PARTE 1
El domingo amaneció con ese calor pegajoso que solo se sufre en el centro de Madrid cuando llega mayo.
Elena se miraba al espejo del baño con una mezcla de orgullo y terror absoluto.
Se pasó el dedo índice, con una delicadeza de cirujano, por el borde de su ceja derecha.
Estaban perfectas.
O eso le había dicho Soraya, la esteticista, mientras le cobraba ciento cincuenta euros.
“Pareces otra, de verdad, te abre la mirada”, le había asegurado la chica.
Elena no quería parecer otra, solo quería dejar de perder diez minutos cada mañana pintándose pelos donde no los había.
Pero ahora, bajo la luz fluorescente del baño, se veía… distinta.
Demasiado definida.
Demasiado “presente”.
Las cejas parecían tener vida propia, como dos gatos negros agazapados sobre sus párpados, listos para saltar.
—¡Elena, que vamos tarde! —gritó Javi desde el pasillo.
Javi, su marido, tenía esa capacidad asombrosa de no fijarse en nada que no fuera un gol o una oferta en el supermercado.
—¡Ya voy! —respondió ella, dándose un último toque de polvos para intentar apagar el brillo de la pomada.
Tenía que ir a comer a casa de su suegra.
Y eso, en el manual de supervivencia de Elena, era equivalente a entrar en un campo de minas con zapatos de claqué.
Concha, su suegra, no era mala mujer, pero tenía una vista que ya quisiera para sí un halcón peregrino.
Concha no miraba, Concha escaneaba.
Buscaba la mancha en la blusa, la raíz sin teñir, el kilo de más que se te había quedado en las caderas tras la Navidad.
—¿Te pasa algo en la cara? —preguntó Javi cuando Elena salió al pasillo.
Elena se quedó congelada, con el bolso a medio cerrar.
—¿Por qué lo dices? —preguntó ella, intentando que su voz no sonara a puro pánico.
—No sé, estás rara. Como si estuvieras enfadada. O sorprendida. O las dos cosas a la vez.
—Es el maquillaje, Javi. Vámonos ya, que tu madre se pone de los nervios si el arroz se pasa un minuto.
Bajaron por la escalera porque el ascensor del edificio, un armatoste de los años sesenta, estaba otra vez estropeado.
Cada escalón era para Elena un paso más hacia el juicio final.
En el coche, bajó el parasol y volvió a mirarse en el espejito.
“Es microblading, es tendencia, es natural”, se repetía como un mantra.
Pero en el fondo de su alma, sabía que Concha no entendía de tendencias.
Concha entendía de “cosas normales” y de “modernuras de las que te roban el dinero”.
Llegaron a la calle Goya en veinte minutos, un milagro dominical.
El portal de la casa de la suegra olía a cera de muebles y a sofrito de cebolla.
Un olor que a Elena siempre le revolvía un poco el estómago.
Subieron en el ascensor, que este sí funcionaba y tenía un espejo de cuerpo entero con luz de bajo consumo.
Una luz que acentuaba cada trazo de pigmento en la frente de Elena.
—Cariño —dijo Elena, agarrando a Javi del brazo antes de llamar al timbre—. Si tu madre dice algo de mis cejas, no me dejes sola.
Javi la miró como si le estuviera pidiendo que la defendiera ante un tribunal de guerra.
—¿Tus cejas? ¿Qué les pasa a tus cejas?
—¡Javier, por Dios, que me he hecho el microblading ayer! Te lo dije tres veces.
—Ah, sí, lo de los tatuajes en la cara. Te quedan bien, parecen de película.
—¿De qué película? ¿De terror?
—No, mujer, de esas de época. Estás muy… expresiva.
El timbre sonó.
Fue un sonido seco, autoritario, como el de una campana de ejecución.
La puerta se abrió y allí estaba Concha.
Llevaba su delantal de los domingos, el de los volantes, y una sonrisa que no llegaba a los ojos porque estaba ocupada analizando el atuendo de su nuera.
—¡Hola, familia! —exclamó Concha, apartándose para dejarlos pasar—. Ya pensaba que os habíais quedado pegados a las sábanas.
Javi le dio dos besos sonoros a su madre.
—Hola, mamá. Qué bien huele, ¿es paella?
—Paella de la buena, de la que lleva fundamento, no como los arroces esos con cosas que coméis vosotros en el centro.
Entonces, Concha se giró hacia Elena.
Elena sintió que el aire se volvía denso, como si estuviera bajo el agua.
—Hola, Concha —dijo Elena, forzando una sonrisa que le tensó toda la cara.
Concha se quedó quieta.
Completamente quieta.
Inclinó un poco la cabeza hacia la derecha, como un periquito analizando una semilla nueva.
Elena notó cómo la mirada de su suegra subía desde sus zapatos, pasaba por el vestido de flores y, finalmente, se anclaba en su frente.
