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LUCHA VILLA: El Quirófano Que la Silenció. Lo Que Su Familia Ocultó Durante 28 Años

LUCHA VILLA: El Quirófano Que la Silenció. Lo Que Su Familia Ocultó Durante 28 Años

Lo que vas a escuchar en los próximos 40 minutos te va a dejar helado. Porque la mujer más imponente de la música ranchera mexicana, la dueña de los palenques, la que llenaba arenas con una sola nota de su voz grave, terminó sus días en una camilla con el cerebro apagado, sin poder articular su propio nombre.

 Y no por un accidente, no por un infarto, no por la edad, por algo mucho más tonto, por algo mucho más cruel, por una decisión que ella tomó frente al espejo, una noche cualquiera en la que decidió que ya no era suficiente. Y te pido que te quedes hasta el final, hasta el final, porque si te vas antes de la mitad del video, no vas a entender cómo una de las mujeres más poderosas de México terminó silenciada para siempre por un visturí de cuarta categoría.

 Ni vas a saber que hacían unas esmeraldas verdes valoradas en una fortuna en sus orejas después de una noche privada en una mansión de Guadalajara, según se ha relatado. 29 años. 29. Lleva, mientras tú escuchas esto, ese tiempo encerrada en un rancho de San Luis Potosí, sin entrevistas, sin escenarios, sin canciones, sin saber, según se ha contado, ni siquiera quiénes son los nietos que entran a saludarla.

 La grandota de Camargo, la intérprete de la media vuelta, la actriz premiada, la mujer que se sentó a la mesa con presidentes, según se ha relatado durante décadas, y también supuestamente con narcos. [música] Esa mujer hoy, según las pocas declaraciones que ha dado su propia familia, no es ya ni la sombra de lo que fue.

 Era el 14 de agosto de 1997, una mañana cualquiera en Monterrey, Nuevo León. El sol estaba blanco, hacía calor y en la sala de operaciones del consultorio del cirujano plástico Eugenio Paxel y Chapa Valdés, una mujer de 60 años, alta, imponente, con la voz más grande de todas las voces del ranchero mexicano, se acostaba sobre una camilla de aluminio frío para hacerse, según se reportó después, una liposucción en brazos, piernas y abdomen.

 Eso, una liposucción, algo que en cualquier clínica de Hollywood se hace en una mañana y se sale caminando. Algo supuestamente sencillo, algo supuestamente sin riesgos, algo según le dijeron rutinario. Lo que pasó después de que cerraran la puerta del quirófano es uno de los episodios más estremecedores de la historia de la música mexicana y según se ha relatado durante años, una de las muertes profesionales más cobardes que jamás se cobró un médico en este país.

 Porque Lucha Villa no salió caminando de ese consultorio. Lucha Villa salió en ambulancia inconsciente con el cerebro privado de oxígeno durante minutos cruciales que jamás se aclararon del todo. Y de aquel cuerpo, según ha contado durante años su propia familia, jamás volvió a salir la voz que se había llevado al Olimpo del ranchero.

Bienvenidos a Fama Destruida. Hoy vamos a contar sin filtros la historia más triste, más viseral y más incómoda de la canción mexicana del siglo XX. La historia de Lucelena Ruiz Bejarano, la niña pobre de Camargo, Chihuahua, la que se casó a los 15 años para escapar del hambre.

 La que cantó con José Alfredo Jiménez, con Vicente Fernández, con Juan Gabriel. la que protagonizó Lagunilla mi barrio, la japonesa en el lugar sin límites, la que ganó premios Ariel, la que según se ha relatado durante décadas llegó a sentarse en las fiestas privadas de uno de los capos más temidos del cártel de Guadalajara y la que finalmente fue silenciada no por un enemigo, no por una bala, sino por el visturí de un cirujano que, según los expedientes posteriores, jamás supo lo que estaba haciendo.

 Si esta historia te está enganchando, dale ya like al video y suscríbete. Te aseguro que lo que viene en los próximos minutos te va a mover las entrañas. Una aclaración fundamental antes de seguir, todo lo que vas a escuchar en este video proviene de declaraciones públicas hechas a lo largo de los años por la propia familia Villa, por médicos involucrados, por testimonios mediáticos, por reportes periodísticos y por libros como los de Anabel Hernández, donde se han abordado los supuestos vínculos de figuras del espectáculo con el narcotráfico

mexicano. Aquí no se afirma nada como verdad absoluta. Cuando entremos al rumor puro, al chisme, a las versiones jamás probadas en juzgado, lo vamos a decir con todas sus letras. Para entender cómo la mujer más fuerte del ranchero mexicano terminó tendida en una camilla, hay que volver muy atrás a un rincón seco, polvoso, casi olvidado del norte de México.

 Santa Rosalía de Camargo, Chihuahua. 30 de noviembre de 1936. En una casita de adobe con cocina de humo negro y frijoles hirviendo en una olla casi vacía, según se ha relatado, nace una niña la que sus padres llamarán Lucelena Ruiz Bejarano. No es noticia, no es portada, no es nadie. Es solo una más entre las miles de niñas pobres que el norte mexicano de los años 30 paría sin esperar nada de la vida.

 Su madre, según las pocas declaraciones que se han publicado al respecto, fue de esas mujeres mexicanas que aprenden a hacer milagros con casi nada: “Estirar los centavos hasta que se rompen, remendar el mismo vestido 20 veces, callarse el llanto frente a los hijos. de su padre, según se ha contado, apenas queda un recuerdo borroso, una sombra, una figura que se desvaneció demasiado pronto, dejando un hueco que ningún tío ni ningún padrastro pudo nunca llenar.

 En el México pobre de los años 40, según se ha relatado tantísimas veces, los hombres que se iban no generaban preguntas, solo dejaban huecos. Pero esa niña, esa niña tenía algo que se notaba desde el primer momento. Crecía más alta que todas las demás. Tan alta que en las fotos escolares sobresalía como una.

 tan alta que en las misas de domingo, según se ha contado, las señoras del pueblo la miraban con esa mezcla de curiosidad y compasión, porque en el México de aquellos años una mujer alta era casi una maldición y tenía algo más, una voz, una voz grave, ronca, profunda, como si saliera del fondo mismo de un pozo seco.

[música] Cuando cantaba en el coro de la iglesia, según se ha relatado infinidad de veces, el sacerdote tenía que pedirle, casi suplicarle, que bajara el volumen, porque la voz de Lucelena tapaba el coro entero. A ella sola se le oía, como si esa voz hubiera nacido equivocada en ese cuerpo de niña pobre. A los 12 años ya la llamaban para animar fiestas familiares.

 A los 14, según se ha contado, cantaba en bodas, en bailes de pueblo, en ferias patronales. Esas noches calurosas, polvosas, con focos pelones colgando del techo, donde la banda se equivocaba en las notas y los borrachos se peleaban por una mirada de cualquier muchacha. Pero cuando Lucelena abría la boca, según se relató durante años, todo el salón se callaba.

 Hasta los borrachos se callaban. Porque esa voz en ese cuerpo, en ese pueblo de  sonaba milagro. Y entonces vino el golpe que le marcaría el alma para siempre, el golpe que jamás se le acabó de cicatriar, el golpe que, según se ha relatado, sería el motor secreto de todas sus decisiones, incluida la del visturí 60 años después.

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