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ASI FUE la LUJOSA VIDA de EMILIO “Indio” FERNANDEZ – Mansiones, Carros, Lujos

 Flor Silvestre en 1943, María Candelaria en 1944, Enamorada en 1946, Río Escondido en 1947, Pueblerina en 1949 y tantas otras obras maestras que definieron el  estilo visual del cine de oro. Su manera de filmar era única. Usaba los paisajes mexicanos como protagonistas, las nubes de Gabriel Figueroa como firma visual, los rostros indígenas como símbolo de dignidad y las historias de Amor  imposible como bandera de lucha social.

 El indio Fernández no solo hacía películas, creaba arte puro que competía  con lo mejor de Europa y el mundo lo reconoció. En 1946 ganó la palma de oro en el festival de Canes por María Candelaria,  convirtiendo a México en potencia cinematográfica. Después vendrían premios en San Sebastián. Berlín, Venecia y el reconocimiento de críticos  de todo el planeta.

 Directores como John Ford, Orson Wells y Luis Buñuel admiraban profundamente su trabajo. Durante casi 20 años, Emilio El indio Fernández fue el director mejor  pagado de México y uno de los más respetados del mundo. Su talento lo llevó a amasar una fortuna considerable, pero también fue un hombre de pasiones extremas que gastaba con la misma intensidad con la que vivía.

 Fiestas legendarias, obras de arte invaluables, proyectos megalómanos y un estilo de vida que reflejaba poder absoluto. Pero, ¿de cuánto estamos hablando realmente cuando mencionamos su fortuna? ¿Cómo vivía el hombre que llevó al cine mexicano a la cima del mundo? Prepárate porque las cifras y los detalles te van a sorprender.

 La fortuna de el indio Fernández. Emilio el Indio Fernández fue, sin exagerar, el director más poderoso económicamente en la historia del cine mexicano de su época. Durante las décadas de 1940 y 1950, sus ingresos eran estratosféricos comparados con el salario promedio en  México. Estamos hablando de un hombre que cobraba entre 15,000 y 25000 pesos por semana de rodaje como director estrella.

¿Cuánto es eso? Una película promedio del indio tomaba entre seis y 8 semanas de filmación. Eso significa que por cada película ganaba entre 90,000 y 200,000 pesos de aquella época. Si convertimos esas cantidades a valor actual, estaríamos hablando de varios millones de pesos por cada producción. En su apogeo dirigía dos o tres películas al año, lo que le generaba ingresos millonarios anuales.

 Pero ahí no terminaba la historia de su riqueza. El indio era mucho más que un director asalariado. Era un visionario empresarial que supo controlar su carrera desde muy temprano. Además de dirigir, Emilio también actuaba. Como actor cobraba entre 5,000 y 12,000 pesos  por papel protagónico o de reparto importante.

 Y cuando prestaba su imagen para publicidad, presentaciones especiales o colaboraciones con marcas, sus honorarios iban  de 8,000 a 20,000 pesos por campaña. Para que te des una idea, en esos años el salario mensual promedio  en México era de aproximadamente 300 pesos. El indio ganaba eso en un día de trabajo.

 Su verdadera genialidad financiera estuvo en desarrollar y operar su  propia productora cinematográfica. Este modelo de negocio le permitió no solo dirigir sus películas, sino controlar completamente los proyectos, los estilos visuales, las narrativas y, sobre todo, quedarse con una parte sustancial de las ganancias.

 Ya no dependía de estudios que le pagaran un sueldo. Él era el dueño de su trabajo y controlaba  los derechos de distribución. Gracias a su productora, el indio producía, dirigía y distribuía películas que después se vendían en todo México, Estados Unidos, Europa y  Latinoamérica. Cada vez que María Candelaria se proyectaba en París, cada vez que Enamorada se exhibía en Madrid, cada vez que Río Escondido se presentaba en Buenos Aires, una parte de esos ingresos iban directamente a sus bolsillos. Su prestigio internacional

elevaba exponencialmente sus tarifas. Después de ganar la palma de oro en Canes con María Candelaria, su cotización se disparó. Los productores europeos y latinoamericanos se peleaban por trabajar con él. Su nombre en los créditos de una película garantizaba distribución internacional, críticas favorables y éxito de taquilla.

