PARTE 1: EL DESEMBARCO EN EL REINO DE LA CAL
El sol de las doce del mediodía en pleno agosto no perdonaba en aquel barrio de Valencia.
El aire vibraba sobre el asfalto, denso como una sopa de sobre.
Elena estaba terminando de pasar la bayeta por la encimera de la cocina por tercera vez en diez minutos.
No es que estuviera sucia, es que el nerviosismo se le acumulaba en las manos.
El timbre sonó con esa insistencia rítmica que solo una persona en el mundo se atrevía a ejecutar.
Tres toques cortos, uno largo, y una patada a la puerta por si el mecanismo eléctrico fallaba.
—¡Ya están aquí! —gritó Javi desde el salón, con un tono que oscilaba entre la alegría filial y el pánico existencial.
Elena suspiró, se colocó un mechón de pelo tras la oreja y se preparó para el impacto.
Abrieron la puerta y el pasillo se llenó instantáneamente de bolsas de rafia, olor a laca y el estruendo de un carrito de la compra con una rueda coja.
Conchi entró como un general que regresa a una provincia rebelde.
—¡Virgen del Camino, qué calor hace en este piso, Javi! —exclamó Conchi, ignorando el saludo inicial para centrarse en el microclima del hogar.
—Hola, mamá, yo también me alegro de verte —dijo Javi, recibiendo un beso sonoro en cada mejilla que sonó como un disparo de aire comprimido.
Elena se acercó con su mejor sonrisa de “supervivencia de fin de semana”.
—Hola, Conchi, ¿qué tal el viaje?
—El viaje, hija, el viaje ha sido una odisea —respondió la suegra, soltando el bolso sobre la mesa de cristal del comedor—. El tren venía que parecía una sauna sueca, y encima un señor al lado comiendo torreznos. ¡A estas horas!
Conchi se abanicaba con una energía que amenazaba con generar un pequeño tornado en el salón.
Sus ojos, rápidos como los de un halcón peregrino, empezaron a escanear la estancia en busca de anomalías.
Y la encontró de inmediato.
En el rincón del pasillo, junto a la despensa, se erigía una torre de tres packs de seis botellas de agua mineral de dos litros cada una.
Conchi se detuvo en seco, señalando la pila de plástico con un dedo acusador.
—¿Y eso? —preguntó, como si hubiera descubierto un alijo de contrabando.
—Es agua, Conchi —respondió Elena, manteniendo el tono neutral—. Había oferta en el súper y hemos aprovechado.
La suegra soltó una carcajada seca, de esas que nacen en la garganta y mueren en el sarcasmo.
Se dirigió a la cocina con el paso firme de quien va a inspeccionar una cocina de cuartel.
Se plantó frente al fregadero y observó el grifo cromado con una mezcla de reverencia y sospecha.
—Javi, hijo, ponme un vaso de agua, que tengo la boca que parece el desierto de Tabernas —ordenó.
Javi, por instinto de preservación, fue directo al armario de los vasos.
Agarró uno de cristal fino y, casi sin pensar, se dirigió hacia la torre de botellas.
—¡Eh, eh! ¿A dónde vas con eso? —le frenó su madre.
—A por agua, mamá.
—Pero si tienes el grifo ahí mismo, que para algo pagáis el recibo todos los meses.
Javi miró a Elena.
Elena miró a Javi con los ojos muy abiertos, dándole una orden silenciosa: “Ni se te ocurra”.
—Mamá, es que aquí el agua no sabe muy bien —intentó explicar Javi, con la voz un poco más aguda de lo normal.
—No entiendo por qué compráis agua embotellada si la del grifo es gratis —sentenció Conchi, cruzándose de brazos sobre su pecho—. Es tirar el dinero a la basura, y en esta casa no se ha tirado el dinero nunca.
Elena dio un paso adelante, entrando en el ring.
—Suegra, que en esta zona el agua tiene tanta cal que podrías construir un piso con ella —dijo, intentando meter un poco de humor para suavizar la tensión.
Conchi no se rio.
Se acercó al grifo, lo abrió con un giro dramático de muñeca y observó el chorro con una intensidad casi mística.
El agua salió blanca por la presión, burbujeante, casi sólida a la vista.
