¡”A MI PAPÁ NO LE PEGUEN”: el ÚLTIMO GRITO de ROXANA GUZMÁN mientras la S3CU3STR4N en VERACRUZ!
Eh, es un es un Lo que estás viendo ahora mismo son imágenes que muy pocos se atreven a mirar dos veces. una puerta de cristal, un marro que sube y baja en la oscuridad de la madrugada y del otro lado, dentro de la casa, una mujer que apenas unas horas antes seguía transmitiendo en vivo para su comunidad.
Es la periodista Roxana Berenice Guzmán Ramírez. Y estas son las últimas imágenes que se tienen de ella antes de que un grupo de hombres armados se la llevara de su propio hogar. Pero hay un detalle en este video que casi nadie te contó y es el que parte el alma. Mientras esos hombres la arrastraban hacia la puerta, Roxana no gritó por ella, no suplicó por su propia vida.
Lo último que se le escucha decir mientras golpeaban a un hombre tirado en el piso fueron cinco palabras: “A mi papá no le peguen.” Y mientras ves este video, ella sigue desaparecida. Martes 2 de junio de 2026, alrededor de las 6 de la mañana, Nanchital de Lázaro Cárdenas del Río, al sur de Veracruz, calle Balderas número 35, colonia primero de mayo.
A esa hora el pueblo todavía está dormido. No hay tránsito, no hay ruido, no hay testigos en la calle, solo el sonido de un marro golpeando contra una puerta de cristal una, dos, tres veces, hasta que el vidrio cede y la cerradura queda inservible. Lo que entra después no es un ladrón. Son cuatro hombres encapuchados, vestidos de negro, con pasamontañas, cargando armas largas y no vienen por el dinero, vienen por ella.
Pero el que sale a recibirlos no es Roxana, es su padre. Roxana Guzmán es la directora y fundadora de Pulso Informativo del Sureste. Un medio digital que ella misma levantó para contar lo que pasaba en su región. No una gran cadena nacional, no un estudio con luces y maquillaje. Una mujer con un teléfono transmitiendo en vivo desde el sur de Veracruz contando los problemas de la gente común.
Baches, abusos, accidentes, denuncias vecinales, lo pequeño, lo que nadie más cubría. En apenas unos meses su medio había juntado a 19,000 seguidores y por contar lo pequeño, un comando entró a su casa con un marro a las 6 de la mañana. Eso es lo que alcanzaste a ver en los noticieros. Un video impactante, un titular, 30 segundos de indignación.
Y a otra cosa, lo que los noticieros no te dijeron es todo lo que hay detrás de esa puerta rota. No te contaron quién era el hombre al que estaban golpeando en el suelo mientras se la llevaban. No te contaron lo que ella gritó antes de desaparecer. No te contaron por qué Roxana ya había huído de Veracruz una vez. ¿No te contaron que el estado donde ocurrió esto lleva 25 años siendo el más peligroso del país para ejercer el periodismo? Y sobre todo, no te contaron lo que ese video revela segundo a segundo. Aquí sí lo vamos a contar
completo. Vuelve al video. Mira otra vez. El primer hombre rompe el cristal con el marro, mete la mano, abre desde adentro y en ese instante dentro de la casa alguien reacciona. Un familiar que está junto a Roxana alcanza a gritarles a los encapuchados una advertencia desesperada. Espérate, hay un bebé en esa casa.
A las 6 de la mañana, mientras un comando armado entraba por la fuerza, había una criatura y aún así no se detuvieron. Pero hay alguien más en esa casa que tampoco se quedó quieto. El padre de Roxana, Fernando Guzmán, un hombre mayor, salió a poner el cuerpo para defender a su hija. Y aquí está lo que el padre mismo contó después con sus propias palabras y que ningún titular te repitió completo. Él lo dijo así.
Yo salí, pero a mí me agarraron y me golpearon. Me dieron unas patadas y me esposaron. Léelo otra vez. Despacio lo agarraron, lo golpearon, le dieron patadas, lo esposaron a un padre dentro de su propia casa por intentar proteger a su hija. Lo tiraron al piso a punta de golpes y según el relato de la familia perdió el conocimiento por la paliza.
terminó hospitalizado. Y mientras eso pasaba, mientras esos hombres pateaban a su papá en el suelo, Roxana, a la que ya estaban sometiendo, alcanzó a gritar lo único que le importaba en ese instante: “No suéltenme, no ayuda, sino a mi papá no le peguen.” Esa es la frase, esa es la mujer a punto de ser secuestrada y su última preocupación era el viejo en el piso. Ojo a este detalle porque importa.
