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Una minera ignoró el aviso de la niña sobre el agua. Compraron su rancho. Y cuando llegó la sequía…

El corral había sido reparado tantas veces con materiales diferentes que ya nadie sabía qué parte era original y qué parte era parche de parche. Ese año el arroyo bajó más claro de lo que debía en la temporada de lluvias. No por mucho, quizá 30 cm menos de lo que marcaba la piedra del bado, la piedra plana que el abuelo Bernabé había pintado con rayas de calm en 1975 para tener una referencia permanente del nivel del agua.

La mayoría de la gente no lo habría notado. Lucía lo notó. También notó que los chuis de collar, esas aves pequeñas de pecho rufo que anidaban cerca del agua, estaban poniendo sus nidos 10 met más lejos del canal que el año anterior, lo que significaba que el nivel de humedad del suelo cercano al arroyo había bajado lo suficiente para que los chuis lo percibieran antes de que ningún instrumento lo midiera.

notó que los carrizales del tramo sur se habían adelgazado, que había franjas donde el carrizo ya no crecía tan denso y dejaba ver el suelo lodoso entre las bases de las plantas. Y notó que el ojo de agua del vajío, el manantialito que brotaba entre las piedras en el lado bajo del potrero sur y que había estado húmedo todos los meses de mayo, desde que Lucía podía recordar.

Y desde antes, según las libretas del abuelo, estaba seco en la superficie ese año y solo blando abajo. Podías meter un palo y no sentir nada en los primeros 15 cm y luego tocar algo frío y ceder al fondo, como si el agua todavía estuviera ahí, pero más profunda, esperando. Lo anotó todo en una libreta de espiral verde con cuadrícula pequeña que guardaba en el cajón de la cocina junto con el abre latas y la cuerda de atar y las cosas que la familia usaba suficientemente seguido para no guardarlas en un cajón específico. fechas, niveles del agua en

la piedra del bado, temperatura del arroyo medida con el termómetro de mínimas y máximas que había comprado con dinero de su cumpleaños, donde estaban bebiendo las vacas en diferentes horas del día, qué brechas del potrero el ganado cruzaba voluntariamente y cuáles evitaba sin razón aparente, qué plantas florecían más temprano o más tarde que el año anterior.

Su abuelo Bernabé había llevado el mismo tipo de libreta durante 42 años consecutivos, desde 1974, hasta que el derrame del que nunca se recuperó completamente lo dejó sin la coordinación en la mano derecha que necesitaba para escribir. Las libretas estaban apiladas en una caja de madera en el cuarto de aperos, todas en su letra pequeña y apretada que inclinaba ligeramente hacia la derecha, como hacen las letras de los hombres que aprendieron a escribir en escuelas rurales, donde el maestro tenía 20 alumnos de seis grados diferentes y no

podía dedicarle mucho tiempo a la caligrafía de ninguno. Lucía las había leído todas, dos veces algunas, las entradas de los años de sequía tres o cuatro veces comparándolas con las mediciones que ella misma estaba haciendo, buscando los patrones que se repetían. No era una niña rara, solo escuchaba más de lo que hablaba.

Y cuando hablaba tendía a decir exactamente lo que pensaba, sin añadir las palabras de relleno que la gente pone alrededor de lo que realmente quiere decir. Las camionetas llegaron a finales de abril. Tres camionetas blancas nuevas con el logo de la empresa en la puerta, un escudo estilizado con una línea de sierra en la parte inferior y las palabras minera desarrollo norte sa DCV en letra sanherif azul marino.

Detrás de las camionetas venía una plataforma baja cargando un equipo de perforación de sondeo desmontado en secciones y detrás de eso una camioneta suburban negra con vidrios polarizados que no parecía fabricada para caminos de terracería, sino para estacionamientos subterráneos de oficinas en Monterrey o Hermosillo.

se detuvieron en la mojonera del ejido, donde el límite de la tierra de los Espinosa terminaba y empezaba el predio que la Asamblea Egidal había vendido el otoño anterior después de que muriera el último de los hermanos Figueroa. Y los herederos, dispersos en Tijuana y en Phoenix y en un suburbio de Houston, decidieran que ninguno quería volver a Sonora a hacerse cargo de una tierra que solo producía lo que la temporada de lluvias le daba ganas de producir.

2000áreas. Minera Desarrollo Norte las había comprado directamente a través de su división de adquisiciones de terrenos al precio que pagan las empresas que tienen prisa y no tienen con quién competir. Un proyecto de largo plazo había dicho el delegado municipal en la Asamblea Egidal de Septiembre con planes de exploración en la parte serrana del predio y operaciones de beneficio de mineral en el llano.

La Tierra había estado quieta todo el invierno. Ahora ya no estaba quieta. Lucía los vio desde la ventana de la cocina mientras lavaba su taza del desayuno antes de salir a la escuela. Se secó las manos en el trapo que colgaba del asa del horno y salió al corredor. Su padre, don Esteban Espinosa, 48 años, y el tipo de cansancio que se acumula de forma específica en los hombres que llevan solos una operación ganadera, desde que el patriarca de la familia no puede trabajar.

Estaba acodado en la barda del corredor, con los brazos cruzados y los miraba con la expresión neutra de quien observa algo que no le gusta, pero que entiende que no puede cambiar. Los hombres de las camionetas blancas habían bajado y estaban parados cerca de la mojonera, uno de ellos con una tableta digital en la mano, señalando la pendiente que bajaba hacia el vajío, que era la parte baja del llano, donde el suelo se ponía blando en mayo cuando la avena subterránea estaba activa.

Papá, don Esteban la miró. Ese es mal lugar para construir. Él la miró un segundo largo. Era un hombre que había crecido en esa tierra igual que ella, que había caminado ese vajío con su propio padre de niño, igual que Lucía, lo había caminado con el abuelo Bernabé. sabía lo que ella quería decir, pero estaba cansado de una manera que el sueño ya no resolvía y tenía una factura del veterinario de 4,500 pesos en la mesa de la cocina que no sabía de dónde iba a sacar y dijo, “No es nuestra tierra, Lucía. La minera puede hacer lo

que quiera con ella.” Ella asintió. entendía la diferencia entre lo que era correcto y lo que era posible. Pero fue por su libreta de todos modos, porque su abuelo le había enseñado que anotar algo no cambia lo que va a pasar, pero a veces cambia lo que puedes demostrar después. La primera vez que los vio de cerca fue un miércoles de la semana siguiente.

Estaba caminando el lindero de elegido como hacía cada semana, revisando el alambre de púas para ver si había roturas o postes caídos. y mirando la tierra del lado de los Figueroa, donde el ganado había cruzado durante generaciones, formando brechas en la maleza, que seguían ahí, aunque ya no hubiera ganado que las usara.

Los hombres de las camionetas blancas se habían convertido en cinco hombres y una mujer, y estaban parados alrededor de una mesa plegable de aluminio montada en el lado de la minera del lindero, con un rollo de planos extendido y sujeto en las esquinas con piedras del arroyo que habían recogido del suelo.

La mujer la vio primero. Tendría 40 años, cabello oscuro recogido en una cola, botas de campo nuevas que todavía crujían cuando caminaba porque no habían pisado tierra suficiente para romperse. Me llamo ingeniera Marta Leal, coordinadora de proyectos de minera desarrollo norte. Vamos a ser vecinos de Ejido, más o menos.

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