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MEXICO EN PELIGRO! La DERECHA ARRASA COLOMBIA y MANDA un FUERTE MENSAJE

MEXICO EN PELIGRO! La DERECHA ARRASA COLOMBIA y MANDA un FUERTE MENSAJE

Martes 2 de junio de 2026, México en peligro. La derecha arraza Colombia y manda un fuerte mensaje. Hay noches en las que América Latina despierta distinta. Noches en las que los mapas políticos, que parecían fijos, inamovibles, construidos para durar décadas, se reconfiguran en cuestión de horas con una velocidad que ningún analista, ningún modelo estadístico y ningún gobierno en la región alcanza a procesar antes de que el Sol salga al día siguiente.

 La madrugada del martes 2 de junio de 2026 fue una de esas noches y lo que ocurrió en Colombia mientras México dormía tiene implicaciones para este país que van mucho más allá de lo que los titulares de las próximas horas van a alcanzar a describir. Porque lo que los resultados electorales colombianos revelaron en las primeras horas de este martes no es solo la victoria de un bloque político sobre otro en un país sudamericano con el que México comparte frontera ideológica, pero no territorial.

 Es algo más profundo, más estructural y más difícil de ignorar para cualquier gobierno que en este momento esté esté sosteniendo un proyecto político de izquierda en la región. Es la demostración documentada en millones de votos y en resultados que los propios observadores internacionales describen como aplastantes, de que el péndulo político latinoamericano no solo se mueve, sino que cuando lo hace, lo hace con una fuerza que no avisa, que no negocia y que no deja margen de reacción para quienes estaban convencidos de que

su momento era permanente. Escribe en los comentarios si creías que algo así podía pasar en Colombia, porque lo que ocurrió esta madrugada tiene un nombre que en los círculos políticos de la región ya están pronunciando con una mezcla de asombro y de reconocimiento. Terremoto, no como metáfora de impacto mediático, sino como descripción técnica de lo que un resultado electoral de esta magnitud significa para el equilibrio de fuerzas en América Latina.

 Para entender por qué lo que ocurrió en Colombia esta madrugada encendió alarmas en México con una intensidad que las fuentes cercanas a Palacio Nacional ya no están intentando disimular. Es necesario entender primero el contexto en el que esa victoria se produjo. Colombia llegó a estas elecciones con Gustavo Petro en la presidencia, el primer mandatario de izquierda en la historia e día de un país que durante décadas fue uno de los valuartes más sólidos del conservadurismo latinoamericano.

 un país que vivió décadas de conflicto armado con guerrillas de orientación marxista, que construyó su identidad política moderna en oposición precisamente a los modelos que Petro representaba y que sin embargo en 2022 decidió dar un giro histórico y entregarle el poder a alguien cuyo proyecto político tenía más puntos de contacto con Caracas y con La Habana que con Bogotá y Medellín en su versión tradicional.

 Ese giro de 2022 fue celebrado en toda la región como la confirmación de que la marea progresista latinoamericana era imparable. México lo interpretó como una señal de alineación regional. Venezuela lo recibió como un triunfo propio. Cuba lo procesó como una extensión de su esfera de influencia simbólica y los analistas que entonces describían el mapa político de América Latina como irreversiblemente inclinado hacia la izquierda, encontraron en la victoria de Petro el argumento definitivo para sostener esa lectura.

 Lo que nadie de ese bloque analítico estaba calculando con suficiente precisión era la velocidad con la que 3 años y medio de gobierno de Petro iban a erosionar esa percepción de inevitabilidad. Porque Colombia bajo Petro no fue la promesa que sus votantes imaginaron en las urnas de 2022.

 fue algo bastante más complicado, bastante más turbulento y bastante más costoso para millones de colombianos que comenzaron a sentir en su vida cotidiana las consecuencias de decisiones de política económica, de seguridad y de relaciones internacionales que sus defensores describían como transformadoras y que sus críticos describían con una palabra más sencilla y más precisa, desastrosas.

