ÉL LA ABANDONÓ POR VERGÜENZA DE SU POBREZA… AÑOS DESPUÉS, LLORÓ AL VER EN QUIÉN SE CONVIRTIÓ
Él la abandonó por vergüenza de su pobreza. Años después lloró al ver en quién se convirtió. La carreta cruzó la entrada del pueblo a esa hora extraña en que el cielo ya no es noche, pero todavía no es mañana. El hombre que sujetaba las riendas tenía las manos cuarteadas, la camisa sucia de tres días de camino y una vergüenza tan vieja en la cara que parecía haber nacido con ella.
detuvo el caballo frente a la única casa de adobe que todavía seguía en pie en la calle Vieja y desde el lugar donde estaba pudo ver a través de la ventana abierta el resplandor de una lámpara, tres mujeres trabajando alrededor de un telar grande y en el centro de todo, sentada con la postura firme de quien nunca en la vida ha bajado la cabeza.
Una mujer que él reconoció antes incluso de verle la cara. Era ella. Se llamaba Remedios Peñaloza. Tenía 44 años, una hebra de plata cruzándole el cabello desde la 100 hasta la nuca y unas manos que sabían hacer cosas que casi nadie en la región sabía hacer ya. Era tejedora, hija de tejedora, nieta de tejedora, dueña del único taller de mantas tradicionales que en los últimos años había salido del pueblo y llegado hasta galerías que ella jamás había visitado en persona.
El hombre la miró desde la oscuridad durante un largo rato. no bajó de la carreta, no se acercó, solo apoyó las manos sobre las rodillas y sintió por primera vez en 22 años que el peso que cargaba no era el del viaje, era otro, mucho más antiguo. Pero para entender cómo remedios había llegado a estar sentada esa madrugada frente al telar, en la misma casa de adobe, que 22 años antes había sido testigo del peor día de su vida, hay que retroceder hasta esa otra madrugada.
La madrugada en que todo empezó, aquella en que un muchacho llamado Tomás Arrieta enganchó un caballo a una carreta vieja, cargó dos bolsas de yute con sus pocas pertenencias y se fue del pueblo antes de que saliera el sol, sin dejar una palabra, sin dejar una nota, dejando atrás, apoyada contra la pared de adobe, a una muchacha de 22 años que llevaba 3 meses de embarazo y un corazón a punto de quebrarse para siempre.
Remedios había conocido a Tomás Arrieta en la fiesta del pueblo dos años antes de aquella madrugada. Él tenía 24 años. Era el hijo mediano de una familia que no era rica, pero que estaba un escalón por encima del resto. Tenían dos vacas, un horno propio, una casa con techo de Texas en vez de chapa y un padre que sabía leer.
En el pueblo eso era casi una fortuna. Ella, en cambio, vivía con doña Asunción, su abuela materna, que tejía mantas en un telar antiguo desde antes de que ella naciera. Sus padres ya no estaban. La madre había muerto cuando ella tenía 9 años. El padre se había ido sin avisar 3 años después. Cuando Tomás se acercó a hablarle aquella noche de fiesta, ella tenía las manos manchadas del tinte que había estado preparando esa misma tarde.
Cochinilla rojo profundo. Él miró las manchas y sonrió. Le dijo que las manos manchadas eran señal de manos honradas. Ella le creyó. Lo que vino después fue rápido, como suele ser todo en los pueblos chicos. Tomás le habló de la ciudad, de un primo que tenía un comercio, de una vida mejor. Remedios. No le pedía una vida mejor, le pedía que se quedara.
Pero la vergüenza en los hombres jóvenes con familias un escalón por encima del resto suele ser más fuerte que cualquier promesa. El día en que Tomás se enteró de que remedios estaba embarazada, fue a verla a la casa de adobe. Ella lo recibió afuera, debajo del alero de chapa oxidada, con el corazón saltándole. Pensó que él iba a sonreír.
Pensó que iba a hablar con la abuela. pensó que iba a hablar con el cura. No hizo nada de eso. Le dijo que tenía que pensar, que tenía que ver cómo iba a hacer, que la casa de adobe estaba muy fea para criar a un hijo, que su madre, doña Casilda Arrieta, no iba a entender. Y se fue.
Volvió tres veces más en las dos semanas siguientes, cada una más distante que la anterior. La última vez no la miró a los ojos. Le dijo que se iba a la ciudad un tiempo a juntar dinero, que después volvía, que ella esperara. Remedios. No le contestó nada, solo se quedó mirando el horizonte, donde los cerros se hacían marrones y después azules.
Algo dentro de ella ya sabía. Esa noche durmió mal. Soñó con la abuela, que ya había muerto el otoño anterior. Soñó que la abuela le ponía una manta sobre los hombros y le decía algo que no pudo escuchar. A las 4:30 de la madrugada la despertó el ruido de una carreta en la calle. Salió descalza al patio. La luna estaba baja.
Vio a Tomás del otro lado del cerco, enganchando el caballo en silencio. Con dos bolsas de yute ya cargadas atrás. Él la vio también. Se quedaron mirándose por encima del cerco durante lo que parecieron horas y fueron en realidad no más que algunos segundos. Tomás abrió la boca, no salió ninguna palabra, bajó la mirada, subió a la carreta, sacudió las riendas. El caballo empezó a caminar.
Remedios no le gritó, no corrió detrás, no lloró todavía. se quedó parada en el patio mirando como la carreta se hacía pequeña en el camino que salía del pueblo. Y solo cuando ya no se la veía más, solo cuando la primera línea de luz empezaba a pintarse sobre los cerros. Solo entonces caminó despacio hasta la pared de adobe, apoyó la frente contra el barro frío, se tapó la cara con las dos manos y lloró como lloran las mujeres, que recién en ese momento entienden que el hombre que se fue no se va a tomar el trabajo de extrañarlas.
