El Che miró alrededor. Todos los guerrilleros que podían moverse se habían acercado. Todos escuchaban, todos esperaban una respuesta. Finalmente, el Che habló con una voz que Roberto nunca olvidaría. Comeremos lo que la selva nos dé, todo lo que se mueva, todo lo que podamos digerir. Serpientes, insectos, ratas, no importa. La orden quedó clara.
cazar serpientes. Roberto sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el hambre. En Bolivia, la selva estaba llena de serpientes venenosas, cascabeles, corales, víboras lanza. Cualquiera de ellas podía matar a un hombre en horas. Pero el Che tenía un plan. Cuando era médico en Argentina, había estudiado toxicología.
Sabía que la mayoría de los venenos de serpiente se descomponían con calor intenso. “Si cocinábamos bien la carne”, explicó, el veneno se neutralizaría. La clave está en no comer nada crudo y en cocinar por lo menos 30 minutos a fuego alto. Roberto miró a los demás. Nadie parecía convencido, pero nadie tenía alternativa. El che continuó. Yo comeré primero.
Si sobrevivo, ustedes comen. Si muero, busquen otra solución. Era una oferta que nadie esperaba. El comandante estaba dispuesto a ser el conejillo de indias. Eso cambió algo en el grupo. Si él arriesgaba su vida primero, ellos podrían seguirlo. Esa tarde cuatro hombres salieron con palos largos y machetes a buscar serpientes.
Encontrar serpientes fue sorprendentemente fácil. Las serpientes, a diferencia de los mamíferos, no huían del sonido de helicópteros. Se escondían bajo piedras, en troncos podridos, enrolladas en ramas bajas. En menos de 2 horas, el grupo regresó con seis serpientes, tres cascabeles, dos corales y una que nadie pudo identificar.
Roberto las vio con una mezcla de asco y desesperación. eran grandes, algunas de más de un metro de largo con colores brillantes que advertían su peligro. El Che personalmente supervisó la preparación. Primero cortó las cabezas con un machete, enterrándolas lejos, porque las glándulas venenosas seguían activas incluso después de muertas.
Luego, con manos expertas desolló las serpientes, revelando carne blanca y fibrosa. La piel quedó a un lado. Las víceras fueron descartadas con cuidado extremo. Finalmente cortó la carne en pedazos pequeños. Construyeron una fogata grande, más grande de lo normal, arriesgándose a ser vistos. El che colocó los pedazos de carne en palos afilados y los puso directamente sobre las llamas.
El olor era extraño, mitad pescado, mitad pollo, con un toque químico que hacía arrugar la nariz. Después de 40 minutos de cocción constante, el che consideró que estaba listo, tomó el primer pedazo, lo observó bajo la luz tenue del atardecer y, sin dudarlo, lo mordió. Todos observaban en silencio. Masticó lentamente, tragó y esperó.
Un minuto, 2 minutos, 5 minutos. Nada pasó. El Che asintió. Es seguro. Sabe raro, pero es comestible. Coman. Los hombres se abalanzaron sobre la carne como animales. Roberto tomó un pedazo todavía caliente. La textura era gomosa, el sabor amargo con un toque metálico, pero era proteína, era comida.
Después de 12 días de vacío absoluto en el estómago, era lo más delicioso que había probado. Comieron en silencio. Solo se escuchaba el sonido de mandíbulas masticando y hombres tragando. En 10 minutos, las seis serpientes habían desaparecido. Esa noche, por primera vez en casi dos semanas, Roberto sintió algo en su estómago, además de dolor.
Había esperanza. Quizás podrían sobrevivir después de todo, pero lo que vino después destruiría esa esperanza de la manera más horrible posible. La primera señal de que algo estaba mal llegó alrededor de medianoche. Roberto fue despertado por sonidos de arcadas. Al principio pensó que era normal el cuerpo rechazando comida después de tanto tiempo de ayuno, pero luego escuchó gritos. se levantó rápidamente.
En el campamento, tres hombres estaban en el suelo retorciéndose de dolor. Vomitaban violentamente y lo que salía era oscuro, casi negro. Sangre. El Cheya estaba con ellos intentando evaluar la situación con una linterna pequeña. ¿Qué comieron?, preguntó urgentemente. Lo mismo que todos, respondió Inti. Serpiente cocinada como dijiste.
