El sol de Madrid caía como un castigo divino sobre la terraza de La Latina. No era un calor de los que te invitan a pasear, sino de los que te obligan a pegarte a la sombra de un toldo de Mahou como si fuera un búnker. Marcos, con las gafas de sol puestas no por el resplandor, sino para ocultar unas ojeras que contaban historias de entregas de proyectos a las tres de la mañana, miraba fijamente su copa.
Elena, sentada frente a él, tenía esa cara. Esa cara que Marcos conocía desde los tiempos de la facultad: la expresión de quien ha visto a la Virgen o, en su defecto, ha cometido un error táctico de proporciones épicas.
—¿Me estás diciendo que lo ha dicho ya? —Marcos soltó la pregunta como quien interroga a un sospechoso de terrorismo internacional.
Elena se encogió de hombros, intentando que el gesto pareciera casual, pero sus dedos jugueteaban nerviosamente con una servilleta de papel que ya era más confeti que celulosa.
—Fue… natural, Marcos. Estábamos cenando, de estas veces que pides una ración de croquetas y la última está tan buena que os miráis y…
—¿Y por una croqueta de jamón ibérico el tío te suelta un “te quiero”? —interrumpió él, llevándose las manos a la cabeza—. Elena, por el amor de Dios, que lleváis tres semanas. Tres. Eso no son tres meses, ni tres años. Son veintiún días. En veintiún días no te da tiempo ni a saber si el otro ronca o si es de los que deja la tapa del váter levantada por convicción ideológica.
—Llevamos diecisiete días, en realidad —corrigió ella en voz baja—. Pero ha sido muy intenso.
Marcos soltó una carcajada seca que hizo que un señor de la mesa de al lado se girara.
—Diecisiete días. Eso es un récord, incluso para los estándares de Tinder. Elena, decir “te quiero” tan pronto es una mentira como una catedral. Es un artefacto publicitario. Es como cuando el banco te dice que “somos tu familia”: lo dicen para que no veas que te están cobrando comisiones por respirar.
—Eres un cínico, de verdad. Un descreído —bufó Elena, dándole un sorbo largo a su tinto de verano—. ¿Por qué no puede ser que lo sienta de verdad? Hay gente que conecta rápido. A lo mejor es una de esas “almas gemelas” de las que hablan en las películas que tú odias.
—O igual es que le gusta el drama —sentenció Marcos, señalando a su amiga con el dedo índice—. Hay un perfil de gente, Elena, y tú lo sabes, que necesita vivir en un videoclip de Malú permanentemente. Gente que si no siente que está en el clímax de una novela turca, se aburre. Ese “te quiero” no es para ti, es para él. Para sentirse el protagonista de una historia de amor épica mientras paga una cuenta de dieciocho euros en un bar de raciones.
La discusión no había hecho más que empezar. El camarero, un tipo con el pelo canoso y la paciencia de un monje budista, se acercó para dejarles una segunda ronda. Marcos pidió unos torreznos, convencido de que la grasa le ayudaría a procesar la magnitud de la tragedia.
—Mira —continuó Marcos, una vez el camarero se hubo marchado—, el “te quiero” tiene unos tiempos legales. Es como la declaración de la renta. No la puedes hacer en diciembre. Hay un periodo de carencia. Primero viene el “me gustas mucho”, luego el “estoy muy a gusto contigo”, después el “me haces falta” y, finalmente, tras haber superado al menos una crisis por culpa de un mensaje de WhatsApp mal interpretado, llega el “te quiero”. Saltarse esos pasos es dopaje emocional.
Elena suspiró, mirando hacia la Plaza de la Cebada.
—Borja no es así. Es… especial. Me mira de una forma que… no sé, me lo creo. Además, él lo soltó y no se puso tenso. Se quedó tan ancho. Como si estuviera diciendo que le gusta el gazpacho con mucho pepino.
—Claro que se quedó ancho, porque no tiene peso —insistió Marcos—. Lo que no cuesta, no pesa. Un “te quiero” a los diecisiete días vale lo mismo que una promesa electoral en plena campaña. Es humo. Es el “mañana te llamo” de las emociones.
La tensión cómica en la mesa era palpable. Elena quería creer que había encontrado el amor de su vida en menos de lo que tarda en caducar un yogur, y Marcos estaba decidido a ejercer de abogado del diablo, de fiscal del corazón y de guardia civil de los sentimientos.
