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¡MISTERIO REVELADO! Así FUE la LUJOSA VIDA de ANGÉLICA CHAIN – Secretos y Millones

 Dimos paso a las peleas en el ring, hazañas de acción y bueno, eventualmente estalló el fenómeno de las ficheras en los 70. Chicas de la vida nocturna frecuentaban cabarets y cobraban su porcentaje simplemente por sacarle brillo a la pista con los parroquianos. Pura vida nocturna. Los directores exprimieron ese ambiente armando historias bastante pícaras atascadas de nuestro clásico albur, enredos super chuscos y destapes que sinceramente abarrotaban cualquier sala popular a nivel nacional.

 Siendo una muchacha de fuera, pisar la capital e intentar dominar semejante monstruo sonaba, para ser honestos, a misión suicida, cero palancas, ningún pariente famoso que la apadrinara y tampoco se había parado en una academia de teatro en su vida. Nada. Su única carta fuerte era su tremendo porte, unas curvas de infarto y esas inmensas ganas de comerse al mundo entero.

 Desembarcó en el entonces Distrito Federal iniciando los 70. Traía la misma ilusión que muchísimas foráneas. Quería brillar en la pantalla grande. Casi todas terminaban tirando la toalla y regresando a casa. Pero ella no. Esta chica poseía un ángel brutal. Ese imán tan misterioso que vuelve locas a las lentes.

 Sus pininos fueron posando para editoriales y fotonovelas. Ojo ahí, que esos pasquines impresos movían cantidades bestiales de dinero. Literalmente volaban millones de revistas cada semana. Esos dramones ilustrados con sus clásicos globitos de texto eran la obsesión de cualquier señora o empleada del hogar en el país. A las modelos les pagaban desde 500 hasta unos 100 pesos por llamado fotográfico.

 Tampoco te hacías millonaria, pero sacabas para la renta esperando el golpe de suerte. Por supuesto, ella siempre tenía la agenda llena, salía en todos los puestos de periódicos. La gente empezó a ubicarla. Ya resonaba su nombre en las calles y los peces gordos del cine pararon oreja. Llegó 1973. A sus 17 años saltó al ruedo cinematográfico en Santo y Blue Demon contra el Dr. Frankenstein.

 Un reverendo cóctel de golpizas, sustos y risas. Fue una aparición chiquita super de relleno, pero ahí captó la verdadera movida. comprendió que 5 segundos a cuadro bastaban para atrapar la mirada indicada. Y vaya que la vieron. Los mandamaces de este nuevo género cachondo encontraron en ella la pieza faltante, guapísima, con medidas de infarto, cero pudor ante los reflectores y una chispa que encajaba como anillo al dedo para el humor subido de tono. Así se coronó.

 El gran bombazo comercial sucedió justo cuando los directivos tuvieron la genialidad de ponerla a actuar junto a Alfonso Sayas. Boom total, ese mismo tipo que terminaría siendo el monarca indiscutible del albur. Sayas ya traía Cayo. Llevaba muchísimos años haciéndola de comediante. Se la pasaba de extra o actor de soporte en muchísimas cintas hasta que halló su verdadera mina de oro, haciendo del clásico compadre feo y suertudo que inexplicablemente acaba enredado con puras diosas.

 Verlos juntos era una locura. Ella encarnaba a la mujer inalcanzable, el amor platónico, mientras que él, pues, era el paisano cualquiera intentando ligársela. Inventaron una receta infalible que retacó las taquillas nacionales por más de 10 años. A ver, no eran cine de culto, jamás pisarían cannes ni de chiste.

 Los críticos intelectuales las detestaban. Sin embargo, lograban el objetivo principal que los empresarios querían ver. Dejaban derramas económicas brutales. Pagar una entrada en los 70 te salía entre 8 y 15 pesos. Estas cintas se proyectaban más que nada en colonias bravas, en pueblos de la República, en rincones donde la raza buscaba desconectarse riendo un rato y los recintos reventaban.

 aventaban cuatro funciones al hilo en ciertos teatros, cada una con boletaje totalmente vendido. Ella estelarizó muchísimos de estos títulos entre mediados de los 70 y la recta final de los 80. Cintas inolvidables como Bellas de noche, Las Ficheras, Noches de Cabaré o Muñecas de Medianoche. Yoyas absolutas de la cultura popular.

 Cerrando los 70, ya no era simplemente una cara bonita del montón, era la jefa absoluta. Si su rostro aparecía en la marquesina, el negociazo estaba asegurado. Los estudios se daban con todo por tenerla. Los exhibidores tenían clarísimo que proyectarla significaba butacas atascadas de gente. Su look hizo historia.

 Ropa super entallada, un escote de infarto, sombras cargadísimas y ese clásico cabello alborotado que gritaba glamour retro. Básicamente era el sueño dorado de cualquier mexicano en los 70 hecho celuloide. Y ojo, ella era inteligentísima, sabía jugarlo a su favor, pero ojo, esta mujer ofrecía mucho más que una silueta espectacular.

Su ritmo humorístico era puramente innato. Lanzaba cada frase con una precisión que obligaba al público a soltar la carcajada. Frente a la lente, sus movimientos estaban fríamente calculados. Sí, trabajaba en un nicho bastante menospreciado por los críticos intelectuales, pero francamente ella era la reina absoluta de ese juego.

 Para desentrañar el verdadero patrimonio de nuestra estrella, primero necesitamos sumergirnos en cómo fluía el dinero dentro del famoso cine de ficheras. Porque seamos sinceros, fue exactamente en medio de esa imparable maquinaria de entretenimiento popular donde amasó todo su billete. A diferencia de las telenovelas millonarias que armaba Televisa, este formato cinematográfico sobrevivía con presupuestos bastante más modestos.

 Filmar una de estas cintas requería una inversión de entre 800,000 y 2 millones de pesos. Todo se grababa de volada apenas en dos o tres semanas. Utilizaban escenarios auténticos, cabarets reales, patios de vecindad y hotelitos económicos, cero trucos visuales carísimos, nada de sets extravagantes. Sin embargo, el margen de ganancias resultaba ser una verdadera locura. Imagínate esto.

 Si invertían un millón de pesos en el rodaje, la taquilla fácilmente les regresaba entre 5 y 10 millones. Fabricaban cintas como si fueran pan caliente. Al grabar entre 10 y 12 proyectos anuales, la acumulación de lana era simplemente brutal. Claro, las protagonistas del cabaret recibían sueldos inferiores si las comparas con divas televisivas tipo Lucía Méndez o Verónica Castro.

 Ellas se embolsaban entre 50,000 y 80 y 5000 pesos por episodio durante su apogeo. Aunque la inmensa cantidad de proyectos nivelaba las cosas. En su pleno apogeo entre 1978 y 1985, esta estrella cobraba desde 80,000 hasta 150,000es por cinta. Pensemos en Pedro Armendaris cobrando 50,000es allá por los años 40. Sacando cuentas y ajustando la inflación acumulada, los ingresos de ellas superaban esa cifra desde un 60% hasta triplicarla en los 70 y 80.

 Pongan mucha atención a este dato. Durante aquellos años de máxima fama, esta mujer llegaba a protagonizar de ocho a 12 largometrajes anualmente haciendo cálculos rápidos. Supongamos un promedio de 10 estrenos al año, cobrando unos 115,000es por cada participación. El resultado arroja 1,150,000 pesos anuales puramente actuando, trayendo esos 115,080 a la economía de hoy.

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