La economía colombiana registró en el periodo de petro niveles de inflación que golpearon con particular dureza a los sectores de ingresos medios y bajos, precisamente los sectores que en 2022 habían votado por él con la convicción de que su gobierno mejoraría sus condiciones de vida. La tasa de desempleo, que había comenzado a recuperarse después de la pandemia, mostró comportamientos irregulares que los economistas vincularon con la incertidumbre, generada por las reformas estructurales que el gobierno intentó

impulsar sin el consenso legislativo necesario para hacerlas sostenibles. La reforma a la salud, el intento de reforma pensional y las modificaciones al régimen laboral generaron una resistencia que no venía solo de los sectores empresariales y de las élites tradicionales, sino de sindicatos, de médicos, de trabajadores del sector salud y de millones de colombianos de clase media que vieron en esas reformas no una mejora de sus condiciones, sino una amenaza a las estructuras que les daban cierta estabilidad. Pero si la

economía fue el detonador del descontento, la seguridad fue el combustible que lo convirtió en incendio político. Colombia tiene una historia con la violencia armada que ningún otro país de América Latina puede igualar en términos de complejidad, de duración y de costo humano. El proceso de paz con las FARC, firmado en 2016 fue un logro histórico que ningún gobierno posterior podía ignorar, pero también creó vacíos territoriales que otras estructuras armadas, el ELN, las disidencias de las FARARC, los grupos de crimen organizado

vinculados al narcotráfico llenaron con una velocidad que el estado colombiano no fue capaz de anticipar ni de contener. bajo Petro. La estrategia de seguridad adoptó un enfoque de Dialco con esas estructuras armadas que sus promotores describían como paz total y que en la práctica produjo resultados que los colombianos que vivían en las regiones donde esas estructuras operaban describían en términos considerablemente menos optimistas.

 Las cifras de secuestros aumentaron en periodos específicos del gobierno. Las extorsiones a comerciantes y pequeños empresarios se intensificaron en regiones donde los grupos armados habían acordadoes al fuego, que respetaban cuando les convenía y violaban cuando les resultaba más rentable hacerlo. y la sensación de inseguridad en ciudades como Bogotá, Medellín y Cali alcanzó niveles que las encuestas de percepción ciudadana registraron de manera consistente y que ningún comunicado oficial del gobierno logró revertir en la opinión pública. Escribe en los

comentarios si crees que la situación de Colombia tiene algún parecido con lo que está pasando en México. Porque esta pregunta que parece referirse a un país diferente en pocas horas va a volverse mucho más relevante para entender lo que esta madrugada generó en los pasillos del gobierno federal mexicano. Suscríbete si te gusta el video.

 El bloque de derecha que arrasó en las urnas colombianas esta madrugada construyó su campañanja sobre tres ejes que analizados en conjunto explican con precisión quirúrgica por qué su victoria fue tan contundente como para que los observadores internacionales la calificaran de aplastante desde las primeras horas del conteo.

 El primer eje fue económico, la promesa de estabilidad, de reglas claras para la inversión privada, de reducción de la incertidumbre regulatoria y de políticas fiscales que no penalizarcan la creación de empleo formal. El segundo eje fue el de la seguridad, el rechazo explícito a la estrategia de paz total de Petro y la propuesta de retomar una política de seguridad basada en la presencia del Estado y en la aplicación efectiva de la ley en los territorios donde las estructuras armadas habían recuperado influencia. El tercer eje fue el más

político y el más directo en sus implicaciones regionales, el rechazo explícito al modelo que Petro representaba como expresión regional de lo que sus críticos denominan el socialismo del siglo XXI. Ese tercer eje es el que convirtió la victoria colombiana de esta madrugada en algo más que un resultado electoral interno, porque el principal líder de la derecha colombiana no esperó al día siguiente para hacer explícita la dimensión regional de su triunfo.

 En las primeras horas del conteo, cuando los resultados ya hacían matemáticamente imposible una remontada del bloque progresista, ese líder se paró frente a a las cámaras con la seguridad de alguien que sabe que el mundo está mirando y emitió un mensaje que fue diseñado no solo para los colombianos que lo habían votado, sino para toda la región.

 “Colombia ha despertado”, dijo. “Hoy rechazamos el socialismo del siglo XXI y volvemos al camino de la libertad, la empresa y la seguridad. A México le decimos, “El modelo que están imponiendo solo lleva al caos y a la ruina. No permitiremos que el comunismo se expanda en la región. Detente un momento en eso. El principal líder de la derecha colombiana en su discurso de victoria, en la noche de su triunfo más importante, eligió mencionar a México de manera explícita y directa, no como ejemplo abstracto ni como referencia geopolítica general,

sino como destinatario específico de un mensaje político con un contenido preciso. Lo que México está haciendo no funciona. Lo que México está construyendo es el mismo modelo que Colombia acaba de rechazar y la región está observando con suficiente atención como para que ese rechazo tenga consecuencias que van más allá de las fronteras colombianas.

