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La Trágica Vida Y Muerte De Rafael Del Río Que Conmocionó Al Cine Mexicanoo

La Trágica Vida Y Muerte De Rafael Del Río Que Conmocionó Al Cine Mexicanoo

Fue la voz del mismísimo Robin Hood, un rostro clave del cine de oro mexicano y estrella desde la cuna, debutando en la gran pantalla con tan solo 2 años de edad, pero muy pocos conocían al verdadero hombre oculto tras esa voz. En su intimidad, Rafael del Río arrastró una existencia de silencios, desamores secretos y un segundo hijo que el mundo jamás debió conocer.

 Y décadas después de su fallecimiento real, la prensa lo declaró muerto por error una segunda vez con titulares que ni se dieron cuenta de que hablaban del hombre equivocado. ¿Quién fue entonces en realidad Rafael del Río y por qué gran parte de su trayectoria permaneció oculta en las sombras? Fue una estrella antes de saber hablar.

 Antes de que Rafael del Río lograra pronunciar su nombre, ya formaba parte del mundo del cine. Llegó al mundo como Rafael Armel Marcelo Luis Etién Maoyer en 1937 en Ciudad de México. Apenas sumaba 2 años cuando debutó en la película Corazón de niño, dirigida por Julio Gracha. Con sus intensos ojos verdes, su llamativo pelo negro y una inconfundible marca de nacimiento grabada en el rostro, el pequeño Rafael mostraba un magnetismo natural ante la cámara.

 Un talento que sus padres María Rosa Masoer Cherón y Marcelo Etién Baruel impulsaron desde el primer momento. Vivió su primera infancia sumergido de lleno en el espectáculo mexicano, haciendo teatro infantil al lado de grandes como Enrique Alonso o Alicia Montoy. Con los años se incorporó a las compañías de teatro más importantes del país, como las de Fernando Soler y Manolo Fábregas, Enrique Rambal y Marilu Eliza, entre otros.

En el fondo, Rafael jamás tuvo infancia. Los ensayos de teatro sustituyeron a los juegos y aquella disciplina para memorizar textos la adquirió mucho antes de saberse siquiera las tablas de multiplicar. El éxito le llegó demasiado pronto y con él, una pesada losa, la tremenda exigencia de no fallar jamás. Cuando la televisión empezó a adueñarse del entretenimiento mexicano allá por la década de los años 60, Rafael ya era una figura muy popular, aunque el público no siempre lo reconociese al instante.

 Y es que había comenzado a regalar su voz a otros actores, algunos de ellos verdaderos iconos. Como profesional en doblaje puso voz en español al mismísimo Robin Hood en el clásico de Disney de 1973 y dobló también a Michael Douglas en las calles de San Francisco. Para los que están fuera del medio, estos papeles podrían parecer de poca importancia.

 Sin embargo, en el mundo del doblaje son hitos monumentales, pues exigen una precisión técnica y una entrega emocional enormes. Pero mientras su voz se colaba en millones de hogares, el hombre real que la proyectaba empezó a quedar en un discreto segundo plano. Dos bodas, un hijo secreto y una vida de desamores callados.

 De cara a la galería, Rafael del Río desprendía elegancia y seguridad. Se le consideraba un caballero impecable de las pantallas mexicanas y un galán solvente, siempre luciendo una cálida sonrisa y una adicción impecable. Sin embargo, su intimidad escondía una realidad muy distinta, marcada por el frío distanciamiento, promesas rotas y un miedo atroz al escándalo público.

 Se casó por primera vez con la queridísima actriz Almadelia Fuentes, quien al igual que Rafael había arrancado su carrera artística siendo tan solo una niña. Ambos fueron niños prodigio de gran éxito, pero su relación nunca llegó a estar equilibrada. La estrella de alma brilló con muchísima fuerza a principios de los años 60.

 La llamaban la Shirley Temple mexicana, mientras que Rafael, aunque respetado, se sentía a menudo eclipsado. Los celos y la ambición envenenaron en silencio su relación. Compañeros del mundillo cuchicheban sobre la gran tensión tras las cámaras. Cenas anuladas y silencios insoportablemente fríos y de duras palabras lanzadas entre tomas.

 Un técnico de tres angelitos negros recordó ver llegar a Alma a rodar entre lágrimas, diciendo por lo bajo, “Él nunca me escucha. Aún así intentaban guardar las apariencias, sobre todo en eventos públicos y ruedas de prensa. Pero hacia 1968 su matrimonio acabó con una discreta y definitiva separación.

 Ocurrió sin comunicados ni entrevistas, solo como consecuencia de un enfriamiento progresivo, como dos jóvenes estrellas que maduran y se alejan. Dos años más tarde, Rafael volvió a casarse con María Elena Martínez Espinosa, una mujer totalmente apartada del espectáculo, cuya tranquilidad parecía asegurarle ese equilibrio emocional que tanta falta le hacía y aquello funcionó una temporada.

 Fruto de esa unión nació su hija Vanessa Etién Martínez en un ambiente mucho más calmado y alejado de los focos de la prensa. Sus amigos íntimos aseguran que a Rafael le entusiasmaba ejercerme padre. Se escapaba antes de tiempo de los ensayos para no perderse ninguna función escolar y en los medios solía definirla como su remanso de paz en mitad de tanto ruido, pero la paz nunca dura eternamente.

 Corría el año 1987 cuando Rafael del Río inició un fugaz romance con Nicolás Hernández, alien totalmente ajena al mundo de la farándula. Aquel idilio secreto terminó enseguida, pero fruto de él nació su hijo Rogelio Hernández Télez. No olvides suscribirte para más historias. Desde el primer momento pactaron en privado y de mutuo acuerdo que el pequeño no llevaría el apellido de Rafael.

 Nunca existió un reconocimiento oficial ni público de aquella paternidad. La decisión jamás se firmó en un papel, pero la familia y los amigos íntimos lo sabían. Todo era por pura reputación. Rafael, que por entonces ya estaba casado con María Elena Martínez Espinosa, sentía pánico ante las consecuencias de un escándalo público.

 En los medios mexicanos de los años 80, una revelación tan íntima y personal podía destruir por completo la carrera de cualquier figura pública. Aquel mundo del espectáculo imponía unas reglas muy tradicionales, sobre todo para intérpretes con una imagen intachable y ligada a los valores de la familia. Contar con otra familia o un hijo extramatonial ponían en serio peligro su futuro laboral en televisión y en el sector del doblaje, sobre todo con gigantes como Televisa, que vigilaban al milímetro y con mano de hierro la imagen de sus estrellas

contratadas. Además, Rafael ya compartía una hija, Vanessa Etien Martínez, con su esposa María Elena. Proteger a la pequeña de los focos de la prensa y del juicio social fue por lo visto otra razón de peso, aunque sin duda lo más duro fue arrastrar el tremendo desgaste emocional de tener que ocultar toda esa parte de su vida.

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