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Berlín ARDIENDO, Búnker DESCUBIERTO, ACORRALADO — Hitler: “Luchen Hasta Que YO Esté MUERTO

Berlín ARDIENDO, Búnker DESCUBIERTO, ACORRALADO — Hitler: “Luchen Hasta Que YO Esté MUERTO

El 16 de enero de 1945, Adolf Hitler descendió por última vez las escaleras de concreto que llevaban al furer bnker a 8 m bajo tierra en el corazón de Berlín. Lo que no sabía es que jamás volvería a ver la luz del sol. Las bombas aliadas caían como lluvia mortal sobre la capital del Richish, que una vez se creyó eterno y el eco de las explosiones resonaba incluso en las profundidades de su refugio subterráneo.

El búnker, construido en 1944 como la última fortaleza del tercer Richish, se había convertido en una tumba de concreto y acero. Sus paredes de 2 m de espesor no podían silenciar los gritos de una ciudad que ardía, ni tampoco podían contener el terror que crecía en el corazón del hombre, que había prometido un raich de 1000 años.

Eva Brown caminaba por los pasillos estrechos y húmedos, sus tacones resonando contra el suelo de concreto. Había llegado a Berlín contra las órdenes expresas de Hitler, determinada a morir junto al hombre que amaba. En su rostro pálido se reflejaba una mezcla de determinación y terror. Sabía, como todos en ese búnker, que estaban viviendo los últimos días del mundo que conocían.

El aire en el búnker era espeso, cargado del humo de los cigarrillos y del olor a miedo. Los generales entraban y salían de la sala de mapas con rostros cada vez más sombríos. Las líneas rojas que marcaban las posiciones soviéticas en el mapa se acercaban inexorablemente al centro de Berlín.

 Cada día que pasaba el cerco se cerraba más. El general Helmut Weidling, comandante de la defensa de Berlín, entró al búnker con noticias que todos temían escuchar. Sus botas militares resonaron en el corredor mientras se dirigía hacia Hitler. El furer lo esperaba en su estudio, una habitación pequeña y claustrofóbica decorada con un retrato de Federico el Grande, el último vestigio de la grandeza que una vez había soñado.

 Mind Furer, comenzó Wielin con voz tensa. Las fuerzas soviéticas han penetrado el perímetro exterior de Berlín. Nuestras defensas no pueden contenerlos por mucho más tiempo. Los tanques T34 avanzan por las avenidas Unterden Linden y Wilhelms Trase. Están a menos de 1 km de la cancillería del Rik.

 Hitler, que había envejecido décadas en los últimos meses, levantó lentamente la vista del mapa que estudiaba obsesivamente. Sus ojos, una vez ardientes, de determinación fanática, ahora mostraban una mezcla de delirio y desesperación. Su mano izquierda temblaba incontrolablemente, un síntoma que había empeorado dramáticamente durante las últimas semanas del asedio.

 ¿Dónde está el general Steiner?, preguntó Hitler con voz rasposa. ¿Dónde están sus divisiones? ¿Por qué no ha comenzado su contraataque? Un silencio sepulcral llenó la habitación. Todos sabían la verdad que nadie se atrevía a pronunciar. No había contraataque. La división de Steiner prácticamente no existía.

 Era una fantasía desesperada de un hombre que se negaba a aceptar la realidad de la derrota total. El general Wilhelm Kaitel, jefe del alto mando de las fuerzas armadas, finalmente encontró el valor para hablar. M Futer. El general Steiner no pudo reunir suficientes fuerzas para el ataque. Sus unidades están diezmadas, sin municiones, sin combustible.

 Los soldados que quedan son, en su mayoría ancianos del Volksturm y niños de las juventudes hitlerianas. La transformación en Hitler fue inmediata y aterradora. Su rostro se contorsionó en una máscara de furia absoluta. Se incorporó de su silla con una violencia que hizo que todos en la habitación retrocedieran instintivamente.

 Sus gritos resonaron por todo el búnker, tan intensos que incluso los secretarios en las habitaciones distantes podían escuchar cada palabra venenosa. Traidores. Todos son traidores. Rugió. Su voz quebrada por la ira. El pueblo alemán no merece mi sacrificio. Han fallado. El reich ha fallado, pero yo lucharé hasta mi último aliento.

 Golpeó la mesa con tal fuerza que los mapas saltaron y pequeñas figuras que representaban divisiones inexistentes se dispersaron por el suelo. Era el momento en que la última gota de cordura abandonó al hombre que había arrastrado al mundo a la guerra más destructiva de la historia, Magda. Gbbels, esposa del ministro de propaganda, Joseph Gbels, observaba desde el pasillo con sus seis hijos.

 Sus rostros inocentes no comprendían la magnitud del horror que se desarrollaba a su alrededor. Magda había tomado la decisión más espantosa que una madre podría tomar. Mataría a sus propios hijos antes que permitir que crecieran en un mundo sin el tercer raich. Sus ojos mostraban la determinación fría de quien ya ha cruzado la línea entre la cordura y la locura.

 Los bombardeos aliados se intensificaron durante la noche. El búnker temblaba con cada explosión y pequeñas partículas de concreto caían del techo como nieve siniestra. Las luces parpadeaban constantemente y el sistema de ventilación luchaba por mantener el aire respirable en las profundidades subterráneas. El coronel Klaus Shenk, Graf von Stauenberg, había intentado asesinar a Hitler meses antes con una bomba en la guarida del lobo, pero había fallado.

 Ahora, mientras Berlín ardía sobre sus cabezas, muchos de los oficiales presentes en el búnker se preguntaban qué habría pasado si Staufenberg hubiera tenido éxito. La guerra podría haber terminado mucho antes, salvando millones de vidas. En las calles de Berlín la batalla era feroz y desesperada. Los soldados soviéticos avanzaban casa por casa, calle por calle, enfrentando una resistencia fanática de la CSS y los últimos defensores nazis.

 Los tanques IS3 soviéticos aplastaban las barricadas improvisadas hechas de escombros y vehículos destruidos. El aire estaba lleno del humo de los incendios y el eco constante de ametralladoras y explosiones de mortero. El mariscal Georgi Yukov, comandante del primer frente bielorruso, dirigía el asalto final contra Berlín desde su puesto de comando.

 Sus tropas habían luchado desde Stalingrado hasta las puertas de la capital del Rik y ahora estaban a punto de lograr la victoria final. Chukov sabía que cada hora que pasaba significaba menos bajas soviéticas, pero también entendía que Hitler podría escapar si no actuaban rápidamente. Dentro del búnker, Hitler convocó a una reunión con sus asesores más cercanos.

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