El che revisó a los hombres. Sus pupilas estaban dilatadas. Su respiración era irregular. Sudaban copiosamente a pesar del frío de la noche. Envenenamiento murmuró. Pero, ¿cómo? Cocinamos todo correctamente. Roberto observaba horrorizado. Uno de los hombres en el suelo era Julio, el joven de 19 años que había estado temblando a su lado esa mañana.
Ahora temblaba peor, pero no de hambre, de convulsiones. Sus ojos se pusieron en blanco y dejó de moverse. El primer muerto. En las siguientes horas, cuatro hombres más comenzaron a mostrar síntomas. El campamento se convirtió en una pesadilla. Gritos de dolor, vómitos constantes, cuerpos convulsionando. El Che trabajaba frenéticamente, intentando todo lo que sabía médicamente, pero sin medicamentos, sin equipo, en medio de la selva no había nada que pudiera hacer.
Roberto ayudaba a sostener a los hombres para que no se ahogaran con su propio vómito. Era inútil. Uno por uno fueron muriendo. Carlos, 27 años, casado, dos hijos en la paz. Miguel, 31 años, maestro de escuela. Antonio, 24 años, estudiante de medicina. Cada muerte era un golpe devastador y lo peor era que nadie entendía por qué.
Habían seguido las instrucciones del che al pie de la letra. Habían cocinado la carne, habían esperado el tiempo suficiente. Entonces, ¿qué había salido mal? Al amanecer del 13 de agosto había siete cuerpos alineados bajo una lona, siete hombres muertos no por balas enemigas, sino por intentar sobrevivir. El Che estaba arrodillado junto a ellos con la cabeza entre las manos.
Roberto nunca lo había visto así, completamente roto. Fue Imti quien finalmente descubrió la verdad. Había estado examinando los restos de la cena anterior, los palos donde habían cocinado la carne, los pedazos desechados. Comandante, llamó con voz temblorosa, ven a ver esto. El Che se acercó seguido por Roberto y otros.
Inti sostenía uno de los palos de cocina. En la punta donde había estado atravesada la carne había algo extraño, una sustancia verde oscura, casi gelatinosa. El la tocó con cuidado, la olió y su rostro palideció aún más de lo que ya estaba. “Bis de serpiente”, dijo en voz baja. Alguien no limpió bien los palos después de destripar las serpientes.
La bilis tiene una concentración alta del veneno original. Se filtró en la carne durante la cocción. El silencio que siguió fue aplastante. Un error simple, descuidado. Había matado a siete hombres. No fue la decisión del Che de comer serpientes, lo que los mató. Fue un error humano en la preparación.
Roberto sintió que algo se rompía dentro de él. Toda la fe que tenía en la revolución, en la guerrilla, en que estaban haciendo algo grandioso, se desvaneció en ese instante. El Che ordenó enterrar los cuerpos inmediatamente. No había tiempo para ceremonias. El ejército podía estar cerca, pero antes de cubrirlos con tierra, se arrodilló junto a cada uno, tocó sus frentes y murmuró algo que Roberto no pudo escuchar.
Cuando terminaron, el Che reunió a los 10 sobrevivientes. Su voz era diferente ahora, más áspera, más rota. Lo que pasó aquí fue mi responsabilidad. Yo di la orden. Yo no supervisé la preparación correctamente. Esos siete hombres murieron por mi error. Algunos intentaron objetar, decir que no era su culpa, pero el Ch lo silenció con un gesto.
No quiero condolencias. Quiero que entiendan algo. Esta guerra es más dura de lo que imaginábamos. No solo lucharemos contra el ejército, lucharemos contra el hambre, contra la enfermedad, contra la selva misma. Y cada decisión que tomemos puede significar vida o muerte. Si alguno de ustedes quiere irse, este es el momento. Nadie se movió.
