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A los 59 años, Enrique Peña Nieto FINALMENTE admite lo que todos sospechábamos de su mandato

A los 59 años, Enrique Peña Nieto FINALMENTE admite lo que todos sospechábamos de su mandato

Actualidad, una exclusiva finca en Madrid. El cielo europeo es impecable. Un hombre de mediana edad enfundado en un polo de diseñador balancea tranquilamente su palo de golf. Sonríe. A 10,000 km de distancia bajo el sol implacable del desierto, decenas de madres mexicanas escarvan la arena con sus propias manos.

 Buscan fragmentos de huesos. Buscan a sus hijos desaparecidos en fosas clandestinas. El hombre que respira paz en el viejo continente solía ser su presidente, Enrique Peña Nieto. Como el hombre que fue empaquetado y vendido como el príncipe azul de una nación, terminó huyendo por la puerta trasera de un país en llamas, dejando atrás el legado más oscuro y sangriento de la historia moderna.

Estado de México. Las entrañas del todopoderoso grupo Atlacomulco. Un linaje hermético casi feudal donde el poder político no se gana en las urnas, se hereda en la sangre. Enrique Peña Nieto no nace para ensuciarse los zapatos en las calles de terracería. No conoce el hambre, ni la frustración, ni el miedo de la clase trabajadora.

 Desde su primer aliento, es colocado cuidadosamente dentro de una burbuja de cristal. La psicología clínica define este fenómeno como el síndrome del niño elegido. Es crecer con la certeza absoluta e incuestionable de que el destino de una nación te pertenece por derecho de cuna. Pero observemos con frialdad el método de su crianza.

 A diferencia de los grandes líderes históricos forjados en la adversidad a él, no lo educan para ser un estadista, no lo exponen al debate feroz, no le enseñan a desarrollar un pensamiento crítico profundo o una empatía social genuina. Lo entrenan literal y metafóricamente para la cámara de televisión.

 Detengan la mirada en sus primeros años de ascenso en la política local. Observen sus movimientos corporales. La forma casi mecánica en que inclina la cabeza para saludar a la multitud. El copete negro perfectamente esculpido y solidificado, desafiando cualquier ráfaga de viento. La sonrisa de dentífrico ensayada y calculada al milímetro frente a un espejo.

 No hay espontaneidad. Todo es una coreografía política ejecutada a la perfección. En los pasillos más fríos y oscuros del poder, los verdaderos arquitectos del partido, los dinosaurios de la vieja guardia política, lo observan desde las sombras. Ellos no buscan a un pensador brillante. Ven frente a sí un producto comercial perfecto, un envase estético sin fisuras.

 Para la primera década de los 2000, México es un país desgarrado, herido por la violencia armada, cansado de burócratas grises y discursos fúnebres. Las cúpulas del poder entienden una máxima macabra para recuperar el control absoluto del país. No necesitan ofrecer soluciones reales. Necesitan ofrecer una fantasía, un actor principal que encaje en el horario estelar.

 Alguien que no cuestione las órdenes y que posea la capacidad anatómica de leer un teleprompter luciendo como un galán de telenovela. El trágico final de su historia ya estaba sellado en estos años formativos. Lo estaban moldeando desde sus cimientos. Lo estaban vaciando quirúrgicamente de cualquier convicción personal genuina, dejándolo hueco por dentro para poder rellenarlo con los guiones dictados por las corporaciones mediáticas.

 Le enseñaron a posar con elegancia, a abrazar a las masas y a sonreír sin parpadear en medio de la miseria ajena. Pero la trampa letal de construir a un ser humano exclusivamente con materiales de utilería es que cuando llega el momento de enfrentar una crisis de verdad, cuando la sangre real de los ciudadanos salpica los zapatos italianos hechos a la medida, el actor descubre aterrorizado que no hay un director de escena para gritar corte. Julio de 2012.

La maquinaria electoral más formidable de América Latina despierta de su letargo. El Partido Revolucionario Institucional PRI, el antiguo Leviatán, que gobernó México con Mano de Hierro durante 70 años, prepara su gran regreso y lo hace montado sobre su criatura mediática perfecta. Hablemos de cifras, porque en la política moderna convertida en espectáculo, las cifras reemplazan a las ideologías.

 Decenas de millones de dólares fluyen en la campaña. Más de 38 millones de spots de radio y televisión saturan las ondas. Es un bombardeo psicolélgico sin precedentes. La contienda presidencial de Enrique Peña Nieto deja de ser un movimiento político. Se transforma en una superproducción de Hollywood financiada con presupuestos opacos.

 El verdadero clímax de esta temporada televisiva ocurre incluso antes de las elecciones. Noviembre de 2010, la majestuosa catedral de Toluca. El joven heredero contrae matrimonio con Angélica Rivera la Gaviota, la heroína indiscutible de las telenovelas de mayor rating del país. Visualicen la escena a cámara lenta.

 El vestido blanco inmaculado que barre el suelo de mármol. Los miles de invitados de la élite mexicana. Las cámaras del monopolio televisivo transmitiendo en vivo inyectando la imagen directamente en la vena de millones de hogares. Es un cuento de hadas diseñado quirúrgicamente en los oscuros laboratorios del marketing electoral.

No están uniendo dos vidas, están fusionando el aparato del estado con el monopolio absoluto de la pantalla chica. El día de las elecciones, la realidad simplemente obedece al guion. Más de 19 millones de votos lo coronan como el líder supremo de México. La gloria internacional no se hace esperar.

 Las portadas de la revista Time lo coronan con un titular majestuoso Saving México. Salvando a México. Los mercados financieros mundiales aplauden de pie. Las élites extranjeras celebran la llegada de un líder joven carismático impecablemente vestido con trajes de sastrería europea y un copete desafiante a la gravedad. El triunfo es absoluto.

 La luz de los reflectores lo baña en una majestuosidad casi divina. Ha tocado el techo del mundo, pero la física cuántica del poder dicta una regla inquebrantable, una regla que él estaba a punto de aprender a la mala. Mientras más deslumbrante e intensa es la luz del escenario, más aterradora y densa es la sombra que proyectas a tus espaldas.

Mientras el nuevo presidente brindaba con champán francés en lostuosos salones de Palacio Nacional, sonriendo para las cámaras del mundo entero, el país real seguía desangrándose. La guerra contra el narcotráfico seguía apilando cadáveres en las carreteras polvorientas. Deténganse a pensar en la psicología de un hombre que en el fondo de su ser sabe que es un producto comercial.

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