—¿Y tú qué hiciste? —preguntó él de repente, con un brillo de malicia en los ojos—. Cuando lo soltó, ¿qué cara pusiste? No me digas que se lo devolviste.
Elena bajó la mirada hacia sus zapatillas. El silencio fue suficiente respuesta.
—¡No me fastidies! —exclamó Marcos—. ¡Se lo has devuelto! ¡Estamos perdidos! ¡Ha habido un choque de trenes de mentiras!
—¡No es una mentira! —gritó ella, aunque no muy convencida—. Es que… me salió. Me dio pena dejarlo ahí colgando, como un calcetín desparejado. Y además, en ese momento, con la luz de la vela y el vino… pues mira, me pareció que sí, que yo también le quería. Un poco. A ratos.
Marcos se tapó la cara con las manos.
—Elena, acabas de validar un billete falso. Ahora el tío se cree que esto es el inicio de “Titanic”, y ya sabes cómo acaba esa película: con uno de los dos congelado en el Atlántico porque la otra no le hace hueco en una tabla donde cabían perfectamente los dos.
—Eres insoportable —rio ella, dándole un empujón juguetón en el hombro—. Pero ahora ya está hecho. Estamos en la fase del “te quiero”. Y esta noche hemos quedado para ir a un concierto en el WiZink. ¿Qué hago? ¿Le pido que retire lo dicho? ¿Le hago un Excel con la progresión lógica de los afectos?
—Esta noche lo que vas a hacer es observar —dijo Marcos con tono profesoral—. Vas a buscar las grietas. Porque un “te quiero” prematuro siempre deja rastro. Es como una obra mal acabada: de lejos parece estupenda, pero en cuanto rascas un poco, sale el cemento barato.
PARTE 2: El manual del “Love Bomber” de manual
La noche en Madrid tiene un ritmo propio, una mezcla de bullicio, olor a fritanga y la promesa de que cualquier cosa puede pasar si te quedas lo suficiente en la calle. Marcos no pudo evitarlo. A pesar de sus críticas, o precisamente por ellas, acabó convenciendo a Elena para que le dejara “dejarse caer” por los alrededores del WiZink Center antes del concierto. Quería ver al espécimen. Quería analizar al hombre que lanzaba “te quieros” como si fueran folletos de una pizzería a domicilio.
Borja apareció diez minutos antes de la hora acordada. Punto para él por la puntualidad, pensó Marcos, oculto estratégicamente tras una columna mientras fingía mirar el móvil. Borja era… irritantemente perfecto para el papel. Llevaba una camisa de lino bien planchada (quién plancha el lino hoy en día, se preguntó Marcos con desprecio), unos vaqueros que parecían costar más que su coche y una sonrisa de esas que anuncian dentífricos o estafas piramidales.
Vio cómo se acercaba a Elena. No le dio un beso normal. Le dio un abrazo de esos que duran cinco segundos de más, levantándola un poco del suelo.
—Oh, no. Es un levantador —susurró Marcos para sí mismo—. El drama está servido.
Se acercó a ellos fingiendo sorpresa, como si encontrarse con su mejor amiga en el lugar exacto donde sabía que iba a estar fuera una coincidencia cósmica.
—¡Hombre, Elena! Qué casualidad —dijo Marcos, forzando una sonrisa que esperaba que no pareciera una mueca de dolor de muelas—. ¿Qué tal?
Elena le lanzó una mirada que decía claramente “si abres la boca para soltar una de tus teorías, te mato”, y luego procedió a las presentaciones.

—Borja, este es mi amigo Marcos. Marcos, Borja.
—Encantado, tío. He oído hablar mucho de ti —dijo Borja, estrechándole la mano con una firmeza que Marcos consideró innecesaria—. Elena dice que eres el tipo más sensato que conoce.
—Sensato es una forma elegante de decir que soy un pesado —respondió Marcos, analizando la mirada de Borja—. Pero bueno, alguien tiene que vigilar que nadie se salte los semáforos emocionales, ¿no?
Borja soltó una carcajada limpia, sonora. Demasiado limpia.
—¡Qué bueno! Los semáforos emocionales. Me gusta eso. Pero a veces, Marcos, hay que ir en dirección contraria si el destino vale la pena, ¿no crees?