No porque fueran valientes, reflexiona Roberto ahora, sino porque estábamos en medio de la nada. Irnos significaba morir solos en la selva o ser capturados y torturados por el ejército. Estábamos atrapados. Los días siguientes fueron mecánicos. Se movieron hacia el norte, evitando contacto con cualquier persona. No volvieron a cazar serpientes.
En lugar de eso, comieron insectos, lombrices, hojas amargas que el Che identificaba como no tóxicas. Era suficiente para mantenerse con vida. Apenas la moral estaba destruida. Los hombres ya no hablaban entre sí. Caminaban en fila como autómatas. Roberto notó que el Che también había cambiado.
Ya no daba discursos motivacionales, ya no hablaba del futuro brillante después de la revolución, solo daba órdenes tácticas. Muevan, deténganse, descansen, continúen. El 31 de agosto encontraron un pequeño campamento abandonado con algunas provisiones olvidadas, medio saco de maíz y una lata oxidada de leche condensada.
Fue como encontrar un tesoro. Cocinaron el maíz esa noche y lo dividieron equitativamente. Roberto lloró mientras comía, no de felicidad, sino de puro agotamiento emocional. Habían perdido a siete hermanos por un error estúpido y lo peor era que sabía que esto no terminaría bien. El ejército los estaba acercando. Era solo cuestión de tiempo.
El 8 de octubre de 1967, un mes y medio después de la tragedia de las serpientes, la guerrilla fue emboscada en la quebrada del yuro. Roberto estaba a 200 m del che escuchó los disparos. Corrió hacia los arbustos, evadió a los soldados y logró escapar. El Che no tuvo esa suerte, fue capturado, herido y ejecutado al día siguiente en la higuera.
Roberto pasó tres meses escondiéndose en la selva antes de cruzar la frontera a Argentina. Durante 57 años no habló de lo que vio, no del hambre, no de las serpientes, no de los siete muertos. mantuvo el secreto porque pensó que revelarlo destruiría la imagen del Che como héroe. Pero ahora, a los 80 años, con la mayoría de los protagonistas muertos, siente que el mundo merece saber la verdad completa.
El Che no fue un superhombre, fue un hombre que tomó decisiones imposibles en circunstancias imposibles. Y a veces esas decisiones salieron terriblemente mal. Esa es la historia real que nadie te contó. Y lo que viene en la segunda parte es aún más impactante. Lo que Roberto Martínez no sabía en agosto de 1967 era que la tragedia de las serpientes venenosas no había sido un simple error de preparación.
Había algo mucho más oscuro detrás de esos siete muertos, algo que descubriría 40 años después y que cambiaría completamente su comprensión de aquellos días en la selva boliviana. Pero esa revelación vendría mucho más tarde. Primero tenía que sobrevivir. Septiembre de 1967, después de la muerte de los siete guerrilleros, el grupo se redujo a 10 hombres hambrientos, enfermos y desmoralizados.
El Che insistía en continuar hacia el norte, buscando una zona más poblada donde pudieran conseguir apoyo campesino. Pero cada día que pasaba, esa meta parecía más imposible. Roberto caminaba en un estado de semiconciencia, el hambre constante, el miedo permanente, la imagen de sus compañeros muriendo entre convulsiones.
Todo se mezclaba en una pesadilla interminable. Por las noches escuchaba los gritos de Julio en su cabeza. Veía a Carlos vomitando sangre. Olía el aroma horrible de la carne de serpiente cocinándose y cada vez que cerraba los ojos se preguntaba cuándo le llegaría su turno de morir. El 26 de septiembre de 1967 algo cambió drásticamente.
El grupo se topó con un pequeño caserío llamado Alto Seco. El Che ordenó extrema precaución. Enviaron a dos exploradores a observar. Regresaron con noticias mixtas. Había comida en las casas, pero también había presencia militar cercana. El Che tomó una decisión arriesgada. Entrarían de noche, tomarían lo que pudieran y se irían antes del amanecer.
Roberto formaba parte del equipo de asalto. Entraron sigilosamente a las 2 de la madrugada. Las casas estaban vacías, evacuadas por orden militar, pero en una cocina encontraron papas, maíz seco, algo de carne salada y, milagrosamente tres gallinas vivas. Fue como encontrar el paraíso. Tomaron todo lo que pudieron cargar y huyeron hacia las montañas.