El silencio en el recibidor se volvió eterno.
Se podía oír el tictac del reloj de pared del salón.
Se podía oír el ruido del aceite chisporroteando en la cocina.
—Elena, hija… —empezó Concha, con un tono de voz que oscilaba entre la preocupación y la fascinación.
Elena tragó saliva.
—Dime, Concha.
—¿Te ha picado algo? ¿Tienes alguna alergia de esas modernas?
—No, ¿por qué? Me encuentro perfectamente.
Concha dio un paso adelante, acortando la distancia de seguridad.
Se puso las gafas de ver de cerca, esas que llevaba colgadas de una cadena de oro.
—Es que tienes la frente… como muy intensa.
Javi, haciendo gala de su nulo instinto de preservación, soltó una carcajada.
—¡Que no, mamá! Que se ha hecho lo de las cejas, el invento ese para no pintarse.
Concha frunció el ceño, lo que hizo que sus propias cejas, finas como un hilo de coser por culpa de las depilaciones de los años setenta, casi desaparecieran.
—¿Cómo que se ha hecho las cejas? Las cejas se tienen o no se tienen, Javier. No se fabrican.
—Se llama microblading, Concha —intervino Elena, tratando de sonar profesional—. Es una técnica de pigmentación pelo a pelo.
Concha se acercó aún más, hasta que Elena pudo oler el aroma a laca de su peinado.
—¿Pelo a pelo? Pues el que te lo ha hecho debía de tener mucha prisa, porque parece que te ha pasado un rotulador permanente de los de marcar las cajas de la mudanza.
—Es que al principio se ven más oscuras, luego pierden intensidad —explicó Elena, sintiendo que le subía el calor por el cuello.
—Perderán lo que tú quieras, pero ahora mismo, hija mía… —Concha hizo una pausa dramática—… ahora mismo pareces un personaje de dibujos animados.
Elena cerró los ojos un segundo, pidiendo paciencia al universo.
—¿De qué dibujos, Concha?
—De esos que están siempre enfadados. De los que les ponen dos rayas gordas para que se note que van a pegar un grito.
—No estoy enfadada, es mi cara normal.
—Pues tu cara normal hoy da un poco de respeto, qué quieres que te diga. Entrad, entrad, que se enfría el aperitivo.
Caminaron hacia el salón, pero Elena sentía que las cejas le pesaban tres kilos cada una.
Concha no quitaba ojo del objetivo.
Se movía por la casa con una agilidad sorprendente para su edad, pero siempre manteniendo un ángulo de visión directo a la frente de su nuera.
En el salón, la mesa ya estaba puesta con el mantel de hilo.
Había aceitunas, patatas fritas de churrería y unas rodajas de salchichón que brillaban bajo la lámpara de araña.
—Sentaos —ordenó Concha—. Javier, saca el vino, que está en la nevera. Elena, tú quédate aquí conmigo, que te vea bien a la luz.
Elena se sentó en el sofá de terciopelo verde, sintiéndose como un sospechoso en una sala de interrogatorios.
Concha se sentó en el sillón de enfrente, el suyo, el trono desde donde gobernaba la familia.
—Dime una cosa, Elena —dijo la suegra, bajando la voz como si fuera a revelar un secreto de estado—. ¿Eso duele?
—Un poco, es como unos arañazos, pero te ponen anestesia en crema.
Concha hizo una mueca de dolor, como si le estuvieran tatuando a ella.
—¿Y dices que es para no tener que pintarlas todos los días?
—Exacto. Ahorro mucho tiempo por las mañanas.
Concha soltó una risita seca, una de esas que presagian una tormenta.
—Ay, hija, qué ganas de sufrir. Con lo fácil que es pasarse un lápiz de esos del Mercadona, que valen dos euros y te duran todo el año.
—No es lo mismo, Concha. Esto queda más… profesional.
—Profesional dice. Si parece que te has puesto dos morcillas de Burgos encima de los ojos.
Elena respiró hondo. Contó hasta diez en su cabeza.
—Es tendencia, suegra. Todo el mundo se lo hace ahora. Hasta las actrices de la tele.
—Pues en mi época, si una mujer salía así a la calle, pensaban que se había quemado en la cocina y se había puesto hollín para disimular.
Javi regresó con la botella de vino y tres copas.
—Venga, mamá, deja a Elena en paz, que está muy guapa.
Concha miró a su hijo con una mezcla de lástima y reproche.
—Si yo no digo que no esté guapa, Javier. La que es guapa es guapa. Pero esas cejas… esas cejas tienen vida propia.
Se hizo un silencio mientras Javi servía el vino.
Elena dio un sorbo largo, necesitando el alcohol para procesar el comentario de las morcillas de Burgos.