Marcos sintió un escalofrío. El tío hablaba en frases de taza de Mr. Wonderful. Era peor de lo que imaginaba. Era un profesional.
—El problema de las direcciones contrarias es que sueles acabar con el radiador empotrado en un camión —replicó Marcos con una sonrisa gélida—. Pero bueno, disfrutad del concierto. He oído que el grupo es muy de… sentimientos fuertes.
Se despidió y se alejó unos metros, pero no se fue. Se sentó en un banco cercano y sacó su cuaderno de notas mental. Tenía que documentar esto. Elena estaba en peligro de ser absorbida por un agujero negro de intensidad romántica.
A la mañana siguiente, el teléfono de Marcos ardió. Eran las diez de la mañana de un sábado, una hora que para él debería estar prohibida por la Convención de Ginebra. Era Elena.
—Marcos, tienes que venir a desayunar. Ahora. Estoy en la cafetería de abajo.
—¿Qué ha pasado? ¿Ha habido boda sorpresa? ¿Ha comprado ya el terreno para el mausoleo familiar? —gruñó Marcos con la voz rota por el sueño.
—No bromees. Ha vuelto a pasar. Pero esta vez ha sido… diferente. Ven ya.
Quince minutos después, Marcos entraba en la cafetería. Elena tenía delante un café con leche y una tostada con tomate que no había tocado. Parecía que acababa de salir de un interrogatorio de la Stasi.
—Desembucha —dijo Marcos, sentándose sin quitarse las gafas de sol.
—Anoche, después del concierto… estábamos en el coche, aparcados cerca de mi casa. Estaba sonando una canción lenta, de esas que te ponen el corazón un poco blandito. Y de repente, se gira, me coge las manos y me dice: “Elena, creo que quiero que seas la madre de mis hijos”.
Marcos se quedó en silencio. Un silencio largo, pesado, roto solo por el sonido de la cafetera de brazo del bar.
—¿La madre de sus hijos? —repitió por fin—. ¿En el día dieciocho? Elena, eso ya no es un “te quiero” prematuro. Eso es una invasión en toda regla. Eso es saltarse el noviazgo, el matrimonio y la crisis de los siete años para ir directo al tribunal de familia.
—¡Lo sé! —exclamó ella, bajando la voz al darse cuenta de que estaba gritando—. Me quedé helada. No supe qué decir. Le dije algo así como: “Bueno, primero tendríamos que ver si nos ponemos de acuerdo con el nombre del perro”, intentando hacer la gracia, pero él se puso serio. Me dijo que él sabe lo que quiere cuando lo ve, y que conmigo lo ha visto claro desde el minuto uno.
—Es un “love bomber” de manual, Elena —dijo Marcos, recuperando su tono de analista—. Te está bombardeando con afecto y promesas de futuro para anular tu capacidad crítica. Es una táctica de marketing emocional. Crea una necesidad de seguridad y luego se presenta él como el único proveedor.
—¿Y si solo es un tío muy intenso? —preguntó ella, buscando una brizna de esperanza—. Mi tía abuela conoció a su marido en una feria, se casaron a las dos semanas y estuvieron cincuenta años juntos.
—Tu tía abuela vivía en una época donde no había Netflix ni aire acondicionado. La gente se casaba rápido porque no había otra cosa que hacer por las tardes —sentenció Marcos—. Hoy en día, si alguien te propone paternidad antes de saber si te gusta el cilantro, es que tiene un problema de cableado o que le gusta el drama más que a un guionista de “La que se avecina”.
—¿Tú crees que es por el drama?
—Cien por cien. Piénsalo. Si todo va normal, la vida es aburrida. Hay que ir a trabajar, pagar el alquiler, discutir por quién saca la basura. Pero si estás en una “historia de amor legendaria”, cada gesto es épico. El café de la mañana no es un café, es “el combustible de nuestro destino”. Las croquetas de ayer no eran comida, eran “el sello de nuestra unión”. El tío se está montando su propia película y tú eres la actriz secundaria que tiene que decir que sí a todo para que el guion no se caiga.
Elena se quedó pensativa, moviendo la cuchara en el café ya frío.
—Me da miedo que tengas razón. Porque, a ver, me gusta. Me gusta mucho. Es guapo, es divertido y me trata como si fuera de cristal. Pero cada vez que abre la boca para decir algo así, siento un nudo en el estómago que no sé si es mariposas o una úlcera de pánico.