 El indio también generaba ingresos por derechos de distribución en circuitos internacionales. Sus películas se proyectaban en festivales, cinematecas, universidades y circuitos comerciales de todo el mundo. Cada proyección, cada venta de derechos, cada reedición significaba regalías que seguían llegando año tras año.

 Pero la fortuna de Emilio Fernández no se limitaba al cine. Era un inversionista inteligente que compró propiedades estratégicas, obras de arte que se revalorizaban con el tiempo y terrenos en zonas que después se convertirían en las más exclusivas de la Ciudad de México. Su nivel de vida era coherente con el de un magnate del entretenimiento.

 Gastaba fortunas en construir su fortaleza de piedra volcánica, en adquirir pianos de cola europeos, en comprar relieves diseñados por Diego Rivera, en organizar fiestas donde se reunía lo mejor de la intelectualidad mexicana e internacional y en mantener un séquito de colaboradores,  empleados y asistentes que trabajaban exclusivamente para él. Propiedades de lujo.

Si había una propiedad que definía completamente al indio Fernández, esa era su casa fuerte, también conocida como casa fortaleza, ubicada en el corazón del  histórico barrio de Santa Catarina en Coyoacán. Esta no era simplemente una casa, era un castillo, un estudio cinematográfico,  un museo viviente y el centro absoluto de su universo creativo.

 La dirección exacta es Ignacio Zaragoza 51,  esquina con Dulce Olivia en el código postal 04010 de Coyoacán, Ciudad de México. Cualquiera que pasara por ahí quedaba impresionado por la construcción imponente que se levantaba como una fortaleza medieval en pleno siglo XX. La casa fue diseñada por Manuel Parra, uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX en México.

 La construcción  se extendió durante cuatro décadas, desde 1946 hasta 1986, el año en que el indio falleció. Esto te da una idea de la magnitud del proyecto. No fue una casa que se construyó en un par de años. Fue una obra de vida,  un proyecto megalómano que el indio fue construyendo, modificando y perfeccionando durante 40 años.

 El material principal de construcción fue piedra volcánica del Sitle, ese volcán que hace más de 2000 años cubrió con  lava todo el sur de la Ciudad de México. Usar piedra volcánica no era solo una decisión estética, era una declaración de mexicanidad, de conexión con la tierra ancestral, de orgullo por las raíces prehispánicas.

 Cada piedra de esa fortaleza  contaba la historia de México. La arquitectura de la casa fuerte es estilo fortaleza colonial mexicana. tiene una torre que se eleva sobre el resto de la construcción desde donde el indio podía observar todo Coyoacán. Patios amplios con fuentes de cantera, escalinatas monumentales que parecían sacadas de un templo azteca, balcones con barandales de hierro forjado y muros gruesos que mantenían el interior fresco en verano  y cálido en invierno.

 Pero lo verdaderamente extraordinario de esta propiedad es que funcionaba simultáneamente como hogar, estudio cinematográfico y locación de filmación.  En este recinto se filmaron entre 130 y 140 películas. Sí, escuchaste bien, más de 100 películas se rodaron  total o parcialmente en esta fortaleza.

 Películas icónicas como El Rapto, Enamorada, Maclovia, La Malquerida y Decenas más usaron los patios, las escaleras, los salones y los jardines de la Casa Fuerte como escenario. La Casa Fuerte también era punto de reunión para los gigantes del arte y la cultura  mexicana. Aquí se reunían regularmente Agustín Lara, Diego Rivera, Frida Calo, Juan Rulfo, María Félix, Dolores del Río, Pedro Infante, Jorge Negrete y celebridades extranjeras que visitaban México.

 Las fiestas del indio eran legendarias. Podías encontrar en una misma noche al muralista más importante de México tomando  tequila junto al novelista más respetado de Latinoamérica. Mientras Agustín Lara tocaba el piano y María Félix contaba anécdotas de sus rodajes en Europa, el interior de la casa era impresionante. Había un salón de música con  pianos de concierto donde Agustín Lara solía tocar durante horas.

