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La Potencia no pudo DETENERLO: El Día que Pancho Villa Invadió Estados Unidos y Escapó con Vida

La Potencia no pudo DETENERLO: El Día que Pancho Villa Invadió Estados Unidos y Escapó con Vida

Nadie en el departamento de guerra en Washington DC podía dar crédito a lo que decían los cables telegráficos cifrados que llegaban desde la frontera sur esa fría mañana del 9 de marzo de 1916. Los oficiales de Estado Mayor, hombres de uniforme impecable acostumbrados a trazar líneas teóricas sobre mapas de Europa y a preocuparse por la guerra de trincheras al otro lado del Atlántico, leían y releían los papeles amarillentos.

 con una mezcla de náusea física y negación cognitiva absoluta. La noticia era imposible, era una aberración geográfica, política y moral. Una fuerza militar extranjera organizada había cruzado la línea sagrada que separaba la civilización anglosajona de la supuesta barbarie latina. Había entrado en territorio soberano de los Estados Unidos.

 Había atacado una ciudad estadounidense mientras sus habitantes dormían. había matado a soldados del desíncero regimiento de caballería y a civiles inocentes. Había incendiado edificios federales y comerciales y luego había regresado a su país con total impunidad antes de que saliera el sol. Estados Unidos, la potencia industrial emergente que se creía protegida por dos océanos inmensos y por un destino manifiesto de intocabilidad continental, acababa de descubrir con horror que su frontera sur no era un muro de hierro inquebrantable, sino una

puerta de papel mojado. El ataque de Pancho Villa a Columbus, Nuevo México, no fue simplemente una incursión militar táctica o un acto de bandidaje fronterizo. Fue una violación psicológica profunda de la psique nacional por primera vez en más de un siglo, desde aquel lejano y traumático 1812, cuando las tropas británicas incendiaron la Casa Blanca, el santuario continental había sido profanado por botas extranjeras.

 El shock paralizó a la nación entera durante unas horas críticas, pero esa parálisis inicial, nacida de la incredulidad pronto dio paso a una furia volcánica y ciega, alimentada vorazmente por los titulares sensacionalistas de los periódicos de William Randolf HST, que gritaban venganza con letras de sangre en primera plana, exigiendo no solo la captura inmediata del agresor, sino la ocupación total, definitiva y castigadora de todo México.

En la oficina oval, el presidente Woodro Wilson se encontraba atrapado en una pesadilla geopolítica de la que no podía despertar. Wilson, un académico reservado que predicaba la moralidad en las relaciones internacionales y que intentaba desesperadamente, contra viento y marea, mantener a Estados Unidos fuera de la carnicería industrial de la Primera Guerra Mundial que desangraba a Europa.

 Se dio cuenta esa mañana de que su neutralidad estratégica había sido destrozada no por el cáiser alemán, sino por un guerrillero mexicano con sombrero de paja. No podía ignorar la humillación. Si no respondía con una fuerza aplastante y visible, parecería débil ante Berlín, ante Londres y, lo más peligroso de todo, ante sus propios votantes en un año electoral decisivo.

La respuesta, decidió Wilson con el rostro grave, no sería diplomática ni proporcional, sería bíblica. Se autorizó la creación inmediata y masiva de la expedición punitiva, una fuerza militar diseñada no para combatir una guerra convencional de posiciones, sino para ejecutar una cacería humana a escala industrial, una operación de exterminio quirúrgico.

 Para liderar esta misión sin precedentes se eligió al general John H. Pershing, apodado Black Jack, un hombre de mandíbula cuadrada, mirada de hielo y disciplina prusiana. cuya reputación de dureza había sido forjada en las guerras indias contra los apaches y en la brutal pacificación de las Filipinas. Persching recibió una orden que era, al mismo tiempo de una simplicidad engañosa y de una arrogancia imperial suprema, capturar a Francisco Villa, vivo o muerto, y dispersar sus bandas para siempre, asumiendo con fatalidad que el simple peso del águila americana

aplastaría al ratón mexicano sin mayor esfuerzo que el de marchar. La movilización que siguió en las bases de Texas y Nuevo México fue un espectáculo de UBRIS tecnológico y logístico nunca antes visto en la historia del hemisferio occidental. El ejército de los Estados Unidos, ansioso por probar sus nuevos juguetes mecánicos antes de enviarlos a los campos de muerte de Francia, convirtió la frontera en un laboratorio de guerra futurista.

 Por primera vez en la historia militar, el motor de combustión interna reemplazaría masivamente al músculo animal como el motor de la guerra. Se reunieron cientos de camiones Dodge y White, vehículos pesados, ruidos y experimentales que prometían conquistar el desierto a fuerza de gasolina, aceite y velocidad, superando las limitaciones biológicas de las mulas y los caballos que habían definido la guerra durante milenios.

 Se desplegaron motocicletas Harley Davidson armadas con ametralladoras en los sides para los correos rápidos y el reconocimiento. Y lo más asombroso de todo, en los aeródromos improvisados de tierra apisonada brillaban bajo el sol implacable las alas de tela, madera y barniz del primer escuadrón aéreo. Ocho biplanos, Curtis, JN3, Jenny.

 Máquinas voladoras frágiles que, según la fe ciega de los generales estadounidenses, actuarían como los ojos de Dios, localizando al bandido desde las alturas inalcanzables y dirigiendo el castigo divino sobre él con una precisión matemática. La fe en la tecnología era absoluta, casi religiosa. Creían sinceramente que la superioridad mecánica anularía inevitablemente la ventaja del terreno, que la modernidad aplastaría a la tradición.

 Sin embargo, lo que los planificadores en Washington no entendían, cegados por el brillo de su propia potencia de fuego y por los mapas inexactos que cubrían sus mesas, era la profundidad abismal de la trampa estratégica que Pancho Villa les había tendido. Villa no era un loco sediento de sangre que había atacado Columbus por un impulso suicida o irracional.

 Era un jugador de ajedrez instintivo que había sacrificado un peón valioso para atrapar a la reina enemiga. Villa sabía perfectamente, con una claridad, que escapaba a los analistas de West Point, que no podía derrotar a los Estados Unidos en una guerra simétrica o frontal. Su objetivo al atacar Columbus era precisamente provocar esa invasión masiva y ruidosa.

 Sabía que en el momento exacto en que la primera bota de un soldado gringo pisara el suelo sagrado de Chihuahua, la dinámica política de México cambiaría radicalmente. El odio ancestral al invasor del norte, grabado a fuego en la memoria colectiva mexicana desde la traumática pérdida de la mitad del territorio en 1848, se activaría como un mecanismo de defensa inmunológico nacional.

 Villa apostó su vida y su legado a que la presencia de Persing y sus máquinas convertiría a cada campino humilde, a cada pastor solitario y a cada mujer en los pueblos olvidados, en un espía villista leal y en un enemigo jurado de los extranjeros. Mientras Persing afilaba sus sables, cargaba sus camiones con toneladas de suministros y preparaba sus cámaras para documentar su victoria inevitable.

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