Cuando doña Felisa, la vecina viuda que vivía al lado, salió a buscar leña al amanecer, la encontró todavía allí sin moverse, con la mano apoyada en la barriga que apenas se notaba, doña Felisa no le preguntó nada, le pasó el brazo por los hombros y la metió adentro de su propia casa. Puso la tetera al fuego, le preparó un té caliente y solo cuando remedios había tomado el primer sorbo, se animó a hablar.
Pasaron cosas peores, dijo doña Felisa. Y siguen tejiendo. Remedios la miró. No entendió en ese momento. Iba a entenderlo años después. Lo que ninguno de los dos, ni Tomás, alejándose en su carreta, ni remedios llorando contra la pared, pudo imaginar esa madrugada. Fue la vergüenza que él se llevaba en las bolsas de yute iba a regresar exactamente 22 años después.
y que iba a regresar a buscarlo a él. Emiliano Peñalosa nació al final del invierno siguiente en la casa de Adobe, asistido por doña Felisa y por una partera del pueblo vecino que se llamaba doña Rufina. Pesó poco, lloró mucho, tenía los ojos oscuros del padre y la frente alta de la abuela Asunción. Cuando el cura del pueblo, el padre Anselmo, vino a anotar el nacimiento en el libro de bautismos, le preguntó a Remedios qué apellido iba a llevar el niño.
Ella lo miró sin titubear y dijo el suyo, Peñalosa, solo Peñalosa. El padre Anselmo, que era un hombre joven y todavía no había aprendido a no opinar, le preguntó si no iba a poner el apellido del padre. Remedios contestó algo que en el pueblo se repitió durante años. en voz baja, en las cocinas y en los corredores de la iglesia para llevar un apellido. Dijo, “Hay que quedarse.
” El padre Anselmo bajó la cabeza, escribió Peñaloza en el libro y nunca más le preguntó nada. Los primeros años fueron duros como tenían que ser. Remedios trabajó haciendo limpieza en la casa del médico del pueblo durante el primer año y los fines de semana llevaba al niño en una manta cruzada sobre el pecho y lavaba ropa ajena en el río.
Doña Felisa la ayudaba cuidando a Emiliano cuando ella no podía llevarlo. Pero hubo una noche, cuando el niño tenía un año y medio en que Remedios entró al cuarto del fondo de la casa de Adobe, abrió un baúl de madera que había sido de la abuela Asunción y se quedó mirando lo que había adentro durante mucho tiempo. Adentro estaba el telar.
Estaba envuelto en una sábana vieja, desarmado en sus partes principales, con los hilos cortados y enrollados en la base. Era el telar pedales que la abuela había usado durante décadas. Y al lado del telar había un libro de oraciones encuaderno, en cuero gastado. Remedios abrió el libro.
Lo había ojeado muchas veces de chica, pero nunca se había dado cuenta de lo que ese libro escondía. En el medio, entre las páginas de la oración de la mañana y la oración de la tarde, había una sobrecubierta más gruesa que las demás. Pasó el dedo por el borde. Era un compartimiento. La abuela había mandado hacer un libro falso por adentro de un libro verdadero y adentro del compartimiento había un cuaderno.
Era el cuaderno de la abuela y de la bisabuela. Y en algunas páginas escritas con tinta tan vieja que casi no se podía leer, de la madre de la bisabuela, tres generaciones de patrones de tejido anotados a mano, símbolos viejos que remedios reconoció de las mantas más antiguas del pueblo, los que ya casi nadie sabía hacer. Combinaciones de colores, anotaciones al margen.
Para boda, hilar más fino. Para luto, ocho hilos cruzados. Para nacimiento, el rombo abierto. Remedios se sentó en el suelo con el cuaderno en la falda y lloró por segunda vez en su vida. La primera vez había sido contra la pared de adobe, esta vez fue de otra cosa. Pero en una de las páginas del cuaderno, escrito casi al margen con una letra distinta y mucho más vieja que la de la abuela, había un símbolo que ni doña Asunción había llegado a tejer nunca.
un rombo dentro de otro rombo con cuatro líneas que se cruzaban en el centro al lado, escrita con la misma tinta vieja del resto del margen, pero con otra letra, una sola frase, para cuando llegue. Remedios no entendió a qué se refería. Pasó el dedo por el dibujo durante mucho tiempo, después cerró el cuaderno y lo volvió a guardar.
Esa misma semana, Remedios y doña Felisa armaron el telar entre las dos. Lo limpiaron, lo aceitaron, le cambiaron los hilos viejos. Le llevó un mes volver a tejer la primera manta sin equivocarse. Le llevó tr meses tejer una manta que pudiera vender. Le llevó casi dos años tejer una manta que ella misma quisiera ver en la pared de su propia casa.
Las vendía en la feria del pueblo los sábados. Al principio por casi nada. Una manta que le había llevado tres semanas se la pagaban menos de lo que doña Felisa cobraba por dos días de la bandería, pero remedios no bajaba la cabeza. Llevaba a Emiliano sentado al lado del puesto, le ataba un cordón al pie para que no se le escapara y atendía a la clientela sin perder la calma.
Hubo una noche durante el tercer invierno después del abandono, en que Remedio se sentó frente al telar y no pudo levantar las manos. Llevaba semanas durmiendo mal. Emiliano se había enfermado de bronquitis y había gastado en remedios casi todo lo que tenía guardado dentro de un ovillo viejo de lana en el fondo del baúl.
La manta que estaba tejiendo le había salido mal en tres tramos seguidos y había tenido que destejer dos noches enteras para volver a empezar. Esa noche, sentada frente al telar a la luz floja del candil, miró el cuaderno de la abuela abierto sobre la silla y pensó algo que después se prohibió pensar nunca más. que tal vez doña Felisa se equivocaba, que tal vez sí había mujeres a las que ya no les quedaba más para tejer.