 Se dice que algunas de las composiciones más famosas de Lara fueron creadas en ese salón rodeado del ambiente bohemio e inspirador que solo la casa fuerte podía ofrecer. Los jardines de la casa fuerte eran espectaculares, amplios, con higueras centenarias que daban sombra a las tertulias literarias, estanques donde nadaban peces de colores, terrazas de roca volcánica donde se servían cenas bajo las estrellas y rincones secretos perfectos para conversaciones privadas.

La habitación personal del indio era como un museo. Se conservan todavía objetos originales, armas antiguas y modernas que coleccionaba, su ropa característica, incluyendo sombreros, zarapes y botas de cuero, manuscritos originales de sus guiones con anotaciones  de su puño y letra, fotografías de todos sus rodajes y con todas las celebridades que conoció y utilería de sus películas más famosas.

 El indio vivió intensamente en esta casa. Aquí trabajaba, creaba, festejaba, amaba. peleaba y soñaba y aquí también murió. El 6 de agosto de 1986, Emilio Fernández falleció en su fortaleza de Coyoacán a los 82 años de edad. Su muerte fue consecuencia de múltiples problemas de salud agravados por décadas de vida intensa, excesos y el desgaste natural de los años.

 Pero la historia de la casa fuerte no terminó con su muerte. Sus restos fueron llevados al panteón jardín y posteriormente, en un gesto extraordinario, fueron traídos de vuelta a la fortaleza. Hoy los restos del indio Fernández descansan en una tumba diseñada dentro de su propia casa fuerte.

 Es como si nunca se hubiera ido realmente. Su espíritu sigue habitando cada rincón de esa construcción monumental. Actualmente, la casa fuerte funciona como museo, locación cinematográfica, sala cultural y espacio para visitas guiadas. Es uno de los sitios más fotografiados y documentados del patrimonio cinematográfico mexicano. Cineastas, estudiantes de cine, turistas y admiradores del cine de oro visitan constantemente el lugar para sentir de cerca la energía que todavía se respira entre esos muros de piedra  volcánica. Caminar por la casa fuerte

hoy es como viajar en el tiempo. Puedes imaginarte a María Félix bajando por esa escalera, a Pedro Armendaris  fumando en ese balcón, Agustín Lara tocando el piano en ese salón, a Diego Rivera pintando en ese muro. La fortaleza de El indio Fernández es patrimonio cultural de México  y testimonio vivo de la época dorada del cine nacional. Colección de automóviles.

El indio Fernández no era un hombre de medias tintas. Si algo lo caracterizaba, era vivir con intensidad absoluta y eso incluía, por supuesto, sus gustos en automóviles. A diferencia de su imagen ruda y revolucionaria en pantalla, en la vida real el indio podía darse todos los lujos y disfrutaba especialmente de los automóviles más exclusivos  y poderosos de su época.

 El vehículo más icónico y documentado de su colección era un Lincoln Continental blanco descapotable. Este no era cualquier automóvil. El Lincoln continental de los años 50 y 60 era el máximo símbolo de lujo, poder y estatus en Estados Unidos y México. Estamos hablando de un auto con  carrocería amplia y elegante, motor V8 de alta cilindrada que rugía como león, asientos de piel genuina, acabados cromados que brillaban bajo el sol y una presencia en la calle que hacía voltear a todo el mundo.

 Ver a el indio Fernández manejando su Lincoln continental blanco descapotable por las calles de Coyoacán era todo un espectáculo. su figura imponente al volante  con su característico sombrero, su mirada penetrante y ese auto inmenso avanzando lentamente como si fuera dueño de cada  centímetro de asfalto.

 Era puro cine en la vida real. El Lincoln continental descapotable era perfecto para su personalidad.  Era ostentoso sin ser vulgar, elegante sin perder masculinidad, poderoso pero refinado, exactamente como el indio se veía a sí mismo. Este auto aparece en múltiples fotografías de la época, estacionado frente a la casa fuerte o en eventos cinematográficos donde el indio llegaba siempre haciendo una entrada memorable.