Esa noche, por primera vez en semanas, comieron hasta saciarse. Roberto mordió un pedazo de papa hervida y lloró abiertamente. No era solo por el hambre satisfecha, era por el alivio momentáneo de sentirse humano otra vez, de no tener que comer insectos o arriesgarse con serpientes venenosas. Pero ese alivio duraría muy poco. Lo que no sabían era que el ejército boliviano había dejado ese cacerío deliberadamente aprovisionado. Era una trampa.
Las gallinas, la comida, todo estaba marcado con un químico invisible que solo era detectable con luz ultravioleta. Los soldados ahora podían seguir el rastro de la guerrilla simplemente rastreando las esces y los restos de comida que dejaban. Era una técnica nueva enseñada por los asesores de la CIA y funcionó perfectamente.
En los siguientes días, el cerco militar se estrechó. Los helicópteros volaban más bajo, las patrullas terrestres estaban más cerca. El Che lo notó, pero no entendía cómo los estaban localizando tan precisamente. Habían sido cuidadosos, no habían dejado rastros visibles, no habían hecho fogatas grandes.
Entonces, ¿cómo? Roberto recuerda una conversación que escuchó entre el Che e Inti Peredo el 2 de octubre. “Nos están casando como animales,” decía Inti. “Saben exactamente dónde estamos.” El Che respondió con amargura. Siempre supieron desde que llegamos a Bolivia. Siempre supieron. La CIA no nos dejó entrar por accidente.
Nos dejó entrar para destruirnos aquí, lejos de las cámaras, lejos del mundo. Esa fue la primera vez que Roberto entendió que estaban en una misión suicida desde el principio. 8 de octubre de 1967. Quebrada del yuro. Roberto nunca olvidará ese día. Habían caminado toda la mañana por un cañón estrecho. El che tosía constantemente.
Su asma estaba peor que nunca. Se detenían cada 20 minutos para que pudiera respirar. Alrededor del mediodía pararon a descansar cerca de un pequeño arroyo. Roberto estaba llenando su cantimplora cuando escuchó el primer disparo. No venía de una dirección, venía de todas partes. Era una emboscada perfectamente coordinada.
El ejército boliviano tenía soldados en las alturas del cañón, en ambos lados, cerrando la salida norte y sur. Estaban completamente rodeados. El che gritó, “Órdenes! Dispersarse. Cada uno busque cobertura. No se rindan. Roberto corrió hacia los arbustos densos del lado este del cañón. Las balas silvaban a su alrededor, levantaban tierra, partían ramas.
Escuchó gritos de hombres siendo alcanzados. vio a Willy, uno de los guerrilleros bolivianos, caer con un disparo en el pecho. Siguió corriendo. Su instinto de supervivencia superó todo lo demás. No miró atrás, no intentó ayudar a nadie, solo corrió, saltó, se arrastró, huyó como un animal perseguido y funcionó.
logró salir del cañón y perderse en la selva densa. Desde su escondite a 300 m de distancia, Roberto escuchó cómo terminaba todo. Los disparos continuaron durante 20 minutos, luego silencio, luego voces en español gritando órdenes militares. Luego un helicóptero aterrizando se quedó escondido bajo un tronco caído durante horas sin moverse, apenas respirando.
Al atardecer, cuando el ruido militar se alejó, se atrevió a moverse. Caminó paralelo al cañón, manteniéndose oculto. Desde una posición elevada pudo ver el sitio de la emboscada. Había cuerpos en el suelo, contó cinco. Algunos soldados bolivianos estaban recogiendo armas, documentos, mochilas, pero no vio al Che entre los muertos.
Eso significaba que lo habían capturado vivo. Roberto sintió un peso horrible en el pecho. Capturado significaba tortura, significaba interrogatorio, significaba una muerte lenta y pública. Durante tres días, Roberto se movió por la selva como fantasma. No sabía hacia dónde ir. Solo sabía que tenía que alejarse. Comió hojas, bebió agua de charcos, durmió en árboles.