—¡Mira qué maravilla! —exclamó Conchi—. Sale con fuerza, sale fresca… Esto en mi pueblo lo llamamos “oro líquido”.
—En tu pueblo el agua viene de la sierra, Conchi —replicó Elena—. Aquí viene de la depuradora y sabe a piscina con un toque de tiza.
Conchi agarró el vaso de la mano de su hijo y lo llenó directamente del grifo.
Lo levantó a la luz, examinando las partículas microscópicas de calcio que bailaban en el líquido.
—Manías de marquesa es lo que tienes tú, Elena —dijo la suegra, antes de darle un sorbo largo y ruidoso.
Elena y Javi se quedaron petrificados, esperando a que Conchi se transformara en una estatua de sal de manera inmediata.
La suegra tragó, chasqueó la lengua y dejó el vaso sobre la encimera.
—Está gloriosa —mintió descaradamente, mientras una ligera mueca de amargor cruzaba su rostro por menos de un milisegundo—. Fresca de la muerte.
—Conchi, en serio, te va a sentar mal —insistió Elena—. Ese agua tiene más minerales que una mina de Riotinto.
—A mí no me hables de minerales, que yo me crié bebiendo del caño de la plaza y aquí me tienes, con los huesos como vigas de hierro —respondió la mujer, dándose una palmada en el muslo.
—Pero mamá, que incluso el técnico de la lavadora nos dijo que si no poníamos descalcificador la máquina iba a durar dos telediarios —intervino Javi.
—¡Los técnicos! —exclamó Conchi, lanzando las manos al aire—. Esos lo que quieren es venderte el filtro, y el líquido, y la pieza… ¡Es una conspiración, Javier!
Se acercó a la torre de botellas de agua y les dio un toquecito con el pie.
—Esto sí que es un timo —continuó—. Pagar por plástico. ¡Plástico! Que luego lo dejas en el coche, le da el sol y te bebes el petróleo directamente.
Elena sintió que la temperatura de la cocina subía otros cinco grados.
—No es por el plástico, Conchi, es por la salud —dijo Elena, intentando mantener la calma—. Javi tiene tendencia a los cálculos y este agua es puro cemento.
—¿Cálculos? —Conchi miró a su hijo como si acabara de decir que tenía tres piernas—. Lo que tiene Javi es que no se mueve. Si andara diez kilómetros al día como hacía su abuelo, ya verías tú cómo los cálculos salían solos por donde tienen que salir.
La suegra se sentó en una de las sillas de la cocina, victoriosa.
—Ponme un poco de ese agua en una jarra para la comida, Javi —ordenó—. Y dejad de tirar el dinero, que me duele el alma de verlo.
Elena cerró los ojos y contó hasta diez.
Sabía que esto no era solo por el agua.
Era una declaración de guerra.
Era el primer asalto de un combate que iba a durar todo el fin de semana.
Y el campo de batalla estaba lleno de sedimentos blancos y sabor a cloro.
—Voy a poner la mesa —dijo Elena, con una voz sospechosamente suave—. Pero el agua del grifo te la bebes tú sola, Conchi.
—Con mucho gusto, hija —respondió la suegra con una sonrisa de oreja a oreja—. Así me ahorro las tonterías esas de la “mineralización débil”, que suena a que el agua está enferma.
Javi miró a su mujer con cara de “lo siento”, pero Elena ya estaba buscando el sacacorchos.
Si iba a sobrevivir a ese almuerzo, iba a necesitar algo mucho más fuerte que el agua, fuera del grifo o del manantial más puro de los Alpes.
PARTE 2: EL CAFÉ DE LA DISCORDIA Y LA BATALLA DEL COCIDO
La comida transcurrió en una tregua armada, interrumpida únicamente por el sonido de Conchi rellenando su vaso directamente del grifo de la cocina.
Cada vez que abría el mando, el sonido del agua golpeando el fondo del vaso resonaba en los oídos de Elena como una provocación.
Elena servía el arroz a banda, un plato que le había llevado toda la mañana preparar con un caldo de pescado artesano.
—Está bueno el arroz, Elena —dijo Conchi, hurgando con el tenedor—, aunque se nota que el agua que has usado para el caldo no tiene “cuerpo”.
Elena dejó el cazo sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Cuerpo, Conchi? —preguntó, intentando no elevar el tono—. He usado agua mineral para el caldo precisamente para que el sabor del marisco no se viera alterado por el regusto a lejía del grifo.