Pero ese no era su único  vehículo de lujo. Dada su posición económica y su círculo social de élite, es completamente coherente asociarlo con otros automóviles icónicos  de la época dorada mexicana. El Cadilac serie 62 convertible era otro de los autos que tuvo en su colección. Este era el auto favorito de las grandes estrellas del cine mexicano en los años 50.

 Era el modelo que Jorge Negrete manejaba, el que Pedro Infante presumía, el que María Félix usaba para sus paseos por el paseo de la Reforma. Un Cadilac  serie 62 convertible pintado en negro o en color crema era símbolo absoluto de que habías llegado a la cima del éxito. El Chrisler Imperial Crown  también era típico de figuras de alto estatus en el México de esa época.

 Este auto competía directamente con Cadilac y Lincoln por el título del sedán de lujo más exclusivo.  Tenía líneas elegantes, un interior espacioso perfecto para traslados cómodos por la ciudad y representaba poder institucional. Era el auto de banqueros,  empresarios exitosos y artistas consolidados. Sus automóviles también eran parte de su vida social.

organizaba paseos por Coyoacán con otros directores y actores, todos en sus autos de lujo, como una caravana de la realeza del cine mexicano. Iban a comer a los mejores restaurantes,  a celebrar estrenos en los cines más elegantes, a fiestas en las mansiones de San Ángel y Polanco. Además, el indio era conocido por ser extremadamente  generoso con sus amigos cercanos.

 Prestaba sus autos, los regalaba incluso cuando sentía que alguien lo había ayudado o merecía un reconocimiento  especial. Era un hombre de gestos grandes, de acciones memorables, de vida intensa en todos los aspectos, otros lujos y su estilo de vida. La verdadera riqueza de Emilio, el indio Fernández, no estaba solo en sus cuentas bancarias o en sus propiedades.

 Estaba en su colección de arte invaluable, en su estilo de vida bohemio y refinado al mismo tiempo, en su capacidad para reunir en su casa a lo más electo de la cultura mexicana e internacional. Una de sus pasiones más grandes era el arte religioso y colonial. El indio coleccionaba obsesivamente piezas antiguas rescatadas de conventos abandonados, templos en ruinas y haciendas coloniales.

 Tenía imágenes de santos talladas en madera del siglo X, retablos  dorados que originalmente adornaban iglesias virreinales, crucifijos de marfil traídos de las Filipinas durante la época de la nao de China y vírgenes pintadas por artistas anónimos de la  colonia. Estas piezas no solo decoraban su casa fuerte, eran parte integral de su visión artística.

 El indio usaba estos objetos como  utilería en sus películas, creando escenas de una autenticidad visual imposible de replicar. Cuando veías una  iglesia en una película del indio Fernández, los retablos, las imágenes, los objetos  litúrgicos eran reales con siglos de antigüedad cargados de historia verdadera.

 También era apasionado de la música. Tenía pianos de cola europeos, instrumentos de cuerda fabricados por los mejores lutiers de España  y México y una colección de discos de música clásica, boleros y música vernácula mexicana.  La música era constante en su vida. En sus fiestas siempre había música  en vivo. Agustín Lara tocaba el piano hasta el amanecer.

 Tríos de bolero cantaban las canciones favoritas de los invitados. Mariachi se alegraban las madrugadas. Su casa también contenía relieves escultóricos diseñados específicamente por Diego Rivera. La relación entre el indio y Rivera era profunda y compleja. Se admiraban mutuamente, pero también chocaban por sus temperamentos fuertes. Sin embargo, Rivera respetaba tanto el trabajo cinematográfico de Fernández que aceptó diseñar obras especiales para decorar la casa fuerte.

 Hoy esas piezas son invaluables, parte del patrimonio artístico nacional. El indio también coleccionaba armas. Tenía pistolas antiguas  de la época revolucionaria, rifles de la intervención francesa, machetes villistas, espadas coloniales y armas modernas de colección. No era solo un coleccionista pasivo.

 El indio sabía usar perfectamente las armas y, de hecho, tuvo varios incidentes violentos a lo largo de su vida, donde usó pistolas en peleas, disputas personales y arranques de furia. Las fiestas en la Casa Fuerte eran legendarias, podían durar días enteros. Se servían los mejores tequilas, mezcales artesanales, vinos europeos, whiskys escoceses y champañas francesas.

