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El desmoronamiento de una promesa: Por qué la economía de México se encamina hacia un punto sin retorno

El espejismo del progreso y la realidad de los números

La imagen es vívida y dolorosa: una espectadora en una sala de cine observa una película cuya trama se ha vuelto inmanejable. El guion es un caos, los personajes están atrapados en sus propias contradicciones y, de repente, una frase rompe el silencio de la sala: “Esto ya no se compuso”. Con esta metáfora, la analista Denise Dresser describe la actual coyuntura de México, un país que parece caminar hacia un destino económico incierto mientras sus líderes priorizan la preservación del poder por encima del bienestar nacional.

Durante el inicio de la actual administración, existía una esperanza —o quizás una ilusión— de que la presidenta Claudia Sheinbaum marcaría una diferencia sustancial respecto a su predecesor. Se esperaba una gestión más técnica, racional y menos dogmática. Sin embargo, la realidad ha demostrado ser una decepción constante para quienes anhelaban un cambio de paradigma. Cada semana, las evidencias se acumulan: un discurso patriotero y confrontacional que busca más la polarización que la unidad, y una dedicación obsesiva por blindar el proyecto de la llamada Cuarta Transformación (4T) a cualquier precio.

La economía como moneda de cambio

Mientras el aparato estatal se enfoca en blindar su ideología, la economía mexicana da señales de fatiga extrema. El país se encuentra atrapado, como bien señala el economista Robin Brooks, en una “trampa de bajo crecimiento”. Décadas de productividad estancada, inversión insuficiente y una informalidad rampante han dejado al país en una posición de vulnerabilidad.

La confianza de los inversionistas es fundamental para cualquier economía en desarrollo, y en México, esa confianza está en caída libre. Las recientes reformas, lejos de atraer capitales, han generado incertidumbre jurídica. Se modifican las reglas del juego, se sincronizan elecciones judiciales con revocaciones presidenciales y se dedican esfuerzos a fortalecer al partido-gobierno en lugar de fortalecer a las instituciones. El resultado es un mensaje claro para el mundo: México no es un lugar seguro para la inversión a largo plazo.

El golpe de realidad ha llegado desde las instituciones financieras internacionales. Moody’s ha reducido la calificación soberana de México al último escalón del grado de inversión, mientras que Standard & Poor’s ha colocado la perspectiva de la deuda mexicana en territorio negativo. Ambas calificadoras convergen en un diagnóstico lapidario: crecimiento insuficiente, finanzas públicas presionadas y una dependencia crítica de Petróleos Mexicanos (Pemex), una empresa que, lejos de ser el motor del desarrollo, se ha convertido en un lastre financiero debido a su estado de quiebra técnica.

El peligro en el horizonte: el T-MEC y la política

La situación no podría ser más inoportuna. México se encamina hacia una revisión compleja del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Lo que antes era estrictamente un acuerdo comercial, hoy se ha transformado en un terreno donde convergen la seguridad, la narcopolítica y la diplomacia. Estados Unidos observa con creciente desconfianza las políticas internas del gobierno mexicano, y las concesiones automáticas son ya cosa del pasado. México llega a esta negociación debilitado, no por factores externos fortuitos, sino por decisiones propias que han priorizado la retórica política sobre la realidad geopolítica.

La lección que la historia no perdona

El gobierno insiste en repartir programas sociales como la panacea para la satisfacción social. Si bien es cierto que muchos hogares reciben transferencias directas, la aritmética básica es implacable: un Estado que no crece es un Estado que recauda menos. Y un Estado que recauda menos no puede sostener indefinidamente el gasto público, mucho menos cuando se inyectan recursos masivos en proyectos de infraestructura con dudosa rentabilidad y en una petrolera ineficiente.

Ningún país puede vivir eternamente de transferencias financiadas con deuda, déficits y optimismo ideológico. Ya hemos visto esta película antes: 1976, 1982, 1994. Son fechas que evocan crisis, devaluaciones y una pérdida del poder adquisitivo que castiga, sobre todo, a quienes menos tienen. La historia nos enseña que cuando la política intenta reemplazar a la economía y la propaganda pretende sustituir a la realidad, el desenlace suele ser trágico.

¿El fin de la trama?

La presidenta Sheinbaum tuvo en sus manos una oportunidad histórica para corregir el rumbo, para separar el proyecto de nación de los errores de su antecesor y para profesionalizar la gestión pública. Sin embargo, optó por profundizar las grietas. Cuando el fondo del barril sea visible y la factura se presente ante la ciudadanía, no habrá excusas ni pretextos que valgan. Las advertencias están sobre la mesa, los números son públicos y la desconfianza crece día a día.

Llegará un momento, como en la escena del cine que relata Dresser, en el que más mexicanos se levantarán de sus asientos, no por convicción política, sino por pura supervivencia. Se darán cuenta de que la película terminó mal porque quienes debían gobernar estaban demasiado ocupados intentando perpetuarse y defendiéndose de sus propios errores. Para muchos, la conclusión es ya una certeza: esto ya no se compuso. La gran pregunta ahora no es si habrá consecuencias, sino qué tan profundo será el impacto cuando la realidad termine por imponerse sobre el discurso.

Sentada en el cine, detrás de una pareja, veía una película que se había vuelto imposible de salvar. Una trama enredada, un guion sin rumbo, personajes atrapados en sus propios errores. De pronto escuché a una mujer susurrarle a su esposo. Esto ya no se compuso. Ambos se levantaron y se salieron de la sala.

Ahora, en estas épocas pienso en esa escena al observar el rumbo económico de México y las otras prioridades de la presidenta. Repetidamente se nos dijo que Claudia Shabom sería distinta, más técnica que ideológica, más racional que dogmática, menos inclinada a las obsesiones de su predecesor, pero cada semana ofrece evidencia de lo contrario y su discurso patriotero y confrontacional en el Zócalo de hace unos días lo demuestra.

La presidenta que prometía gobernar mejor está dedicando buena parte de su capital político a preservar el proyecto de la 4T, a blindarlo, a protegerlo, a preservarlo a toda costa. Mientras la economía se desacelera, Morena acelera reformas y defiende narcotraficantes. Mientras la inversión duda, el oficialismo modifica las reglas del juego, generando aún mayor desconfianza.

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