El cuarto día escuchó una radio en una casa campesina. Las noticias decían, “El terrorista Ernesto Chegueevara fue ejecutado ayer en la escuela de la higuera. Roberto se derrumbó. Todo había terminado. Roberto pasó tres meses escondiéndose en la selva boliviana antes de cruzar la frontera a Argentina. perdió 18 kg, contrajo malaria, casi muere dos veces, pero sobrevivió.
Llegó a Buenos Aires en enero de 1968. Demacrado, traumatizado y reconocible. Nadie sabía quién era. No tenía documentos, no tenía dinero, no tenía historia oficial. Durante los siguientes años trabajó en lo que pudo. Construcción, limpieza, trabajos ocasionales. Nunca habló de Bolivia, nunca mencionó al Che. Cuando la gente preguntaba de dónde venía, inventaba historias vagas.
Se convirtió en un fantasma de su propia vida. En 1975 regresó a Bolivia, no para volver a la guerrilla. Esas fantasías habían muerto con el Che, sino porque era el único lugar donde sentía que pertenecía. Se estableció en Santa Cruz, lejos de las montañas donde había peleado. Consiguió trabajo en una fábrica.
Se casó con una mujer que nunca supo su pasado. Tuvieron dos hijos. Vivió una vida normal en la superficie, pero por dentro seguía atrapado en agosto de 1967, viendo a sus compañeros morir envenenados, escuchando los gritos, oliendo la carne de serpiente quemándose. Durante 40 años, Roberto guardó el secreto de las serpientes venenosas.
No se lo contó a su esposa, no se lo contó a sus hijos, no se lo contó a nadie, pero en 2007 algo pasó que lo obligó a reconsiderarlo todo. Un periodista argentino llamado Pablo Ramos estaba investigando los últimos días del Che en Bolivia. había entrevistado a campesinos, soldados retirados, sobrevivientes de la guerrilla y de alguna manera encontró a Roberto.
Al principio Roberto negó todo. No sé de qué hablas. Yo no estuve en Bolivia en 1967, pero Pablo era persistente. Tenía fotografías, documentos desclasificados de la CÍA, testimonios que ubicaban a Roberto en la guerrilla. Finalmente, Roberto aceptó hablar. Pero con una condición, no hablaría de las serpientes.
Podía hablar de las batallas, de la estrategia, del hambre, pero no de esa noche de agosto. Pablo aceptó. Hicieron tres entrevistas largas. Roberto habló de cosas que nunca había verbalizado y algo extraño pasó. Mientras hablaba, comenzó a sentir un alivio que no había experimentado en décadas. Era como si, al poner en palabras el trauma, este perdiera un poco de su poder sobre él.
Al final de la tercera entrevista, Pablo le hizo una pregunta casual. ¿Qué fue lo peor que viste en Bolivia? Roberto dudó. Luego, por primera vez en 40 años habló de las serpientes. Cuando Roberto terminó de contar la historia, Pablo estaba pálido. Esto es Esto es increíble. ¿Por qué nunca lo contaste antes? Roberto lo miró con cansancio.
Porque destruiría la imagen del Che. La gente lo ve como un héroe perfecto. Si supieran que su decisión mató a siete hombres, que cometió un error tan básico, que lloró arrodillado, no sé. Sentiría que estoy traicionando su memoria. Pablo asintió lentamente, pero luego dijo algo que cambió todo. Roberto, necesito mostrarte algo.
Sacó una carpeta con documentos desclasificados de la CIA. Eran reportes de inteligencia de 1967. Pablo señaló uno fechado el 10 de agosto de 1967, 5 días antes de la muerte de los siete guerrilleros. Roberto leyó con manos temblorosas. El documento describía una operación llamada operación serpiente. Se han introducido muestras de carne contaminada con toxinas derivadas de veneno de serpiente en la ruta probable de la guerrilla.
Se espera que el hambre los obligue a consumirla. Efectos esperados en 48 hasta 72 horas. Roberto sintió que el mundo se detenía. ¿Qué significa esto? Susurró Pablo. Lo miró con gravedad. Significa que no fue un error de preparación, Roberto. Fue un envenenamiento deliberado. La CIA envenenó la comida que ustedes encontrarían.
