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 Viví por 55 años sin ORAR… hasta que Carlo Acutis me confrontó con una verdad imposible de ignorar

 Organizó novenas. Llevó a Rafael a ver tres sacerdotes distintos que rezaron sobre él. Nada funcionó. Rafael murió después de seis meses de agonía lenta. Vi a mi madre destrozada, arrodillada frente al altar de nuestra casa, llorando y preguntándole a su Dios por qué le había quitado a su hijo. Y ese día entendí algo fundamental.

 Dios no existe. O si existe, no le importamos. Las oraciones son palabras lanzadas al vacío. La fe es un placebo emocional que funciona hasta que la realidad te golpea en la cara con algo tan brutal que ninguna ilusión puede sostenerse. Dejé de ir a misa ese mismo año. Mi madre lloró. Mi padre me abofeteó. No me importó. Había visto la verdad.

 Y la verdad era que estamos solos en un universo indiferente, que debemos construir significado nosotros mismos porque no hay ningún plan divino, que la religión es una muleta para quienes no tienen el coraje de enfrentar el absurdo. Me fui a Caracas a los 18 años. Entré a la universidad a estudiar filosofía. Me convertí en la mejor estudiante de mi generación.

 Leí a Nietzsche, a Marx, a Feuerback, a Russell. encontré en ellos la confirmación intelectual de lo que ya sabía emocionalmente. Dios ha muerto y nosotros lo matamos. O mejor dicho, nunca existió y nosotros finalmente tuvimos el valor de admitirlo. Me casé a los 25 años con un compañero de estudios llamado Alberto. Era ateo como yo.

 Tuvimos una hija, la llamamos Marta. Decidimos criarla sin religión, sin bautizo, sin ninguna de esas ceremonias primitivas. Queríamos que creciera libre de supersticiones, que pensara por sí misma, que basara sus creencias en evidencia, no en fe ciega. El matrimonio duró 12 años. Alberto me dejó por una estudiante de posgrado. No me afectó tanto como debería.

 Para entonces ya había construido mi verdadera identidad alrededor de mi trabajo académico. Los sentimientos eran biología, el amor era química cerebral, el sufrimiento era inevitable, pero no tenía significado trascendente. Solo había que soportarlo hasta que pasara. Crié a Marta sola. Le di todo lo que pude.

 Educación excelente, libros, viajes, conversaciones intelectuales desde que era pequeña. La entrené para pensar críticamente, para cuestionar todo, para no aceptar nada sin evidencia. Estaba orgullosa de ella. Era brillante, racional, libre. Entonces, Marta cumplió 19 años y me dijo que se había convertido al catolicismo. Pensé que era una fase, una rebeldía adolescente.

 Me dije que eventualmente volvería a la razón, pero no fue así. Marta se sumergió completamente en la fe, se bautizó, tomó su primera comunión como adulta, empezó a ir a misa diariamente. Conoció a un hombre católico, se casó en la iglesia, tuvo tres hijos, los bautizó a todos. Nuestra relación se volvió tensa. Yo intentaba no ser agresiva, pero cada vez que la veía rezar, sentía una mezcla de tristeza y rabia.

 Mi propia hija había caído en la misma trampa de la que yo había intentado salvarla. le había dado todas las herramientas para pensar libremente y eligió encadenarse a un sistema de creencias basado en mitos del primer siglo. Los años pasaron, me jubilé a los 65, seguí escribiendo, seguí dando conferencias ocasionales. Mi tercer libro, La ilusión de Dios, en el siglo XXI, se vendió razonablemente bien.

 Recibí odio de grupos religiosos, recibí elogios de círculos académicos seculares. Me gustaba ser controversial. Me gustaba ser la voz de la razón en un país donde la mayoría de la gente todavía creía en santos y vírgenes y milagros. Marta y yo manteníamos contacto mínimo. Ella me invitaba a las fiestas de sus hijos. Yo iba, éramos educadas, pero había una distancia enorme entre nosotras.

 Ella oraba por mí. Yo lo sabía. Me molestaba profundamente. No necesitaba sus oraciones. No las quería. Me sentía insultada cada vez que pensaba en ella, arrodillada, pidiendo por mi conversión, como si yo fuera una pecadora perdida que necesitaba salvación. Cumplí 80 años el 15 de marzo de 2025. Marta organizó una pequeña cena.

Vinieron mis tres nietos. Fueron amables, educados. Los tres católicos practicantes también. Pensé en lo irónico de la situación. Toda mi vida dedicada a promover el pensamiento racional y mi única descendencia era devotamente religiosa. Dos semanas después del cumpleaños empecé con dolores de cabeza.

 Al principio los ignoré, tomaba ibuprofeno, seguía con mi rutina, pero los dolores empeoraron. se volvieron tan intensos que no podía concentrarme para leer. Eso sí me asustó. La lectura era mi vida. Si no podía leer, algo estaba muy mal. Marta me llevó al hospital. Le habían dicho los doctores que necesitaban hacerme estudios, una resonancia magnética, análisis de todo tipo.

 Tardaron una semana en darme los resultados. Esa semana fue extraña. Seguía teniendo los dolores, pero ahora, además, tenía miedo. Un miedo que no había sentido en décadas, el miedo de no saber, de no tener control. El 28 de marzo, el Dr. Ramírez me citó en su consultorio. Era un hombre de unos 50 años, serio, profesional, no perdió tiempo en rodeos.

 Tumor cerebral, glioblastoma multiforme, grado 4. Inoperable por la ubicación, agresivo. 3 meses de vida, quizás cuatro, si respondía bien a tratamiento paliativo. Me quedé sentada en silencio. Marta estaba conmigo. Empezó a llorar. El doctor seguía hablando. Opciones de tratamiento, quimioterapia para ganar tiempo, radioterapia, cuidados paliativos, hospicio cuando llegara el momento.

 Yo solo pensaba una cosa, esto es todo. 80 años de vida y ahora la nada, exactamente como siempre supe que sería. No hay más allá. No hay vida después de la muerte, solo el fin de la conciencia. como apagar una luz, como quedarse dormida y nunca despertar. Debería haberme sentido en paz. Había pasado décadas preparándome mentalmente para este momento.

 Sabía que la muerte era el fin natural de todos los organismos biológicos. No había nada que temer, solo aceptar. Pero no sentía paz, sentía terror. Marta me acompañó de regreso a mi apartamento. No hablamos mucho en el taxi. Cuando llegamos, ella me ayudó a sentarme en el sofá. Se arrodilló frente a mí. Tomó mis manos. Mamá, dijo, “Necesitas hablar con un sacerdote.

” La miré con incredulidad. “¿Me estás hablando en serio?”, le dije. Ahora, en este momento, ¿me estás pidiendo que me convierta? No es conversión, dijo ella, es consolación, es preparación. Mamá, no tienes que morir sola. Dios puede darte paz. No necesito paz de un Dios imaginario, le respondí. Necesito que me dejes procesar esto en privado.

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