—Y dime, Elena —continuó Concha, que no sabía lo que era la rendición—, ¿cuánto te ha costado la broma?
Esa era la pregunta trampa. La pregunta que Elena quería evitar a toda costa.
Miró a Javi, pidiendo auxilio con la mirada.
Javi estaba muy ocupado examinando la etiqueta del vino.
—Bueno —dijo Elena—, no es barato porque es un trabajo manual, muy minucioso…
—¿Cuánto? —insistió Concha, con la precisión de un inspector de Hacienda.
—Ciento cincuenta euros.
Concha casi se atraganta con la aceituna que se acababa de meter en la boca.
—¿Ciento cincuenta euros? —repitió, con la voz un octava más aguda—. ¿Por pintarte dos rayas en la frente?
—No son dos rayas, es microblading…
—¡Es un robo a mano armada! —exclamó la suegra, levantándose del sillón como si la hubiera impulsado un muelle—. ¡Ciento cincuenta euros por eso! ¡Pero si con eso lleno yo el carro del súper hasta arriba!
—Es una inversión en mi imagen, Concha.
—Inversión… inversión es comprar letras del tesoro, Elena. Esto es tirar el dinero de mi hijo a la basura.
Elena apretó los dientes.
—Concha, el dinero lo gano yo también, ¿sabes?
—Ya empezamos —suspiró Javi, viendo venir el desastre—. Mamá, deja el tema, que cada uno se gasta su dinero en lo que quiere.
—No, si yo no digo nada —dijo Concha, aunque lo estaba diciendo todo con las manos en jarra—. Pero me duele, Javier. Me duele ver cómo cada día inventáis una cosa nueva para tirar el dinero que tanto cuesta ganar.
Se dirigió hacia la cocina, murmurando algo sobre “cejas de oro” y “generaciones perdidas”.
Elena se quedó en el salón, mirando el fondo de su copa de vino.
—Te lo dije —susurró ella—. Te dije que se iba a fijar.
—No pasa nada, cari —respondió Javi, dándole un apretón en la mano—. Ya sabes cómo es. En diez minutos se le ha olvidado y estará quejándose del precio de los tomates.
Pero Elena sabía que no sería tan fácil.
Concha era como un perro de presa: una vez que mordía un tema, no lo soltaba hasta dejarlo en los huesos.
Desde la cocina llegó el ruido de los platos y el aroma del arroz que ya estaba en su punto.
—¡A la mesa! —gritó Concha—. ¡Venid a comer, antes de que a Elena se le caigan las cejas en el plato y me tiñan el caldo!
Elena se levantó, se alisó el vestido y se preparó para la segunda ronda.
Sabía que la comida no iba a ser tranquila.
Porque en esa casa, el postre siempre venía acompañado de una ración extra de crítica constructiva.
Y sus cejas, según parecía, iban a ser el plato principal de la conversación.
PARTE 2
La mesa del comedor de Concha era un santuario de la tradición familiar.
El arroz, servido en una paellera que tenía más años que el propio Javi, lucía un color amarillo vibrante, casi radioactivo.
Elena se sentó, intentando mantener la cabeza baja, como si eso fuera a camuflar su frente.
Pero Concha, que ya se había quitado el delantal, se había sentado justo delante de ella, dispuesta a continuar el examen.
—Toma, Elena, sírvete —dijo Concha, pasándole el cucharón de madera—. Come bien, que te veo un poco pálida. Será del susto de verte en el espejo esta mañana.
Elena ignoró el comentario y se sirvió una ración generosa.
—Está muy bueno el arroz, Concha. Como siempre.
—Sí, claro, porque yo no sigo modas —sentenció la suegra, atacando su propio plato—. Yo sigo la receta de mi madre, que en paz descanse. Sin micro-nada. Todo natural.
Javi comía con una velocidad envidiable, intentando pasar desapercibido entre el fuego cruzado.
—Mamá, de verdad, cambia de tema —suplicó Javi con la boca medio llena.
—¿Y por qué voy a cambiar de tema? Si estamos en confianza. Yo solo quiero entender.
Concha dejó el tenedor sobre el plato con un ruido metálico que hizo que Elena diera un respingo.
—A ver, Elena, explícame. Eso que te han hecho… ¿se quita con agua y jabón?
—No, Concha. Es semipermanente. Dura un año o un año y medio.
Concha se llevó una mano al pecho, como si acabara de recibir una noticia trágica.
—¡¿Un año?! ¿Vas a estar un año con esa expresión de estar viendo un fantasma?
—No tengo expresión de ver fantasmas —replicó Elena, perdiendo un poco la compostura—. Es una forma definida. En unos días el color bajará un cincuenta por ciento y quedará muy natural.
—Un cincuenta por ciento de mucho sigue siendo demasiado, hija.
Concha se giró hacia su hijo.
