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LO INÉDITO: Así VIVE IRMA DORANTES en su HACIENDA a los 91 AÑOS

 Su padre era músico, no una gran estrella de la industria, sino uno de esos obreros del arte que tocan en teatros, orquestas de hotel y fiestas de la alta sociedad. Alguien que regresaba a casa con el traje impregnado de humo y perfumes ajenos, pero con una sonrisa suficiente para enseñar a sus hijos que amaba su oficio, aunque los cheques fueran cortos.

 En ese entorno creció María de los Ángeles, respirando melodías y teniendo la farándula como un norte constante, sabiendo desde pequeña que cantar, bailar y actuar ante una audiencia era una carrera real y digna. No un simple capricho limitado a las familias de cuna de Oro, quienes estudiamos sus primeros retratos notamos un imán inmediato.

 No poseía la hermosura plástica que los directores de la época exigían con sus estándares estrictos. Ella ofrecía algo mucho más profundo que una cara bonita, una fuerza expresiva, esa habilidad de gritar sus emociones solo con la mirada. Un talento que bajo los reflectores define la enorme distancia entre una simple actriz de rostro agradable y un talento puro capaz de hacerte sentir exactamente lo mismo que ella.

 Ese don lo cargaba María de los Ángeles dorantes mucho antes de enfrentarse a la lente de una cámara. Y cuando los estudios finalmente la descubrieron, el éxito fue inevitable. Sus primeros pasos profesionales se dieron sobre las tablas y en cabinas de radio. Los archivos marcan que en 1946, a sus 13 años consiguió participaciones menores en programas radiofónicos de la capital.

 esa clase de labores que no te dan portadas, pero que forjan el temple y las bases que el estrellato termina exigiendo. Fue en esos pasillos donde un productor le advirtió que su nombre real no vendería boletos. María de los Ángeles dorantes resultaba pesado para las marquesinas. Urgía algo comercial, directo a la memoria.

 Así nació el apodo de Irma Durantes. Dos palabras breves, un sello artístico que pronto se volvería uno de los pilares más legendarios del cine nacional durante la segunda mitad del siglo XX. Esa tarde, María de los Ángeles desapareció del ojo público y nació la icónica Irma Dorantes. Su primera película llegó iniciando los años 50.

 Justo cuando la industria atravesaba esa etapa cumbre que tú y yo conocemos como la época de oro, aquel fenómeno irrepetible entre 1936 y el 69, rodando más de 100 películas anuales, cuando los actores eran venerados como auténticos dioses y un solo estreno taquillero generaba en su primera semana, lo que una familia obrera tardaba décadas en ahorrar.

 Como analistas de su vida, impresiona cómo Irma saltó a ese abismo con la valentía de quien ignora el torbellino que se avecina, pero que arde en ganas de enfrentarlo. Sus primeros cortes fueron comedias y melodramas de molde fabricados en masa para saciar a las taquillas. Empezó de relleno. Luego cobró fuerza en el reparto, demostrando toma tras toma, que su rostro hipnotizaba al lente.

 Los directores lo exigían y la audiencia simplemente no podía dejar de mirarla. Sin embargo, aquellos inicios y primeras ovaciones fueron un mero calentamiento. El verdadero clímax en la biografía de Irma estalló en 1952, cuando se cruzó con el fantasma que reescribiría su destino. Pedro Infante, una figura que para aquel año ya superaba por mucho el concepto de estrella cinematográfica.

Hablamos del icono que cantaba directo al alma. El macho que derramaba lágrimas en pantalla sin pudor, rompiendo esquemas en un país de hombres duros. Porque su masculinidad era absoluta. Pero nuestros archivos no mienten. También era un hombre casado y con hijos. Su vida íntima era un caos mediático, al grado de que el escándalo era su rutina diaria y cruzarse con él en aquellos foros de grabación era exactamente la tormenta que Irma debía evitar, un amor prohibido del que resultaba humanamente imposible escapar.

Sus miradas chocaron rodando la película Necesito dinero en 1951. Ella apenas tenía 18 abriles y el 32. La brecha generacional no fue el freno real. La tragedia radicaba en todo lo demás. Sin embargo, como bien documenta la historia del cine, las jornadas interminables y la carga pasional de aquellas escenas tejían una intimidad de ficción que casi sin querer terminaba desbordando hacia la vida real.

Las defensas que ambos mantenían fuera del lente se derrumbaron a una velocidad que ni siquiera los directores más astutos previeron. Lo que detonó en esos foros entre Irma y Pedro fue, de acuerdo con los testimonios de colegas que hemos entrevistado con la crudeza que solo otorga el paso del tiempo, un idilio auténtico.

 Nada de esos amoríos prefabricados que nuestra farándula sigue manufacturando en serie hasta el día de hoy, tampoco un deslumbramiento fugaz entre dos artistas que mezclaban la adrenalina del guion con los latidos de su propio corazón. Fue un vínculo brutal que, como veremos tú y yo, intentaron proteger a capa y espada, tropezando con ese laberinto de escándalos que ya asfixiaba al cantante de Guamuchil antes de cruzar sus caminos.

 Quienes analizamos el cine de oro sabemos esto. Al estudiar cintas como tú, yo y ella, el inocente cuidado con el amor o la vida no vale nada. El público intuía la verdad. Usted y yo notaremos que esa pasión traspasaba la pantalla y los archivos confirman la sospecha. Al revisar cada fotograma, los especialistas notamos una química innegable entre Irma y Pedro, esa magia irrepetible que solo proyecta el amor verdadero.

 Los registros de 1953 muestran una boda sumamente discreta. Ambos entendían su compleja situación y sabían que el escándalo mediático solo agravaría las cosas. Como biógrafos confirmamos la seriedad de su compromiso. Fruto de esta unión tan real nació su única hija en común, Irma Infante. En 1954, Irma Infante fue el lazo definitivo entre Irma y Pedro, un legado histórico mucho más perdurable que cualquier película que hayan protagonizado.

 Como investigadores vemos que los años posteriores fueron los más intensos para Irorantes, abarcando absolutamente todos los aspectos de su vida artísticamente intensos, pues su trayectoria profesional estaba en plena expansión y cada película que estelarizaba lograba acumular importantes galardones y éxitos de taquilla, consolidándola entre las actrices más fuertes de su generación.

En lo personal, los expertos coincidimos en que vivir junto a Pedro era compartir la vida con un ídolo que toda la nación mexicana deseaba poseer. Psicológicamente jamás podría ser completamente suyo a pesar de pertenecerle. Para los sociólogos, el impacto de Pedro Infante entonces resulta casi incalculable.

 Hoy en aquel México de mediados de la década de los 50, cuando la televisión apenas daba sus primeros pasos y el cine dominaba como gran entretenimiento, la fama del ídolo sinaloense era absolutamente avasalladora. Ningún especialista negaría que crecer en México entonces implicaba tener a Pedro Infante en tu memoria emocional.

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