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Por qué Este Destructor Japonés Logró lo que Ningún Barco Debería Poder Hacer — La Verdad de Kiska

 Eso es exactamente lo que pasó en las Islas Saleutas en el verano de 1943. Y la respuesta es más extraña de lo que cualquier estratega militar se atrevería a admitir. Las Islas Saleutas son un archipiélago que se extiende como una cicatriz sobre el mapa desde Alaska hacia el oeste hacia Japón. Son islas de niebla permanente, viento cortante y temperaturas que paralizan los músculos en minutos.

 No son un lugar donde nadie quisiera pelear una guerra. Y sin embargo, en 1942, Japón tomó dos de esas islas, Atu y Kiska, como parte de una maniobra de distracción durante la batalla de Midway, una operación secundaria que con el tiempo se convirtió en una trampa mortal. Los americanos no podían permitir que el enemigo tuviera una base en suelo norteamericano.

Era un asunto de orgullo, de seguridad nacional, de símbolo. El cerco comenzó lentamente. Barcos, aviones, submarinos, bloqueos logísticos que cortaron el suministro de alimentos y municiones a las guarniciones japonesas. Los soldados en resistieron hasta el último hombre. En una batalla feroz que terminó en mayo de 1943, quiska era la siguiente.

 Ahí esperaban 5193 soldados japoneses rodeados sin refuerzos posibles con el invierno del Pacífico Norte encima y con la certeza de que tarde o temprano los americanos desembarcarían. Lo que Japón planeó a continuación no está en los manuales de estrategia convencional, está en los archivos que tardaron décadas en desclasificarse.

Para entender lo que pasó en Quisca, hay que entender primero lo que pasó en ATU. Atu fue una carnicería. Las tropas japonesas recibieron una orden simple antes de que comenzara el asalto americano. No rendirse bajo ninguna circunstancia hasta el último aliento. 2900 soldados japoneses [música] defendieron la isla contra 15,000 americanos durante 19 días.

 En mayo de 1943, el terreno volcánico, el barro helado, la niebla que borraba los contornos de todo, convirtieron cada avance en una pesadilla táctica. Los americanos pagaron un precio enorme por cada metro de tierra. Al final, solo 28 soldados japoneses fueron capturados con vida, todos ellos heridos, incapaces de empuñar ningún arma.

El resto eligió morir. Cuando las noticias llegaron a Tokio, algo cambió en los cálculos del alto mando imperial. No era sostenible seguir sacrificando guarniciones enteras [música] en islas que no tenían valor estratégico real. Atu había demostrado que la resistencia heroica sin posibilidad de refuerzo, era simplemente un sacrificio colectivo disfrazado de honor militar.

 Quiska tenía que ser diferente. El problema era monumental. La armada de los Estados Unidos había construido un bloqueo naval casi perfecto alrededor de Quisca. Más de 100 barcos de superficie, submarinos en patrulla constante y aviones de reconocimiento que sobrevolaban la isla cada pocas horas.

 El radar americano cubría los accesos desde múltiples ángulos. Cualquier barco japonés que intentara acercarse sería detectado a tiempo suficiente para ser interceptado y hundido. No había manera de entrar ni de salir, al menos no en condiciones normales. El vicealmirante Shiro Kawas, comandante de la quinta flota japonesa, lo sabía y también sabía que tenía algo que los americanos no podían comprar ni fabricar.

 El tiempo meteorológico del Pacífico Norte. Las aleutas son famosas por su Willyw, ráfagas de viento que aparecen sin aviso por sus nieblas que descienden en minutos y borran el horizonte por completo por condiciones climáticas que pueden pasar de moderadas a mortales en cuestión de horas. El radar tiene un problema fundamental con la niebla densa y la interferencia atmosférica.

 No es ciego, pero se vuelve menos confiable y a velocidades altas, con ventanas de tiempo muy cortas, esa diferencia puede ser la que separa lo imposible de lo posible. Kawuase necesitaba una ventana meteorológica perfecta, una donde la niebla fuera tan densa que los radares americanos se volvieran confusos, donde los aviones de reconocimiento no pudieran volar, donde la visibilidad cayera a casi cero.

 El plan era simple, en teoría, brutal, en ejecución. Una flota de destructores, los barcos más rápidos de la armada japonesa, entraría a Quisca. a máxima velocidad durante esa ventana, sin detenerse, sin apagar los motores, cargaría a todos los hombres en el menor tiempo posible y saldría antes de que los americanos pudieran reaccionar.

La operación tenía un nombre en clave, G, Go, y dependía completamente de algo que ningún almirante puede ordenar, controlar ni predecir con certeza el clima. Kawase esperó, estudió los reportes meteorológicos, analizó los patrones, intentó dos veces acercarse a la isla en julio sin éxito. Los americanos detectaron movimientos sospechosos y reforzaron el bloqueo.

 La primera aproximación fue frustrada por condiciones insuficientes. La segunda casi resultó en un combate naval que hubiera arruinado todo. El tiempo se agotaba. Los soldados en Quisca llevaban meses en condiciones de hambre y frío. El abastecimiento era mínimo. La moral, un hilo delgado. Y entonces el clima habló. A fines de julio de 1943, los meteorólogos japoneses detectaron algo extraordinario.

Una masa de niebla densa, casi impenetrable, [música] se movía hacia las aleutas. Era la ventana. Kawase movilizó la flota. Antes del momento más tenso de esta batalla, un favor rápido. Rescatar estas historias olvidadas requiere mucho esfuerzo. Si valoras la historia militar, suscríbete y deja tu like para apoyar al canal.

 Solo así aseguras nuestro próximo documental. El destructor Hibiki no era un barco ordinario. Su nombre significa eco en japonés. Y para 1943, el Jibiki ya era una leyenda dentro de la Armada Imperial. era el vio destructor del ambicioso programa de construcción naval japonés de los años 20, perteneciente a la subclase [música] Akatsuki, rama avanzada de los destructores Fubuki, considerados los más potentes del mundo cuando entraron en servicio con una velocidad de 38 nudos, cañones de 127 mm y capacidad para operar a 5000 millas náuticas de su

base. Había participado en múltiples operaciones de alto riesgo y salido intacto de todas ellas. Ese tipo de historial no es suerte, es una combinación de tripulación experimentada, comandantes que conocen los límites de su barco y algo que los marineros japoneses llamaban en voz baja presencia. El 28 de julio de 1943, el Jibiki formaba parte de la fuerza de rescate Kego bajo el mando del contraalmirante Masatomi Kimura.

 La flota era pequeña comparada con lo que enfrentaba. Dos cruceros ligeros y 10 destructores sin acorazados, sin portaaviones, nada que pudiera resistir un combate prolongado con las fuerzas americanas. La velocidad era todo. Entrar, cargar, salir. La operación completa tenía que ejecutarse en el menor tiempo posible.

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