No fue un asalto que salió mal, no fue un robo. Fue una operación pensada. Llegaron temprano cuando nadie ve. Traían herramienta para vencer la puerta. Iban encapuchados para no dejar rostro. Sometieron y golpearon a quien se interpuso y se llevaron a una sola persona de toda la casa, a la periodista, solo a ella.
Cuando un grupo armado planea una entrada así, no improvisa, sabe la hora, sabe la dirección, sabe quién duerme dentro. Y eso en el sur de Veracruz no es un dato menor. Ahora bien, ¿quién es realmente Roxana Guzmán? Porque esta no es la primera vez que la violencia toca su puerta. Y aquí es donde la historia que viste en la tele se queda corta.
Roxana ya había vivido el horror de Nanchital una vez. En marzo de 2017, su esposo Carlos Fernández Escalante fue asesinado a balazos en este mismo municipio. Lo mataron cerca de donde ella vivía y según reportó la prensa local de aquel entonces, él tenía antecedentes. Años antes había sido detenido con armas y droga y ya había sobrevivido a un ataque previo.
Las investigaciones sobre su muerte apuntaron entonces a viejas rencillas y a cuentas pendientes por saldar. Esa es la verdad incómoda y la vamos a decir tal cual. La historia de Roxana no es una postal limpia, es la historia real de una mujer que perdió a su esposo en un pueblo marcado por la violencia y que aún así decidió no rendirse porque mira lo que hizo después.
Tras el asesinato de su esposo, Roxana hizo lo que hacen miles de personas en este país cuando el miedo gana. Se fue. Abandonó Veracruz en 2017 por razones de seguridad. Dejó su tierra para sobrevivir. Pudo haberse quedado lejos para siempre. Nadie la habría culpado. Pero no lo hizo. A principios de 2026 regresó. Volvió al mismo estado del que había huído, al mismo sur donde la habían lastimado y, en lugar de esconderse, fundó un medio pulso informativo del sureste.
Agarró un teléfono y se puso a contar lo que pasaba. Volvió justo al lugar que la había obligado a huir para darle voz a la gente de ahí. Y eso, te guste o no la palabra, es valentía. Y aquí hay un objeto que tienes que tener en la cabeza durante toda esta historia porque es el centro de todo. Su teléfono, no una redacción, no un estudio, no un equipo de producción, un teléfono.
Roxana hacía transmisiones en vivo desde su celular, en redes sociales, cubriendo en tiempo real los problemas de su comunidad. Ese aparato era su micrófono, su cámara, su señal de televisión y su escudo, todo en uno. Le daba voz a gente que nunca aparecería en un noticiero nacional. La señora del mercado, el vecino de la colonia inundada, la familia que nadie escuchaba y un teléfono que transmite en vivo es para cierta gente la cosa más peligrosa del mundo.
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Un testigo que no se calla. Recuerda ese teléfono. Vamos a volver a él. Espera, porque aquí viene lo que de verdad pone los pelos de punta. ¿Qué estaba publicando Roxana en los días previos a que se la llevaran? No estaba destapando a un gran capo, no estaba revelando rutas de droga ni nombres de jefes de plaza.
Lo que estaba contando era todavía más cotidiano y por eso es más escalofriante. En los días anteriores al secuestro, Roxana había publicado sobre una denuncia de vecinos de Nanchital por la venta de huevo en mal estado, huevo echado a perder. Eso. Y también había dado voz a una familia que le exigía al ayuntamiento que se hiciera responsable de los gastos médicos de un accidente en el que estuvo involucrada una camioneta oficial.
Una camioneta del gobierno, detente y piénsalo. Una periodista que cubría huevo en mal estado y un choque de una camioneta oficial, cosas que en cualquier país normal jamás te costarían la libertad. Y aún así, alguien decidió que esa voz tenía que callar. No estamos diciendo, y quiero ser claro, que se sepa con certeza por qué se la llevaron.
