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ÉL LA ABANDONÓ POR VERGÜENZA DE SU POBREZA… AÑOS DESPUÉS, LLORÓ AL VER EN QUIÉN SE CONVIRTIÓ

ÉL LA ABANDONÓ POR VERGÜENZA DE SU POBREZA… AÑOS DESPUÉS, LLORÓ AL VER EN QUIÉN SE CONVIRTIÓ

Él la abandonó por vergüenza de su pobreza. Años después lloró al ver en quién se convirtió. La carreta cruzó la entrada del pueblo a esa hora extraña en que el cielo ya no es noche, pero todavía no es mañana. El hombre que sujetaba las riendas tenía las manos cuarteadas, la camisa sucia de tres días de camino y una vergüenza tan vieja en la cara que parecía haber nacido con ella.

detuvo el caballo frente a la única casa de adobe que todavía seguía en pie en la calle Vieja y desde el lugar donde estaba pudo ver a través de la ventana abierta el resplandor de una lámpara, tres mujeres trabajando alrededor de un telar grande y en el centro de todo, sentada con la postura firme de quien nunca en la vida ha bajado la cabeza.

Una mujer que él reconoció antes incluso de verle la cara. Era ella. Se llamaba Remedios Peñaloza. Tenía 44 años, una hebra de plata cruzándole el cabello desde la 100 hasta la nuca y unas manos que sabían hacer cosas que casi nadie en la región sabía hacer ya. Era tejedora, hija de tejedora, nieta de tejedora, dueña del único taller de mantas tradicionales que en los últimos años había salido del pueblo y llegado hasta galerías que ella jamás había visitado en persona.

El hombre la miró desde la oscuridad durante un largo rato. no bajó de la carreta, no se acercó, solo apoyó las manos sobre las rodillas y sintió por primera vez en 22 años que el peso que cargaba no era el del viaje, era otro, mucho más antiguo. Pero para entender cómo remedios había llegado a estar sentada esa madrugada frente al telar, en la misma casa de adobe, que 22 años antes había sido testigo del peor día de su vida, hay que retroceder hasta esa otra madrugada.

La madrugada en que todo empezó, aquella en que un muchacho llamado Tomás Arrieta enganchó un caballo a una carreta vieja, cargó dos bolsas de yute con sus pocas pertenencias y se fue del pueblo antes de que saliera el sol, sin dejar una palabra, sin dejar una nota, dejando atrás, apoyada contra la pared de adobe, a una muchacha de 22 años que llevaba 3 meses de embarazo y un corazón a punto de quebrarse para siempre.

Remedios había conocido a Tomás Arrieta en la fiesta del pueblo dos años antes de aquella madrugada. Él tenía 24 años. Era el hijo mediano de una familia que no era rica, pero que estaba un escalón por encima del resto. Tenían dos vacas, un horno propio, una casa con techo de Texas en vez de chapa y un padre que sabía leer.

En el pueblo eso era casi una fortuna. Ella, en cambio, vivía con doña Asunción, su abuela materna, que tejía mantas en un telar antiguo desde antes de que ella naciera. Sus padres ya no estaban. La madre había muerto cuando ella tenía 9 años. El padre se había ido sin avisar 3 años después. Cuando Tomás se acercó a hablarle aquella noche de fiesta, ella tenía las manos manchadas del tinte que había estado preparando esa misma tarde.

Cochinilla rojo profundo. Él miró las manchas y sonrió. Le dijo que las manos manchadas eran señal de manos honradas. Ella le creyó. Lo que vino después fue rápido, como suele ser todo en los pueblos chicos. Tomás le habló de la ciudad, de un primo que tenía un comercio, de una vida mejor. Remedios. No le pedía una vida mejor, le pedía que se quedara.

Pero la vergüenza en los hombres jóvenes con familias un escalón por encima del resto suele ser más fuerte que cualquier promesa. El día en que Tomás se enteró de que remedios estaba embarazada, fue a verla a la casa de adobe. Ella lo recibió afuera, debajo del alero de chapa oxidada, con el corazón saltándole. Pensó que él iba a sonreír.

Pensó que iba a hablar con la abuela. pensó que iba a hablar con el cura. No hizo nada de eso. Le dijo que tenía que pensar, que tenía que ver cómo iba a hacer, que la casa de adobe estaba muy fea para criar a un hijo, que su madre, doña Casilda Arrieta, no iba a entender. Y se fue.

Volvió tres veces más en las dos semanas siguientes, cada una más distante que la anterior. La última vez no la miró a los ojos. Le dijo que se iba a la ciudad un tiempo a juntar dinero, que después volvía, que ella esperara. Remedios. No le contestó nada, solo se quedó mirando el horizonte, donde los cerros se hacían marrones y después azules.

Algo dentro de ella ya sabía. Esa noche durmió mal. Soñó con la abuela, que ya había muerto el otoño anterior. Soñó que la abuela le ponía una manta sobre los hombros y le decía algo que no pudo escuchar. A las 4:30 de la madrugada la despertó el ruido de una carreta en la calle. Salió descalza al patio. La luna estaba baja.

Vio a Tomás del otro lado del cerco, enganchando el caballo en silencio. Con dos bolsas de yute ya cargadas atrás. Él la vio también. Se quedaron mirándose por encima del cerco durante lo que parecieron horas y fueron en realidad no más que algunos segundos. Tomás abrió la boca, no salió ninguna palabra, bajó la mirada, subió a la carreta, sacudió las riendas. El caballo empezó a caminar.

Remedios no le gritó, no corrió detrás, no lloró todavía. se quedó parada en el patio mirando como la carreta se hacía pequeña en el camino que salía del pueblo. Y solo cuando ya no se la veía más, solo cuando la primera línea de luz empezaba a pintarse sobre los cerros. Solo entonces caminó despacio hasta la pared de adobe, apoyó la frente contra el barro frío, se tapó la cara con las dos manos y lloró como lloran las mujeres, que recién en ese momento entienden que el hombre que se fue no se va a tomar el trabajo de extrañarlas.

Cuando doña Felisa, la vecina viuda que vivía al lado, salió a buscar leña al amanecer, la encontró todavía allí sin moverse, con la mano apoyada en la barriga que apenas se notaba, doña Felisa no le preguntó nada, le pasó el brazo por los hombros y la metió adentro de su propia casa. Puso la tetera al fuego, le preparó un té caliente y solo cuando remedios había tomado el primer sorbo, se animó a hablar.

Pasaron cosas peores, dijo doña Felisa. Y siguen tejiendo. Remedios la miró. No entendió en ese momento. Iba a entenderlo años después. Lo que ninguno de los dos, ni Tomás, alejándose en su carreta, ni remedios llorando contra la pared, pudo imaginar esa madrugada. Fue la vergüenza que él se llevaba en las bolsas de yute iba a regresar exactamente 22 años después.

y que iba a regresar a buscarlo a él. Emiliano Peñalosa nació al final del invierno siguiente en la casa de Adobe, asistido por doña Felisa y por una partera del pueblo vecino que se llamaba doña Rufina. Pesó poco, lloró mucho, tenía los ojos oscuros del padre y la frente alta de la abuela Asunción. Cuando el cura del pueblo, el padre Anselmo, vino a anotar el nacimiento en el libro de bautismos, le preguntó a Remedios qué apellido iba a llevar el niño.

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