Posted in

El macabro SECRETO sobre su hijo que se llevó a la tumba | La VERDAD de Aurora Basnuevo

Parte 1

El día que Aurora Basnuevo murió, Cuba no perdió solo una voz: perdió la mentira cómoda que durante 50 años le había servido al país para reír mientras se le caía la vida encima.

El 26 de septiembre de 2022, en La Habana, la noticia corrió primero como un susurro triste entre vecinos, artistas viejos, técnicos de radio y mujeres que todavía recordaban haber cocinado con carbón mientras desde un aparato soviético salía aquella carcajada imposible.

Aurora Basnuevo, la mulatísima, la mujer que había convertido el dolor en chiste y la escasez en música, ya no respiraba.

En la sala pequeña de su casa, Mario Limonta se quedó sentado frente a una silla vacía. No lloró de inmediato. La miró como si Aurora hubiera salido un momento al estudio, como si todavía pudiera regresar con esa manera suya de entrar haciendo ruido, llenándolo todo, burlándose de la tristeza.

Pero esta vez no volvió.

—Se me fue la vida —murmuró Mario, con una voz tan rota que ni él mismo la reconoció—. Se me fue mi Aurora.

Nadie de los que llegaron esa mañana supo qué decirle. Porque todos conocían a la artista, pero pocos habían visto a la mujer cuando se quitaba el personaje, cuando dejaba de ser Estelvina Zuasnabar y Zuizarreta, cuando ya no decía “qué gente, caballero” para salvar a nadie.

Aurora había nacido en 1938, en un pueblo pobre de Matanzas, donde las niñas obedientes aprendían a bajar la mirada y las mujeres decentes no soñaban con escenarios. Su familia quería que fuera maestra. Le dijeron que el arte no daba pan, que la risa era cosa de vagos, que una muchacha respetable no se exponía ante desconocidos. Ella estudió magisterio, se graduó a los 17 años, enseñó inglés y cumplió con la foto correcta de hija buena.

Pero por dentro tenía una tormenta.

En 1957, escondida de su madre, se cambió de ropa en el baño de una emisora y se presentó en La Corte Suprema del Arte. Cuando abrió la boca, el jurado entendió que aquella muchacha no pedía permiso: venía a ocupar un lugar que nadie podría quitarle. Ese día también conoció a Mario Limonta, joven actor y declamador, elegante, orgulloso, de mirada intensa. Entre ellos nació un amor que duraría 62 años, aunque ese amor también tendría grietas capaces de cortar la piel.

Aurora subió rápido. Cantó, bailó, actuó, hizo teatro vernáculo, compartió escenario con figuras enormes y llegó al Tropicana, donde las luces parecían fabricadas para ella. Pudo haber sido una estrella de mundo, una mujer con contratos, giras, derechos, fortuna. Pero Cuba ya no era un país donde una artista elegía su destino. Cuba era una sola mano cerrada.

Mario, celoso y enamorado, le pidió que dejara Tropicana.

—Tú no necesitas ese ambiente, Aurora. Tú eres demasiado grande para estar allí.

Ella lo miró en silencio. Lo amaba. Creyó que renunciar a un escenario era salvar un matrimonio.

Y renunció.

No sabía que esa decisión sería la primera cadena.

En 1968 entró en Alegrías de Sobremesa, en Radio Progreso. Allí nació Estelvina, la mulata de Calimete que hablaba como si todo el país fuera su patio. Lo que nadie decía era que Estelvina no salió de una oficina ni de un plan cultural. Nació de Elsa de Manacas, una muchacha real que ayudaba a Aurora a cuidar a Mayito, su único hijo.

Read More