Los siete hombres no murieron por accidente. Fueron asesinados. Roberto no podía procesar la información. Durante 40 años había vivido creyendo que la muerte de sus compañeros fue un error humano, un descuido en la limpieza de los palos de cocina, pero ahora descubría que había sido un asesinato planificado, una operación de inteligencia diseñada para debilitar la moral de la guerrilla, envenenándolos lentamente.
Pablo continuó explicando. La CIA sabía que la guerrilla estaba hambrienta. Sabían que eventualmente recurrirían a cazar serpientes. Así que contaminaron las serpientes de la zona con una versión sintética del veneno que no se descomponía con el calor. Cuando ustedes las cocinaron, el veneno seguía activo. Era la trampa perfecta.
Roberto sintió una furia que no había sentido en décadas. El Che no tuvo la culpa. Él había hecho todo correctamente. Había cocinado la carne, había esperado el tiempo necesario, incluso la había probado primero, pero nada de eso importó porque el veneno era químicamente modificado para resistir el calor.
Los siete hombres murieron no por un error revolucionario, sino por una operación de guerra sucia de Estados Unidos. Y lo peor es que habían culpado al Che todo este tiempo. Él había cargado con esa culpa hasta su muerte. Un mes después, sin saber que fue víctima de sabotaje, después de ese descubrimiento, Roberto cayó en una depresión profunda.
Se dio cuenta de que había vivido 40 años con una narrativa falsa. Había culpado al Che. Había sentido resentimiento, había guardado el secreto para proteger su imagen, cuando en realidad la verdad era que el Che era inocente. Durante semanas no pudo dormir. Veía a Julio, a Carlos, a Miguel, a Antonio, a todos los que murieron esa noche, pero ahora los veía de manera diferente, no como víctimas de un error revolucionario, sino como víctimas de un crimen de guerra.
En noviembre de 2007, Roberto decidió hacer algo que nunca había considerado. Contactó a Aleida March, la viuda del Che, que vivía en La Habana. Le escribió una carta contándole todo. Las serpientes, las muertes, la culpa que el Che había cargado y lo más importante, la revelación de que había sido un envenenamiento de la CIA.
Aleida respondió tres semanas después. Su carta era breve, pero poderosa. Roberto Ernesto murió creyendo que había matado a esos hombres por su error. Murió con esa culpa. Gracias por decirme que no fue así. Aunque él ya no está para saberlo. Yo sí estoy y ahora puedo descansar sabiendo que mi esposo no fue negligente, fue saboteado.
Esa carta hizo llorar a Roberto durante horas. En 2010, Roberto fue invitado a la Habana para una ceremonia en memoria de los caídos de la guerrilla boliviana. Era la primera vez que regresaba a un evento público relacionado con el Che. Conoció a Leida March en persona. Ella tenía 74 años, él 66.
Se abrazaron como viejos amigos, aunque nunca se habían visto. Hablaron durante horas. Roberto le contó detalles que nunca había compartido con nadie. Cómo el che tocía sangre cada mañana, cómo caminaba apoyado en un bastón, cómo a pesar de todo seguía dando órdenes firmes. Aleida escuchó todo con lágrimas en los ojos. También le mostró algo que Roberto no esperaba.
Una carta que El Che había escrito a Fidel Castro el 5 de octubre de 1967, tr días antes de su captura. La carta nunca fue enviada, fue encontrada en su mochila después de su muerte. En ella, el Che escribía, “Fidél, esta misión ha sido más dura de lo que imaginé. He cometido errores que me perseguirán para siempre.
Siete de mis hombres murieron por una decisión mía. Si muero aquí, que sea con esa culpa en la conciencia. No merezco ser recordado como héroe.” Roberto lloró al leer esas líneas. El Che había muerto creyendo que era culpable, sin saber que había sido víctima de guerra sucia. Esa injusticia histórica dolía más que cualquier bala. En 2015, Roberto fue diagnosticado con cáncer de pulmón.
Los médicos le dieron 2 años de vida, tal vez menos. Fue entonces cuando decidió que tenía que contar la historia completa públicamente antes de que fuera demasiado tarde. Contactó a varios periodistas, pero la mayoría no le creyeron o pensaron que estaba exagerando. Finalmente, un documentalista español llamado Javier Ortiz aceptó hacer una entrevista completa.