Ese nivel de especificidad en un discurso de victoria electoral no es accidental. Los discursos de ese tipo no se improvisan, no surgen del entusiasmo del momento ni de la emoción de una noche de resultado. Se construyen, se diseñan y se calibran con una precisión que refleja las prioridades estratégicas de quien los pronuncia.

 Y la decisión de mencionar a México de manera explícita en ese discurso refleja algo que los analistas de política exterior latinoamericana ya estaban observando desde meses antes. Colombia o más precisamente el bloque político que acaba de tomar el control del Congreso colombiano y que se posiciona para recuperar la presidencia en el siguiente ciclo electoral, se está convirtiendo en el punto de articulación de una narrativa regional de derecha que tiene a México como uno de sus objetivos políticos más visibles.

¿Por qué México? Porque México, con la tercera economía más grande de América Latina y con una influencia cultural, demográfica y geopolítica que ningún otro país de la región puede agalar en términos de proyección hacia el norte, representa para ese block político de derecha latinoamericano algo que Colombia nunca representó.

 Un símbolo, si el modelo progresista funciona en México, si la política económica, la seguridad y el proyecto de transformación social que el gobierno federal ha estado implementando produce resultados tangibles y sostenibles, ese modelo se convierte en un argumento difícil de refutar para cualquier candidato de izquierda en cualquier otro país de la región.

 Si fracasa o si puede construirse la narrativa de que está fallando, ese fracaso se convierte en el argumento más poderoso disponible para cualquier bloque de derecha que esté buscando recuperar terreno. Y aquí viene algo que muy pocos están diciendo esta mañana. Colombia no es el primer domino que cayó.

 es el más reciente y el más ruidoso, pero no es el primero. El mapa político latinoamericano ha estado cambiando con una discreción que los medios que celebraron la marea progresista de principios de los años 20 no le han dedicado el análisis que merece. Argentina ya lo hizo con una velocidad y una radicalidad que Javier Miley convirtió en espectáculo global.

Ecuador reeligió a Daniel Nboa con un mandato renovado para su política de seguridad que combina mano dura y apertura económica en proporciones que la derecha regional presenta como modelo alternativo al progresismo. Paraguay nunca abandonó su orientación conservadora. Uruguay giró hacia el centro derecha con una tranquilidad institucional que lo hizo menos dramático, pero no menos significativo.

Y ahora Colombia. Eso no es casualidad estadística, eso no es una serie de resultados electorales que puedan explicarse por factores exclusivamente locales sin ningún elemento de conexión regional. Eso es un patrón. Y los patrones en política, cuando se repiten con suficiente frecuencia en suficientes países, dejan de ser patrones para convertirse en tendencias.

 Y las tendencias, cuando alcanzan la masa crítica suficiente, dejan de ser tendencias para convertirse en olas. Escribe en los comentarios si crees que esa ola puede llegar a México y cuándo, porque esa es exactamente la pregunta que esta mañana están haciéndose en los niveles más altos del gobierno federal mexicano con una urgencia que las fuentes cercanas a Palacio Nacional describen como alerta máxima.

 Las fuentes consultadas cercanas al gobierno federal mexicano señalan que la primera reacción interna al resultado colombiano no fue de descarte ni de relativización, fue de análisis inmediato. Los equipos de política exterior e inteligencia política que monitorean los procesos electorales en la región comenzaron a procesar los datos colombiantes desde las primeras horas del conteo.

 Y lo que encontraron cuando cruzaron esos datos con los indicadores internos mexicanos no produjo tranquilidad. La calificación del triunfo de la derecha colombiana como una amenaza para la estabilidad regional que circuló en los círculos internos del gobierno federal. No es retórica diplomática de circunstancia, es una lectura estratégica que refleja la conciencia de que lo que ocurrió en Colombia esta madrugada tiene tres dimensiones de impacto directo sobre México que ningún análisis honesto puede minimizar.