Conchi hizo una mueca de desprecio mientras masticaba una gamba.
—Ahí está el error —sentenció la suegra—. El agua de aquí, con su cal y sus cosas, es lo que le da el toque a los guisos. Por eso en Madrid el cocido sabe a nada, porque el agua es tan blanda que parece que estás bebiendo aire. ¡Aquí se necesita sustancia!
Javi comía en silencio, intentando hacerse invisible, un superpoder que había perfeccionado desde los doce años cuando sus padres discutían por el color de las cortinas.
—Mamá, por favor, disfruta del arroz —suplicó Javi—. Que Elena se ha pegado una paliza en la cocina.
—Si yo lo disfruto, hijo, pero es que me da pena —respondió Conchi, mirando a Elena con fingida compasión—. Gastar ese dinero en botellas cuando la naturaleza te lo da gratis por la tubería… Es como si compraras aire para inflar las ruedas de la bici.
Elena decidió que la mejor defensa era un buen ataque, o al menos un cambio de tercio radical.
—Bueno, pues si tanto te gusta el agua de aquí, te voy a preparar un café de los que te gustan a ti después de comer —dijo Elena, levantándose de la mesa con una idea perversa.
Se dirigió a la cafetera express, una máquina italiana que le había costado un riñón y que cuidaba más que a su propia planta de aloe vera.
Elena siempre usaba agua destilada de mineralización bajísima para no obstruir los conductos de la máquina.
Pero hoy, hoy iba a dejar que Conchi experimentara su propia medicina.
Llenó el depósito de la cafetera directamente del grifo, sin pasar por la jarra filtradora, sin miramientos.
Incluso dejó que el agua reposara un momento para que el cloro se asentara bien.
El sonido de la cafetera empezó a subir de tono, un quejido metálico que parecía protestar por la impureza que recorría sus entrañas.
—¡Qué bien huele! —gritó Conchi desde el salón, donde ya se había instalado en el sofá con el mando de la tele en la mano—. ¡A ver si es verdad que esa maquinita de naves espaciales saca un café como Dios manda!
Elena llevó las tazas a la mesa.
El café de Conchi tenía una capa de espuma ligeramente grisácea, un detalle que solo un experto en sedimentos podría apreciar.
Conchi dio el primer sorbo.
Elena la observaba fijamente, esperando la reacción.
La suegra mantuvo el líquido en la boca unos segundos, moviéndolo como si fuera un catador de vinos de la Rioja.
Sus ojos se entrecerraron.
—¿Ves? —dijo Conchi finalmente—. Este café tiene fundamento. Se nota el mineral. Te despierta las encías.
—Conchi —dijo Elena, sentándose frente a ella—, ese café sabe a tiza mojada. Se te va a quedar la garganta como una pared recién encalada.
—¡Exagerada! —respondió la suegra, aunque Elena notó que empezaba a beber más despacio—. Lo que pasa es que vosotros tenéis el paladar estropeado por tanto refinamiento. Os habéis vuelto unos flojos. En mis tiempos, el agua sabía a tierra y a hierro, ¡y estábamos más sanos que una manzana!
—En tus tiempos, Conchi, la esperanza de vida era otra y la gente no tenía piedras en el riñón del tamaño de pelotas de golf —replicó Elena.
La conversación fue subiendo de intensidad a medida que el café se enfriaba.
Javi intentó intervenir, pero fue aplastado por una mirada de su madre que le recordó quién le había cambiado los pañales.
—Mira, Elena —dijo Conchi, dejando la taza vacía—, vamos a hacer una cosa. Esta tarde, cuando vayamos a dar el paseo, vamos a pasar por el supermercado.
—¿Para qué? —preguntó Elena sospechando lo peor.
—Para que veas la cantidad de dinero que os ahorráis si dejáis de comprar esas garrafas —respondió Conchi con una chispa de malicia en los ojos—. Os voy a hacer la cuenta en una servilleta. Lo que gastáis al año en agua embotellada es, por lo menos, un viaje a Benidorm con pensión completa.
Elena soltó una carcajada nerviosa.
—Prefiero no ir a Benidorm y tener los riñones limpios, gracias.
