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La verdad que ocultaron tras la muerte del Tano de Nigris

La verdad que ocultaron tras la muerte del Tano de Nigris: El diagnóstico secreto, las pastillas de azúcar tiradas a la basura por su esposa y el cuaderno negro que encontró su hermano en una maleta. Un pacto de silencio familiar que lo condenó a morir en soledad mientras jugaba.

ANTONIO DE NIGRIS : CONFESÓ TODO ANTES DE MORIR – LA VERDAD SALIO A LA LUZ 

mundialista con la selección mexicana en la Copa América, hermano mayor del clan futbolero más mediático de México. Y ese mismo hombre, amaneciendo destrozado y muerto en una cama de Grecia con apenas 31 años, con un dolor en el pecho que todos sabían que iba a matarlo, menos él.

 Hoy vas a saber el diagnóstico real que le ocultaron durante un año entero para que siguiera jugando hasta la muerte. La asquerosa razón por la que su propia familia guardó silencio mientras le tiraban las pastillas a la basura cada noche. Y lo más oscuro, lo que encontraron dentro de su maleta cuando su hermano Poncho llegó a Grecia a recoger su cuerpo.

 Pero antes de saber cómo amaneció destrozado en aquella cama griega, tienes que entender cómo llegó hasta ahí. Porque lo que pasó la madrugada del 16 de noviembre del 2009 en un departamento de Larisa no empezó en Grecia. Empezó 31 años antes en una casa de clase media del barrio Roma Sur de la ciudad de Monterrey, donde un niño chico con un balón viejo entre las manos le prometió a su madre que algún día iba a vestir la camiseta de los rayados.

Cumplió la promesa y se mató cumpliéndola. Antonio Alejandro de Nigris Guajardo nació en abril del 78, Monterrey, Nuevo León, tierra dura, tierra del calor seco que pega como bofetada al mediodía, tierra del fútbol obrero de la fábrica, del cerro de la silla recortado contra el cielo blanco del verano.

 Vino al mundo como el segundo hijo de una familia conocida en la ciudad. Su papá era un hombre trabajador del norte de pocas palabras y muchos gestos. Su mamá lo cargaba sobre la cadera mientras le enseñaba a caminar arriba del azulejo blanco de la cocina. Y arriba en el cuarto compartido del segundo piso, su hermano mayor, Poncho, lo vigilaba como un guardián chiquito de 4 años.

 Después llegó Aldo y después los demás, cinco hijos, una casa llena, un padre que regresaba tarde, una madre que repartía abrazos y regaños con la misma mano. Pero lo que ninguno de esa familia sabía aquellas tardes calurosas del barrio Roma Sur era que el niño Tano, el del medio, el bonachón, el sonriente, 30 años después iba a morir solo en otro país, en una cama que no era la suya, en un idioma que no era el suyo, lejos de todos, empezó a patear pelota a los 4 años en el patio de cemento de la casa contra la pared del garaje, solito, hasta que su mamá lo llamaba a comer. y

él se metía con las rodillas raspadas, los calcetines rotos y una sonrisa que no se le quitaba ni cuando lo regañaban. A los 7 años entró a las fuerzas básicas de los Rayados de Monterrey. Aprendió rápido. Tenía un don que el entrenador descubrió al tercer entrenamiento. Sabía dónde iba a estar la pelota antes de que la patearan.

 Es decir, sabía leer el partido como solo lo sabían leer los nacidos para esto. A los 14 años ya era titular indiscutible en su categoría. A los 16 lo subieron al equipo de tercera. A los 18 debutó en primera, camiseta blanca y azul rayada. El estadio tecnológico lleno hasta el último escalón. Anotó en su tercer partido como profesional.

 contó después su mamá que esa noche no durmió de la emoción, que se levantó tres veces a verlo dormir en su cuarto con el cuerpo cansado y todavía sudado, como si quisiera confirmar que el niño que pateaba contra la pared del garaje era el mismo muchacho que había metido un gol en el tech. Lo que esa madre no podía saber es que ese mismo cuerpo joven y sano 14 años después iba a llegar a Monterrey dentro de un féretro griego sellado con cinta amarilla.

 Los siguientes años fueron de gloria. Bicampeón goleador con los Rayados, 37 goles en 65 partidos. Un récord que hizo voltear a todo el fútbol mexicano hacia él. Lo apodaron el Tano por un primo italiano lejano y el apodo se le quedó pegado hasta el día que murió. Llegó a la selección mexicana en marzo del 2001.

 Debutó contra Brasil 22 años. Una camiseta verde que se ponía como si la conociera de toda la vida. En la cancha corría como si tuviera prisa por demostrar algo, aunque nadie le había pedido nada todavía. Lo llevaron a la Copa América del mismo año. Jugó, marcó. festejó con la mano en el escudo. Para los que veían fútbol mexicano en aquel principio de los 2000, el tano de Nigris era el delantero del futuro, el hombre que iba a sostener el ataque del trios 10 años.

 La historia tenía otros planes. En el 2002 se fue a Europa. Villarreal de España. Equipo nuevo en la primera división. Dinero corto, oportunidades cortas. El Tano apenas jugó. Lo prestaron al polideportivo Ejido en la segunda división española. Tampoco la armó. Vivió ese año en un departamento chico de Almería, sin la familia cerca, comiendo en restaurantes de carretera hablando por teléfono a Monterrey tres veces por semana.

 Regresó a México con la cola entre las patas, jugó con el Puebla, recuperó algo del nivel, lo fichó el América. No funcionó. Lo prestaron a los Pumas de la UNAM. tampoco. Después se fue a Colombia, Alonce Caldas, donde por fin volvió a meter goles como en sus mejores tiempos. Después saltó a Brasil, al Santos. Después saltó a Turquía.

 En 7 años jugó en 13 equipos de cinco países, es decir, casi un equipo nuevo cada 6 meses. Hizo y deshizo maletas más veces que cualquier futbolista mexicano de su generación. Vivió en hoteles de aeropuerto. Cargó a su hija de país en país. Le habló a su madre desde teléfonos públicos de ciudades cuyos nombres ella no podía pronunciar.

 ¿Por qué tantos clubes en tan poco tiempo? Esa pregunta nadie se la quiso hacer en su momento. La gente del fútbol pensaba que era un trotamundos profesional, un mercenario del gol, un futbolista al que le gustaba la aventura. Pero la respuesta real estaba escondida dentro de una carpeta de exámenes médicos que un agente guardó bajo llave en una oficina de Estambul.

 Y vas a saber qué decía esa carpeta en unos minutos. En el 2007 llegó a Turquía Gacianteps por primero, Ancaras por después y en el verano del 2008 firmó con el Ankaraguku, otro club de la primera división turca. El traslado a Turquía coincidió con un cambio en su vida. Se había casado años atrás con una muchacha de Monterrey llamada Sonia Guerra.

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