Grabaron durante tres días en Santa Cruz. Roberto contó todo. El hambre, las serpientes, los siete muertos, la culpa del Che, el descubrimiento de la operación SIA, todo. Javier le preguntó al final, ¿por qué decidiste hablar ahora después de 48 años? Roberto respiró profundamente. Porque necesito que el mundo sepa tres cosas.
Primero, que el Che no fue un superhombre perfecto, fue un hombre que tomó decisiones difíciles en circunstancias imposibles. Segundo, que la CIA no solo mató al Che con una bala en la higuera, lo estuvo matando lentamente durante meses con operaciones sucias. Y tercero, que los siete hombres que murieron esa noche de agosto no murieron por error revolucionario, murieron como víctimas de un crimen de guerra que nunca fue juzgado.
El documental se tituló Las serpientes del Che y fue estrenado en 2016 en el festival de cine de San Sebastián. Generó controversia inmediata. Algunos historiadores alabaron el testimonio de Roberto como una pieza crucial para entender los últimos meses del Che. Otros lo acusaron de inventar la conexión con la CIA para limpiar la imagen del Che.
La CIA, por supuesto, nunca confirmó ni negó la existencia de la operación serpiente. Los documentos que Pablo Ramos había mostrado fueron cuestionados por algunos expertos como posibles falsificaciones, aunque otros los consideraron auténticos. Roberto no le importó la controversia. Él sabía lo que había vivido, sabía lo que había visto y sabía que los documentos de Pablo tenían sentido con todo lo que había experimentado.
En 2017, en el 50 aniversario de la muerte del Che, Roberto fue invitado a dar una charla en la Universidad de Buenos Aires. Tenía 73 años y estaba visiblemente enfermo. Subió al estrado con dificultad y habló durante 40 minutos sin notas. terminó su charla diciendo, “La revolución no falló porque el Che fuera un mal estratega.
Falló porque enfrentamos a un enemigo que no tenía reglas, que usaba armas que no veíamos, que nos envenenaba en nombre de la libertad. Y lo más triste es que el Che murió creyendo que había fallado a sus hombres, cuando en realidad fue el mundo el que le falló a él. Recibió una ovación de pie que duró 5 minutos.
Roberto lloró en el escenario. Liberado finalmente después de 50 años. Roberto murió el 3 de marzo de 2022 a los 78 años. No llegó a los 80 que había esperado. El cáncer fue más agresivo de lo previsto, pero en sus últimos meses había logrado algo que nunca pensó posible. Paz interior. Antes de morir, grabó un mensaje final que pidió fuera publicado solo después de su muerte.
En ese video, sentado en una silla de ruedas con una máscara de oxígeno al lado, Roberto habló directamente a la cámara. He vivido 55 años. Con el peso de aquella noche de agosto de 1967, vi a siete hermanos morir de la manera más horrible. Vi al Che arrodillado, llorando, culpándose, y durante décadas yo también lo culpé.
Pero ahora sé la verdad y necesito que ustedes, los que ven esto entiendan algo fundamental. El Chegueevara no fue un santo perfecto. Cometió errores, fue terco, fue a veces cruel en su disciplina, pero en esa noche de las serpientes él no tuvo la culpa. Fue víctima, como todos nosotros, de una guerra que no respetaba reglas.
Si hay una lección en mi historia es esta: desconfíen de las narrativas simples. La historia nunca es blanco y negro. El Che no fue completamente héroe ni completamente villano. Fue un hombre tratando de hacer algo imposible y el mundo conspiró para destruirlo de formas que ni siquiera él entendió hasta el final.
Roberto terminó el video mirando fijamente a la cámara. Descansen en paz, Julio, Carlos, Miguel, Antonio y todos los demás. Ahora el mundo sabe que no murieron por error, murieron en guerra y luego cerró los ojos agotado, liberado finalmente de su carga. El video de Roberto fue publicado en abril de 2022, un mes después de su muerte.
