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“Millonario cita a su ex para humillarla… ¡pero ella llega en Ferrari con gemelos y lo deja mudo!”

“Millonario cita a su ex para humillarla… ¡pero ella llega en Ferrari con gemelos y lo deja mudo!”

Rafael Montiel se miraba en el espejo de cuerpo entero en la suite de su pentouse en Lomas de Chapultepec. El reflejo le devolvía la imagen de un hombre de 42 años, vestido con un traje italiano a la medida, corbata de seda importada y un reloj suizo que brillaba con arrogancia en la muñeca.

 Afuera, la ciudad hervía en un mar de luces. Desde esa altura, la gente parecía insectos arrastrándose entre avenidas interminables. Al fin, murmuró con una media sonrisa, ya no soy aquel muchacho de Iztapalapa al que nadie tomaba en serio. En la mesa de mármol, cuidadosamente acomodados en una pila, descansaban los sobres dorados de su boda con Regina y Turbide, hija de un magnate del norte, conocida en todos los círculos empresariales como la heredera de hierro.

 Cada invitación había costado más de lo que una familia promedio ganaba en un mes. Papel importado, letras en relieve bañadas en oro, escudo heráldico impreso en tintas especiales. No se trataba de invitar, sino de mostrar. Cada tarjeta era un trofeo, una declaración de que Rafael Montiel había llegado a la cima. Su secretaria, una joven nerviosa, entró con más sobres recién salidos de la imprenta.

 Señor Montiel, aquí están los últimos. ¿Desea que los enviemos por mensajería? Rafael negó con un gesto lento, casi teatral. No, estas invitaciones se entregan en mano. Quiero que cada destinatario sienta el peso del papel, el frío del dorado. Quiero que sepan que están invitados a la boda del año. La joven asintió.

 y comenzó a retirarse, pero Rafael la detuvo con una de man. Un momento, falta un sobre muy especial. Sacó de su bolsillo una pluma Mon Blan, escribió con calma un nombre y una dirección en una hoja blanca y colocó allí una de las tarjetas. Luego, con voz firme instruyó, “Lleva este sobre a este domicilio y cuando lo entregues, repite exactamente lo siguiente.

 El señor Montiel estaría encantado con su presencia en el día más feliz de su vida.” La secretaria lo miró confundida, pero no se atrevió a preguntar. Rafael pagaba demasiado bien para aceptar cuestionamientos. Tomó el sobre y salió en silencio. Cuando se quedó solo, Rafael se acercó al ventanal que daba vista a todo Polanco.

 Los rascacielos resplandecían como espejos de lujo. Los coches se enredaban en avenidas con luces rojas y blancas. Y él en lo alto sonrió con superioridad. Jimena”, susurró, dejando que el nombre se deslizara entre sus labios como veneno. “Después de 8 años, verás lo que perdiste. Verás lo que jamás podrás alcanzar.” Lo que Rafael ignoraba era que en ese mismo instante, a tan solo unos kilómetros de distancia, en una torre corporativa de Santa Fe, una mujer firmaba contratos millonarios con la naturalidad de quien está acostumbrada a dictar. El rumbo de

mercados enteros. Jimena Álvarez, de 34 años, levantó la vista de los documentos y permitió que una leve sonrisa se dibujara en su rostro. Frente a ella, dos niños de 7 años, Emilio y Gael, hacían su tarea de matemáticas en una mesa de mármol mientras jugueteaban con lápices de colores. En su escritorio brillaba una carpeta con el logotipo de Águila Dorada Inversiones, el fondo de inversión que Jimena había fundado desde cero y que en menos de una década se había convertido en sinónimo de visión, eficiencia y poder silencioso. Nadie en

los círculos altos conocía su rostro. Prefería operar desde las sombras, dejando que su reputación hablara por sí sola. Su celular vibró. Era su asistente, Isabela. Licenciada Álvarez, ya terminé la investigación que me pidió. Hizo una pausa antes de dar el golpe final. Montielan Asociados factura varios millones al año, pero más de la mitad de sus ingresos dependen de un solo cliente. Jimena arqueó una ceja.

Déjame adivinar. Águila Dorada inversiones. La carcajada de Jimena resonó en la oficina. Perfecto. Entonces vamos a regalarle a Rafael un presente de bodas que jamás olvidará. Mientras tanto, en Lomas, Rafael caminaba por la suite, repasando mentalmente los próximos días. Su boda con Regellina sería el evento más comentado de la temporada.

 Un salón decorado con flores importadas, cristales bacarat colgando de techos de 20 m, una orquesta entera tocando valces bienes. Gastaría más de 2 millones de pesos y todo el sacrificio valdría la pena por una sola cosa, la mirada de asombro de quienes un día lo llamaron chico de barrio y sobre todo por la cara de derrota de una persona.

Jimena Álvarez, la mujer que había sido su esposa, a la que había arrojado a la calle cuando estaba embarazada, convencido de que nunca tendría clase ni futuro. Rafael se sirvió un mezcal añejo en una copa de cristal y brindó consigo mismo. “Nadie me detendrá”, pensó. Lo que ignoraba era que su propio futuro colgaba de un hilo tejido, precisamente por esa misma mujer a la que tanto despreciaba.

 Dos días después, Jimena recibió en su cobertura de Polanco un sobre dorado. Lo tomó entre sus dedos con calma, lo abrió y leyó el nombre que brillaba en letras doradas, Rafael Montiel. Sus ojos no reflejaron dolor ni nostalgia, sino un destello frío y calculador. ¿De verdad crees que todavía soy la misma muchacha de 20 años a la que pudiste humillar? Susurró para sí misma.

 llamó de inmediato a su asistente. Isabela, quiero que reserves cita en la Ferrari de Ejército Nacional. Quiero la Portofino Roja convertible. Pago de contado, fecha de entrega, el próximo sábado. Para una ocasión especial, preguntó Isabela con timidez. Muy especial, respondió Jimena colgando con una sonrisa helada. La tarde del sábado siguiente, en el showroom de Ferrari, el vendedor casi se atragantó al escucharla pedir el modelo más codiciado del año.

 Señora, ese auto tiene lista de espera de meses. Entonces, búsqueme la unidad de demostración. La quiero personalizada y lista en 7 días. El vendedor tragó saliva. Podemos hacer una excepción. Jimena firmó el cheque sin pestañear. Excelente. No me interesa la velocidad. Solo quiero que cuando llegue a un lugar todas las cabezas se giren.

 Mientras ella cerraba el trato, Rafael cenaba con Regina en un restaurante exclusivo de Masaric. Ella, con su collar de diamantes, lo miró con duda. ¿Y si tu ex aparece bien vestida? Dicen que ahora trabaja en consultoría. Rafael soltó una carcajada sonora que atrajo la atención de las mesas vecinas.

 Regina, mi amor, tú no conoces a Jimena. Podrá ponerse el vestido más caro, pero siempre parecerá de rebajas. No hay manera de ocultar de dónde vienes. Levantó la copa para brindar, seguro de su victoria. No sabía que en ese mismo momento Jimena estaba siendo medida en un atelier de alta costura en la Roma con un vestido de $15,000 que parecía diseñado por los dioses mismos.

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