 La primera dimensión es la narrativa. El discurso de la derecha colombiana, con su mención explícita a México como ejemplo del modelo que hay que rechazar, le da a la oposición mexicana un argumento regional de validación que hasta esta madrugada no tenía con esa claridad. Decir que el proyecto progresista mexicano es problemático es una posición política interna.

 Decir que Colombia con millones de votos acaba de rechazar exactamente ese modelo es una afirmación con respaldo electoral cuantificable. Esa diferencia en términos de comunicación política y de percepción pública no es menor. La segunda dimensión es el financiamiento y la articulación política. Los bloques de derecha latinoamericana no son estructuras nacionales aisladas.

Comparten fundaciones, comparten redes de comunicación, comparten plataformas de formación política y comparten recursos que fluyen entre países con una fluidez que los mecanismos de supervisión electoral nacionales raramente alcanzan a rastrear con suficiente precisión. Una victoria tan contundente como la colombiana no solo fortalece moralmente a esas estructuras, las capitaliza en términos de recursos y de visibilidad internacional.

 Y parte de esa capitalización va a traducirse en mayor capacidad operativa para los bloques opositores en los países donde el siguiente ciclo electoral está en el horizonte. La tercera dimensión es la más difícil de cuantificar, pero posiblemente la más importante, el efecto sobre la percepción ciudadana. Las encuestas de opinión en México han mostrado en los últimos meses señales que los analistas describen con cuidado, porque los números son suficientemente ambiguos como para admitir lecturas distintas según la orientación política

de quien los interpreta. Pero la tendencia que muestran en términos de satisfacción con la gestión económica, de perción de seguridad y de confianza en las instituciones tiene elementos que cruzados con el resultado colombiano, producen una lectura que el gobierno federal no puede ignorar sin asumir un costo estratégico que podría volverse muy visible, muy rápido.

 Porque el ciudadano mexicano de clase media, que esta mañana está leyendo los titulares sobre Colombia, no está haciendo un análisis académico de ciencia política latinoamericana, está haciendo una comparación mucho más simple y mucho más directa. Si millones de colombianos que estaban en una situación parecida a la mía decidieron cambiar de rumbo, ¿por qué yo no debería hacer lo mismo cuando tenga la oportunidad? Esa comparación multiplicada por millones de ciudadanos en millones de conversaciones cotidianas es exactamente el tipo de cambio de

percepción que precede a los giros electorales que nadie predijo con suficiente anticipación. Y aquí viene el momento en que hay que ser precisos sobre lo que esta madrugada representa y lo que no representa, porque la precisión en este análisis importa tanto como los datos mismos. Lo que ocurrió en Colombia no es por sí solo la prueba de que México va a experimentar un giro político equivalente en el corto plazo.

México tiene condiciones institucionales, históricas y sociales que lo distinguen de Colombia de maneras que hacen que cualquier equivalencia directa entre ambos procesos sea una simplificación que no resiste el análisis cuidadoso. Pero lo que sí representa el resultado colombiano con una claridad que no admite relativizaciones es la demostración de que los proyectos políticos progresistas en América Latina no son inmunes a la erosión electoral cuando la distancia entre sus promesas y la experiencia cotidiana de sus ciudadanos se vuelve

demasiado grande durante demasiado tiempo. Petro llegó al poder con el mismo tipo de mandato transformador que caracterizó los proyectos progresistas de la región en su ciclo ascendente y 3 años y medio después ese mandato fue revocado con una contundencia que sus propios analistas todavía están procesando.

 La pregunta que eso plantea para México no es si va a ocurrir lo mismo, sino qué variables determinarán si el gobierno federal tiene la capacidad de gestionar los indicadores que en Colombia no fueron gestionados con suficiente efectividad antes de que el descontento acumulado se convirtiera en resultado electoral irreversible. ¿Alguna vez pensaste que una elección en Colombia podía afectar directamente tu vida en México? Escríbelo en los comentarios porque lo que esta madrugada comenzó a moverse en la región podría cambiar ese ese análisis de maneras que

todavía no terminamos de ver. La economía es el primero de esos indicadores y el más urgente. México ha mantenido en los últimos años cifras macroeconómicas que sus defensores presentan como prueba de solidez y que sus críticos analizan con un nivel de detalle que produce una imagen considerablemente más matizada.