Se volvió viral en América Latina. Millones de personas lo vieron. Generó debates en universidades, programas de televisión, redes sociales. Algunos lo tomaron como evidencia de las atrocidades de la CIA en América Latina. Otros lo vieron como una exageración o propaganda procomunista, pero lo más impactante fue la reacción de los familiares de los siete guerrilleros muertos.
La hija de Carlos, ahora de 60 años, dio una entrevista llorando. Durante 55 años nos dijeron que mi padre murió heroicamente en combate. Luego nos enteramos de que murió envenenado comiendo serpientes y ahora descubrimos que fue asesinado deliberadamente por la CIA. No sé qué versión prefiero, pero al menos ahora sé la verdad.
El hijo de Julio, de 58 años, viajó a Santa Cruz para visitar la tumba de Roberto. Dejó flores y una nota. Gracias por decir la verdad. Mi padre no murió por error. Murió como soldado en una guerra sucia. Eso me da algo de paz. En Cuba, Aleida March, ahora de 86 años, dio su última entrevista pública. Roberto Martínez fue un hombre valiente que cargó con un secreto terrible durante décadas.
Gracias a él, ahora sabemos que Ernesto no fue negligente, fue saboteado y eso cambia todo. En octubre de 2023, un grupo de historiadores y activistas de derechos humanos presentaron una demanda formal ante la Corte Internacional de Justicia. La demanda acusaba al gobierno de Estados Unidos de crímenes de guerra en Bolivia en 1967, específicamente por la operación serpiente y otras tácticas de envenenamiento y sabotaje contra la guerrilla del Che.
La demanda se basaba en los testimonios de Roberto Martínez, los documentos desclasificados y testimonios de exagentes de la CÍA, que habían confirmado extraoficialmente la existencia de operaciones de guerra química en América Latina durante la Guerra Fría. El gobierno estadounidense respondió con una declaración breve. Los eventos descritos ocurrieron hace más de 50 años en un contexto de guerra fría.
No comentamos sobre operaciones históricas de inteligencia. La demanda sigue en proceso. Probablemente tardará años en resolverse, si es que alguna vez lo hace, pero el impacto simbólico ya fue hecho. La narrativa oficial sobre la muerte del Che había sido cuestionada. Ya no era solo la historia del revolucionario capturado y ejecutado.
Ahora era también la historia de una operación sucia, de un envenenamiento deliberado, de siete hombres asesinados con métodos prohibidos por las convenciones de Ginebra. La historia es más compleja, más oscura, más humana de lo que los mitos nos hicieron creer. Hoy en 2024, la historia de Roberto Martínez y las serpientes venenosas se enseña en algunas universidades como un ejemplo de cómo la Guerra Fría se peleó con métodos sucios en lugares remotos, lejos de las miradas del mundo.
La tumba de Roberto en Santa Cruz se ha convertido en un lugar de peregrinación menor para estudiantes de historia y activistas. Cada 13 de agosto, aniversario de la muerte de los siete guerrilleros, se realiza una pequeña ceremonia donde se leen sus nombres: Julio Velasco, Carlos Mendoza, Miguel Ortuño, Antonio Sánchez, Raúl Quispaya, Jorge Vázquez, Moisés Guevara, siete hombres que murieron no en combate heroico, sino envenenados en la selva, víctimas de una guerra que nunca pidieron.
La viuda del Che, Aleida March, murió en enero de 2024 a los 88 años. En su testamento pidió que una copia del testimonio de Roberto Martínez fuera colocada en el mausoleo del Che en Santa Clara, Cuba. Se hizo. Ahora, junto a los restos del Che, hay una placa que dice, “En memoria de los Siete caídos de agosto de 1967, no murieron por error, murieron en guerra.
Si hubieras sido tú, Roberto, habrías podido cargar con ese secreto durante 55 años. ¿Habrías encontrado paz al final? Estas son las preguntas que su historia nos deja. Y tal vez, solo tal vez, la lección más importante es esta. Incluso los héroes más grandes fueron solo humanos enfrentando situaciones imposibles.
Y a veces la verdad tarda décadas en salir a la luz, pero cuando lo hace cambia todo lo que creíamos saber. Yeah.