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El Soldado Que COMIÓ Serpientes Venenosas Con el Che — Bolivia 1967, La Comida Que CASI Los MATA

 

Nadie supo por qué siete guerrilleros del Cheé amanecieron muertos en la selva boliviana el 15 de agosto de 1967. La versión oficial dijo, “Emboscada del ejército.” Pero Roberto Martínez, el soldado que estaba allí, sabía la verdad. No fue el ejército, fue la decisión más desesperada del Che, ordenar comer serpientes venenosas después de 12 días sin alimento.

 Lo que pasó esa noche destruiría la moral de la guerrilla para siempre. Agosto de 2024, Santa Cruz, Bolivia. Roberto Martínez, de 80 años, se sienta frente a la cámara por primera vez en su vida. Sus manos tiemblan mientras sostiene un sobre amarillento con fotografías borrosas de 1967. Durante 57 años he cargado con este peso.

 Vi como el Che tomó la decisión que mataría a mis hermanos. Vi cómo cocinamos serpientes venenosas porque no había nada más. Y vi como el ejército boliviano usó nuestra debilidad para destruirnos. Pero lo que nadie sabe es que esa noche no solo murieron siete hombres por el veneno, murió algo más grande. La fe que teníamos en que la revolución nos salvaría.

 Roberto fue uno de los 17 guerrilleros que acompañaron al Cheegevara en su última campaña en Bolivia. Tenía apenas 23 años cuando se unió a la guerrilla en marzo de 1967, inspirado por la promesa de cambiar América Latina. Pero lo que encontró en la selva fue muy diferente a lo que había imaginado. Ernesto Cheguevara llegó a Bolivia en noviembre de 1966 con un sueño, encender la chispa revolucionaria en el corazón de Sudamérica.

 Traía consigo experiencia de Cuba, del Congo y una reputación que precedía su nombre, pero también traía algo más. asma crónica, un cuerpo debilitado por años de guerra y una obstinación que no aceptaba la derrota. Roberto lo conoció en abril de 1967, 3 meses después de unirse al grupo. El Che era diferente a lo que esperaba. No era el superhéroe de los carteles.

 Era un hombre de 39 años que toscía sangre cada mañana, que caminaba apoyándose en un bastón improvisado, pero cuyos ojos ardían con una determinación que asustaba y motivaba al mismo tiempo. Los primeros meses fueron duros pero manejables. La guerrilla se movía por la región de Ñanahuazú, evitando al ejército boliviano, reclutando campesinos, estableciendo bases temporales.Murió el militar boliviano que mató a Ernesto “Che” Guevara en 1967 - Somos  Jujuy

 Comían lo que cazaban, jabalíes, monos, aves silvestres. No era abundante, pero alcanzaba. El che era estricto con las raciones. Cada hombre recibía su porción exacta, sin excepciones. Ni siquiera él se permitía comer más que los demás. Eso generaba respeto. Recuerda Roberto. Cuando el comandante pasaba hambre igual que nosotros, era más fácil soportarlo.

 Pero en julio de 1967 todo cambió. El ejército boliviano, entrenado por asesores de la CIA, intensificó la persecución. La guerrilla se vio obligada a moverse constantemente, sin tiempo para cazar, sin oportunidad de establecer campamentos estables. Las provisiones comenzaron a agotarse. Primero se terminó el arroz, luego la harina, después el azúcar.

 Para principios de agosto solo quedaban algunas latas de sardinas y medio saco de frijoles para 17 hombres. El Che sabía que tenían un problema grave. 3 de agosto de 1967. Roberto recuerda la fecha exacta porque fue el último día que comieron algo sustancial. El Che reunió a los hombres alrededor de una pequeña fogata.

 Su rostro estaba más delgado que nunca. Sus pómulos sobresalían dramáticamente y su barba había crecido salvaje y descuidada. Compañeros, dijo con voz ronca pero firme, la situación es crítica. Nos quedan provisiones para dos días más. Después de eso, tendremos que vivir de lo que la selva nos dé. Sé que están cansados, sé que tienen hambre, pero resistir es nuestra única opción.

Nadie respondió. Todos sabían lo que eso significaba. La selva boliviana no era generosa. Los animales habían huído por el ruido constante de helicópteros y patrullas militares. Los ríos estaban secos por la temporada. No había frutas en los árboles porque era invierno en el hemisferio sur.

 Esa noche comieron la última ración completa, media lata de sardinas y un puñado de frijoles por persona. Roberto lo masticó lentamente, saboreando cada grano, sabiendo que podría ser su última comida real por mucho tiempo. Los días 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11 y 12 de agosto fueron una pesadilla descendente. No encontraron nada comestible.

 Los hombres intentaron cazar, pero cada disparo alertaba al ejército de su posición. El Che prohibió usar armas de fuego salvo en combate directo. Intentaron trampas, pero los animales eran escasos y astutos. Roberto y otros tres guerrilleros pasaron una tarde entera siguiendo el rastro de un venado solo para perderlo en un barranco.

 Regresaron al campamento con las manos vacías y las caras derrotadas. La moral se desplomó. Los hombres comenzaron a moverse como zombies, arrastrando los pies sin hablar. Algunos masticaban hojas y cortezas de árbol para engañar al estómago. Otros simplemente se sentaban en silencio, mirando al vacío. El Che intentaba mantener la disciplina.

 Cada mañana los hacía formar. Revisaba sus armas, les daba órdenes del día, pero incluso él estaba perdiendo fuerzas. Su asma empeoraba sin medicamentos, tosía constantemente y Roberto notó algo que nunca había visto antes. Miedo en los ojos del comandante. 12 de agosto de 1967. Día 12 sin comer. Roberto estaba acostado bajo un árbol demasiado débil para moverse.

 A su lado, Julio, un guerrillero de 19 años, temblaba incontrolablemente. No era frío, era el cuerpo comenzando a consumirse a sí mismo. En ese estado de semiconciencia, Roberto escuchó voces elevadas cerca del campamento central. Se arrastró lentamente hacia allí. El Che estaba discutiendo con Inti Peredo, su segundo al mando.

 No podemos seguir así, comandante, decía Inti. Los hombres están muriendo de hambre. Necesitamos bajar a un pueblo, conseguir comida, aunque sea robándola. Bajar es suicidio, respondió el Che. El ejército controla todos los pueblos. Nos estarían esperando. Entonces, ¿qué propones? ¿Que nos quedemos aquí esperando morir? Hubo un silencio largo.

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