—Es que sois víctimas del marketing —continuó la suegra, ignorando la réplica—. Os ponen una etiqueta con una montaña nevada y un manantial azul, y ya os creéis que estáis bebiendo la sangre de los ángeles. ¡Y es agua de grifo procesada! ¡Que lo vi yo en un programa de la tele!
—Conchi, no es agua de grifo procesada, es agua de manantial controlada —corrigió Elena, sintiendo que le empezaba a doler la sien—. Tiene una composición química estable. La del grifo aquí cambia según si ha llovido o si han abierto las compuertas del pantano. A veces sale marrón, por el amor de Dios.
—¡Marrón es hierro! —exclamó Conchi—. ¡Ideal para la anemia!
Javi se tapó la cara con las manos.
La situación estaba degenerando hacia el absurdo absoluto.
—Bueno, basta ya de hablar de agua —dijo Javi—. Vamos a descansar un rato y luego salimos a que nos dé el aire, que nos va a dar algo aquí dentro.
Conchi se levantó, pero antes de irse al dormitorio de invitados para su siesta reglamentaria, se acercó de nuevo al fregadero.
Abrió el grifo, se mojó la mano y se pasó el agua por la nuca.
—¡Oro puro, os lo digo yo! —gritó desde el pasillo—. ¡Oro puro!
Elena se quedó sola en la cocina, mirando el rastro de gotas que Conchi había dejado en la encimera.
Al secarse, las gotas dejaron una mancha blanca, circular y sólida.
Cal pura.
Elena agarró el estropajo y empezó a frotar con furia.
—Esto no ha hecho más que empezar —susurró para sí misma.
Sabía que el siguiente asalto sería en el territorio sagrado de Conchi: el ahorro extremo.
Y el escenario sería el pasillo de bebidas del Mercadona.
PARTE 3: EL SHOWDOWN EN EL PASILLO 4
Eran las siete de la tarde y el calor en la calle seguía siendo una bofetada húmeda.
Conchi caminaba por la acera con una energía envidiable, mientras Elena y Javi la seguían como dos sombras arrastrando los pies.
Llegaron al supermercado con un objetivo claro por parte de la suegra: demostrar la estafa del siglo XXI.
Al entrar, el aire acondicionado les dio una tregua, pero la tensión interna de Conchi seguía al máximo.
—Vamos directos a la sección de “los engaños” —dijo Conchi, encabezando la marcha hacia el pasillo de las aguas.
Cuando llegaron, Conchi se detuvo frente a la estantería que ocupaba casi diez metros de largo.
Había de todo: agua con gas, agua sin gas, agua con sabores, agua con magnesio, agua de mineralización débil, muy débil y casi inexistente.
—¡Mirad esto! —exclamó Conchi, llamando la atención de una señora que pasaba con un carro lleno de yogures—. ¡0,45 euros por un litro y medio! ¡Pero si eso es más caro que la gasolina!
—Mamá, por favor, baja la voz —pidió Javi, mirando hacia los lados con vergüenza.
—¿Por qué voy a bajar la voz? ¿Es que decir la verdad es pecado? —respondió ella, agarrando una botella de una marca francesa carísima—. ¡Mira esta! “Agua de los glaciares”. ¡Glaciares! ¿Tú te crees que van a irse a Francia a picar hielo para que esta marquesa se lave los dientes?
Elena, que ya había perdido la paciencia en el episodio del café, decidió entrar al trapo con argumentos científicos (o lo que ella recordaba de un artículo de salud).
—Conchi, esa marca en concreto es para gente con problemas específicos —explicó Elena—. Pero la que compramos nosotros cuesta 22 céntimos el litro. Es una inversión en bienestar. Evitamos el cloro, los microplásticos de las tuberías viejas y el sabor a tubería oxidada.
—¡Las tuberías de antes eran de hierro, del bueno! —replicó Conchi—. Ahora ponéis plástico en todas partes y así os va, que tenéis la piel que parece papel de fumar.
Conchi se acercó a un pack de seis botellas de la marca blanca del supermercado.
Se agachó, examinó la etiqueta con sus gafas de cerca y empezó a leer en voz alta, como si estuviera declamando un poema de Lorca.
—”Residuo seco a 180 grados: 250 miligramos”. ¡Ja! —gritó—. ¡Esto tiene más residuos que mi aspiradora! ¡Y por esto pagáis!