  La comida era preparada por las mejores cocineras de Puebla y Oaxaca. Se servían moles que tomaban días de preparación, tamales de  todos los tipos imaginables, barbacoa de borrego envuelta en pencas de maguei, chiles enogada en temporada  y postres tradicionales que eran obras de arte culinario. Su vestuario también era característico.

 En eventos formales usaba trajes hechos a la medida por los mejores astres de la Ciudad de México, siempre con corbata de moño, chaleco  y sombrero elegante. Pero su look más icónico era el revolucionario. sombrero ancho, camisa de manta, paliacate rojo al cuello, pantalón de mezclilla y botas de cuero.

  Era su manera de recordarle al mundo que nunca olvidaba sus orígenes humildes y su participación en la revolución. Las películas que construyeron su imperio. Su productora cinematográfica producía, financiaba y distribuía obras maestras que todavía hoy se estudian en  escuelas de cine de todo el mundo.

 Vamos a hacer un recorrido por las más importantes. Flor Silvestre en 1943 fue su primer gran éxito. La protagonizaba Dolores del Río, la actriz mexicana más importante de todos los tiempos y Pedro Armendaris, el actor más viril y carismático del cine de oro. La fotografía era de Gabriel Figueroa, quien se convertiría en el socio creativo más importante del indio.

 Esta película estableció el estilo visual que definiría al cine mexicano. Paisajes monumentales, nubes dramáticas, composiciones que parecían pinturas y rostros indígenas fotografiados con dignidad y belleza. María Candelaria en 1944  fue la película que lo consagró internacionalmente de nuevo con Dolores del Río y Pedro Armendaris contaba la historia trágica de una pareja indígena en Sochimilco que sufre el rechazo y la violencia de su comunidad.

  La película ganó La Palma de Oro en el Festival de Canes en 1946, el  premio más importante del cine mundial. México nunca había ganado ese premio. El indio puso a nuestro país en el mapa cinematográfico global y demostró que el cine mexicano podía competir con lo mejor de Francia, Italia y Estados Unidos.

 Las abandonadas en 1945 fue otra obra maestra que consolidaba su estilo. Después vino enamorada en 1946, protagonizada por María Félix y Pedro Armendaris. Esta película mostraba a María Félix como una mujer orgullosa y rebelde que se enamora de un general revolucionario. Es una de las películas más bellas visualmente que se hayan filmado en México.

 Río Escondido en 1947 fue una película de propaganda que el gobierno mexicano le encargó a el indio para  promover la educación rural. A pesar de ser encargo gubernamental, el indio la convirtió en una obra de arte. María Félix interpreta a una maestra rural que llega a un pueblo hostil a establecer una escuela. La película tenía un mensaje social poderoso sobre la importancia de la educación, pero también era visualmente deslumbrante.

 La Malquerida en 1949 fue una adaptación de la obra teatral española del mismo nombre, pero el indio la mexicanizó completamente, convirtiéndola en un drama pasional ambientado en el campo mexicano. Dolores del Río daba una actuación extraordinaria como una mujer atrapada entre el deber y el deseo prohibido. Pueblerina en 1949 es considerada por muchos críticos como su obra maestra absoluta.

 La historia de una mujer marcada por la viruela que sufre discriminación y violencia en su pueblo es devastadora emocionalmente. La actuación de Columba Domínguez es desgarradora. La fotografía de Gabriel Figueroa alcanza alturas poéticas. Es inepuro en su expresión más elevada. Víctimas del pecado en 1951 marcó un cambio en su filmografía.

 Protagonizada por Ninón Sevilla, la película exploraba el mundo de los cabarets y las ficheras  con una mirada menos idealizada y más cruda que sus películas anteriores. Fue un éxito comercial enorme que le demostró a el indio que podía hacer tanto cine de arte como cine popular.  Un día de vida en 1952. Reportaje 1953, La rebelión de los colgados en 1954, basada en la novela de Bet Traven.

