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El bug temporal y la galleta de la discordia

Parte 1: El bug temporal y la galleta de la discordia
Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte. Pero lo que me ocurrió anoche no tiene nada que ver con la burocracia ni con el cuñadismo ilustrado. Fue algo más sutil, más afilado, de esas cosas que se te meten bajo la piel y te hacen dudar de si el suelo que pisas es sólido o simplemente una alfombra puesta encima de un agujero negro.

Todo empezó de la forma más mundana posible. Eran las ocho y diez de un miércoles cualquiera. Un miércoles de esos que no sirven para nada, un día que es como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Yo estaba hundido en mi sofá —un modelo de una famosa tienda sueca que ya tiene la forma de mis posaderas grabada a fuego— intentando decidir si ver un documental sobre la cría del percebe o una serie sueca donde todo el mundo está triste y llueve mucho.

Tenía en la mano una bolsa de patatas fritas que ya estaban un poco rancias y el móvil descansando sobre mi barriga, como si fuera un gato electrónico. De repente, el aparato vibró.

Ping.

Ese sonido. Ese “ping” de notificación que todos conocemos y que suele significar que alguien ha mandado un meme que ya viste en Twitter hace tres días o que tu madre te está preguntando si has comido caliente. Estiré el brazo con la desgana de un perezoso con resaca y desbloqueé la pantalla.

Al principio, mis ojos se negaron a procesar lo que veían. No era un WhatsApp, ni un correo de Hacienda (gracias a Dios), ni una notificación de Instagram. Era un mensaje de sistema, de esos que aparecen con un fondo gris aséptico, pero lo que me dejó de piedra fue la fecha que encabezaba la notificación.

“Mañana, 8:14 PM”.

—¿Pero qué cojones…? —murmuré para mis adentros.

En España, si no dices “cojones” cuando algo falla, el universo no registra tu protesta. Revisé el reloj de la esquina superior. Las 20:11. Miércoles. Pero el mensaje decía claramente que su origen era el jueves a las 20:14. Debajo del texto, en una letra pequeña y casi insultante, ponía: “Mensaje programado”.

Lo primero que pensé, lógicamente, fue en un fallo del software. Alguna movida del huso horario, un bug de la última actualización que me había descargado por la mañana o quizá algún gracioso de mis amigos frikis que había encontrado la forma de enviarme un mensaje con la fecha trucada. “Venga, Javi, que no te la den con queso”, me dije. Estaba a punto de borrar la notificación y seguir buscando al percebe ideal cuando se me ocurrió abrir el mensaje completo.

Ahí es donde la gracia se fue por el sumidero y entró el frío.

El mensaje no era una broma de “te debo una caña”. Era una descripción. Una crónica detallada, fría y precisa de lo que yo estaba haciendo en ese preciso instante.

“Estás sentado en el sofá, con la pierna izquierda cruzada sobre la derecha. Te acabas de meter una patata frita demasiado grande en la boca y te estás rascando la barbilla porque te pica la barba de tres días. Tienes la tele puesta en silencio y la luz de la lámpara de pie parpadea ligeramente”.

Me quedé petrificado. La patata frita se me quedó a medio camino entre la lengua y la garganta, amenazando con ser la causa de mi muerte por asfixia ridícula. Bajé la vista. Efectivamente, mi pierna izquierda estaba sobre la derecha. Me toqué la barbilla. Me estaba rascando hacía un segundo. Miré la lámpara de pie, esa que compré en el Rastro y que siempre hace mal contacto. Parpadeó.

—Vale, muy bien —dije en voz alta, intentando recuperar mi valor madrileño—. Cámaras. Algún hijo de su madre me ha puesto una cámara en el salón. Dani, tiene que ser el imbécil de Dani.

Dani es mi mejor amigo, un experto en ciberseguridad que disfruta más hackeando los frigoríficos ajenos que saliendo de copas. Estaba convencido de que aquello era una de sus “bromas de concepto”. Iba a llamarle para soltarle cuatro frescas y decirle que se metiera sus mensajes programados por donde no brilla el sol, pero el mensaje seguía. Había más texto si hacías scroll hacia abajo.

“No es Dani, Javi. Ni hay cámaras. Deja de buscar el objetivo detrás del televisor, que te vas a dar un golpe en la cabeza”.

Me detuve en seco. Estaba, literalmente, a punto de levantarme para mirar detrás de la tele. El corazón me dio un vuelco. Esto ya no era un hackeo gracioso. Era… no sé ni cómo llamarlo. Sentí ese sudor frío que te baja por la nuca cuando te das cuenta de que la realidad se ha deshilachado un poco por las costuras.

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