—Es pánico, Elena. Escucha a tu estómago. El estómago es la única parte del cuerpo que no sabe mentir. El corazón es un romántico idiota y el cerebro es un negociador corrupto, pero el estómago… el estómago te está diciendo que ahí hay algo que no huele bien.
PARTE 3: La intervención y el contraataque del destino
El lunes, el grupo de WhatsApp que compartían con otros tres amigos (“Los Supervivientes del 92”) estaba que echaba humo. Marcos había soltado la bomba (sin nombres, pero todos sabían que se refería a Borja) y el debate nacional sobre los tiempos del amor se había instalado en sus pantallas.
Javi: “Tío, si me dice eso a las tres semanas, yo cambio de identidad y me mudo a Teruel.” Sara: “No seáis tan brutos. A lo mejor el chaval es un romántico de los de antes. Ya nadie se atreve a decir lo que siente.” Marcos: “Decir lo que sientes es una cosa. Proyectar una dinastía familiar antes de saber su segundo apellido es una patología.”
Elena leía los mensajes en silencio desde su oficina, sintiéndose como el centro de un experimento sociológico. Lo peor era que Borja le acababa de enviar un ramo de flores al trabajo. Un ramo enorme. De esos que no caben en un jarrón normal y que obligan a toda la oficina a preguntar “¿quién es el afortunado?”.
“Para que tu lunes sea tan brillante como tus ojos. Te quiero, E.”, decía la tarjeta.
Elena sintió una mezcla de vergüenza y agobio. Miró a su alrededor. Sus compañeras la miraban con una envidia mal disimulada. Ella solo quería esconderse debajo de la mesa. En ese momento, comprendió lo que Marcos quería decir con “crear una necesidad”. Se sentía obligada a estar a la altura de ese gesto. Se sentía obligada a ser la mujer que merece un ramo de cincuenta euros un lunes por la mañana.
Decidió llamar a Marcos a la hora de comer.
—Tenías razón. Ha enviado flores. Al trabajo. Con una nota que firma como “Te quiero, E.”.
—Ves —dijo Marcos al otro lado del hilo, con ese tono de “te lo dije” que tanto odiaba Elena—. Marcaje al hombre. Está ocupando tu espacio físico, tu espacio laboral y tu espacio mental. Es una invasión coordinada.
—¿Qué hago, Marcos? Si le digo que baje el ritmo, va a pensar que soy una fría o que no le quiero. Y el caso es que no quiero que se vaya, solo quiero que… no sé, que se comporte como un ser humano normal que vive en el siglo veintiuno.
—Tienes que hacer la prueba del algodón —propuso Marcos—. Esta noche, dile que no puedes quedar. Dile que tienes un plan aburridísimo, algo que no tenga nada de glamur. Dile que te vas a quedar en casa limpiando el horno o haciendo el inventario de tus calcetines. Si reacciona con comprensión, hay esperanza. Si reacciona con una frase de Paulo Coelho o intenta “rescatarte” del aburrimiento con una sorpresa épica, huye. Huye hacia el norte.
Elena aceptó el reto. Esa tarde, cuando Borja la llamó para proponerle una cena en un sitio nuevo que “acababa de descubrir y que era perfecto para ellos”, ella soltó su guion.
—Ay, Borja, me encantaría, de verdad. Pero es que tengo la casa hecha un desastre y me he propuesto pasar la tarde organizando los papeles del seguro y limpiando la campana extractora, que tiene más grasa que una freidora de feria. De verdad, necesito una tarde de ser una persona normal y aburrida.
Hubo un silencio al otro lado del teléfono. Un silencio que a Elena le pareció eterno.
—Entiendo… —dijo Borja finalmente, con una voz que sonaba ligeramente herida—. Pero Elena, la vida es demasiado corta para limpiar campanas extractoras cuando podríamos estar celebrando lo que tenemos. ¿Seguro que no quieres que vaya y te ayude? Podemos convertir la limpieza en algo divertido. Música, una botella de vino… lo haremos juntos.
Elena sintió un escalofrío. Era exactamente lo que Marcos había predicho. El tipo no aceptaba la normalidad. Todo tenía que ser transformado en un “momento inolvidable”.
—No, Borja, de verdad. Quiero hacerlo sola. Necesito un poco de tiempo para mí, sin música y sin vino. Solo yo y el desengrasante.
