cantar. La voz era [música] buena, la técnica era correcta, los acordes llegaban en su lugar, pero había algo en la manera en que Marcos atacaba cada frase, como empujando la melodía en lugar de dejarla respirar, hacía que la canción perdiera exactamente lo que la hacía hacer esa [música] canción.

Amorcito corazón no era una canción de demostración, era una canción de ternura y la ternura no se demuestra, se tiene o no se tiene. Antonio escuchó todo sin moverse. [música] Había escuchado a muchos cantantes en dos años de XW. Cantes que eran buenos, cantantes que eran regulares, cantantes que tenían algo que él todavía no había encontrado en sí mismo.

 Marcos Dueñas tenía voz, no había duda, pero había una diferencia entre tener voz y saber qué hacer con ella. Antonio lo sabía porque él mismo llevaba 2 años buscando esa respuesta. Antonio escuchó sin moverse, con esa manera suya de escuchar, la que venía de años de aprender a oír lo que no estaba en la partitura.

 Cuando Marcos terminó, los aplausos fueron educados. Marco sostuvo el micrófono un momento más de lo necesario, miró al pequeño público con esa sonrisa de quien sabe que lo hizo bien y entonces miró hacia la mesa del fondo. Había notado al hombre del abrigo con [música] barro en los talones desde el principio. Lo había notado porque ese hombre no había aplaudido.

 No después del acorrido del hombre mayor, no después de la muchacha de vestuario. Y tampoco ahora. Marcos sonrió hacia la mesa del fondo, una sonrisa que agradecía sin recibir. Dijo [música] con el micrófono todavía en la mano que notaba que el señor del fondo no [música] estaba muy convencido que si tenía alguna observación sobre cómo se canta Amorcito Corazón, pues que la compartiera, que estaban todos aquí para aprender. Algunas personas rieron.

 Don Bernal desde la barra apretó el trapo de limpiar mesas sin terminar el movimiento. Antonio Aguilar no respondió de inmediato. Tomó un sorbo de cerveza, miró el fondo del vaso, luego levantó los ojos hacia Marcos con una expresión que era difícil de leer. Era la expresión de alguien que ha escuchado cosas parecidas antes, que sabe exactamente qué significan y que ha decidido por razones propias no [música] entrar.

 Negó con la cabeza un gesto pequeño, sin palabras. Marcos extendió los brazos hacia el público. Ya ven. Y bajó del micrófono entre algunas carcajadas más. La cantina [música] volvió a su rumor habitual, conversaciones a media voz, el ruido de los vasos, [música] el ventilador girando sin convicción. Antonio no se movió de su mesa, siguió con la cerveza delante.

 La miraba como si en el fondo del vaso hubiera algo que estuviera a punto de decirle algo importante. Había rechazado la invitación de Marcos y eso estaba bien. No tenía nada que demostrar en una cantina un viernes por la noche. No esa noche, pero algo [música] en la cantina había cambiado de temperatura, algo que Antonio sentía en la nuca sin poder nombrarlo. Pasaron 3 minutos.

 Don Bernal miró hacia la mesa del fondo un momento, luego volvió a sus vasos. Había aprendido a no meterse en lo que no era suyo. Fue [música] entonces cuando se abrió la puerta de la paloma del sur. El ruido de la calle entró con la puerta, el sonido de la ciudad de noche, coches, voces lejanas, y luego la puerta volvió a cerrarse y el sonido desapareció.

 Y quedó solo el hombre que había entrado. El hombre que entró no se detuvo en el umbral. Cruzó directamente hacia la barra sin mirar a los lados. Con ese paso de quien conoce el tipo de lugar, aunque nunca haya estado en [música] este en particular, llevaba una chamarra de cuero oscura y un sombrero de ala corta.

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