—Javier, ¿tú la ves natural? Dime la verdad, que para eso te he criado yo con franqueza.
Javi miró al techo, luego a su mujer, y finalmente a su madre.
—Yo la veo guapa, mamá. Un poco más… marcada, pero guapa.
—”Marcada” dice. Parece que ha salido de una película de esas de ninjas.
Concha se echó a reír, una risa cristalina y algo maliciosa que siempre sacaba de quicio a Elena.
—Mira, el otro día vi en la tele a una que se había hecho lo mismo y le habían dejado una ceja más alta que la otra. Parecía que te estaba perdonando la vida todo el tiempo.
Elena sintió la necesidad imperiosa de correr al baño a comprobar la simetría de sus cejas.
—Las mías están iguales, Concha. Me midieron con un calibre y me hicieron un diseño previo.
—¿Un calibre? ¡Pero si eso es lo que usaba tu suegro para medir las piezas del coche! —Concha soltó otra carcajada—. ¡Vaya tela! ¡Ingeniería de cejas!
La suegra se levantó para ir a por el limón a la cocina, dejando tras de sí un rastro de comentarios jocosos.
Elena aprovechó para darle una patada a Javi por debajo de la mesa.
—¡Ay! —exclamó Javi.
—Haz algo —susurró Elena.
—¿Y qué quieres que haga? Sabes que es imposible pararla cuando empieza con la retranca.
—Dile que te gusta. Dile que es lo más moderno que has visto en tu vida.
—Si digo eso, pensará que nos hemos vuelto locos los dos y llamará al cura para que nos exorcice.
Concha volvió con el limón y empezó a exprimirlo sobre el arroz con una energía desmedida.
—Yo lo que no entiendo —continuó, retomando el hilo como si nunca se hubiera ido— es por qué las jóvenes de ahora tenéis tanto miedo a la vejez. O a ser normales.
—No es miedo a la vejez, Concha —explicó Elena con una paciencia infinita—. Es estética. Es como quien se pone crema hidratante o va a la peluquería.
—No me compares —cortó la suegra—. Ir a la peluquería es una necesidad básica para no parecer una loca. Pero tatuarse la cara… eso es de marineros o de gente que ha estado en la cárcel.
Elena dejó de comer. El arroz se le estaba haciendo una bola en la garganta.
—No es un tatuaje, es micropigmentación —corrigió de nuevo—. No llega a las capas profundas de la piel.
—Dile como quieras, pero te han clavado agujas en la frente. Y has pagado por ello. Ciento cincuenta eurazos.
Concha suspiró con una teatralidad que habría envidiado la mismísima Sara Montiel.
—Con lo bien que vendría ese dinero para la entrada de un piso, o para cambiar las cortinas del salón, que las tienes ya que se caen a trozos.
—Mis cortinas están perfectamente —dijo Elena, elevando un poco el tono.
—Están pasadas de moda, Elena. Eso sí que está pasado. Pero claro, prefieres llevar las cejas de Instagram antes que tener una casa como Dios manda.
La tensión en el comedor se podía cortar con el cuchillo del pan.
Javi intentó desviar la conversación hacia el fútbol, hablando del partido de la noche anterior, pero Concha no estaba por la labor.
—¿Y si te cansas? —preguntó de pronto la suegra, ignorando por completo a su hijo—. ¿Y si mañana se llevan las cejas finitas otra vez, como las mías? ¿Qué haces? ¿Te las lijas?
—No me voy a cansar. Me gusta verme así.
—Te gusta verte así porque te han comido el coco en ese centro de estética. “Ay, qué guapa estás, Elena”, “Ay, qué mirada de gata tienes, Elena”. Y tú, pumbas, la tarjeta de crédito echando humo.
Concha se terminó su copa de vino y miró fijamente a su nuera.
—Pareces un dibujo animado, hija. Te lo digo de corazón. Uno de esos que salen en la televisión por las mañanas, de los que tienen los ojos muy grandes y siempre están sorprendidos.
—Ya me lo has dicho tres veces, Concha. Lo he pillado.
—Es que no me acostumbro. Te miro y me dan ganas de preguntarte qué te pasa, si te he dado un susto al abrir la puerta.
Elena dejó los cubiertos. Se sentía observada, juzgada y, sobre todo, ridícula.
—¿Sabes qué pasa, Concha? —dijo Elena, tratando de mantener la voz firme—. Que el mundo ha cambiado. Ahora nos cuidamos de otra manera.
—El mundo no ha cambiado, Elena. Lo que ha cambiado es que ahora tenéis demasiado tiempo libre para miraros al espejo.
Concha se levantó para recoger los platos, pero se detuvo un momento al lado de Elena.
—En mis tiempos, nos pintábamos con un corcho quemado si hacía falta. Y estábamos tan divinas. Sin calibres ni agujas.