Las autoridades no han confirmado el móvil, pero las organizaciones que defienden a la prensa sí están exigiendo algo muy concreto. Y ya vamos a llegar ahí, porque la pregunta que flota sobre todo esto es brutal. Si contar lo pequeño te puede costar esto, ¿qué tan podrido tiene que estar un lugar? Ahora vamos con la respuesta del Estado.
Y aquí hay que ser honestos, sin adornos. A las 12:18 horas de ese mismo martes, la Fiscalía General del Estado de Veracruz informó que ya tenía conocimiento del caso. A través de la Fiscalía Regional de Cuatzacoalcos abrió una carpeta de investigación por el delito de privación ilegal de la libertad.
La Secretaría de Seguridad Pública de Veracruz tomó el mando de las acciones y al operativo de búsqueda se sumaron la Secretaría de Marina, la Guardia Nacional y la Policía Ministerial, fuerzas estatales y federales desplegadas en la zona para tratar de localizarla. Y aquí déjame frenar un segundo porque es importante que no te vendan una película que no es esto.
No fue un operativo de Harf, no fue la federación cabalgando al rescate. Hasta este momento no hay un pronunciamiento del secretario de seguridad federal ni de la presidencia sobre este caso en particular. Quien encabeza esto es el gobierno de Veracruz y su fiscalía estatal con apoyo de Marina y Guardia Nacional. Y el titular que circuló por todos lados decía operativo para rescatar. Rescatar.
Esa palabra suena a final feliz, pero la realidad al cierre de esta información es otra. No hay recate. No la han localizado, no hay detenidos, ni siquiera ha habido una exigencia de rescate por parte de quienes se la llevaron. Lo que hay es un operativo de búsqueda que no es lo mismo y no te lo voy a pintar de otro color.
Tampoco te voy a inventar un culpable. En redes y en algunos medios se menciona que esa región del sur de Veracruz, la zona de Cuatzacoalcos, es territorio de disputa de grupos del crimen organizado. Pero eso es contexto geográfico, no una acusación. Ninguna autoridad ha nombrado a un grupo. Nadie ha reivindicado el secuestro.
Así que cuando alguien te diga con total seguridad qué cártel se la llevó, desconfía, porque a la hora de escribir esto, oficialmente no hay un nombre, hay un comando encapuchado, un marro, una puerta rota, un padre golpeado y una mujer desaparecida. Lo que sí hay y crece cada hora es presión. Y aquí entran las organizaciones que viste mencionadas de pasada en las noticias, pero que nadie te explicó.
Artículo 19. Una de las organizaciones más serias en defensa de la libertad de expresión, documentó la desaparición y exigió que la Fiscalía Estatal, el gobierno del estado y la Comisión de Búsqueda implementen acciones inmediatas y efectivas. Pero pidieron algo más, algo clave, que el trabajo periodístico de Roxana se considere como una línea de investigación prioritaria que apliquen el protocolo especial para delitos contra la libertad de expresión.
En otras palabras, que no traten esto como un secuestro cualquiera, sino que investiguen si la callaron por lo que publicaba y no fueron los únicos. La organización ZMAC, que defiende a las mujeres periodistas, activó su alerta y exigió la intervención inmediata de la Fiscalía Especializada Federal y del Mecanismo de Protección para periodistas.
Fue Smac quien recordó el dato que le da peso a todo esto, que Roxana abandonó Veracruz en 2017 por razones de seguridad y regresó apenas en 2026 para fundar su medio. Es decir, las autoridades estaban avisadas por la historia misma de esta mujer de que ejercer el periodismo en esa zona es jugarse la vida. La Comisión Estatal para la Atención y Protección de Periodistas también envió una comisión especial para acompañar a la familia.
Y escucha esto porque marca el tamaño del caso. Esto ya no es solo una historia local. La relatoría especial para la libertad de expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, un organismo internacional México, urgieron públicamente a las autoridades mexicanas a reforzar los operativos de búsqueda hasta la cadena CNN levantó el caso.
Un secuestro grabado en video en un pueblo del que pocos habían oído hablar encendió una alerta internacional por la libertad de prensa cuando organismos de fuera del país tienen que recordarle a México que busque a una periodista desaparecida. No es un detalle, es un boletín de vergüenza a escala mundial. Pero ojo, porque no todos hablaron igual.
