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El artefacto explosivo en la mesa tres

PARTE 1: El artefacto explosivo en la mesa tres

El sol de Madrid caía como un castigo divino sobre la terraza de La Latina. No era un calor de los que te invitan a pasear, sino de los que te obligan a pegarte a la sombra de un toldo de Mahou como si fuera un búnker. Marcos, con las gafas de sol puestas no por el resplandor, sino para ocultar unas ojeras que contaban historias de entregas de proyectos a las tres de la mañana, miraba fijamente su copa.

Elena, sentada frente a él, tenía esa cara. Esa cara que Marcos conocía desde los tiempos de la facultad: la expresión de quien ha visto a la Virgen o, en su defecto, ha cometido un error táctico de proporciones épicas.

—¿Me estás diciendo que lo ha dicho ya? —Marcos soltó la pregunta como quien interroga a un sospechoso de terrorismo internacional.

Elena se encogió de hombros, intentando que el gesto pareciera casual, pero sus dedos jugueteaban nerviosamente con una servilleta de papel que ya era más confeti que celulosa.

—Fue… natural, Marcos. Estábamos cenando, de estas veces que pides una ración de croquetas y la última está tan buena que os miráis y…

—¿Y por una croqueta de jamón ibérico el tío te suelta un “te quiero”? —interrumpió él, llevándose las manos a la cabeza—. Elena, por el amor de Dios, que lleváis tres semanas. Tres. Eso no son tres meses, ni tres años. Son veintiún días. En veintiún días no te da tiempo ni a saber si el otro ronca o si es de los que deja la tapa del váter levantada por convicción ideológica.

—Llevamos diecisiete días, en realidad —corrigió ella en voz baja—. Pero ha sido muy intenso.

Marcos soltó una carcajada seca que hizo que un señor de la mesa de al lado se girara.

—Diecisiete días. Eso es un récord, incluso para los estándares de Tinder. Elena, decir “te quiero” tan pronto es una mentira como una catedral. Es un artefacto publicitario. Es como cuando el banco te dice que “somos tu familia”: lo dicen para que no veas que te están cobrando comisiones por respirar.

—Eres un cínico, de verdad. Un descreído —bufó Elena, dándole un sorbo largo a su tinto de verano—. ¿Por qué no puede ser que lo sienta de verdad? Hay gente que conecta rápido. A lo mejor es una de esas “almas gemelas” de las que hablan en las películas que tú odias.

—O igual es que le gusta el drama —sentenció Marcos, señalando a su amiga con el dedo índice—. Hay un perfil de gente, Elena, y tú lo sabes, que necesita vivir en un videoclip de Malú permanentemente. Gente que si no siente que está en el clímax de una novela turca, se aburre. Ese “te quiero” no es para ti, es para él. Para sentirse el protagonista de una historia de amor épica mientras paga una cuenta de dieciocho euros en un bar de raciones.

La discusión no había hecho más que empezar. El camarero, un tipo con el pelo canoso y la paciencia de un monje budista, se acercó para dejarles una segunda ronda. Marcos pidió unos torreznos, convencido de que la grasa le ayudaría a procesar la magnitud de la tragedia.

—Mira —continuó Marcos, una vez el camarero se hubo marchado—, el “te quiero” tiene unos tiempos legales. Es como la declaración de la renta. No la puedes hacer en diciembre. Hay un periodo de carencia. Primero viene el “me gustas mucho”, luego el “estoy muy a gusto contigo”, después el “me haces falta” y, finalmente, tras haber superado al menos una crisis por culpa de un mensaje de WhatsApp mal interpretado, llega el “te quiero”. Saltarse esos pasos es dopaje emocional.

Elena suspiró, mirando hacia la Plaza de la Cebada.

—Borja no es así. Es… especial. Me mira de una forma que… no sé, me lo creo. Además, él lo soltó y no se puso tenso. Se quedó tan ancho. Como si estuviera diciendo que le gusta el gazpacho con mucho pepino.

—Claro que se quedó ancho, porque no tiene peso —insistió Marcos—. Lo que no cuesta, no pesa. Un “te quiero” a los diecisiete días vale lo mismo que una promesa electoral en plena campaña. Es humo. Es el “mañana te llamo” de las emociones.

La tensión cómica en la mesa era palpable. Elena quería creer que había encontrado el amor de su vida en menos de lo que tarda en caducar un yogur, y Marcos estaba decidido a ejercer de abogado del diablo, de fiscal del corazón y de guardia civil de los sentimientos.

—¿Y tú qué hiciste? —preguntó él de repente, con un brillo de malicia en los ojos—. Cuando lo soltó, ¿qué cara pusiste? No me digas que se lo devolviste.

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