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El Aplauso Más Largo en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

El telón de terciopelo rojo, pesado y cargado con el polvo de mil representaciones, había caído finalmente. La función, un homenaje a las raíces más profundas y oscuras del flamenco puro, había sido un éxito rotundo. El Teatro de la Maestranza de Sevilla, con su imponente arquitectura y su acústica perfecta, había vibrado durante dos horas bajo el embrujo del cante jondo, el lamento de las guitarras y el furor de los zapateados. El público, extasiado, se había puesto en pie, regalando una ovación que parecía no tener fin.

Carmen, exhausta, se apoyó contra la fría pared de ladrillo entre bambalinas. Su vestido de volantes negros, empapado en sudor, pesaba como una armadura. La respiración le quemaba la garganta, y sus pies, tras la salvaje seguiriya que había cerrado el espectáculo, latían con un dolor sordo pero familiar. Cerró los ojos, dejando que el sonido del aplauso la bañara. Era su primera noche como solista principal en la Maestranza, el sueño de cualquier bailaora.

Los técnicos de luces comenzaron a apagar los focos principales. El regidor, con sus auriculares colgando del cuello, le dio unas palmaditas en el hombro. —Estuviste inmensa, chiquilla. Vámonos, que el teatro cierra.

Carmen asintió, incapaz de articular palabra, y se dirigió lentamente hacia su camerino. Se desmaquilló con movimientos mecánicos, viendo cómo el negro del rímel se mezclaba con el sudor en el algodón, dejando al descubierto el rostro pálido de una joven de veintitrés años que acababa de entregar su alma al escenario. Se cambió, poniéndose unos vaqueros y un jersey ancho, y guardó sus zapatos de baile, esos instrumentos de percusión con clavos en la suela y la punta, en su bolsa de lona.

Cuando salió del camerino, el pasillo estaba sumido en la penumbra. El silencio debería haber sido absoluto. El silencio de un teatro dormido es casi sagrado, roto solo por el crujir de la madera o el zumbido de alguna luz de emergencia. Sin embargo, no había silencio.

Carmen se detuvo en seco. Su corazón, que había empezado a recuperar un ritmo normal, dio un vuelco.

Pla, pla, pla, pla…

Eran palmas. Un aplauso. No era el estruendo caótico y desordenado de una multitud enardecida, sino un sonido rítmico, acompasado, métrico. Un compás de doce tiempos. Lento. Lúgubre.

Un, dos, tres… cuatro, cinco, seis… siete, ocho… nueve, diez… once, doce.

Carmen frunció el ceño. Pensó que algún compañero de la compañía se había quedado atrás, quizás ensayando un ritmo o bromeando en el escenario. —¿Javier? ¿Manuel? —llamó, con la voz temblorosa resonando en los pasillos vacíos.

Nadie respondió. Pero el aplauso continuó.

Avanzó por el pasillo hacia el escenario, guiada por el sonido. Con cada paso que daba, el aire se volvía más denso, más frío. En Sevilla, incluso en las noches de otoño, el aire conserva un eco de calor, pero allí, en las entrañas de la Maestranza, una corriente helada le erizó el vello de los brazos. El olor a ozono de los focos y a perfume caro del público había desaparecido por completo. En su lugar, el aire olía a tierra seca, a madera quemada, a cera derretida y… a algo metálico, dulzón y nauseabundo. Sangre vieja.

Carmen apartó la pesada cortina negra que separaba las bambalinas del escenario. Solo estaba encendida la “luz de trabajo”, una solitaria bombilla desnuda colocada en el centro de las tablas, proyectando sombras alargadas y grotescas hacia las paredes.

Miró hacia el patio de butacas. El inmenso abismo de asientos estaba en absoluta oscuridad. No había ni un solo espectador. Las puertas de salida estaban cerradas con los pesados pestillos de latón. El guardia de seguridad había cerrado el teatro. Estaba sola.

Sin embargo, el aplauso era ahora ensordecedor.

Pla, pla, pla, pla…

El sonido provenía de las butacas vacías. Carmen sintió que las piernas le fallaban. El terror, frío y paralizante, se apoderó de sus entrañas. Quiso retroceder, correr hacia la salida de artistas, golpear la puerta hasta que alguien le abriera, pero sus pies se negaron a moverse. Estaba anclada al escenario, atrapada por una fuerza invisible.

El sonido de las palmas empezó a cambiar. Ya no sonaba como piel contra piel. El sonido se volvió seco, hueco, como el chocar de piedras. O de huesos.

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