—Precisamente, Conchi —dijo Elena, señalando la cifra—. La del grifo aquí tiene un residuo seco de casi 900. ¡Es cuatro veces más! ¿Entiendes lo que eso le hace a una cafetera? ¿O a un riñón?
—Al riñón le da alegría, Elena, le da trabajo —respondió la suegra sin despeinarse—. El riñón es un filtro, y si le das el trabajo hecho, se vuelve vago. Es como los niños de ahora, que les dais todo masticado y luego no saben ni hacerse un huevo frito.
Un reponedor pasó por el lado con un transpalé y Conchi lo detuvo.
—Oiga, joven —dijo la suegra—, ¿usted bebe de esto o bebe del grifo?
El chico, un chaval de veinte años con cara de querer estar en cualquier otro lugar del universo, miró a Conchi, luego a Elena, y finalmente a la montaña de botellas.
—Yo… yo bebo cerveza, señora —respondió, huyendo rápidamente hacia el pasillo de las galletas.
—¿Lo ves? —dijo Conchi, volviéndose hacia ellos—. ¡Cerveza! Hasta el chico sabe que esto del agua embotellada es un cuento chino.
Elena sintió que el ojo izquierdo le empezaba a dar un pequeño tic.
—No ha dicho que el agua del grifo sea mejor, Conchi, ha dicho que bebe cerveza para no tener que elegir entre tu terquedad y mi lógica —bufó Elena.
—¡Lógica! —Conchi agarró una botella de agua con gas y la agitó frente a la cara de Elena—. ¿Sabes lo que es la lógica? La lógica es que cuando yo era pequeña, íbamos a la fuente con el cántaro. Y el agua estaba fresca, y sabía a piedra, y nadie se moría de “residuo seco”.
—Tampoco había pesticidas en los campos ni plomo en las soldaduras, suegra —contraatacó Elena—. El mundo ha cambiado. El agua de ahora no es la de hace cincuenta años.
—Lo que ha cambiado es que ahora tenéis miedo a todo —sentenció Conchi—. Miedo al sol, miedo al gluten, miedo al agua… ¡Miedo a vivir!
Javi intentó agarrar el brazo de su madre para sacarla de allí.
—Vámonos ya, mamá, que tenemos que comprar los filetes para la cena.
—¡Espera! —Conchi se soltó y agarró una botella de un agua que prometía “propiedades detox”—. ¡Esta es la mejor! ¡Detox! ¡Ocho euros el pack! Esto no es agua, esto es un atraco a mano armada.
La suegra se giró hacia el resto del pasillo y, con voz de predicadora, soltó su última perla del supermercado.
—¡Escuchadme bien! —gritó, aunque solo había una pareja de jubilados a tres metros—. ¡Os están cobrando por algo que cae del cielo y sale por el tubo! ¡Despertad, que os tienen aborregados con el marketing de las nubecitas!
Elena, roja como un tomate, agarró a Javi de la mano.
—Me voy al coche —dijo Elena entre dientes—. O me voy al coche, o compro una botella de agua de cristal y me la estampo en la frente para dejar de oírla.
—¡No compres de cristal, que es más cara y pesa más! —le gritó Conchi mientras Elena se alejaba a paso rápido.
Javi miró a su madre, que lucía una sonrisa de absoluta satisfacción personal.
Había dado su discurso. Había “educado” a las masas. Había defendido el ahorro doméstico frente a la tiranía del agua mineral.
—¿Estás contenta, mamá? —preguntó Javi con voz cansada.
—Muy contenta, hijo. He salvado vuestra economía familiar, aunque tu mujer no lo sepa apreciar.
—Has conseguido que Elena no quiera hablarte en tres días.
—Bah, se le pasará en cuanto beba un vaso de agua del grifo y note cómo se le aclaran las ideas —respondió Conchi, emprendiendo la marcha hacia las cajas—. ¡Venga, vamos a por los filetes, pero que no sean de los caros, que nos hemos gastado ya bastante en el aire acondicionado del súper!
PARTE 4: EL DESENLACE Y LA VENGANZA DEL DEPÓSITO
La noche cayó sobre la ciudad, pero el calor no se fue. Se quedó agazapado en las paredes de hormigón, esperando el momento de atacar durante el sueño.