Mientras las organizaciones exigían que se investigara su labor periodística desde la política, se escuchó otro tono. La diputada Berta Ahed Malpica declaró que no se tenía registro de denuncias previas por parte de Roxana y la describió como un secuestro perpetrado por civiles sin involucrar a funcionarios. Tú saca tus conclusiones.
Por un lado, los que defienden a la prensa diciendo, “Investiguen su trabajo.” Esto huele a censura. Por el otro, una voz oficial bajándole de tono. No había denuncias. Esto fue cosa de civiles. Dos relatos. Y en medio una mujer que sigue sin aparecer. Aquí es donde tenemos que abrir el mapa, porque el caso de Roxana no cae del cielo.
Es la gota más reciente de un río de sangre que lleva décadas corriendo. Y este es el dato que deberían repetirte en cada noticiero y casi nunca lo hacen. Veracruz es desde hace aproximadamente 25 años el estado más peligroso de México para ejercer el periodismo. 25 años. Las cuentas de las organizaciones hablan de alrededor de 31 periodistas asesinados en la entidad.
- No heridos, no amenazados, asesinados. Y el periodo más letal tiene nombre, el sexenio del exgobnador Javier Duarte, de diciembre de 2010 a finales de 2016 con alrededor de 18 comunicadores asesinados en solo 6 años. Cambiaron los gobiernos, los colores y los discursos, pero el lugar de Veracruz en la lista negra nunca se movió.
Espera, porque el dato se pone peor cuando le pones rostro y fecha reciente. El último periodista asesinado en Veracruz antes de este caso fue Carlos Leonardo Ramírez Castro, ultimado en Poza Rica a principios de enero de 2026. El primer comunicador asesinado de todo el país en 2026 fue otra vez de Veracruz.
Empezó el año y la primera sangre de la prensa nacional se derramó aquí. Y apenas 5co meses después, en el mismo estado, un comando entra con un marro a la casa de otra periodista, golpea a su padre y se la lleva. No es casualidad, es un patrón. Y para que dimensiones el tamaño de ese patrón, hay que mirar el país completo.
Según las organizaciones internacionales que vigilan la libertad de prensa, México fue señalado como el país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo en este periodo, por encima de naciones en guerra abierta y el goteo no para. Desde que la actual administración federal tomó el poder a finales de 2024, las cuentas ya suman alrededor de una docena de periodistas asesinados concentrados una y otra vez en los mismos estados.
Guerrero, Michoacán, Tamaulipas y cómo no, Veracruz. Roxana sabía en qué mapa estaba parada. Lo sabía mejor que nadie porque ya le había tocado huir de ahí una vez. Y aún así volvió. Esa decisión, la de volver a un lugar que te quiere callado, es la que hoy la tiene desaparecida. Y entonces, dos días después del secuestro, ese padre golpeado, el hombre al que tiraron al piso a patadas dentro de su propia casa, hizo algo que nadie debería tener que hacer.
De primera época le contento por también no ser a leer la capaz entender las estructuras financieras más sofisticadas de contemplar la empresa del mismo financiero. Lo parecía contemplarlas en 300 millones de pesos frente a las cámaras todavía lastimado, Fernando Guzmán se dirigió directamente a quienes se llevaron a su hija, no con amenazas, no con insultos, con una súplica. Sus palabras fueron estas.
Devuelvan a mi hija. Ella no les ha hecho nada. Si ser periodista desfavorece a todo mundo, pues entonces no va a haber periodistas. Detente en esa última línea. Si ser periodista molesta a todo el mundo, entonces no va a haber periodistas. Un padre sin querer acababa de resumir en una sola frase lo que está en juego en todo este país.
Porque ese es exactamente el final del camino, un México donde contar lo que pasa salga tan caro que ya nadie se atreva a hacerlo y donde lo único que le quede a un padre sea pedir por favor que le devuelvan a su hija. Y ahora la pregunta incómoda, la que casi nadie se atreve a hacer en voz alta. ¿De qué sirve un operativo después? Porque míralo con frialdad.
llega al comando, rompe la puerta, golpea al padre, se la lleva y la respuesta del aparato de seguridad llega después. La Marina, la Guardia Nacional, la policía, todos desplegados, buscando, peinando la zona. Pero el momento de protegerla era antes. Una mujer que ya había huido del estado por seguridad, que ya había perdido a su esposo a Balazos, que regresó a ejercer un oficio que en esa tierra mata.