Se fue a la cocina cargada de platos, dejando un silencio pesado en el salón.
Javi miró a su mujer y le guiñó un ojo.
—Ha sido suave —dijo él—. Pensé que iba a ser peor.
—¿Suave? Me ha llamado delincuente, derrochadora y dibujo animado.
—Bueno, es su forma de decir que se ha fijado en ti. Si no le importaras, no diría nada.
—Esa lógica tuya es lo más retorcido que he oído nunca, Javier.
Desde la cocina se oyó el ruido del lavavajillas y, de nuevo, la voz de Concha.
—¡Elena! ¡Ven aquí un momento!
Elena miró a Javi con pánico.
—¿Qué querrá ahora?
—Igual quiere que le des el contacto de tu esteticista —bromeó Javi.
—No tiene gracia.
Elena se levantó y fue hacia la cocina.
Concha estaba frente al pequeño espejo que tenía colgado junto a la despensa, estirándose la piel de los párpados con los dedos.
—Dime una cosa —susurró Concha cuando Elena entró—. ¿Tú crees que a mí me quedaría bien?
Elena se quedó boquiabierta.
—¿El qué? ¿El microblading?
—No grites, que te oye el niño —siseó la suegra—. Es que me veo estas calvas aquí al final de la ceja… y claro, a mi edad ya no crece nada.
Elena no podía creer lo que estaba pasando.
La mujer que hacía cinco minutos la había comparado con un ninja, ahora estaba pidiendo consejo estético.
—Pues… claro que te quedaría bien, Concha. Te daría mucha más forma al ojo.
Concha se miró de nuevo, frunciendo el ceño.
—Pero yo no quiero parecer un dibujo animado, ¿eh? Yo quiero algo fino. De señora.
—Se puede hacer muy sutil, Concha. No hace falta que sea tan marcado como el mío.
La suegra guardó silencio durante unos segundos, evaluando la situación.
—¿Y has dicho ciento cincuenta?
—Eso me costó a mí. Igual para ti, como tienes menos pelo que rellenar, es más barato.
Concha hizo una mueca de duda.
—Es mucho dinero. Muchas pesetas de las de antes.
—Pero dura mucho, Concha. Piénsalo. Un año sin tocarte las cejas.
—Un año… —murmuró la suegra, acariciándose la barbilla—. Un año sin tener que buscar el lápiz ese que siempre se me pierde en el bolso.
En ese momento, Javi asomó la cabeza por la cocina.
—¿Qué hacéis aquí las dos tan calladas?
Concha se separó del espejo al instante, recuperando su pose de severidad.
—Nada, hijo, nada. Le estaba diciendo a tu mujer que el café ya está listo. ¡Trae las tazas del estante de arriba!
Elena sonrió para sus adentros.
La tensión no había desaparecido, pero algo había cambiado.
Parecía que las “cejas de dibujo animado” habían despertado una curiosidad inesperada en el bastión de la tradición familiar.
Pero la tarde aún no había terminado.
Y Concha tenía una última sorpresa preparada para el postre.
PARTE 3
El café se servía siempre en el salón, con las tazas de porcelana “buena” que Concha solo sacaba cuando venían visitas o cuando quería demostrar quién mandaba.
Elena se sentó de nuevo, sintiéndose un poco más relajada tras el episodio de la cocina.
Creía, ingenuamente, que el tema de las cejas había quedado en una tregua secreta entre mujeres.
Pero Concha no era una mujer de treguas sencillas.
—A ver, Javier —dijo Concha, removiendo el azúcar con una cucharilla de plata—. ¿Tú sabías que tu mujer quiere meterme en estos líos de las pinturas permanentes?
Javi, que acababa de dar un sorbo al café, casi se quema la lengua.
—¿Qué? ¿Tú, mamá? ¿Haciéndote lo de las cejas?
—Tu mujer, que es una tentadora —respondió Concha, lanzándole una mirada pícara a Elena—. Dice que me quedaría bien. Que me daría “forma”.
—Bueno, yo solo he dicho que… —empezó a explicar Elena.
—¡Me parece una idea genial! —interrumpió Javi, emocionado—. Así dejarías de decir que Elena parece un dibujo animado.
El rostro de Concha cambió en un milisegundo. La sonrisa desapareció y volvió la máscara de la crítica.
—¡Ah, no! —exclamó, dejando la taza sobre el plato con un golpe seco—. Una cosa es que yo lo pregunte por curiosidad científica y otra muy distinta es que yo me preste a esas carnicerías.
Elena suspiró. Había caído en la trampa.
—Nadie te obliga, Concha. Solo hemos hablado.
—Es que me habéis visto cara de tonta —continuó la suegra, elevando el tono para que se oyera en todo el edificio—. Primero me traéis a la niña con la cara hecha un cromo y luego queréis que yo sea la siguiente. ¡Para que la gente en el barrio se ría de mí!
