Posted in

Imelda Marcos: 3000 Zapatos Mientras Su Pueblo M0rí4 de Hambre

3,000 pares de zapatos, 3,000. Mientras un país entero caminaba descalso. Esa es la imagen que el mundo recuerda. Pero detrás de esos zapatos hay una historia que nadie se atrevió a contar completa. Una historia de belleza convertida en arma, de pobreza transformada en obsenidad, de una mujer que gobernó un país entero desde las sombras, que ordenó construir palacios sobre cadáveres, y que cuando todo se derrumbó, cuando un millón de personas gritó su nombre con odio en las calles, no derramó una sola lágrima.

Esta es la historia más escandalosa que el sudeste asiático intentó olvidar. Y lo que vas a escuchar hoy va a cambiar todo lo que creías saber sobre el poder, la ambición y el precio de la impunidad. Manila. Febrero de 1986. El palacio de Malacañán tiembla, no por un terremoto, por algo peor. Un millón de personas ha salido a las calles.

Un millón. Las avenidas de la capital filipina son un río humano de rabia contenida durante 20 años. Monjas rezan de rodillas frente a los tanques. Soldados lloran dentro de sus blindados sin saber si deben disparar o rendirse. La radio transmite en vivo. El mundo entero está mirando. Y dentro del palacio, en una habitación que huele a perfume francés y a miedo, una mujer se mira al espejo.

Y dentro del palacio y dentro del palacio, en una habitación que huele a perfume francés y a miedo, una mujer se mira al espejo y Melda Marcos no está llorando, no está rezando, no está haciendo las maletas con urgencia, está eligiendo qué vestido ponerse para huir. A su alrededor, sirvientes corren por los pasillos cargando maletas llenas de joyas.

Cajas de zapatos se apilan como barricadas absurdas contra la revolución que ruge al otro lado de los muros. En otra habitación, Ferdinand, su esposo, el presidente, el dictador, está conectado a una máquina de diálisis. Su rostro es del color de la ceniza. Sus manos tiemblan. Es el rostro de un hombre que sabe que todo ha terminado.

Pero Imelda no lo mira. Yda mira sus vestidos. ¿Cuál me pongo?, pregunta a una asistente con la misma voz con la que pediría consejo para una gala diplomática, como si afuera no hubiera un país entero pidiendo su cabeza. Según algunos testimonios, una de sus asistentes le respondió temblando, “Señora, el que sea, hay que irse ya.

” Pero Imelda se tomó su tiempo, se probó uno, lo descartó, eligió otro color crema, elegante, como para una despedida digna de una reina. Se colocó un collar de perlas alrededor del cuello, se ajustó el cabello, se miró una última vez en el espejo del palacio que había sido su reino durante dos décadas. Y entonces salió, no por la puerta principal, por la puerta trasera, hacia un helicóptero militar estadounidense que la esperaba en el jardín con los motores encendidos hacia la base aérea de Clark, hacia Hawaii, hacia el exilio, hacia el fin de

una era que había costado miles de vidas, miles de millones de dólares robados y la dignidad de toda una nación. Cuando las puertas del palacio se abrieron y la multitud entró, lo que encontraron se convirtió en la imagen más famosa de la corrupción en el siglo XX. Armarios del tamaño de apartamentos, repletos de vestidos de alta costura, cientos de bolsos de piel de cocodrilo, pieles de bisón almacenadas en frigoríficos especiales en un país tropical donde la temperatura nunca baja de 25 gr. Botes de crema facial

valorados en miles de dólares cada uno y zapatos. Fila tras fila tras fila de zapatos organizados por color, por marca, por temporada, por ocasión, 3,000 pares. 3,000 pares. Mientras el 60% de los filipinos vivía por debajo del umbral de pobreza. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, cómo una niña descalsa de provincias se convirtió en la mujer más odiada y más fascinante de Asia, hay que volver al principio.

Y el principio, como casi siempre en estas historias, empieza con hambre. Y Melda [carraspeo] Remedios, Visitación Romualdes. Nació el 2 de julio de 1929 en Manila, pero no creció en la capital. Su padre, Vicente Orestes Romualdes, era un abogado de buena familia venido a menos. Había conocido tiempos mejores. Los Romualdes eran un clan político con historia, con apellido, con propiedades, pero Vicente pertenecía a una rama menor del árbol familiar.

Y para cuando Imelda nació, las ramas menores ya no daban frutos. Su madre, Remedios Trinidad era la segunda esposa de Vicente. Ese detalle, segunda esposa puede parecer menor. Pero en la Sociedad Filipina de los años 30, ser hijo de segunda esposa significaba ser un ciudadano de segunda categoría dentro de tu propia familia. Los hijos del primer matrimonio tenían prioridad, los del segundo eran tolerados.

Y esa jerarquía silenciosa marcaría la vida de Imelda de formas que ni ella misma comprendería hasta décadas después. La familia se trasladó a Taclován, en la provincia de Leite, una región verde y húmeda en el corazón de Filipinas. Leite era un mundo de arrozales, de lluvias torrenciales, de calor pegajoso y de una pobreza que se aceptaba con resignación católica.

Y aquí es donde comienza la primera herida. Porque los romualdes tenían una casa grande en Taclovloban, una casa hermosa, pero esa casa no era para Imelda y sus hermanos. Esa casa pertenecía a los primos ricos, a los romualdes de primera línea. Y Melda y su familia vivían al lado, en lo que básicamente era un garaje reconvertido, un cobertizo con paredes de madera y techo de zinc que se calentaba como un horno bajo el sol tropical.

No es una metáfora, un garaje. La niña, que un día tendría 3,000 pares de zapatos, creció en un garaje donde el calor era tan insoportable que por las noches tenían que dormir con las ventanas abiertas, escuchando los grillos y sintiendo los mosquitos en la piel. El piso era de tierra apisonada. Las paredes dejaban entrar la lluvia durante los tifones.

Y cuando llovía fuerte, y en leite llueve fuerte durante meses enteros, y Melda y sus hermanos ponían cubetas debajo de las goteras y se acurrucaban en un rincón esperando que pasara la tormenta. Ella era la mayor de las niñas, la que debía dar el ejemplo, la que no podía llorar.

podía escuchar a sus primos del otro lado de la pared. Los escuchaba reír, los escuchaba comer, los escuchaba vivir la vida que a ella le habían negado por un accidente de nacimiento, haber nacido del lado equivocado de la familia. Ese sonido, la risa de los que tienen todo mientras tú no tienes nada, se le grabó en el alma como un hierro candente.

Y entonces su madre se enfermó. Remedios Trinidad comenzó a debilitarse cuando Imelda tenía 8 años. Fue un deterioro lento, silencioso, como una vela que se consume desde dentro. En Taclován no había buenos hospitales, no había dinero para medicinas importadas y Vicente, su padre, no tenía recursos para llevarla a Manila.

Remedio se apagó en aquella casa que olía a humedad y a derrota. Murió cuando Imelda tenía 9 años. Y Melda nunca habló públicamente de esa muerte con detalle, pero quienes la conocieron de joven dicen que algo se quebró en ella ese día, algo profundo, algo que nunca se reparó y que todo lo que vino después, los zapatos, los palacios, las joyas, la locura del gasto, la adicción al lujo, fue un intento desesperado de llenar un vacío que no tiene fondo.

Read More