Pero entonces, desde la cama del fondo, Emiliano la llamó. Tenía 3 años. Tenía la voz quemada por la fiebre. Le pidió un vaso de agua, remedios. Cerró el cuaderno. Fue a buscarle el agua, le mojó la frente con un paño hasta que el chico se quedó dormido. Después volvió al telar. Esa noche tejió hasta el amanecer y nunca más pensó lo que había pensado.
Hubo un sábado, cuando Emiliano ya tenía 5 años, en que pasó por la feria una señora que vivía en una casa grande a las afueras del pueblo. Doña Casilda Arrieta, la madre de Tomás. Caminaba con un bolso de cuero colgado del brazo y una blusa color terracota que parecía nueva. Vio el puesto de remedios, la miró de arriba a abajo, miró al niño, no dijo nada, siguió caminando.
Remedios siguió tejiendo esa tarde con las manos un poco más rápidas de lo normal. Doña Felisa, que estaba al lado, le puso la mano en la rodilla. Que mire, dijo, mirar no quita. Remedio sonrió por primera vez en mucho tiempo. Cuando Emiliano tenía 7 años, una tarde de otoño en que volvían los dos del río con la ropa lavada cargada en un canastto, el chico le preguntó por primera vez por el padre.
Lo preguntó sin malicia, como preguntan los chicos a esa edad, porque en la escuela un compañero le había dicho algo que él no había entendido del todo. Remedios dejó el canasto en el suelo. Tu padre se fue antes de que tú nacieras. dijo, “¿Por qué?” Remedios miró el campo, después miró al niño. No había mentira posible que durara porque tenía miedo.
Dijo, “de quedarse pobre, de quedarse con nosotros.” Emiliano asintió despacio, “Con la seriedad de los chicos que entienden antes de hora. Yo no voy a tener miedo”, dijo. Remedios no le contestó. Cargó el canasto otra vez y caminaron en silencio hasta la casa. Esa noche, después de acostar al niño, se sentó en el patio durante mucho tiempo con la cara entre las manos.
No lloró, pero le costó mucho no llorar. A los 9 años, una tarde de invierno en que la lluvia no dejaba salir a nadie, Emiliano se sentó al lado del telar y le preguntó a su madre si le enseñaba. Remedios lo miró durante un largo rato. Esto no es trabajo de varón, le advirtió. No porque ella lo creyera, sino porque sabía que el pueblo lo creía.
“No me importa el pueblo”, dijo Emiliano con 9 años recién cumplidos. Remedios le puso la mano sobre la cabeza y le enseñó a hacer el primer nudo. Los años en los pueblos chicos pasan de manera engañosa. Por fuera parece que no pasa nada. Las mismas casas, las mismas ferias, los mismos rostros saludándose en la calle. Pero adentro de las casas las cosas cambian sin que nadie las anuncie.
Cuando Emiliano cumplió 15 años, ya tejía mejor que la mitad de las tejedoras del pueblo vecino. Tenía las manos largas y la paciencia que su madre le había enseñado a tener antes de saber lo que era la paciencia. No le importaban las miradas raras de los muchachos de su edad cuando se enteraban del oficio.
A los 14 ya había aprendido a contestar con un encogimiento de hombros. A los 16 empezó a acompañar a su madre a la feria de la cabecera departamental. Era él quien cargaba las mantas, quien atendía la clientela difícil, quien anotaba las cuentas en un cuaderno chico. A los 17, una tarde que una compradora intentó pagarle a remedios la mitad de lo que valía una manta grande, fue Emiliano el que se metió en la conversación sin alzar la voz y la compradora terminó pagando el precio completo.
remedios no le dijo nada, pero esa noche en la carreta de vuelta le pasó la mano por el pelo como hacía cuando él era chico. El taller en la casa de adobe había crecido. Remedios había levantado un cobertizo de chapa pegado al fondo de la casa con dos telares más y había contratado a dos vecinas que vivían dos calles más allá.
Doña Maricela, viuda como doña Felisa, pero más joven, y una muchacha que se llamaba Lorenza Caballero, que también había sido dejada por su marido, con dos hijos chicos a cargo. Remedios la había contratado sin que nadie se lo pidiera. Le había dicho una sola cosa, aquí no se llora más que el día que llegan, después se trabaja.
Lorenza nunca olvidó esa frase. El estilo de remedios había empezado a tener algo que las mantas de otras tejedoras de la región no tenían. No era solo la calidad del hilo, que era buena, no era solo la precisión del tejido, que también lo era, era otra cosa. Era la combinación de los símbolos antiguos del cuaderno de la abuela con colores que en el pueblo nadie usaba.
Verdes profundos como musgo de río, ocados, vinos casi negros. Mantas que parecían viejas y nuevas al mismo tiempo. Mantas que colgadas en la pared parecían contar algo, aunque uno no supiera leer lo que contaban. Cuando Emiliano cumplió 18 años, el taller ya vendía no solo en la feria del pueblo, sino también en la feria de la cabecera departamental, a 2 horas en carreta.
Remedios iba una vez al mes, llevaba 10 o 12 mantas y volvía con la bolsa casi vacía. No era riqueza, pero rendía lo que tenía que rendir para que tres familias, la de ella, la de doña Maricela y la de Lorenza, pudieran comer todos los días sin tener que mirar dos veces la olla. Doña Felisa había muerto el año anterior, una mañana de otoño, sin enfermedad larga, sin sufrimiento, sentada en la silla del patio con la taza de té todavía caliente en la mano.