—Nadie se ríe, mamá —dijo Javi, tratando de calmar las aguas.
—¡Que no se ríen! Pues anda que no es cotilla la Virtudes, la de la mercería. Como me vea aparecer con las cejas así, me saca un cantar.
Concha se levantó y empezó a gesticular de forma exagerada, imitando a su vecina.
—”¡Ay, Concha! ¿Qué te ha pasado? ¿Te has quedado dormida encima de una rejilla?”, dirá la muy víbora.
Elena no pudo evitar soltar una carcajada, lo que fue un error táctico monumental.
Concha se giró hacia ella con los ojos entrecerrados.
—¿Te ríes, Elena? Claro, tú te ríes porque eres joven y te da igual todo. Pero yo tengo una reputación en esta calle.
—Lo siento, Concha. Es que lo que has dicho de la rejilla ha tenido gracia.
—Gracia ninguna —sentenció la suegra—. Lo que tiene es mucha miga. Verás tú cuando mañana vayas al trabajo y tus compañeras te miren de reojo.
—Mis compañeras ya me han visto y les ha encantado.
—Claro, qué te van a decir. La gente hoy en día es muy falsa. Te ven con un nido de pájaros en la cabeza y te dicen que qué moderno es el peinado.
Concha se sentó de nuevo, pero esta vez con una expresión de cansancio fingido.
—Yo lo que no entiendo, Javier, es cómo consientes estas cosas.
—¿Cómo que cómo las consiento, mamá? Elena es una mujer adulta. Hace con su cara lo que le da la gana.
—Sí, y con tu dinero también —apostilló la suegra.
—¡Que es mi dinero también, Concha! —estalló Elena, ya harta del temita financiero.
El silencio que siguió fue de los que hacen historia.
Javi miraba su taza de café como si esperara que apareciera un mensaje de rescate escrito en la espuma.
Concha se limitó a parpadear, procesando la rebelión de su nuera.
—Bueno —dijo Concha finalmente, con una voz peligrosamente suave—. Si así están las cosas… si ahora en esta familia no se puede opinar sin que a una la tachen de antigua…
—Nadie te ha tachado de antigua —dijo Elena, bajando el tono pero manteniendo la firmeza.
—Lo has pensado. Lo tienes escrito en esas cejas nuevas que me llevas. “Mi suegra es una vieja que no entiende de nada”, eso es lo que dicen tus cejas cada vez que me miras.
Elena se llevó las manos a la cara. No sabía si reír o llorar.
—Concha, de verdad, que solo son unas cejas. No son un manifiesto político.
—Todo es política, Elena. Cómo te vistes, cómo te pintas… y sobre todo, en qué tiras el dinero.
Concha se levantó y fue hacia el aparador, de donde sacó un álbum de fotos antiguo.
—Mirad —dijo, abriéndolo y señalando una foto en blanco y negro—. Aquí estoy yo el día de mi boda.
Elena y Javi se acercaron a mirar.
En la foto, una Concha jovencísima sonreía bajo un velo de encaje.
Sus cejas eran naturales, suaves, casi inexistentes bajo el efecto del flash de la época.
—¿Ves? —dijo Concha—. Ni una gota de pintura. Ni una raya. Y estaba preciosa.
—Estabas muy guapa, mamá —admitió Javi.
—Y lo sigo estando, dentro de lo que cabe —reivindicó ella—. Pero lo que quiero decir es que la belleza de verdad no necesita de esas modernuras que os inventáis ahora.
Se quedó mirando la foto unos instantes, y por un momento, Elena creyó detectar un atisbo de nostalgia real en su mirada.
Pero el momento duró poco.
—Claro que —añadió Concha, volviendo a su tono habitual—, en aquella época las mujeres teníamos otras preocupaciones. No estábamos todo el día pendientes de si el pelo de la ceja iba para arriba o para abajo.
—Concha —dijo Elena, intentando un nuevo acercamiento—. Yo también tengo preocupaciones. Trabajo ocho horas, llevo la casa, me encargo de mil cosas… Esto de las cejas es solo para facilitarme un poco la vida.
—Facilitarte la vida es comprar un robot de esos que barren solos, Elena. No pintarte la cara.
—También tenemos el robot, mamá —apuntó Javi.
Concha puso los ojos en blanco.
—Pues eso, que sois la generación del mínimo esfuerzo. Todo lo queréis ya, y todo lo queréis pagando.
La suegra cerró el álbum con un golpe seco.
—Pero bueno, ya que estás tan orgullosa de tu inversión… ven aquí.
Concha cogió su teléfono móvil, un modelo de hace cinco años que manejaba con una destreza sospechosa.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Elena con desconfianza.
