Posted in

La persiana de la cocina subió con ese estruendo metálico tan característico de los barrios de toda la vida.

PARTE 1

La persiana de la cocina subió con ese estruendo metálico tan característico de los barrios de toda la vida.

Eran las nueve de la mañana de un domingo de mayo en Madrid.

El sol entraba con una timidez que no encajaba con el ímpetu de Concha.

Concha no caminaba, ella colonizaba el espacio con sus zapatillas de felpa.

Llevaba puesto su delantal de flores, el de las grandes ocasiones, aunque solo fuera un domingo cualquiera.

Sobre la encimera de granito, el despliegue era digno de una boda real en una versión castiza.

Había una hilera de churros recién traídos de la cafetería de la esquina, todavía sudando ese aceite glorioso que mancha el papel de estraza.

Había una montaña de porras, orgullosas y crujientes, esperando ser sumergidas en algo caliente.

Y, por supuesto, la cafetera italiana ya estaba en el fuego, emitiendo ese rugido ronco que anuncia que el oro negro está a punto de brotar.

Lucía bajó las escaleras del pasillo con el paso lento de quien intenta pasar desapercibida.

Llevaba sus mallas de yoga, esas que Concha siempre decía que eran “demasiado apretadas para la circulación”.

Tenía el pelo recogido en un moño alto, un poco deshecho, y una botella de agua con rodajas de pepino en la mano.

Lucía respiró hondo, tratando de blindar su voluntad.

Sabía a lo que venía.

Sabía que entrar en esa cocina era como entrar en una emboscada de carbohidratos y amor maternal mal entendido.

—Buenos días, Concha —dijo Lucía, intentando que su voz sonara firme.

Concha ni siquiera se giró, estaba concentrada en verter la leche en una jarra de porcelana.

Read More