Remedios la había velado tres días en la casa de Adobe. El día del entierro, el padre Anselmo, que ya tenía canas en las cienes, le dijo en voz baja mientras caminaban detrás del cajón. Le crió un hijo, remedios. Le crió un oficio. Hay mujeres que con menos se sienten conformes. Remedios no contestó. Pero esa noche, cuando volvió a la casa, fue al baúl de la abuela, sacó el cuaderno del libro de oraciones y anotó en la última página con letra clara para Emiliano, cuando él sepa por qué.
Y al final firmó remedios, sin Peñaloza, sin nada, solo remedios. Lo que Remedios no podía saber esa noche mientras dejaba el cuaderno otra vez adentro del libro de oraciones falso, era que la frase que acababa de escribir, cuando él sepa por qué, iba a tardar todavía muchos años en cumplirse y que antes de cumplirse alguien iba a entrar a su taller un martes a media mañana sin saludar y sin pedir permiso iba a leer en una manta colgada en el fondo del cobertizo algo que remedios todavía no sabía que había tejido.
Hubo en ese mismo año un encargo que cambió todo sin que remedios todavía lo supiera. La hija del médico del pueblo, el mismo médico en cuya casa remedios había hecho limpieza durante el primer año después de nacer Emiliano, se iba a casar con un funcionario de la cabecera departamental.
La madre de la novia fue al taller en persona a encargar una manta de matrimonio. Pidió la más fina que remedios supiera hacer. pidió que tuviera el rombo de nacimiento, el rombo de boda y los ocho hilos cruzados de luto, todo en una sola pieza. Pidió, sin saber lo que pedía, una manta que combinaba tres mundos. Remedios la tejió en 4 meses.
Cuando la entregó, la madre de la novia lloró. pagó el doble del precio que remedios le había puesto. La manta viajó a la boda. La novia la usó como pie de cama de su casa nueva y desde la casa nueva, la manta empezó a viajar a otras casas a través de visitas y comadres y primas, en fotografías y en conversaciones de mujeres mayores que entendían lo que estaban viendo.
Una de esas mujeres en la capital era amiga de una curadora, pero remedios eso no lo sabía todavía. Lo único que sabía era que la manta del casamiento de la hija del médico le había permitido cambiar el techo de chapa por uno nuevo y que la lluvia de ese marzo, por primera vez en muchos años, no le había mojado la cama de Emiliano.
Una tarde de primavera, cuando Emiliano tenía 20 años recién cumplidos y el taller empezaba a darle un respiro a las tres familias que dependían de él, paró un auto frente al puesto de la feria de la cabecera departamental. Era un auto pequeño, blanco, con las ruedas embarradas del camino. Bajó una mujer, 40 y pico de años, lentes oscuros, un pañuelo al cuello, el pelo recogido.
Caminó despacio hasta el puesto. No saludó, no preguntó precios. Se quedó mirando las mantas durante 5 minutos enteros, una por una. Después se sacó los lentes. ¿Quién hizo esa?, preguntó señalando una manta grande con un patrón en rombos abiertos que remedios había sacado del cuaderno de la abuela. “La hice yo”, contestó Remedios.
“¿Tiene más como esa?” “Tengo cuatro. Me llevo las cuatro.” Remedios la miró sin contestar enseguida. No estaba acostumbrada a vender cuatro mantas grandes en un solo movimiento. La mujer entendió el silencio. “Me llamo Eugenia Robledo”, dijo y le pasó una tarjeta. Y antes de que me diga algo, doña Remedios, le aclaro una cosa.
Yo no llegué a esta feria por casualidad. Hace unos meses, en la casa de una amiga mía en la capital, vi una manta colgada en una pared. No era una manta común, tenía tres símbolos antiguos cocidos en una sola pieza. Le pregunté de dónde había salido. Mi amiga me dijo que era el regalo de boda de una sobrina hecho por una tejedora del valle.
Estuve tres meses preguntando hasta que alguien me dio el nombre del pueblo y el nombre del puesto en la feria. Vine ayer. La esperé hoy. Quería estar segura de que era usted. Remedios miró la tarjeta. Nunca había tenido una tarjeta así en la mano. ¿Puedo ir a su taller la semana que viene?, preguntó Eugenia.
Puede ir, dijo Remedios. Esa noche, en la carreta de vuelta al pueblo, Emiliano le preguntó a su madre quién era la mujer del auto blanco. Remedios miró el camino, le contestó, “No sé, pero algo me dice que mañana no va a ser igual a hoy. Lo que Remedios todavía no sabía era que el rumbo que la manta del casamiento había abierto, sin que ella lo notara, ya estaba volviendo y que volvía para llevarse mucho más que cuatro mantas grandes.
Eugenia Robledo llegó al taller un martes a media mañana. Bajó del mismo auto blanco y caminó despacio por el patio de Adobe, mirando todo como mira la gente que sabe mirar. Remedios la recibió en la puerta del cobertizo adentro. Doña Maricela y Lorenza tejían sin mirar a la visita, como si en la vida hubieran recibido visitas así.
Emiliano estaba acomodando lana en el rincón del fondo. Eugenia tardó casi una hora en hablar. Recorrió cada telar. Tocó los hilos, pidió ver mantas terminadas, pidió ver mantas a medio terminar, pidió ver, sobre todo, las mantas que remedios todavía no había puesto en venta. Cuando llegaron al fondo del cobertizo donde estaba la manta más grande, la que tenía el patrón completo del cuaderno de la abuela, el que Remedios había tardado 7 meses en armar.
Eugenia se quedó parada delante durante mucho tiempo. Después se acercó, puso la mano a un centímetro del centro del tejido, como si fuera a tocarlo, pero no se animara. ¿De dónde sacó este símbolo?, preguntó. La voz le salió más baja que antes. De un cuaderno. Dijo Remedios. ¿Sabe lo que significa? No. Eugenia se dio vuelta y la miró.