—Está bien… —suspiró él—. Pero que sepas que voy a estar pensando en ti cada segundo. Eres mi pensamiento constante, Elena. No lo olvides.
Cuando colgó, Elena se sintió agotada. No había limpiado nada, pero sentía que acababa de correr una maratón dialéctica. Llamó a Marcos.
—Ha fallado la prueba —dijo con voz plana.
—Cuéntamelo todo —respondió él, saboreando su victoria intelectual.
Tras escuchar el relato, Marcos no tardó en emitir su veredicto.
—Es un “Drama-adicto”. No soporta la idea de que seas una persona independiente con necesidades mundanas. Para él, tú solo existes en relación a su narrativa romántica. Si no estás con él o pensando en él, el guion se detiene, y eso le aterra.
—Pero Marcos, ¿y si de verdad me quiere tanto que no puede evitarlo? —preguntó Elena, en un último intento de defensa propia—. A lo mejor soy yo la que tiene un problema de compromiso.
—Elena, el amor de verdad es el que te deja limpiar la campana extractora en paz —dijo Marcos con una sabiduría inesperada—. El amor de verdad sabe que hay lunes de mierda, que hay pelos por la mañana y que hay días en los que no quieres ser la “musa” de nadie. Lo que él tiene es una adicción a la fase de luna de miel. En cuanto la realidad asome la cabeza —y la realidad siempre asoma la cabeza, normalmente en forma de una factura del gas o de un resfriado con mocos—, ese tío va a desaparecer porque la realidad no es fotogénica.
PARTE 4: El desenlace en el templo de la verdad (un bar de raciones)
Pasaron tres días sin que Elena y Borja se vieran. Él seguía enviando mensajes intensos: “La distancia es solo el combustible de mi deseo”, “He soñado con tu risa y me he despertado llorando de alegría”. Elena, siguiendo el consejo de Marcos, empezó a responder de forma deliberadamente mundana: “Pues yo he soñado que me olvidaba de comprar huevos”, “Hoy he tenido mucho trabajo, voy a dormir ocho horas seguidas”.
La tensión llegó a su punto crítico el jueves por la noche. Habían quedado para cenar, esta vez por insistencia de ella, en un bar de los de toda la vida. Nada de velas, nada de comida fusión. Un sitio de los que tienen serrín en el suelo y el menú escrito con tiza en una pizarra manchada de aceite.
Borja llegó con el semblante serio. Ya no sonreía como en el anuncio de dentífrico. Se sentó y miró el mantel de papel cuadriculado con una mezcla de confusión y asco.
—Elena, tenemos que hablar —dijo, usando la frase que ha destruido más parejas que la infidelidad—. Siento que te estás alejando. Siento que… que estás poniendo muros entre nosotros. ¿Es por lo que te dije del futuro? ¿Es porque te asusta la intensidad de lo que siento?
Elena respiró hondo. Miró a su alrededor. En la mesa de al lado, una pareja de ancianos compartía una ración de calamares en silencio, con una complicidad que no necesitaba de frases épicas.
—Borja, no es que me asuste. Es que me agota —dijo ella con sinceridad—. Dices que me quieres desde la segunda semana. Dices que quieres que sea la madre de tus hijos antes de saber si me gusta viajar en tren o en coche. Me mandas flores al trabajo cuando apenas nos estamos conociendo. Todo es demasiado grande, demasiado pronto. Siento que estás enamorado de la idea de estar enamorado, pero no me estás viendo a mí.
Borja abrió los ojos, indignado.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡Lo doy todo por ti! ¡Te he puesto en el centro de mi universo!
—Y ese es el problema —intervino una voz desde la mesa de atrás.
Era Marcos. Por supuesto que era Marcos. Había estado sentado allí desde media hora antes, con una gorra y un periódico, fingiendo ser un cliente más. No podía perderse el clímax de la temporada.
Borja se giró, furioso.
—¿Tú otra vez? ¿Qué haces aquí?
—Vigilar el cumplimiento de las leyes de la lógica emocional —dijo Marcos, quitándose la gorra y sentándose a la mesa sin invitación—. Mira, Borja, eres un buen tipo, seguro. Pero estás sufriendo un caso grave de “Síndrome del Protagonista”. Quieres que tu vida sea una película y has elegido a Elena para que sea tu coprotagonista. Pero se te ha olvidado preguntarle si ella quería ese papel o si prefería uno en una serie de comedia costumbrista donde se puede hablar de caca y de facturas de la luz.