En casa de Elena y Javi, el silencio era denso.
Elena se había ido a la cama temprano, alegando un dolor de cabeza que, en realidad, era un “dolor de suegra” agudo.
Conchi, por el contrario, estaba pletórica. Se había duchado —con agua del grifo, por supuesto, alabando la suavidad que dejaba la cal en su piel “curtida”— y se había instalado en el cuarto de invitados.
A eso de las tres de la mañana, un ruido extraño rompió el silencio de la noche.
Era un sonido metálico, un clac-clac-clac seguido de un silbido agudo que venía del cuarto de baño principal.
Javi se despertó sobresaltado.
—¿Qué es eso? —susurró Elena, que tampoco dormía.
—Parece la cisterna… o las tuberías —respondió Javi, levantándose a regañadientes.
Fue al baño y se encontró con un espectáculo dantesco.
El grifo del lavabo, ese que Conchi había estado abriendo y cerrando con la fuerza de un estibador para demostrar su “potencia”, se había quedado bloqueado.
Pero no bloqueado de estar cerrado, sino de estar a medio abrir, con un chorro errático que salpicaba hacia todas partes menos hacia el desagüe.
El mecanismo interno, saturado por años de acumulación de sedimentos y rematado por el uso intensivo de las últimas veinticuatro horas, había dicho “basta”.
La cal se había solidificado en la junta, creando una especie de costra que impedía cerrar la llave de paso.
—¡Javi! ¡Se está saliendo el agua! —gritó Elena, apareciendo en la puerta con un pijama de raso.
En ese momento, la puerta del cuarto de invitados se abrió y apareció Conchi, con un camisón de flores y los rulos puestos.
—¿Qué pasa? ¿Qué es ese escándalo? —preguntó la suegra, frotándose los ojos.
—Pasa que el grifo ha reventado, mamá —dijo Javi, intentando girar la llave con una toalla.
—¡Eso es porque son grifos modernos de esos de plástico! —sentenció Conchi, acercándose al foco del conflicto—. ¡Si fuera de los de antes, de los de rosca de hierro, esto no pasaba!
—¡Es por la cal, Conchi! —estalló Elena, señalando los trozos blancos que saltaban del grifo como si fueran esquirlas de piedra—. ¡Te lo dije! ¡El agua está tan dura que se ha cargado la junta!
Conchi se acercó, metió la mano en el chorro y trató de hacer fuerza.
—¡Déjame a mí, que vosotros no tenéis fuerza en las manos de tanto teclear en el ordenador! —exclamó.
Agarró el mando del grifo y tiró con todas sus fuerzas hacia arriba.
CRACK.
El sonido fue seco, definitivo.
El mando del grifo se quedó en la mano de Conchi, separado del cuerpo metálico.
Un chorro de agua blanca, turbia y potente salió disparado hacia el techo, golpeando la bombilla y rebotando directamente sobre la cabeza de la suegra.
—¡Ay, Dios mío! ¡Que me ahogo! —gritó Conchi, mientras el agua le empapaba los rulos y el camisón de flores.
Javi corrió hacia la llave general de la casa, tropezando con las zapatillas en el pasillo oscuro.
Elena se quedó allí, mirando la escena con una mezcla de horror y una satisfacción secreta que sabía que ardería en el infierno por sentir.
Finalmente, el chorro perdió fuerza hasta convertirse en un goteo lastimero.
Silencio absoluto.
Solo se oía el chof-chof de las zapatillas de Conchi sobre el suelo inundado.
La suegra estaba empapada de arriba abajo. Una gota de agua le resbalaba por la punta de la nariz.
Se llevó la mano a la cara, se limpió el agua y, por primera vez en todo el fin de semana, se quedó callada.
Se miró la mano. Tenía un rastro blanquecino, una especie de polvillo que se quedaba pegado a la piel al secarse.
Elena se acercó lentamente.
—¿Estás bien, suegra? —preguntó con una voz que intentaba ser dulce pero fallaba estrepitosamente.
Conchi miró el trozo de grifo roto que aún sostenía en la mano.
—Vaya… —murmuró la suegra—. Pues sí que tiene fuerza el agua de aquí.
—No es fuerza, Conchi —dijo Javi, regresando al baño con una fregona—. Son minerales. Es como si hubieras intentado cerrar una puerta llena de arena.