Era la primera vez que la miraba así desde que había bajado del auto. Es un símbolo más viejo que el cuaderno mismo, dijo, más viejo que la abuela de su abuela. Yo lo había visto una sola vez en un libro, en una biblioteca de la capital. Casi nadie lo teje desde hace más de un siglo. La frase que está al lado en el cuaderno dice, “Para cuando llegue.
” Remedios sintió que se le erizaba la piel del brazo. ¿Cómo lo sabe? Porque era lo que esas tejedoras escribían al lado del símbolo. No estaban hablando de una manta, doña Remedios, estaban hablando de la mujer que iba a saber tejerlo otra vez. Hubo un silencio largo en el cobertizo. Doña Marisela y Lorenza habían parado los telares sin darse cuenta.
Emiliano había dejado el rollo de lana en el suelo. Eugenia volvió a la voz tranquila. Esto no se vende en la feria de la cabecera, doña Remedios. Esto se vende en otro lado. ¿Dónde es ese otro lado?, preguntó Remedios. En la capital, en tres galerías que conozco. Y si usted está dispuesta a hacer una serie chica en una feria internacional que se hace una vez por año en otra ciudad, no le prometo nada todavía.
Le prometo que voy a llevar fotos y que vamos a ver. Doña Maricela, sin levantar la vista del telar al que había vuelto, dijo en voz baja, “Que vea, Reme. Mirar no quita.” Era la misma frase que doña Felisa le había dicho a ella tantos años antes en la feria del pueblo. Algo en el aire del taller se acomodó.
“Que mire”, dijo Remedios. Esa noche, después de que Eugenia se hubo oído, Remedios cerró el cobertizo, encendió la lámpara grande de la mesa y volvió a abrir el cuaderno de la abuela. Lo había abierto miles de veces. Esa noche lo abrió de otra manera. Pasó la página donde estaba el símbolo del rombo dentro del rombo.
La frase para cuando llegue la miró desde el papel con un peso nuevo. Pasó la página siguiente donde había otro patrón, cuatro hilos en cruz dentro de un círculo y una anotación al margen que decía para mujer que se queda. Pasó otra para hija que vuelve otra más para casa que aguanta.
Hasta esa noche, Remedios había leído esas frases como simples instrucciones de tejedoras viejas, recordatorios prácticos para acordarse de qué color iba con qué patrón. Esa noche entendió que no eran instrucciones, eran retratos. Cada símbolo era el retrato de una mujer que en algún momento, en alguna casa, en algún siglo había hecho exactamente lo mismo que ella estaba haciendo.
Aguantar, quedarse, tejer. Emiliano apareció en la puerta del cobertizo con una taza de algo caliente en la mano. Tenía 21 años. le dejó la taza al lado del cuaderno sin decir nada y se sentó en la banqueta de enfrente. “Madre, preguntó al rato.” “Sí, ¿por qué nunca me enseñaste estos símbolos?” Remedios cerró el cuaderno despacio.
Lo miró, “Porque no estaba lista yo.” Dijo. Una no enseña lo que todavía no entendió. “Hoy lo entendí.” Ahora sí. Emiliano asintió. No le pidió que le enseñara enseguida. Sabía esperar. Era una cosa que su madre le había enseñado sin proponérselo. Eugenia volvió tres semanas después con un contrato. Remedios lo leyó dos veces.
Se lo pasó a Emiliano, que tenía la cabeza para los números. Emiliano le hizo correcciones a lápiz. Eugenia las aceptó todas. Firmaron. Lo que pasó en los meses siguientes fue lento y rápido al mismo tiempo, como pasan las cosas importantes. Las primeras seis mantas grandes fueron a la primera galería de la capital.
Volvieron las fotos de la inauguración. Una pared blanca con las seis mantas colgadas, gente vestida de oscuro mirándolas con copas de vino en la mano. Una cartulina con el nombre Remedios Peñalosa, Tejedora, región del Valle. Remedios. Miró las fotos durante mucho tiempo, pero antes de guardarlas las llevó al cobertizo.
Las puso sobre la mesa grande, una al lado de la otra, en silencio. Doña Maricela se acercó primero. Tocó una foto con el dedo despacio, como quien toca algo que no entiende del todo cómo llegó hasta esa mesa. Lorenza vino después, miró sin tocar. No dijo nada durante un largo rato. “Esas son las mantas que tejimos”, preguntó al fin. en voz baja.
Esas mismas, dijo Remedios, parecen de otro lugar. Son del mismo lugar, Lorena. Lo único que cambió fue donde están colgadas. Lorenza siguió mirando, después le dio la espalda al telar, se sentó en el suelo de tierra apisonada, apoyó la cabeza sobre las rodillas y lloró sin hacer ruido. Llevaba 6 años trabajando en el taller.
Era la primera vez que Remedios la veía llorar adentro del cobertizo. Remedios no le dijo nada, caminó hasta donde estaba, se agachó al lado y le pasó la mano por el pelo. Doña Maricela siguió tejiendo en silencio. Emiliano volvió a cargar lana. también en silencio, también sin mirar. Esa tarde el telar de Lorenza tejió más rápido que el de las otras dos, como si las manos hubieran entendido algo que las palabras todavía no habían podido decir.
Remedios guardó las fotos en una carpeta y siguió tejiendo. Vinieron otras exposiciones. Vino la feria internacional. Remedios no viajó. Yo no salgo del pueblo, doña Eugenia. Pero las mantas viajaron solas y volvieron con encargos de personas que en su vida iban a poner un pie en el valle. Pero lo que cambió la vida de remedios no fue el dinero.
El dinero en realidad fue siempre poco si se lo comparaba con lo que se cobra en los lugares grandes. Las galerías se quedaban con buena parte, Eugenia con la otra. A remedios le tocaba lo justo para vivir bien. No más que eso. Lo que cambió fue otra cosa. Lo que cambió fue que un día, cuando Remedios fue a la municipalidad del pueblo a hacer un trámite simple, el empleado nuevo, un muchacho recién llegado que no la conocía, le preguntó cómo se llamaba.