—Voy a hacerte una foto. Para mandársela a mi hermana Angustias.
—¿A la tía Angustias? —exclamó Javi—. Pero si la tía Angustias no ve ni a tres metros.
—Para esto no hace falta ver mucho, hijo. Con que vea dos rayas negras en la pantalla, ya sabe de qué va la cosa.
Elena intentó protestar, pero Concha ya estaba encuadrando la imagen.
—¡Ponte derecha! ¡Y no pongas esa cara de susto, que luego dice Angustias que te trato mal!
Elena forzó una sonrisa, sintiéndose como una pieza de exposición en un museo de los horrores.
—¡Listo! —dijo Concha, dándole a enviar con una satisfacción evidente.
—¿Y qué le has puesto en el mensaje? —quiso saber Elena.
Concha leyó en voz alta, mientras una sonrisa maliciosa se dibujaba en su rostro:
—”Mira, Angustias, lo que se ha hecho Elena en la frente. Ciento cincuenta euros le ha costado parecer un personaje de dibujos animados. Dime tú qué opinas”.
Elena se hundió en el sofá.
Sabía que en menos de cinco minutos, el grupo de WhatsApp de las hermanas de Concha iba a echar chispas.
Iba a ser el hazmerreír de las tías de Cuenca, de la prima de Benidorm y de toda la estirpe de los García.
—Concha, de verdad… no hacía falta —susurró Elena.
—¡Ay, hija, no seas así! Si es por compartir. Además, Angustias tiene muy buen criterio para estas cosas. El año pasado se hizo los labios y parecía que la había picado un avispero, así que ella sabe de lo que habla.
Javi empezó a reírse flojito, intentando que su madre no lo viera.
—Vaya tarde llevamos —dijo él—. Arroz, vino y crítica estética. No nos falta de nada.
—Falta el licor de hierbas —anunció Concha, dirigiéndose al mueble bar—. Que para aguantar estas modernuras hace falta tener el estómago bien asentado.
Elena miró a su marido con una expresión que decía claramente: “Sácame de aquí ahora mismo”.
Pero Javi estaba demasiado entretenido viendo cómo su madre peleaba con el tapón de la botella de orujo.
La tarde se alargaba, y la tensión cómica seguía subiendo de nivel.
Elena sabía que el veredicto de la tía Angustias sería el golpe de gracia.
Y mientras tanto, sus cejas seguían allí, firmes, oscuras y desafiantes, presidiendo una comida familiar que Elena no olvidaría en mucho tiempo.
PARTE 4
El teléfono de Concha emitió un sonido agudo, un pitido que resonó en el salón como una señal de alarma.
—¡Ya ha contestado Angustias! —anunció la suegra con la cara iluminada por el brillo de la pantalla.
Elena sintió un escalofrío. Javi, por su parte, se inclinó hacia adelante, contagiado por el suspense.
Concha entrecerró los ojos, alejando el móvil para poder leer mejor.
Hubo un silencio tenso que duró lo que a Elena le parecieron diez minutos.
De repente, la expresión de Concha cambió.
No fue una mueca de burla, ni una carcajada.
Fue algo parecido al asombro, mezclado con una pizca de envidia mal disimulada.
—¿Qué dice? —preguntó Javi, rompiendo el hielo.
Concha carraspeó, reajustándose las gafas.
—Dice… dice que le gusta.
Elena no podía creerlo.
—¿Cómo que le gusta? —exclamó la suegra, volviendo a leer—. Dice: “Concha, deja de ser una envidiosa. A la chica le quedan muy bien, parece que tiene la mirada más alta. Yo me gasté el doble en las ojeras y sigo pareciendo un oso panda”.
Elena soltó un suspiro de alivio tan grande que casi apaga las velas decorativas de la mesa.
—¡Toma ya! —dijo Javi, dándole una palmadita en la espalda a su mujer—. ¡La tía Angustias es una visionaria!
Concha guardó el móvil en el bolsillo del delantal con un movimiento brusco.
—Bueno, Angustias siempre ha tenido gustos un poco raros —gruñó la suegra—. No olvidéis que se casó con aquel hombre que coleccionaba sellos de países que ya no existen.
Pero el daño ya estaba hecho. El frente de ataque de Concha se había desmoronado.
—Ves, Concha —dijo Elena, recobrando su confianza—. No es que yo sea una moderna loca, es que las cosas avanzan.
—Avanzan, avanzan… —murmuró Concha mientras servía el licor de hierbas en unos vasitos minúsculos—. Hacia el precipicio avanzan.
Se hizo un silencio más relajado. El alcohol ayudaba a limar las asperezas de la tarde.
Concha dio un sorbo a su orujo y miró a Elena de una forma distinta. Ya no era un escaneo de rayos X, sino una mirada de evaluación técnica.
