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Guderian ESCUPIÓ ‘Stalin Es Un CARNICERO Cobarde’ — Pero Stalingrado MASACRÓ Sus 300,000 Panzers

Guderian ESCUPIÓ ‘Stalin Es Un CARNICERO Cobarde’ — Pero Stalingrado MASACRÓ Sus 300,000 Panzers

El viento helado de diciembre de 1942 cortaba como cuchillas sobre las ruinas humeantes de Stalingrado. Heguderian, el legendario general de los pancers, contemplaba desde su búnker los informes que llegaban del frente. Sus ojos, acostumbrados a la victoria, ahora reflejaban una mezcla de rabia y desconcierto.

 Durante años había construido la máquina de guerra más temible del mundo, los páncer, que habían aplastado Polonia, Francia y media Europa. Pero ahora en esta ciudad  a orillas del Volga, todo se desmoronaba. Stalin es un carnicero cobarde que sacrifica a sus propios hombres como ganado. Había escupido Guderian apenas unos meses antes, cuando los tanques alemanes parecían imparables.

 Sus palabras habían resonado en los altos mandos del RA, alimentando la arrogancia nazi que creía poder quebrar el espíritu soviético con pura fuerza bruta. Qué equivocado estaba. La nieve comenzaba a caer nuevamente sobre los esqueletos metálicos de lo que una vez fueron los orgullosos Pancer y Tiger. 300. 1000 hombres de la élite alemana estaban atrapados en un caldero de muerte y desesperación.

 El sexto ejército de Paulus, la joya de la Bermacht, agonizaba lentamente mientras los soviéticos cerraban el cerco como una serpiente constrictora. Guderian recordaba vívidamente aquel día de septiembre cuando había pronunciado esas palabras fatídicas. Estaba en una reunión de alto mando en el cuartel general del furer, rodeado de generales que aún creían en la invencibilidad alemana.

 Los mapas mostraban las líneas del frente avanzando inexorablemente hacia el corazón de la Unión Soviética. Moscú había resistido, sí, pero Stalingrado sería diferente. Stalingrado sería la tumba del comunismo. Miren estos informes”, había dicho Guderian golpeando la mesa con el puño. Stalin está enviando niños de 15 años al frente, mujeres con rifles oxidados.

 Es la desesperación de un régimen moribundo. Ese carnicero cobarde prefiere sacrificar a millones antes que admitir la derrota. Los generales habían asentido con aprobación. El propio Hitler había sonreído con esa expresión que helaba la sangre, esa mezcla de satisfacción y locura que caracterizaba sus momentos de mayor megalomanía.

Exacto, Guderien. Stalin no comprende que la guerra moderna se gana con tecnología y estrategia, no con carne de cañón. Pero ahora, mientras observaba los partes de batalla que llegaban de Stalingrado, Guderian comenzaba a comprender la terrible verdad. Stalin no era un carnicero cobarde, era algo mucho más peligroso, un estratega despiadado que había convertido la aparente debilidad de su pueblo en su mayor fortaleza.

Los primeros informes habían llegado a finales de agosto. El general Paulus había logrado penetrar en Stalingrado y las fuerzas alemanas controlaban gran parte de la ciudad. Las fotografías mostraban soldados alemanesando la bandera nazi sobre edificios en ruinas, sonriendo para las cámaras de propaganda.

 Todo parecía ir según el plan, pero entonces comenzaron las extrañas noticias. Los soviéticos no se retiraban en lugar de huír ante la superioridad técnica alemana, se aferraban a cada edificio, a cadatano, a cada metro de escombros, como si su vida dependiera de ello. Y efectivamente así era. Los rusos luchan como demonios reportó el teniente coronel Müller en uno de los primeros informes inquietantes.

 No es una guerra convencional, es algo más primitivo, más desesperado. Combaten cuerpo a cuerpo en los sótanos. Usan cuchillos cuando se les acaban las balas. Las mujeres francotiradoras nos cazan desde las ruinas. Es como si toda la ciudad hubiera enloquecido. Guderian había leído ese informe con creciente inquietud.

 Su experiencia militar le decía que algo estaba terriblemente mal. Los soviéticos no estaban actuando como un ejército en retirada. Estaban actuando como un animal acorralado que lucha por su supervivencia. El verdadero horror comenzó en noviembre. La operación Urano, el nombre en clave para la contraofensiva soviética, cayó sobre las fuerzas alemanas como un martillo sobre cristal.

 En cuestión de días, los soviéticos habían rodeado completamente al sexto ejército. 300,000 hombres de la élite alemana quedaron atrapados en una bolsa que se cerraba lentamente. Los informes que llegaban al búnker de Guderian eran cada vez más desesperados. “El enemigo ha cortado todas nuestras líneas de suministro”, telegrafió Paulus. “Las municiones se agotan.

 Los heridos mueren por falta de medicinas. Los hombres se alimentan de cuero hervido y ratas. Necesitamos evacuación inmediata o refuerzos masivos. Pero Hitler había prohibido cualquier retirada. “Estalingrado se mantendrá a toda costa”, había ordenado el furer. Es una cuestión de prestigio del Reich. Guderian sabía que era una locura, pero las órdenes eran órdenes.

 Mientras tanto, Stalin dirigía la batalla desde Moscú con la frialdad de un cirujano. Cada movimiento estaba calculado, cada sacrificio tenía un propósito. Lo que Guderian había interpretado como cobardía era en realidad una estrategia diabólicamente efectiva. Stalin había permitido que los alemanes se adentraran en Stalingrado para luego cerrar la trampa.

 ¿Saben por qué Stalin es tan efectivo? Le había dicho el general Chikov a sus oficiales durante la batalla, porque comprende que en la guerra no hay lugar para la piedad. Cada soldado soviético que muere en Stalingrado salva a 10 más en Moscú. Cada día que resistimos aquí es un día menos para que Hitler conquiste Rusia. Esta filosofía se había filtrado hasta el último soldado soviético.

 Los francotiradores como Basil y Saev se habían convertido en leyendas vivientes, cazando oficiales alemanes con precisión quirúrgica. Las mujeres combatientes luchaban con una ferocidad que aterrorizaba a veteranos alemanes curtidos en mil batallas. Los niños soldados, esos mismos que Guderian había despreciado, resultaron ser combatientes urbanos extremadamente efectivos.

El invierno de 1942 fue especialmente brutal. Las temperaturas descendieron hasta los 40 gr bajo cero. Los soldados alemanes, equipados para una guerra relámpago de verano, comenzaron a morir de hipotermia antes que de heridas de combate. Sus tanques, esos pancers que una vez fueron el terror de Europa, se convertían en ataúdes helados cuando se agotaba el combustible.

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