Conchi se miró el camisón, que ahora pesaba tres kilos por el agua absorbida.
Se pasó la lengua por los labios, probando el agua que le chorreaba desde el pelo.
Hizo una mueca. Una mueca larga. Una mueca de derrota.
—Sabe a tiza —admitió en un susurro, casi inaudible—. Sabe a tiza y a piscina de polideportivo.
Elena y Javi se miraron. Habían ganado. La realidad se había impuesto de la manera más húmeda posible.
—Mañana llamaremos al fontanero —dijo Javi—. Y de paso, que instale el descalcificador ese que nos recomendó.
Conchi no protestó. No habló de conspiraciones, ni de técnicos estafadores, ni de los niños de la postguerra.
Simplemente caminó hacia su habitación, dejando un rastro de agua por todo el pasillo.
Al llegar a la puerta, se detuvo y miró a Elena.
—Hija… —dijo Conchi.
—¿Dime, Conchi?
—¿Me puedes dar un poco de esa agua tuya del “glaciar francés”? Es que tengo un regusto en la garganta que parece que me he comido una pizarra.
Elena sonrió de verdad por primera vez en dos días.
Fue a la cocina, agarró una botella de agua mineral fría, un vaso de cristal limpio y se lo llevó a la habitación.
Conchi bebió el agua mineral como si fuera el elixir de la eterna juventud.
—Está suave —confesó la suegra, dejando el vaso vacío en la mesita de noche—. Casi ni se nota que baja por la garganta.
—Es el progreso, Conchi —dijo Elena, dándole un beso en la frente húmeda.
—El progreso es muy caro, Elena —replicó la suegra, recuperando un poco de su esencia—, pero supongo que es más barato que cambiar los grifos cada quince días.
A la mañana siguiente, el desayuno fue distinto.
Sobre la mesa no había jarras llenas del grifo.
Había una botella de agua mineral de dos litros, presidiendo la reunión familiar como un tótem de paz.
Conchi servía el café —esta vez hecho con agua embotellada— y asentía con aprobación.
—Este café sí que sí —decía la suegra—. Se nota que el grano ha podido “respirar” sin tanta piedra.
Javi miraba a su mujer y le guiñaba un ojo.
Habían sobrevivido. El precio había sido un baño inundado y un grifo de diseño destrozado, pero la paz familiar no tenía precio. O sí lo tenía: 0,22 euros el litro.
Antes de irse de vuelta a su pueblo, Conchi se detuvo en el pasillo, frente a la torre de botellas de agua.
Miró a Elena y luego al pack de seis.
—Oye, hija —dijo Conchi, bajando la voz.
—¿Qué pasa ahora?
—Que si vais otra vez al súper y veis que la oferta de la “mineralización débil” sigue en pie… me compráis un par de packs para llevarme en el maletero.
Elena arqueó una ceja.
—¿Para qué, Conchi? Si en tu pueblo el agua es de manantial.
—Ya, ya… pero es por si acaso —respondió la suegra, evitando la mirada—. Que el médico me ha dicho que tengo que cuidar el “residuo seco”, y no quiero yo que el cuerpo se me acostumbre a lo bueno y luego me dé un síncope.
Elena se rio y la abrazó.
Al final, la cal había sido más persistente que la terquedad de una suegra, pero el sentido común (y un buen chorro de agua en la cara) había terminado por imponerse.
Javi cargó las botellas en el coche.
Conchi se despidió con la mano desde la ventanilla, sosteniendo una botellita de agua pequeña como si fuera un tesoro.
—¡Y no tiréis el dinero en tonterías! —gritó mientras el coche arrancaba—. ¡Que el agua será buena, pero la luz sigue estando por las nubes!
Elena cerró la puerta de casa y miró el pasillo.
Estaba seco. El grifo nuevo brillaba.
Se dirigió a la cocina, abrió la nevera y se sirvió un vaso de agua fría.
Miró el líquido transparente a través del cristal.
Sin partículas. Sin sedimentos. Sin drama.
—Definitivamente —susurró Elena antes de beber—, mejor embotellada.
¿Agua del grifo o agua embotellada?
Para Elena, la respuesta siempre fue clara.
Para Conchi, solo necesitó un diluvio en el cuarto de baño para entender que, a veces, lo gratis sale muy caro.