Remedios Peñalosa, contestó ella. El muchacho la miró con cierto reconocimiento. La tejedora. Ella se quedó callada un segundo. Sí, mi madre tiene una manta suya colgada en la sala. La compró en una feria hace dos años. Es lo más lindo que tenemos en la casa. Remedios salió de la municipalidad con un papel sellado en la mano y algo más adentro del pecho.
Esa noche, mientras Emiliano cerraba el cobertizo, ella se sentó en el patio y miró el cielo durante mucho tiempo. El cielo era el mismo de siempre, pero ella ya no era la misma de antes. Emiliano salió al patio después de un rato, trajo dos sillas, se sentó al lado de su madre sin preguntarle si quería compañía.
Sabía cuándo su madre quería que la dejaran sola y cuándo no. Esa noche era de las otras. Estuvieron callados un largo rato mirando el mismo cielo. Después él habló. ¿Qué te dijo el empleado, madre? Que su madre tiene una manta mía colgada en la sala, que es lo más lindo que tiene en la casa. Emiliano asintió despacio.
¿Y eso te puso así? Eso me puso así. ¿Por qué? Remedios miró el cielo otra vez. tardó en contestar, “Porque durante muchos años, hijo, yo pensé que para que un nombre valiera había que haberse quedado en algún lado. Yo me quedé porque me dejaron. Quedarme no fue una elección, fue lo único que me había quedado.
Hoy un muchacho que no me conoce de nada me dijo el nombre con respeto, no con pena, no con curiosidad, no con lástima, con respeto. Y me di cuenta de que mi nombre vale por lo que hice quedándome, no por haberme quedado no más. Emiliano no le contestó, pero le puso la mano sobre la mano de ella y la dejó ahí mucho tiempo.
Tres meses después de aquel trámite, Remedios compró el terreno de la casa de Adobe, el terreno donde había vivido 22 años de favor. Primero del primo lejano de su abuela, que ya había muerto, y después de la sobrina del primo, que vivía en otra ciudad y nunca había venido a reclamar nada. pagó con dinero que había juntado de a poco, sin apuros, sin pedir adelantado.
Firmó la escritura en la cabecera departamental. Emiliano la acompañó. Cuando salieron de la oficina del escribano, Emiliano le preguntó, “¿Y ahora, madre?” Remedios miró la calle, después lo miró a él. “Ahora seguimos tejiendo”, dijo, “pero en tierra propia. Para entender por qué Tomás Arrieta volvió al pueblo 22 años después de haberse ido, hay que entender que los hombres que se van de los pueblos por vergüenza casi siempre terminan volviendo por la misma razón.
Tomás se había ido a la ciudad pensando que iba a hacerse alguien. Lo primero que descubrió al mes de llegar fue que el primo del comercio le pagaba menos de lo que prometía y le exigía más. A los 2 años se peleó con él y se fue. Trabajó en una panadería. Después manejó camionetas, después puso un kiosco que le fue mal.
Cada negocio que tocaba se le deshacía en las manos. En medio de todo eso, conoció a Aurora. Era cajera de una farmacia. Tenía la risa fácil y los ojos cansados, de quien también había llegado a la ciudad esperando otra cosa. Se casaron en una ceremonia chica, sin familia de ninguno de los dos. tuvieron una hija. Y un año después de tener a la hija, una noche en que Tomás había vuelto a casa tarde después de cerrar el kiosco que ya estaba en pérdida, Aurora le dijo algo que él iba a recordar el resto de su vida.
Tomás, le dijo parada en el medio de la cocina chica con la nena dormida en brazos. Yo no soy tonta. Yo veo cómo me miras desde hace meses. Yo veo cómo te miras tú mismo cuando pasas por una vidriera. Tú no fracasaste con el kiosco, tú fracasaste con la vida. Y la culpa no es de la vida, es de algo que tienes adentro desde mucho antes de conocerme.
Tomás no le contestó. Se fue al baño chico, cerró la puerta, abrió la llave del agua para que ella no lo oyera y lloró durante 15 minutos sin hacer ruido. Aurora lo escuchó igual. Tres meses después se separaron. Aurora se llevó a la nena a la casa de su madre en otra provincia. Tomás no la siguió. Quedó pagando una pensión que no podía pagar y un alquiler de una habitación de 3x cu en un barrio que ni siquiera era de los peores, pero que era el peor que él se había imaginado para sí mismo cuando se subió a la carreta 22 años
antes. Años después, alguien le contó que Aurora se había vuelto a casar con un hombre que la trataba bien y que la nena ya iba a la escuela. Tomás no le mandó saludos. No tenía derecho. Su madre, doña Casilda, había muerto el invierno anterior. Su padre, dos años atrás. Le quedaba un hermano mayor que vivía todavía en el pueblo, en la casa vieja con techo de Texas, pero que hacía años no le contestaba las cartas.
Tomás había decidido volver por una sola razón, pedirle al hermano un préstamo para empezar de nuevo. Un préstamo chico, algo para alquilar un local, para volver a intentar. Llegó al pueblo a media mañana. Después de tres días de viaje. Bajó de la carreta en la plaza, la misma plaza donde había bailado con remedios la primera vez, y se sentó en un banco a tomar aire.
La plaza estaba igual, los árboles estaban más grandes. Había un kiosco nuevo donde antes estaba el puesto de doña Eulalia, que vendía empanadas. Doña Eulalia ya no estaba. Caminó hasta la fonda del pueblo, que sí seguía siendo la misma. Pidió un café. se sentó en una mesa del fondo. El dueño de la fonda, un hombre mayor que él no reconoció enseguida, pero que después se dio cuenta era el hijo del antiguo dueño, le sirvió el café y le preguntó si era de visita.
