de cargar costales de 100 kg cuando los jornaleros no llegaban, de manejar tractor en terrenos que no perdonan el cansancio ni el error, de preocuparse por el precio del maíz que bajaba cuando tú necesitabas que subiera, por el agua que escaseaba cuando más la necesitabas, por la deuda del banco que estaba siempre ahí como un perro flaco en la puerta, esperando paciente y sin ladrar.
infarto a los 59 años. No murió, pero el médico de Lims en San Felipe fue muy claro desde el primer día. Nada de esfuerzo físico, nada de estrés, nada de campo, nada de sol fuerte, nada de carga. Si quería llegar a los 70, tenía que aprender a quedarse sentado y dejar que otros hicieran lo que él había hecho toda su vida.
Para un hombre como mi papá, eso era casi peor que no sobrevivir. Así que el rancho quedó en manos de mi mamá, doña Carmen Cruz. 54 años cuando pasó todo aquello. 120 haáreas de tierra arcillo arenosa en el noreste de Guanajuato, en el municipio de San Diego de la Unión, cerca de la frontera con San Luis Potosí, tierra de clima seco y de cielos que te engañan porque se ven bonitos cuando no hay nubes.
Pero sin nubes no hay agua y sin agua no hay nada. Tierra de vientos que llegan cargados de polvo fino en marzo y abril. y se meten por debajo de las puertas y por las ventanas, aunque estén cerradas. Tierra de lluvias que cuando vienen lo hacen de golpe en tormentas de 2 horas que te echan encima, lo que debería caer en tres semanas y cuando no vienen te dejan mirando el cielo durante semanas con la boca seca y los surcos cuarteados y las plantas mirando hacia arriba igual que tú.
Mi mamá nunca había firmado un documento oficial en su vida hasta ese momento. Nunca había ido al banco sola a negociar una prórroga. Nunca había tratado con el coyote en la báscula sin que mi papá estuviera a su lado. Nunca había contratado jornaleros ella sola, ni decidido ella sola cuándo sembrar, cuándo fumigar, cuándo cosechar.
Pero conocía cada metro de esa tierra mejor que cualquier persona en el municipio, mejor que mi papá en algunos aspectos, aunque él nunca lo dijo en voz alta porque no era de los que decían ese tipo de cosas en voz alta. Mi mamá sabía que surco del campo norte drenaba mal en julio y se encharcaba si llovía fuerte dos días seguidos.
Sabía qué esquina del campo poniente se helaba antes que el resto cuando llegaba el norte de noviembre, y cuántos surcos había que dejar sin sembrar de esa esquina para no perder la inversión. sabía cuando el maíz pedía agua, aunque el suelo todavía se viera húmedo en la superficie, porque había aprendido a leer las hojas, el color, el ángulo en que colgaban al mediodía.
Había pasado 40 años mirando, siguiendo, preguntando, sin que nadie se diera cuenta de que estaba aprendiendo. Porque en esa época, en esos municipios, una mujer que preguntaba demasiado sobre el campo era rara y ella no quería ser rara, quería aprender. 8 años trabajó sola con jornaleros en temporada alta, con sus propias manos cuando no había de otra o cuando los jornaleros no llegaban, o cuando el dinero no alcanzaba para pagarlos, con orgullo que no se doblaba, aunque el precio del maíz cayera tres temporadas seguidas, aunque
el pozo principal bajara su nivel 2 met en 2 años por la sobreexplotación del acuífero en toda la región, aunque los vecinos le dijeran que vendiera, que ya estaba grande para tanto trabajo, que sus hijos estaban lejos y para qué tanto sacrificio. Ella decía que gracias y seguía. Yo tenía 20 años cuando mi papá tuvo el infarto.
Estaba en mi segundo año en la Universidad Autónoma de Querétaro, carrera de ingeniería en sistemas de producción agropecuaria con una beca parcial que complementaba con trabajo de medio tiempo en un invernadero experimental del campus. Le ofrecí regresar al rancho inmediatamente. Mi mamá dijo que no con una claridad que no dejaba espacio para discutir.