 El crecimiento del PIB ha sido positivo, pero moderado, insuficiente para los estándares que el discurso oficial proyectó en sus momentos de mayor optimismo. La inflación fue contenida con políticas monetarias que tuvieron un costo en términos de acceso al crédito para sectores productivos que necesitaban financiamiento para crecer.

La inversión extranjera de directa mostró comportamientos irregulares vinculados con la incertidumbre regulatoria en sectores estratégicos donde las decisiones de política energética generaron señales contradictorias para los mercados internacionales. Ninguno de esos elementos tomados de manera individual constituye una crisis.

 Pero el ciudadano mexicano no experimenta la economía como una serie de indicadores macroeconómicos. La experimenta en el precio del kilo de tortillas, en el costo del transporte, en la disponibilidad de empleo formal para sus hijos, en el acceso a servicios de salud que funcionen cuando los necesita y en la sensación general de si su situación hoy es mejor, igual o peor que hace 3 años.

 Y esa experiencia cotidiana medida en millones de hogares mexicanos es el termómetro político más preciso que existe, mucho más preciso que cualquier encuesta y mucho más determinante que cualquier narrativa oficial. En materia de seguridad, el paralelo con Colombia es el que más incomoda a los analistas que siguen de cerca la situación interna mexicana.

 No porque las estrategias sean idénticas, que no lo son, sino porque el desafío estructural es suficientemente similar como para que la comparación sea inevitable. México tiene estructuras de crimen organizado con capacidad territorial, económica y militar que ningún gobierno de la región enfrenta en términos equivalentes.

 La estrategia de seguridad implementada en los últimos años ha tenido resultados que el gobierno presenta como avances históricos y que los organismos independientes de monitoreo de violencia evalúan con más cautela, señalando que los indicadores de homicidios, extorsiones y desplazamiento forzado en ciertas regiones del país muestran comportamientos que no son consistentes con la narrativa de control territorial que el gobierno ha sostenido públicamente.

 Lo que Colombia demostró esta madrugada es que cuando la percepción ciudadana de inseguridad alcanza cierto umbral, ningún argumento de política pública tiene suficiente peso para contrarrestarla en las urnas. Los colombianos no votaron contra Petro porque analizaron sus estadísticas de seguridad con rigor académico. Votaron contra él porque tenían miedo, porque ese miedo era real y porque la oferta política de sus adversarios les proporcionó la narrativa más simple y más directa disponible.

 nosotros lo vamos a resolver de otra manera y esa manera no incluye negociar con quienes los están amenazando. Esa narrativa tiene resonancia en México y las estructuras políticas de oposición que esta mañana están celebrando el resultado colombiano lo saben con una precisión que sus comunicaciones públicas de las próximas horas van a dejar ver con bastante claridad.

 El mensaje del líder de la derecha colombiana menciona el comunismo con una especificidad que no es terminológica, sino estratégica. En los círculos de la derecha latinoamericana articulada internacionalmente, la palabra comunismo no se usa como descripción técnica de un sistema económico, se usa como condensación emocional de todo lo que esos bloques quieren que el ciudadano asocie con los gobiernos progresistas de la región.

 Inseguridad, caos económico, pérdida de libertades individuales, alineación con regímenes toritarios y erosión de las instituciones democráticas. Es una palabra diseñada para activar respuestas emocionales, no para producir análisis racionales. Y funciona. Ha funcionado en Argentina, ha funcionado en Ecuador y esta madrugada funcionó en Colombia con una eficacia que los resultados electorales documentan con la precisión más irrebatible posible, los votos.

 La pregunta que eso plantea para México es si el gobierno federal tiene en este momento la narrativa y la evidencia suficientes para contrarrestar esa estrategia cuando comience a desplegarse con la energía adicional que la victoria colombiana le acaba de inyectar, porque esa estrategia ya estaba siendo utilizada por la oposición mexicana antes de esta madrugada.

 Lo que cambió esta noche es que ahora tiene un ejemplo regional de éxito que la hace considerablemente más creíble para los sectores de la población que no habían terminado de convencerse. Escribe en los comentarios qué crees que debería hacer el gobierno mexicano ante esto, porque las respuestas que den en los próximos días van a revelar más sobre el estado tal real del proyecto político en México que cualquier declaración oficial de las últimas semanas.