“De visita”, dijo Tomás. “¿De dónde?” “De la ciudad.” El hombre lo miró con la curiosidad de los pueblos chicos. ¿Conoce a alguien aquí? Tenía familia. Arrieta. El hombre asintió. Los arrieta. Sí, queda Bernardo el mayor trabajando el campo. Es pariente, hermano. Ah, mucho tiempo sin venir, entonces. Mucho. En ese momento entraron a la fonda dos mujeres, una mayor y una más joven, hablando entre ellas con la confianza de las que se conocen hace mucho.
La mayor llevaba una bolsa de tela colgada del hombro. La más joven cargaba un paquete envuelto en papel madera. Le digo, doña Maricela, que el encargo de la galería de la capital es para fin de mes. Va a haber apurar el telar 3. Doña Remedios sabrá. Doña Remedios siempre sabe. Doña Remedios podría tener tres galerías más y seguir trabajando las mismas horas.
Es de fierro, de fierro y de seda al mismo tiempo, doña Maricela. Por eso teje como teje. Las dos mujeres se rieron con la complicidad de las que comparten un trabajo. Pidieron empanadas para llevar. Pagaron. Se fueron. Tomás se quedó con la taza de café a medio camino entre la mesa y la boca.
El dueño de la fonda, que había escuchado la conversación sin disimular, lo miró. ¿Conoció a doña Remedios también? Preguntó asumiendo, por la edad de Tomás, que probablemente sí. Tomás no contestó enseguida. Bajó la taza despacio. Remedios, Peñaloza, preguntó. La tejedora. La conoce. Tomás tragó saliva. La conocí.
El dueño de la fonda asintió como quien comparte una buena noticia con un viejo amigo. Cambió mucho el pueblo en los últimos años. Por ella en parte tiene taller en la casa vieja de Adobe, la del fondo de la calle del cementerio. Le compraron mantas hasta en el extranjero, dicen. No sé si es verdad, pero el hijo sí estuvo dos veces en la capital, eso seguro.
Buen muchacho. Tejedor también, cosa rara. Pero la madre lo crió bien. ¿Tiene un hijo?, preguntó Tomás y la voz le salió más floja de lo que quería. Sí, uno solo. Lo crió ella, sin marido, sin nadie. Dicen que el padre se fue antes de que el muchacho naciera, pero aquí nadie habla mucho de eso. Doña Remedios no es de las que dejan que se hable.
Tomás puso la taza sobre la mesa, la mano le temblaba un poco. Pagó el café, salió de la fonda, no fue a la casa del hermano. Caminó, sin querer caminar, sin decidirlo, hacia la calle del cementerio, hacia la casa de adobe, hacia la mujer que había dejado apoyada contra la pared 22 años antes. Lo que él no sabía era que el muchacho que en ese momento cargaba mantas en la entrada del taller, alto, de paso seguro, con la frente alta y los ojos oscuros, tenía los ojos exactamente iguales a los suyos. Tomás se detuvo a media cuadra de
la casa. Pudo ver desde donde estaba el cobertizo de chapa pegado al fondo de la casa vieja. Pudo ver la puerta abierta. Pudo ver a un muchacho joven cargando un fardo de mantas hacia un auto pequeño estacionado en la calle. pudo ver también el momento exacto en que el muchacho lo miró. El muchacho no le sonrió, no lo saludó, lo miró fijo durante unos segundos, como quien intenta acordarse de algo, y después siguió cargando las mantas.
Pero cuando terminó, en vez de volver a entrar al cobertizo, caminó despacio hasta donde estaba Tomás. “¿Busca a alguien?”, preguntó. Tenía la voz tranquila. Más vieja que sus 21 años. Tomás abrió la boca. No le salió nada. ¿Usted es Tomás Arrieta? Preguntó el muchacho sin alzar la voz. Tomás asintió despacio.

Emiliano lo miró durante un largo rato. Después se dio vuelta y caminó hasta el cobertizo sin invitarlo a seguirlo, sin cerrarle la puerta tampoco. Tomás se quedó parado en la acera durante casi un minuto sin saber qué hacer. Después caminó adentro del cobertizo. El aire olía a lana cruda y a tinte vegetal. Tres telares grandes, uno de ellos con una manta a medio terminar.
Doña Maricela y Lorenza levantaron la vista, lo miraron sin reconocerlo y volvieron a su trabajo. En el fondo, sentada en una silla de madera frente al telar más viejo, estaba remedios. tenía las manos sobre el regazo. Lo había estado esperando. Pasa, Tomás, dijo sin levantar la voz, sin sonreír, sin enojo. Tomás caminó hasta el centro del cobertizo y se detuvo a 3 metros de ella. No supo qué hacer con las manos.
Remedios, dijo, y se lebró la voz en la primera sílaba. Siéntate, dijo ella y le señaló una banqueta baja al lado del telar. Él se sentó. Hubo un silencio largo en el cobertizo. Doña Maricela y Lorenza siguieron tejiendo, con los ojos bajos, sin meterse. Emiliano se quedó de pie de la puerta, con los brazos cruzados, sin hablar, pero sin irse tampoco.
“Estás más viejo”, dijo Remedios al fin. “Tú también”, contestó Tomás casi sin pensar y enseguida bajó la cabeza, porque no era lo que había querido decir. “Es lo que pasa”, dijo ella. Pasan los años. Otro silencio. Tomás miró el piso de tierra apisonada. Miró las patas del telar. Miró las manos de remedios que él recordaba con manchas de cochinilla y que ahora tenían manchas de otros tintes más oscuros, más profundos.