¿Dónde estaba la protección preventiva? ¿Por qué siempre el estado llega a buscar el cuerpo o a rastrear la pista, pero casi nunca llega a tiempo para impedir que la puerta se rompa? Aquí viene lo que nadie cuenta sobre cómo funciona el miedo en estos lugares. Cuando se llevan a una periodista frente a su comunidad, frente a su propio padre, el mensaje no es solo para ella, es para todos los demás.
Para el reportero del pueblo de al lado que estaba a punto de publicar algo incómodo. Para el ciudadano que iba a grabar un abuso con su teléfono. El secuestro de Roxana es un anuncio. Dice, “Sin palabras, cállate.” Y cada hora que ella sigue desaparecida sin respuesta, ese anuncio se hace más fuerte. Porque la impunidad no es la ausencia de castigo, es una invitación a hacerlo otra vez.
Y en Veracruz esa invitación lleva 25 años aceptándose. Cada caso sin resolver le enseña al siguiente comando que se puede, que no pasa nada, que rompes una puerta a las 6 de la mañana, golpeas al que se interponga, te llevas a una periodista y la maquinaria se moverá tarde, lento y sin resultados. Esa lección repetida durante décadas es la que tiene a un estado entero con miedo a contar la verdad.
Comparte este video con alguien que todavía crea que el periodismo en México es un trabajo de escritorio cómodo y bien pagado, que vea lo que de verdad significa agarrar un teléfono en el sur de Veracruz y decidir contar lo que pasa. Porque mientras más gente entienda lo que está en juego, más cara le sale a quien quiere que todos nos quedemos callados.
El silencio es justo lo que el comando del marro vino a comprar esa madrugada. No se lo demos gratis. Volvamos a esa puerta de cristal. una última vez. Volvamos a las dos frases que se escuchan en ese video y que resumen todo lo que está roto en este país. La primera, espérate, hay un bebé.
Alguien tuvo que recordarle a un grupo armado que había una criatura en la casa para que tal vez, tal vez tuvieran un mínimo de cuidado. Y la segunda, la que dijo Roxana mientras la sacaban, “A mi papá no le peguen, piénsalo. En el peor momento de su vida, a punto de ser arrancada de su hogar, su última palabra no fue para ella, fue para proteger a su padre.
” Esas dos frases gritadas en la oscuridad son el retrato exacto de quiénes son las víctimas y quiénes son los verdugos. De un lado, una familia que hasta en el horror piensa en el bebé y en el viejo. Del otro, hombres que patean a un padre en el piso y se llevan a una madre de la noticia.
¿Te acuerdas del teléfono? Ese que era su micrófono, su cámara y su voz. Esa madrugada, por primera vez en mucho tiempo, ese teléfono se quedó callado. No hubo transmisión en vivo, no hubo buenos días a la comunidad, no hubo la nota del día. La voz que durante meses encendió la pantalla para contar lo que pasaba en el sub de Veracruz se apagó de golpe con el sonido de un marro.
Y esa es exactamente la victoria que busca quien hace esto, no solo llevarse a la persona, apagar la señal, que la pantalla se quede en negro, que mañana cuando alguien abra la aplicación esperando la transmisión de Roxana no encuentre nada. Ese vacío es el verdadero objetivo y ese vacío hoy ya está ahí. Hoy hay un operativo. Hoy hay un comunicado de la fiscalía.
Hoy hay organizaciones nacionales e internacionales exigiendo. Hoy hay un padre golpeado pidiendo por las cámaras que le devuelvan a su hija. Pero esta noche, varios días después, Roxana Guzmán sigue sin aparecer. El comando que entró por esa puerta sigue libre. Nadie ha sido detenido. Y en algún lugar del sur de Veracruz, otro reportero está decidiendo en este momento si publica o no la nota que tiene entre manos.
Mira su teléfono, mira la puerta de su casa y duda. Así que la pregunta que te dejo esta noche no es sobre Roxana, es sobre el silencio que viene después de ella. Cada vez que se llevan a una voz y nadie responde, otras 100 voces aprenden a callarse. Cuando ya nadie en tu región se atreva a grabar, a denunciar, a contar lo que pasa de verdad, cuando solo quede el boletín oficial y el silencio en la calle, dime una cosa, ¿quién va a contar lo que te está pasando a Yeah.