 El rapto en 1954, protagonizada por Jorge Negrete en su última película antes de morir y La Rosa Blanca. En 1961  fueron otras películas importantes que consolidaban su prestigio y sus ingresos. Su productora también le daba control creativo  absoluto. Podía escoger a sus actores, decidir las locaciones, determinar el ritmo de filmación, controlar la edición final.

Pocos directores en el mundo tenían ese nivel de libertad y el indio lo aprovechaba para hacer exactamente las películas que quería hacer, sin compromisos ni concesiones artísticas, el legado y el final. Cuando el indio Fernández falleció el 6 de agosto de 1986 en su amada casa fuerte de Coyoacán, tenía 82 años y su salud había estado deteriorándose por años debido a problemas cardíacos, pulmonares y las consecuencias de décadas de excesos.

 Su muerte fue noticia internacional. Los principales periódicos de Francia, España, Estados Unidos y toda Latinoamérica publicaron obituarios extensos recordando su contribución al cine mundial. El gobierno mexicano declaró duelo nacional. Sus restos fueron velados en el Palacio de Bellas Artes, honor que solo se otorga a los artistas más importantes de México.

 Al funeral asistieron miles de personas: directores, actores, escritores, políticos, gente común que había crecido viendo sus películas. Todos reconocían que había muerto un gigante del cine, un hombre que había llevado el nombre de México a los lugares más prestigiosos del mundo artístico. Después de su muerte, inevitablemente surgieron disputas sobre su herencia.

 La casa fuerte, las obras de arte, los derechos de  sus películas. Todo fue motivo de litigios entre familiares. Como suele suceder con las grandes fortunas, la codicia y los resentimientos familiares salieron a la superficie. Sin embargo, a diferencia de otros casos como el de Cantinflas, donde la herencia se dilapidó en pleitos legales interminables, en el caso del indio hubo cierto respeto por su legado.

La casa fuerte se conservó y eventualmente se convirtió en el museo y espacio cultural que es hoy. Sus películas fueron restauradas y siguen proyectándose en cinematecas de todo el mundo. El verdadero legado de Emilio, el Indio Fernández, no está en su fortuna material. Está en haber creado un estilo visual único que definió al cine mexicano.

 Está en haber demostrado que un director mexicano podía ganar la palma de oro en Canes. Está en haber fotografiado el paisaje mexicano con tanta belleza que inspiró a generaciones de cineastas. Está en haber dado dignidad cinematográfica a los rostros indígenas que antes eran invisibles en la pantalla. Directores contemporáneos  como Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñarritu reconocen la influencia del indio en su trabajo.

 Cuando Del Toro ganó el Óscar por The Shape of Water y mencionó la importancia del cine mexicano clásico, estaba hablando del legado de Emilio Fernández. Cuando Cuarón fotografió Roma con esa estética en blanco y negro que recuerda a Gabriel Figueroa, estaba honrando el trabajo que el indio y Figueroa hicieron juntos durante décadas.

 La historia de la vida lujosa de Emilio, el indio Fernández es la historia de un hombre que se atrevió a soñar en grande y que tuvo el talento para convertir esos sueños en realidad. Su fortuna, estimada en millones de pesos de la época que equivaldrían a decenas de millones actuales, la construyó película tras película con trabajo obsesivo, visión empresarial y talento artístico genuino.

 No heredó nada, lo construyó todo con sus propias manos y su mente brillante. Espero que hayas disfrutado este recorrido por la vida lujosa del indio Fernández, tanto como yo disfruté prepararlo para ti. Si conoces alguna anécdota adicional sobre sus propiedades, sus vehículos o su vida, déjamela en los comentarios.

 Me encantaría conocer más historias y compartirlas con todos. Déjanos tu opinión en los comentarios sobre cuál te pareció la propiedad más impresionante o el detalle más fascinante de su vida. Fue la casa fuerte de piedra volcánica, su Lincoln continental blanco, las fiestas legendarias con Agustín Lara, Diego Rivera y María Félix, su palma de oro en Canes.

 Y si te gustan estas historias donde los grandes del cine de oro muestran su lado más humano y lujoso, no te pierdas nuestros otros videos sobre las estrellas de la época dorada del cine mexicano. Dale click, suscríbete y activa la campanita para no perderte ningún video, porque lo que viene está de no creerse.

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