—Escúchame bien, Elena —dijo la suegra, bajando el tono—. Si algún día se me ocurre la locura de hacerme eso… ¿tú me acompañarías?
Elena sonrió de verdad por primera vez en todo el día.
—Claro que sí, Concha. Yo te pido la cita y todo.
—Pero que no se entere nadie en el barrio, ¿eh? —advirtió la suegra—. Diremos que es una crema nueva que me han traído de Francia. Una crema muy potente que hace salir pelo donde no hay.
—Tu secreto está a salvo conmigo —prometió Elena.
Javi miraba a las dos mujeres con una mezcla de confusión y admiración.
—No os entiendo —dijo él—. Hace media hora os estabais tirando los trastos a la cabeza por las cejas y ahora sois cómplices de un complot cosmético.
—Es que tú eres un hombre, Javier —sentenció Concha—. Tú no entiendes lo que es levantarse y verse cara de acelga.
La tarde fue cayendo sobre Madrid. La luz que entraba por el ventanal del salón se volvió anaranjada, suavizando los rasgos de todos y, afortunadamente, haciendo que el microblading de Elena pareciera mucho más natural.
Hablaron de otras cosas: de los vecinos, de los precios de la luz, de cuándo iban a darle un nieto a Concha (el otro tema favorito de la suegra, aunque hoy había quedado en segundo plano).
Cuando llegó la hora de irse, Concha los acompañó hasta la puerta.
—Llevaos el tupper con el arroz que ha sobrado —insistió, metiendo un recipiente de plástico en una bolsa de propaganda—. Que mañana trabajáis y no tenéis tiempo ni de freír un huevo con tanta estética.
Elena le dio un beso a su suegra.
—Gracias por la comida, Concha. De verdad.
Concha la retuvo un momento, agarrándola del antebrazo.
—Elena… —susurró para que Javi no la oyera—. Pásame luego por el chat el teléfono de la chica esa. De la Soraya.
—Hecho, Concha.
—Pero no le digas que soy tu suegra, que igual me cobra más por el parentesco.
Salieron del portal y el aire fresco de la tarde les dio en la cara.
Elena se sintió ligera, como si se hubiera quitado un peso de encima.
—¿Ves? —dijo Javi mientras caminaban hacia el coche—. Al final no ha sido para tanto.
—¿Que no ha sido para tanto? He pasado por un interrogatorio de la Gestapo, me han comparado con una morcilla de Burgos y con un dibujo animado enfadado.
—Pero has ganado —rio Javi—. Has convencido a la generala.
—No la he convencido yo, la ha convencido la tía Angustias. Esa mujer es mi nueva heroína.
Se subieron al coche y Elena volvió a bajar el parasol para mirarse en el espejo.
Ya no veía dos gatos negros.
Ya no veía dos rayas de rotulador.
Veía unas cejas perfectas que habían sobrevivido a un domingo de paella en casa de su suegra.
Y eso, pensó ella, valía mucho más que ciento cincuenta euros.
—¿Sabes qué es lo mejor? —dijo Elena mientras Javi arrancaba el motor.
—¿Qué?
—Que cuando Concha se lo haga, voy a ser yo la que le diga que parece un dibujo animado.
—No te atreverás.
—¿Que no? —Elena sonrió con malicia—. Estoy contando los días para verla aparecer con las cejas recién hechas.
Javi negó con la cabeza, sonriendo.
—Estáis locas. Todas.
—Puede ser —admitió Elena—. Pero somos unas locas con una mirada estupenda.
El coche se alejó por las calles del barrio de Salamanca, dejando atrás el edificio de Concha, donde la suegra seguramente ya estaba mirándose de nuevo al espejo, imaginando cómo sería su vida con unas cejas de diseño profesional.
Porque al final, en el gran teatro de la familia, hasta los conflictos más absurdos acababan convirtiéndose en anécdotas compartidas alrededor de un café.
Y aunque Concha nunca lo admitiría en público, ese domingo había aprendido una lección importante: que las “modernuras” a veces no son tan malas si sirven para verse un poquito mejor frente al espejo.
Elena, por su parte, ya estaba planeando su próximo reto: convencer a Concha de que el robot aspirador no era un invento del demonio para espiarla.
Pero eso… eso sería el tema de otro domingo.
De momento, el duelo de las cejas había terminado en un empate técnico, con un ligero sabor a orujo y una promesa de complicidad en la frente.
Microblading o cejas al natural, la verdadera cuestión no era el pigmento.
La verdadera cuestión era quién tenía la última palabra.
Y ese domingo, sorprendentemente, se la había llevado la tía Angustias desde su casa de Cuenca.
Elena cerró el parasol, se reclinó en el asiento y disfrutó del camino de vuelta a casa.
Estaba cansada, sí.
Pero sus cejas estaban, sencillamente, impecables.