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Lo que OCULTÓ RAÚL VELASCO Durante 30 AÑOS: El IMPERIO OSCURO y El Final ATERRADOR Que Nadie Contó

Lo que OCULTÓ RAÚL VELASCO Durante 30 AÑOS: El IMPERIO OSCURO y El Final ATERRADOR Que Nadie Contó

Lo que ocurrió en los últimos días de la vida de Raúl Velasco te va a dejar helado. Porque el hombre más poderoso de la televisión mexicana, el que durante casi 30 años decidió quién existía y quién dejaba de existir en este país, terminó muriendo prácticamente solo dentro de una casa de Acapulco, sin que la mitad de los artistas que él había creado se atreviera siquiera a contestarle el teléfono.

 Y te pido que te quedes hasta el final de este video, hasta el final, porque si ahora mismo lo pintas como un villano, te vas a quedar con la mitad de la historia. Y si lo pintas como una víctima también, porque el caso de Raúl Velasco es más oscuro, más triste y mucho más alceante de lo que jamás te contaron en los homenajes oficiales.

 Era el 26 de noviembre de 2006, domingo. La ironía es que casi todo lo importante de la vida de este señor terminó pasando un domingo, ese día que él mismo había convertido en su trono. Tenía 73 años. Estaba en Acapulco, en una casa que llevaba años sirviéndole de refugio. Lo rodeaban su esposa Dorle, sus hijos Raúl y Karina y unos pocos íntimos.

 Afuera, los noticieros ya estaban preparando los obituarios. La hepatitis C, esa enfermedad silenciosa que llevaba consumiéndolo lentamente desde los años 90, terminó por danarle. Cirrosis, trasplante de hígado en 1998, tratamientos, recaídas y finalmente el cuerpo dijo basta. Pero lo verdaderamente espeluznante no fue su muerte.

 Lo verdaderamente espeluznante fue el silencio que la rodeó. Porque Raúl Velasco, según se ha relatado durante años en boca de decenas de artistas, no fue solo un conductor, fue el guardián de la puerta, el cobrador invisible, el hombre que, según se contaba a media voz en los pasillos de Televisa, podía mandarte al cielo o al infierno con una sola frase: dicha al aire, frente a millones de personas.

 Y cuando alguien con tanto poder muere, lo lógico, lo esperable sería un funeral monumental lleno de coronas, lleno de discursos, lleno de los artistas que él consagró. Pero según se ha contado, eso no pasó. Muchos de los que durante décadas le besaron el anillo, ese día prefirieron mirar a otro lado. Bienvenidos a Fama Destruida.

 Hoy vamos a contar la historia más incómoda de la televisión mexicana del siglo XX. La historia de Raúl Velasco, un señor de gafas grandes, traje impecable y sonrisa medida que llegó a tener en sus mejores años más de 350 millones de espectadores cada domingo, según se ha reportado. 350 millones, más que un presidente, más que un papa.

 El conductor del programa Siempre en domingo, que se emitió durante 28 años seguidos, de 1969 a 1998 y que se convirtió prácticamente en una religión nacional. Una aclaración fundamental antes de seguir, todo lo que vas a escuchar en este video proviene de declaraciones públicas hechas a lo largo de los años por artistas, testimonios mediáticos, biografías y rumores que han circulado durante décadas.

 Aquí no se afirma nada como verdad absoluta. Cuando entremos al chisme, al rumor, a la versión nunca probada en juzgado, lo vamos a decir con todas las letras, porque hay nombres, hay carreras, hay vidas y hay una familia detrás y se respeta. Pero también hay una verdad incómoda que ningún homenaje pudo enterrar.

 Y esa verdad es que detrás de la sonrisa que sostenía cada domingo, detrás del traje impecable y de la voz cálida que presentaba a los artistas, había, según se contó tantas y tantas veces, un hombre que aprendió muy temprano a confundir el poder con la identidad. Un hombre que se acostumbró a humillar en vivo a quienes no le caían bien.

 Un hombre que, según se ha relatado, vetaba carreras enteras con una mirada. Un hombre que, según se ha contado, tenía catálogos. Sí, catálogos. Esa palabra, esa palabra fea, sucia, que durante años ha vuelto a aparecer en los testimonios de quienes vivieron por dentro la maquinaria de Televisa de aquella época.

 ¿Realmente existían esos catálogos? ¿Cuántas carreras se quebraron por una sola broma cruel dicha al aire? ¿Cuántas chicas de 18 años terminaron pagando peajes que jamás aparecieron en ningún contrato? ¿Y por qué? Cuando él cayó enfermo, casi nadie quiso recordar lo que le debía. Quédate porque para entender cómo este hombre llegó tan alto, primero hay que volver a Celaya, a un pueblo, a una infancia, a un niño pobre que aprendió antes que nadie, que en este mundo o se obedece o se aprende a mandar.

 Celaya, Guanajuato, 24 de abril de 1933. En una casa modesta, sin televisión, sin radio, sin cámaras, nace un niño que jamás imaginaría que algún día llegaría a controlar prácticamente qué cantaba un país entero los domingos por la tarde. Raúl Velasco Ramírez, hijo de una familia humilde, de las que en el México de los años 30 apenas alcanzaban para comer caliente, sin abolengo, sin contactos, sin un solo apellido influyente que abriera puertas, solo el polvo de las calles, la rutina del pueblo y, según se ha relatado, una lección que aprendería antes que

cualquier otra cosa. En la vida hay dos tipos de personas, las que mandan y las que obedecen. Y los que mandan no necesariamente son los más listos, solo son los que descubrieron, primero que nadie, cómo fabricar la obediencia de los demás. La infancia de Raúl, según las pocas declaraciones que él mismo dio sobre aquellos años, estuvo marcada por el trabajo temprano.

 Una tienda familiar, oficios pequeños, mandados, conteos, el típico niño mexicano de los años 40 que aprendía sumas no en la escuela, sino atendiendo el mostrador. Y aquí está la primera semilla, porque ese chico no soñaba con cantar, no soñaba con ser actor, no tenía pinta de galán ni voz de ídolo.

 Lo que tenía era una cosa mucho más peligrosa. Tenía cabeza para los números, tenía paciencia para esperar y tenía, según quienes lo conocieron, una ambición silenciosa que jamás presumía en voz alta. La ambición del que ha sentido alguna vez la vergüenza de no tener. A los 20 años, alrededor de 1953, el joven Velasco hizo lo que tantos jóvenes guanajuatenses hicieron en esos años.

 Empacó lo poco que tenía y se fue a la Ciudad de México, la capital. esa ciudad que según se ha contado tantas veces no recibe, exige, no abraza, mide. Y Raúl Velasco, ese chico pueblerino sin contactos ni apellido, llegó a un mundo donde si no eras nadie lo seguía haciendo durante mucho tiempo. Su primer empleo en la capital fue uno tan poco glamoroso que después, cuando ya era famoso, casi nunca lo mencionaba.

 Entró como contador en el Banco Nacional de México. Sí, contador. Imagínate la escena. un escritorio, una lámpara, una calculadora, un señor de saco sumando y restando 8 horas al día. Pero ese empleo, aparentemente aburrido, según se ha relatado, fue su primera escuela de poder. Porque en un banco no solo aprendes a contar dinero, aprendes a contar personas, a clasificarlas, a separar al que paga del que debe, al que tiene aval del que no, al que merece crédito del que merece negativa.

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