“Vine a hablar con mi hermano”, dijo, porque era la única verdad parcial que tenía a mano. Está en el campo. Dijo Remedios. Vuelve a la tarde. Sí. ¿Y por qué entraste aquí primero? Tomás levantó la cabeza, la miró. Ella le sostuvo la mirada con la calma de las personas que tienen todo en orden adentro. No sé, dijo él. Escuché tu nombre en la fonda.
Mi nombre está en la fonda hace bastante tiempo. Recién me entero. Es lo que pasa cuando uno se va. Tomás bajó la cabeza otra vez. Sintió los ojos llenos de algo caliente. No los limpió. No quería que ella viera que los limpiaba. Remedios. dijo yo. Ella levantó la mano sin gritar, sin endurecer la cara, solo con un gesto pequeño, casi sereno.
No, Tomás, no me cuentes lo que te pasó. No vine aquí a escucharte. Tú viniste aquí a escucharte. Es distinto. Tomás se quedó callado. Tengo un taller dijo ella después de un rato. Tres telares. Encargos para los próximos 6 meses ya firmados. Voy a ampliar el cobertizo el año que viene. Voy a necesitar a alguien que cargue mantas, que cuide la lana, que aceite los telares y que aprenda a hacer los nudos básicos.
No es un trabajo grande, no es un trabajo que dé fama, pero da para comer todos los días y para tener un techo que no se llueva. Hizo una pausa. Lo miró. Si te interesa, hay lugar. Tomás levantó la cabeza despacio, la miró sin entender al principio, después entendió y al entender la cara se le puso pálida y los ojos se le llenaron de lágrimas que esta vez no pudo aguantar.
Me estás ofreciendo trabajo. Te estoy ofreciendo lo mismo que tú despreciaste, Tomás. Tejer, cargar lana, vivir despacio. Hace 22 años no fue suficiente para ti. Estoy preguntando si ahora sí, antes de que Tomás pudiera contestar. Emiliano dio un paso adelante. Habló por primera vez desde que había entrado al cobertizo.
La voz le salió más firme que la de los otros dos. Antes de que conteste, señora Rieta, dijo, sin llamarlo padre, sin llamarlo Tomás, sin llamarlo nada que indicara cercanía. Hay una cosa que tiene que saber. Si acepta el trabajo, va a aprender de mí, no de ella. Yo soy el que está a cargo del taller cuando mi madre no está. Y yo no soy mi madre.
Yo no le voy a tener paciencia. Si entra a este cobertizo, entra a trabajar. Si quiere hablar del pasado, busque otro lugar. Tomás miró al muchacho durante un largo rato. Vio en él algo que reconoció sin querer reconocerlo. La postura, el mentón, la forma de poner las manos sobre las caderas cuando hablaba en serio.
Eran los gestos del padre de Tomás, repetidos en un cuerpo joven que él no había ayudado a criar. Después miró a remedios. Remedios no dijo nada. No estaba pidiendo el favor, estaba haciendo una oferta, una sola. Tomás se levantó de la banqueta, le temblaban las piernas, miró hacia la puerta, miró a Emiliano, miró a Remedios.
No dijo, y la voz le salió ronca. No puedo. Lo sabía dijo ella y por primera vez sonrió un poco, pero la sonrisa era triste, no era de victoria. Cuídate, Tomás. Él caminó hasta la puerta, pasó al lado de Emiliano sin levantar la vista, salió al patio, salió a la calle, subió a la carreta y mientras enganchaba el caballo, lloró como no había llorado en 22 años.
Lloró por todo lo que había dejado. Lloró por todo lo que ella había construido sin él. Lloró por el muchacho que se le parecía tanto y al que él no había sabido reconocer en la calle. lloró por la mano que ella le había extendido, que era la mano más generosa que le habían extendido en la vida y que él no había sido capaz de tomar.
Adentro del cobertizo, Emiliano cerró la puerta despacio. Caminó hasta donde estaba su madre. Se sentó en la banqueta donde había estado sentado Tomás. ¿Querías que se quedara, madre?, preguntó. Remedios miró el telar, pasó la mano por la hurdimbre, eligió un hilo, lo acomodó. quería que se fuera viendo lo que dejó.
” dijo. Se quedaron un rato así los dos sin hablar. Después Remedios se levantó, fue hasta el baúl del fondo, sacó el libro de oraciones encuaderno, en cuero y le puso el cuaderno en las manos a Emiliano. “Esto es tuyo”, dijo. “Hace tiempo que es tuyo. Lo guardé hasta hoy. Hoy es el día.” Emiliano lo abrió.
Pasó las páginas despacio, sin entender al principio, llegó hasta el final. Leyó la dedicatoria que su madre había escrito la noche del entierro de doña Felisa, muchos años antes. Para Emiliano, cuando él sepa por qué, levantó la cabeza. No le preguntó nada. Ya sabía por qué. Sabía por qu su madre había tejido sola durante 22 años y sabía por qué él iba a seguir tejiendo después de ella.
cerró el cuaderno con las dos manos como quien cierra algo que no se vuelve a abrir solo. Esa noche el telar siguió sonando hasta tarde, como cada noche, en la casa de adobe de la calle del cementerio. Doña Maricela se fue a su casa a las 9. Lorenza, a las 9:30. Emiliano apagó la lámpara grande del cobertizo y dejó encendida la chica, la que su madre prefería para los acabados finos.
Remedios siguió tejiendo. No esperaba a nadie, no extrañaba a nadie. No estaba sola. Tenía el telar de la abuela, tenía un hijo que la quería en silencio. Tenía un taller, tenía un nombre. Y afuera, en algún lugar del camino que salía del pueblo, había una carreta con un hombre que lloraba, alejándose hacia un horizonte que ya no le pertenecía, como 22 años antes, solo que esta vez era él el que se iba apoyado contra la pared y ella la que seguía adelante.