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Tres soldados iraníes heridos llegaron a Colombia temiendo ser arrestados y terminaron abrazados

Tres soldados iraníes heridos llegaron a Colombia temiendo ser arrestados y terminaron abrazados

La misericordia de los extraños. ¿Qué es lo primero que te viene a la mente cuando oyes la palabra soldado? Quizás de manera instintiva piensas en fuerza bruta, en guerras lejanas, en armamento pesado o en enemigo sin rostro. Pero casi nunca, y te lo digo con el corazón en la mano, casi nunca nos detenemos a pensar en el ser humano que respira, sufre y sangra debajo de ese pesado casco.

Rara vez nos tomamos un maldito segundo para mirar a los ojos a alguien que ha sido sistemáticamente entrenado para no sentir, para no dudar, para catar órdenes ciegas y, sobre todo para sobrevivir a cualquier [ __ ] costo, incluso perdiendo su propia humanidad en el proceso. Hoy en este espacio no vamos a hablar de estrategias militares.

No vamos a perder el tiempo debatiendo sobre política internacional, ni nos vamos a sentar a discutir quién tiene la razón o quién es el villano en un conflicto armado que se desarrolla a miles y miles de kilómetros de nuestra tierra. Hoy vamos a hablar de la cruda realidad, de lo que queda cuando el ruido de las balas cesa, cuando la guerra supuestamente termina, pero el cuerpo y el alma de los que lucharon siguen rotos en mil pedazos.

Esta es la historia real, desgarradora y profundamente conmovedora de tres hombres que cruzaron el mundo pensando que el planeta entero los odiaría por el simple hecho de haber vestido un uniforme manchado de sangre. Tres hombres que huían del infierno hasta que por azares del destino, pisaron una tierra que no entiende de banderas, de idiomas, ni de fronteras, sino que respira una hermandad tan pura que te rompe todos los esquemas.

Si tú también eres de los que cree firmemente que la compasión es de lejos la forma más valiente y radical de resistencia en este mundo podrido, te pido que te quedes. Acomódate, suscríbete, activa las notificaciones y prepárate mental y emocionalmente. Porque lo que le sucedió a estos tres soldados iraníes cuando pisaron suelo colombiano te va a recordar hasta la última fibra de tu ser, porque este país, nuestra amada Colombia, tiene un alma tan inmensa y tan berraca que simplemente no cabe en ningún mapa.

Nuestra crónica de hoy arranca con Resa, un hombre de apenas 40 años, pero cuya mirada perdida y arrugas prematuras cuentan la historia de un siglo de dolor, un hombre que mira hacia un horizonte que ya no existe. A su lado estarás, un muchacho que apenas estaba aprendiendo a afeitarse la pelusa del rostro cuando las autoridades de su país le arrancaron la juventud para entregarle un fusil de asalto.

Y cerrando este trío de almas en pena, tenemos a Farat, un joven cuya pierna izquierda es hoy en día un recuerdo doloroso, reemplazada por un pedazo de metal frío y una prótesis improvisada que le desgarra la piel a cada paso. Los tres son los únicos sobrevivientes de una explosión brutal en un puesto de avanzada en las montañas de su país natal.

 Un evento dantesco que los dejó etiquetados como inútiles para la maquinaria de su ejército, pero que los marcó a fuego de por vida. escapando de un destino que les prometía únicamente el olvido absoluto, la miseria y morir de hambre en una región devastada por la violencia, lograron lo imposible. A través de contactos clandestinos, sobornos en la oscuridad y gastando hasta el último centavo de los ahorros de toda una vida, lograron abordar un vuelo de carga.

Tras escalas interminables en aeropuertos que no recuerdan, escondidos como contrabando, el destino los escupió en una pista secundaria del aeropuerto internacional El Dorado, en la fría y caótica altitud de Bogotá. El plan que tenían en la cabeza era simple, pero nacía de la desesperación más absoluta solicitar así lo diplomático, en su defecto, desaparecer como fantasmas entre la inmensa multitud de la capital.

Pero el miedo, ese monstruo invisible, los ahogaba mucho más que las propias heridas supurantes de sus cuerpos. En sus mentes, alimentadas por la basura de los noticieros internacionales y las películas de Hollywood, Colombia era un campo de batalla urbano. Creían que iban a aterrizar en un lugar dominado por la ley de la selva, lleno de hombres duros con ametralladoras, donde ellos extranjeros de piel morena, sin hablar una gota de español y con un evidente pasado militar impreso en sus cicatrices, serían entregados de

inmediato a las autoridades migratorias o, peor aún, eliminados en un callejón por cualquier grupo criminal. Nos van a detener en cuanto vean las cicatrices. Aquí la policía es implacable. susurraba Aras, temblando de pies a cabeza mientras intentaba en vano cubrir los horribles injertos de piel en su cuello con una bufanda raída que no lograba espantar el frío para Muno.

Para ellos, para el mundo occidental, nosotros somos el enemigo. Somos lo que ven en las noticias, somos la amenaza terrorista. Resa, el líder de facto del grupo, solo apretaba los dientes hasta hacerlo rechinar. No tenía respuestas para el muchacho. Solo sentía un dolor sordo y constante en el centro del pecho, mezclado con aplastante responsabilidad de mantener con vida dos hombres que habían depositado su fe ciega en él.

 Al bajar del avión, Bogotá los recibió con ese abrazo helado y denso que solo la nevera sabe dar. No era el calor sofocante y seco del desierto de Medio Oriente al que estaban acostumbrados, sino un aire delgado, cortante, a 2600 m más cerca de las estrellas, un aire que obligaba a los pulmones a trabajar el doble, pero era un aire vibrante, lleno de vida, saturado de olores que sus cerebros no sabían procesar.

 El aroma dulzón de las arepas de choclo asándose en las aceras, el olor fuerte del tinto recién colado y el espeso humo de diésel de las buscetas y los articulados de Transmilenio rugiendo a lo lejos. Caminaron cojeando dolorosamente por los pasillos brillantes de la terminal, agachando la cabeza, esquivando como animales asustados la mirada de los policías que patrullaban con sus imponentes uniformes verdes.

Cada vez que veían el verde oliva, un escalofrío de terror puro le recorría la espina dorsal. Para un soldado herido y desertor, un uniforme siempre significa una sola cosa: peligro inminente, tortura, muerte. Esperaban en cualquier segundo el grito autoritario, la voz de alto, el chasquío metálico inconfundible de unas esposas cerrándose sobre sus muñecas y el frío cuarto de interrogatorios.

Pero lo que encontraron al salir por las puertas automáticas fue algo que sus estrictos manuales militares de supervivencia jamás en la vida les enseñaron la indiferencia amable, caótica y apresurada de una multitud rola que corría de un lado a otro, pero que no albergaba una gota de rencor. El primer choque, la primera gran bofetada con la hermosa realidad colombiana ocurrió en la zona de taxis a las afueras del Dorado.

Parat, completamente exhausto, con los músculos rindiéndose ante la falta de oxígeno y el dolor punzante, se desplomó como un saco de plomo sobre su maleta de lona. Su prótesis casera, mal ajustada, se dio bajo el peso de su cuerpo herido. La gente pasaba corriendo a su lado, envuelta en abrigos y bufandas. Reza, desesperado, intentó levantarlo por las axilas, pero su propio hombro, destrozado por la metralla hace un año, le falló miserablemente, haciéndolo caer de rodillas.

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