 Suscríbete si te gustó el video. Lo que esta madrugada comenzó a moverse en América Latina no va a detenerse con un comunicado de Palacio Nacional ni con una conferencia prensa de ningún funcionario del gobierno federal mexicano. Lo que comenzó esta madrugada es un proceso de reconfiguración del mapa político regional que tiene su propia dinámica, sus propios tiempos y su propia lógica, que no respeta fronteras ni calendarios electorales nacionales.

 Los analistas que siguen el proceso con mayor detenimiento señalan que Colombia es el quinto país latinoamericano en menos de 3 años en producir un resultado electoral que fortalece a los bloques de derecha y debilita a los proyectos progresistas que a principios de esta década parecían consolidados de manera casi irreversible.

 Argentina en 2023, Ecuador en 2025, Paraguay de manera consistente, Uruguay con su propio ritmo y ahora Colombia con una contundencia que elimina cualquier posibilidad de interpretación alternativa. Cinco países, cinco resultados. Un patrón que ningún análisis honesto puede describir como serie de coincidencias sin un factor común.

 Ese factor común no es que los gobiernos progresistas de la región sean idénticos entre sí, porque no lo son. es que todos ellos enfrentaron la misma distancia entre la promesa transformadora con la que llegaron al poder y la experiencia cotidiana de los ciudadanos que los votaron. Y esa distancia, cuando no se cierra con resultados tangibles en los indicadores que la gente experimenta en su vida diaria, se convierte en el espacio que los bloques de oposición llenan con narrativas de alternativa que no necesitan ser más sólidas en términos

de propuestas concretas para resultar más convincentes en términos electorales. México tiene tiempo. Eso es lo que los analistas más equilibrados señalan cuando se les pregunta si el resultado colombiano es directamente trasladable a la situación mexicana. Tiene tiempo, tiene una estructura institucional que en este momento está siendo reforzada en algunos aspectos clave.

 tiene indicadores económicos que, aunque no son espectaculares, tampoco son los de un país en crisis y tiene un liderazgo político que sigue manteniendo niveles de cohesión interna que sus equivalentes en Colombia no lograron sostener durante el periodo de Petro. Pero ese tiempo no es infinito. Y la señal que Colombia envió esta madrugada con su resultado electoral, la señal que el principal líder de la derecha colombiana dirigió de manera explícita hacia México en su discurso de victoria es la señal de que los bloques políticos que quieren replicar ese resultado en

suelo mexicano acaban de recibir la mayor inyección de energía, de recursos y de narrativa regional que han tenido en años. Porque si algo demostró Colombia esta madrugada con millones de votos y con un resultado que los observadores internacionales ya están registrando como referencia para el análisis de los próximos ciclos electorales latinoamericanos, es que ningún proyecto político en esta región puede darse ese lujo de asumir que su continuidad es automática, que su mandato es indefinido o que la distancia

entre lo que prometió y lo que entregó puede mantenerse sin consecuencias electorales durante el tiempo que necesite para cerrarlo. Los 40 millones de mexicanos que en los próximos años van a tener la oportunidad de pronunciarse sobre el rumbo del país no están haciendo análisis de geopolítica latinoamericana cuando toman sus decisiones políticas.

 Están mirando su bolsillo, su seguridad, el futuro de sus hijos y la distancia entre lo que les prometieron y lo que están experimentando. Esa es la métrica que determinará si lo que ocurrió en Colombia esta madrugada fue un aviso que México procesó a tiempo o fue el primero de una serie de señales que que se vieron venir y no se atendieron con la urgencia que requerían.

 El mapa político de América Latina amaneció diferente este martes 2 de junio de 2026. Colombia es otro país en términos de su orientación política. La derecha regional tiene un triunfo histórico que celebrar y una narrativa renovada que proyectar. Y México, en los pasillos de Palacio Nacional y en las mesas de análisis de los equipos de inteligencia política del gobierno federal, está procesando esta madrugada algo que ningún funcionario va a describir públicamente con esa precisión, pero que las fuentes cercanas a esos espacios ya

no están intentando disimular. Lo que ocurrió en Colombia no es un problema colombiano, es una advertencia regional. Y las advertencias, cuando se ignoran suelen convertirse exactamente en lo que avisaban. Yeah.

 

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