Algunos aseguraban que nunca sonreía, otros decían que había olvidado como sentir emociones. Y honestamente, tal vez era cierto. Alandro vivía solo en aquella enorme mansión rodeado de guardaespaldas, secretos y silencio. Pero muy lejos de ese mundo de lujo, en un pequeño apartamento húmedo y deteriorado de las afueras, vivía una joven llamada Lucía.
Lucía tenía apenas 26 años y trabajaba como sirvienta en la mansión Beluchi. Limpiaba pisos, lavaba ropa, organizaba habitaciones y hacía cualquier tarea que le ordenaran. La vida nunca había sido amable con ella. Había perdido a sus padres siendo adolescente y creció sola aprendiendo a sobrevivir. Años después se enamoró de un hombre que prometió cuidarla, pero desapareció apenas descubrió que estaba embarazada.
Ahora toda su vida giraba alrededor de una pequeña persona. Su bebé, Mateo. Aquel niño de apenas un año, era lo único hermoso que existía en su mundo, cansado y difícil. Aunque estuviera agotada, hambrienta o triste, bastaba una sonrisa del pequeño para devolverle fuerzas. Cada mañana Lucía lo llevaba consigo a la mansión porque no tenía dinero para pagar una guardería.
Normalmente lo dejaba dormido en una pequeña habitación de servicio mientras trabajaba rápidamente esperando que nadie se molestara, porque don Alesandro odiaba el ruido y odiaba aún más los niños. Al menos eso decía todo el mundo. Aquella mañana parecía igual a cualquier otra.
Los empleados caminaban de prisa intentando no cometer errores. Los guardaespaldas vigilaban cada rincón. El ambiente era pesado y frío. Lucía estaba limpiando una enorme escalera de mármol mientras Mateo dormía cerca dentro de un pequeño cochecito. Pero entonces ocurrió algo inesperado. Uno de los empleados llamó a Lucía desde la cocina. Rápido, necesitan ayuda abajo.

Lucía dudó un segundo mirando a Mateo dormido. No tardaré, susurró acariciando suavemente la cabeza del bebé. Corrió hacia la cocina sin imaginar lo que estaba a punto de pasar. 5 minutos después, Mateo despertó. El pequeño abrió lentamente los ojos y observó el enorme pasillo brillante frente a él. Todo era nuevo y curioso para un niño tan pequeño.
Con dificultad logró salir del cochecito y comenzó a gatear. Los guardias no lo notaron al principio. Estaban demasiado concentrados hablando por radio y vigilando las entradas. Mateo avanzó lentamente por el pasillo gigante, riendo inocentemente hasta que llegó frente a una enorme puerta oscura, la oficina privada de don Alesandro. La puerta estaba entreabierta.
El bebé empujó suavemente y entró dentro del despacho. Alesandro Beluchci revisaba documentos importantes sentado detrás de un gigantesco escritorio de madera negra. Su expresión era fría, cansada, vacía. Dos hombres discutían negocios ilegales frente a él cuando de repente escucharon un pequeño sonido.
Todos miraron hacia abajo y allí estaba Mateo gateando tranquilamente por el suelo como si aquel lugar aterrador fuera un parque de juegos. Uno de los guardaespaldas palideció. Dios mío. Otro corrió hacia adelante intentando sacar al niño inmediatamente, pero Alesandro levantó la mano. El hombre se congeló. Toda la habitación quedó en silencio absoluto.
El mafioso observó al pequeño sin decir una sola palabra. Mateo, completamente inocente, levantó la mirada hacia Alesandro y sonríó. Una sonrisa pura, sin miedo, sin interés, sin saber quién era aquel hombre. Y entonces hizo algo que nadie esperaba. El bebé comenzó a caminar torpemente hacia Alesandro hasta abrazar su pierna.
Los hombres alrededor quedaron paralizados. Nadie había tocado a don Alesandro Beluchi sin permiso en más de 15 años, pero el bebé simplemente apoyó la cabeza contra él como si encontrara seguridad. Y en ese instante algo cambió en los ojos del mafioso. Una emoción olvidada. Una grieta invisible dentro de un corazón endurecido por décadas.
Alexandro miró lentamente al niño y por primera vez en muchísimos años recordó a su propio hijo. 22 años antes, Alesandro Beluch no era todavía el monstruo que todos temían. Sí, ya estaba involucrado en negocios peligrosos. Sí, ya conocía la violencia. Pero todavía existía luz dentro de él, especialmente gracias a una persona.
Su pequeño hijo Leonardo. Leonardo había nacido en medio del caos, pero se convirtió en el centro de la vida de Alesandro. El niño tenía los mismos ojos oscuros de su padre y una risa capaz de iluminar cualquier habitación. Por él, Alesandro llegó a imaginar una vida diferente, una vida lejos de la mafia.
Pero el destino fue cruel. Una noche, enemigos de Alesandro atacaron el automóvil donde viajaban su esposa y su hijo. Solo él sobrevivió. Desde entonces, Alexandro enterró el dolor tan profundamente que dejó de sentir cualquier cosa. El amor se convirtió en rabia, la tristeza se convirtió en dureza y el hombre murió lentamente por dentro hasta aquella mañana, hasta que un bebé desconocido abrazó su pierna sin miedo alguno.
El despacho permanecía completamente en silencio. Mateo reía jugando con el reloj caro de Alesandro mientras los hombres observaban confundidos. Entonces, Lucía apareció corriendo desesperadamente. Cuando vio a su hijo dentro del despacho del macioso, sintió que el alma abandonaba su cuerpo. “Perdón, perdón, señor Beluchi”, gritó aterrorizada mientras corría a tomar al bebé.
No fue mi intención, lo siento muchísimo. Lucía abrazó rápidamente a Mateo esperando gritos, amenazas o incluso ser despedida inmediatamente. Pero Alesandro seguía observando al niño en silencio, con una expresión extraña. ¿Cómo se llama?, preguntó finalmente. Lucía parpadeó sorprendida. Señor, el niño Mateo.
Alesandro asintió lentamente. Mateo extendió sus pequeños brazos otra vez hacia el riendo inocentemente. Y algo increíble ocurrió. El hombre más peligroso de la ciudad sonrió levemente. Los guardaespaldas se miraron entre sí incapaces de creer lo que veían. Lucía también estaba inmóvil. Era la primera vez que veía humanidad en aquel hombre.
Alesandro se levantó lentamente de su silla y se acercó al bebé. “Los niños no entienden quién eres”, murmuró mirando a Mateo. “Por eso son puros.” Lucía no sabía qué responder. Entonces, Alesandro levantó la mirada hacia ella. “El padre del niño.” Ella bajó los ojos. “Nos abandonó.” Alandro guardó silencio unos segundos.