—¡Tú no sabes nada de nosotros! —gritó Borja, levantándose—. ¡Lo nuestro es especial! ¡Es único!
—Nada es único a los diecisiete días, campeón —replicó Marcos con calma—. A los diecisiete días todo es una hipótesis. El amor de verdad es una carrera de fondo, y tú estás intentando ganar el maratón en los primeros cien metros. Te vas a quedar sin aire, y lo que es peor, la vas a asfixiar a ella.
Borja miró a Elena, esperando que ella lo defendiera, que expulsara al intruso, que validara su drama. Pero Elena estaba allí, sentada, mirando sus manos sobre el mantel de papel.
—Marcos tiene razón, Borja —dijo ella en voz baja—. Me gusta que seas detallista, pero me asusta tu prisa. El amor no es un concurso de quién dice la frase más bonita primero. Es… es otra cosa. Es tiempo. Y tú no me estás dando tiempo, me estás dando un ultimátum de felicidad perpetua.
Borja se quedó petrificado. Su máscara de galán épico se resquebrajó por primera vez. Ya no parecía el protagonista de un romance, sino un niño al que le habían dicho que los Reyes Magos son los padres.
—Si no podéis ver la belleza de lo que ofrezco… entonces es que no me merecéis —dijo, en un último y desesperado intento de mantener el drama—. Me voy. No pienso quedarme donde se desprecia el sentimiento puro.
Salió del bar con paso firme, esperando quizás que Elena saliera corriendo tras él, bajo una lluvia imaginaria, mientras sonaba un violín de fondo. Pero no llovía. Y Elena no se movió.
Se hizo un silencio largo en la mesa. Marcos miró a su amiga.
—¿Estás bien? —preguntó, esta vez sin rastro de ironía.
Elena suspiró, un suspiro que pareció quitarle un peso de encima de mil toneladas.
—Estoy… aliviada. Tenías razón, Marcos. Decir “te quiero” tan pronto es una mentira. A lo mejor no es una mentira malintencionada, pero es una mentira. Es como intentar construir el tejado antes de poner los cimientos.
—Bueno —dijo Marcos, llamando al camarero con un gesto—, ahora que el drama se ha ido por la puerta, ¿qué te parece si empezamos por los cimientos de verdad?
—¿Y cuáles son esos?
—Una ración de oreja a la plancha y un par de cañas bien frías. Y te prometo que, durante la próxima hora, no voy a decirte que te quiero ni una sola vez. Como mucho, te diré que “me caes aceptablemente bien para ser una romántica empedernida”.
Elena rio. Una risa de verdad, de las que salen del estómago y no de un guion preestablecido.
—Me vale, Marcos. Me vale perfectamente.
Mientras el camarero traía las cañas, Marcos miró hacia la puerta por donde se había ido Borja. Sabía que, en algún lugar de Madrid, aquel tipo ya estaría buscando a su próxima “musa”, ensayando un nuevo “te quiero” para soltarlo en la primera cena, convencido de que la vida es un videoclip.
Pero allí, en aquel bar de raciones, la realidad se sentía mucho mejor. No era épica, no era fotogénica y no tenía banda sonora, pero era real. Y en el fondo, pensó Marcos mientras brindaba con Elena, eso era lo único que importaba. Porque decir “te quiero” es fácil. Lo difícil es quedarse a limpiar la campana extractora cuando la magia de los primeros diecisiete días se acaba.
—Por los semáforos emocionales —dijo Elena, chocando su vaso con el de él.
—Por el sentido común —replicó Marcos—. Y por los torreznos, que esos nunca te mienten.
Y así, entre el ruido de los platos y las risas de la gente, la noche continuó. Sin dramas, sin promesas de eternidad y sin invasiones de espacio. Solo dos amigos, un par de cervezas y la certeza de que, a veces, la mayor prueba de amor es, simplemente, saber esperar el momento adecuado para decirlo. Porque cuando algo es verdad, no necesita correr. Y cuando algo corre demasiado, es que probablemente está huyendo de la realidad.
Fin de la crónica. O quizás, solo el principio de una historia que, por fin, iba a tomarse su tiempo.