En un escenario político nacional marcado por la polarización constante, las voces que apuestan por el tendido de puentes y el diálogo institucional suelen convertirse en un faro de análisis necesario. Luis Gilberto Murillo se presenta ante el país no solo como un candidato presidencial con una vasta trayectoria en el servicio público, sino como un hombre hecho a pulso desde la periferia más profunda de Colombia. En una profunda y reveladora conversación, el exministro y exembajador desnudó las dinámicas del poder centralista, abordó los mitos y realidades de la crisis de los pasaportes e hizo un llamado urgente a superar la “política de la división” que mantiene al país atrapado en disputas del pasado.
Nacido en Andagoya, Chocó, Murillo personifica la superación de las barreras impuestas por el racismo estructural y el abandono estatal en las regiones colombianas. Su historia personal, que transita desde las aulas de ingeniería de minas en la Unión Soviética hasta los pasillos de las universidades de élite como el MIT y los ministerios en Bogotá, le otorga una perspectiva única sobre los contrastes históricos de una nación que, según sus propias palabras, parece habitar simultáneamente en tres siglos distintos: territorios que viven bajo las carencias del siglo XIX, regiones atrapadas en la burocracia del siglo XX y comunidades dinámicas que ya exportan talento e innovación hacia el siglo XXI.
El laberinto de los pasaportes y el “síndrome del fundador”
Uno de los temas más álgidos y que mayor atención ha captado en la opinión pública reciente es la gestión y p
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osterior crisis en el sistema de expedición de pasaportes. Murillo, quien asumió el liderazgo de la cancillería en un momento de alta turbulencia, enfrentó los cuestionamientos de manera directa y transparente [40:28]. Al asumir el cargo, el panorama estaba dominado por largas filas de ciudadanos angustiados, una opaca red de tramitadores ilegales y un software obsoleto cuyos algoritmos eran manipulados sin control.
Siguiendo las directrices del presidente Gustavo Petro, enfocadas en garantizar la pluralidad de oferentes, proteger los datos privados de los colombianos y aumentar la participación pública, Murillo articuló un modelo técnico viable en coordinación estrecha con la Procuraduría General de la Nación y la Contraloría General de la República [41:38]. Este esfuerzo dio como resultado un convenio de cooperación internacional con Portugal, diseñado para descentralizar y asegurar la producción de los documentos en un plazo de cinco meses.
Sin embargo, el proyecto se truncó tras su salida de la cartera ministerial debido a lo que Murillo denomina el “síndrome del fundador”: la perniciosa costumbre política de desechar los avances de la administración anterior bajo la premisa de que todo lo hecho previamente carece de valor [42:42]. Esta falta de continuidad provocó la pérdida de meses valiosos y derivó en la aplicación de medidas temporales e inestables que hoy afectan el agendamiento y la expedición del documento. Murillo enfatizó que los señalamientos en su contra responden a lógicas netamente de campaña electoral y no a la realidad técnica de los procesos que dejó debidamente estructurados y en marcha, incluyendo la exitosa implementación del trámite en línea en interoperabilidad con la Registraduría y el Ministerio TIC [43:50].
Racismo estructural y la construcción del “Black Power” colombiano
La conversación también se adentró en las fibras más sensibles de la identidad y la equidad social en Colombia. Murillo fue categórico al describir al país como una sociedad profundamente racista, con una discriminación que no se manifiesta de forma explícita o violenta como en Sudáfrica o los Estados Unidos, sino a través de brechas socioeconómicas estructurales y silenciosas [04:17]. Los mapas de privación en salud, educación e infraestructura vial coinciden de forma matemática con las regiones de mayor asentamiento de comunidades negras, afrodescendientes, raizales y palenqueras.
El candidato expuso el fenómeno del colorismo, señalando que cuanto más oscura es la piel de un ciudadano en Colombia, más alejado se encuentra de los beneficios y oportunidades de la sociedad principal [05:03]. Como ejemplo fehaciente de este desdén geográfico y étnico, subrayó que el Pacífico colombiano es el único tramo de toda la costa pacífica suramericana que permanece sumido en el subdesarrollo, contrastando drásticamente con los avances portuarios y urbanos de Ecuador, Perú y Chile [05:22].
A pesar de las conquistas normativas impulsadas desde la Constitución de 1991, que reconoció formalmente los derechos territoriales y culturales de estas poblaciones, Murillo advirtió que la presencia de figuras afrodescendientes en altos cargos del Estado —como ministerios o la propia vicepresidencia— corre el riesgo de quedarse en una simple mejora de la “foto institucional” si no se respalda con un poder real y organizado capaz de transformar las agendas públicas locales [09:58]. En Colombia, a diferencia de la experiencia norteamericana, el “Black Power” o poder político y económico negro aún se encuentra en una etapa de construcción temprana debido a las barreras invisibles que impiden la acumulación de capital y la representatividad en los grandes centros de toma de decisiones empresariales y académicas [06:43].
Una propuesta de síntesis y evolución institucional
Frente a la encrucijada electoral, Luis Gilberto Murillo toma distancia de la idea de una continuidad rígida y propone, en su lugar, una evolución basada en la síntesis de los aciertos de los mandatarios que lo precedieron. Con una madurez política que privilegia el reconocimiento por encima del resentimiento, el candidato destacó los aspectos rescatables de distintas administraciones: la ruptura del protocolo presidencial y el acercamiento directo a las regiones implementado por Álvaro Uribe; el diseño institucional, la alta calidad de las políticas públicas y el compromiso con la paz de Juan Manuel Santos; el impulso a las industrias creativas y el talento cultural de Iván Duque; y la centralidad de la agenda social junto a la inclusión de nuevas voces ciudadanas promovida por Gustavo Petro [35:14].
Para Murillo, el gran mal de la gobernanza contemporánea radica en la existencia de una política deliberada de generación de divisiones orientada a preservar espacios de poder individuales, lo cual empequeñece las posibilidades de crecimiento del país [40:07]. Su visión de futuro busca sintonizar al Estado con las dinámicas de una juventud colombiana que ya se encuentra globalizada, exportando software, diseños arquitectónicos y productos culturales de primer nivel mundial, mientras la dirigencia política tradicional continúa enfrascada en los debates ideológicos del siglo pasado [49:14].
La propuesta presidencial de Murillo, respaldada por su fórmula vicepresidencial Luz María Zapata, se fundamenta en sustituir el esquema del privilegio por el valor del esfuerzo personal y la garantía estatal de una verdadera igualdad de oportunidades [54:02]. Su objetivo final es ambicioso pero indispensable: romper el centralismo asfixiante que gobierna de espaldas a los mares y las fronteras, transformando a Colombia en un gran centro logístico global, una potencia agroalimentaria y un referente de biotecnología basado en su inigualable biodiversidad natural. Una sola Colombia unida y en paz, donde el lugar de nacimiento de un niño no condicione de forma irrevocable el límite de sus sueños.