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El domingo amaneció con ese calor pegajoso que solo se sufre en el centro de Madrid cuando llega mayo.

PARTE 1

El domingo amaneció con ese calor pegajoso que solo se sufre en el centro de Madrid cuando llega mayo.

Elena se miraba al espejo del baño con una mezcla de orgullo y terror absoluto.

Se pasó el dedo índice, con una delicadeza de cirujano, por el borde de su ceja derecha.

Estaban perfectas.

O eso le había dicho Soraya, la esteticista, mientras le cobraba ciento cincuenta euros.

“Pareces otra, de verdad, te abre la mirada”, le había asegurado la chica.

Elena no quería parecer otra, solo quería dejar de perder diez minutos cada mañana pintándose pelos donde no los había.

Pero ahora, bajo la luz fluorescente del baño, se veía… distinta.

Demasiado definida.

Demasiado “presente”.

Las cejas parecían tener vida propia, como dos gatos negros agazapados sobre sus párpados, listos para saltar.

—¡Elena, que vamos tarde! —gritó Javi desde el pasillo.

Javi, su marido, tenía esa capacidad asombrosa de no fijarse en nada que no fuera un gol o una oferta en el supermercado.

—¡Ya voy! —respondió ella, dándose un último toque de polvos para intentar apagar el brillo de la pomada.

Tenía que ir a comer a casa de su suegra.

Y eso, en el manual de supervivencia de Elena, era equivalente a entrar en un campo de minas con zapatos de claqué.

Concha, su suegra, no era mala mujer, pero tenía una vista que ya quisiera para sí un halcón peregrino.

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