Me dijo que terminara la carrera. Me dijo que el rancho lo iba a sostener ella y que cuando yo regresara iba a regresar con algo útil entre las manos y entre las orejas, no n más con ganas de ayudar, que a los dos meses se convierten en frustración. y lo sostuvo. 8 años lo sostuvo. Regresé en 2022 con 28 años. Título enmarcado, 4 años de prácticas en distintos sistemas agrícolas del vajío, incluyendo 2 años en un rancho de agricultura orgánica certificada en el municipio de Dolores Hidalgo.
Y una idea que había estado desarrollando desde mi tercer año de carrera, que se convirtió en el tema central de mi tesis de licenciatura y que no le había contado a nadie del rancho todavía. porque sabía exactamente qué iban a decir. El borde oriente estaba pelón cuando llegué. 700 m de cerca de alambre de púas oxidado con postes de mezquite que se estaban pudriendo por la base, delimitando el lado más expuesto del rancho, el que da directo al viento del noreste que baja del altiplano potosino en los meses de febrero a mayo y arrasa
con todo lo que no está bien agarrado o bien protegido. La erosión eólica había estado barriendo la tierra de ese filo durante 30 años, sin que nadie hiciera nada para impedirlo, porque nadie había considerado que había algo que hacer. La tierra en el borde estaba compacta y grisácea.
Si la agarrabas con la mano y la apretabas, no formaba un terrón. Se desmoronaba en polvo seco que el viento te llevaba inmediatamente. En los puntos más afectados, la superficie estaba erosionada. 6, 7, hasta 8 cm por debajo del nivel original del suelo. Podías ver la diferencia porque la raíz de algunas plantas del primer surco quedaba expuesta colgando en el aire.
Cada vecino que había dado opinión sobre ese borde había dicho lo mismo. Siembra hasta la cerca, métele maíz o sorgo hasta el alambre. No desperdicies ni un metro cuadrado, porque la tierra es cara, aunque parezca barata. Yo dije, primero planta árboles. Esa noche, sentada en la cocina con mi mamá después de cenar, con el silencio del rancho afuera y el radio bajo de fondo, le expliqué el plan completo.
Le expliqué qué son los sistemas agroforestales de cortinas rompevientos y por qué funcionan en suelos como el nuestro. Le expliqué cómo las raíces de las especies nativas fijadoras de nitrógeno interactúan con las bacterias del suelo para convertir el nitrógeno del aire en nutrientes disponibles para los cultivos sin que tú pongas un solo peso en fertilizante.
Le expliqué los datos de reducción de erosión eólica que había revisado en los estudios del INFAP. Le expliqué los números de retención de humedad, los porcentajes de aumento de materia orgánica, los efectos sobre el rendimiento del cultivo en la zona protegida. Le expliqué los programas de apoyo de CONAF y de Sader, que podían cubrir buena parte de los costos de establecimiento.
Mi mamá me escuchó sin interrumpirme ni una sola vez durante 40 minutos. Cuando terminé, se levantó. Me sirvió más café, aunque yo no había pedido. Se sentó de nuevo y me hizo una sola pregunta. ¿Cuánto cuesta? Le dije, 8,200 pesos para las plántulas, más mis 4 días de trabajo que no le cobro. Me hizo la segunda pregunta.
¿Y cuándo se empieza a ver algo? Le dije, el segundo año ya hay datos medibles. El tercer año ya es claro para cualquiera que quiera ver. El cuarto año ya nadie puede discutirlo aunque quiera. Mi mamá se quedó mirando su taza de café un momento, como cuando está pensando algo que ya decidió, pero que todavía está ordenando.
Luego me puso la mano en el hombro, igual que mi papá hacía cuando algo salía bien, con la misma presión, en el mismo lugar exacto del hombro derecho. Y dijo dos palabras. Entonces empieza. Llamé al ingeniero Rodrigo Fuentes un lunes de agosto a las 8 de la mañana. Lo conocía de nombre desde mis años en la universidad. Dos de mis maestros lo habían mencionado como referencia en el tema de extensión rural y agroforestería en el Bajío.
Lo describían como uno de los pocos técnicos de campo en Guanajuato, que de verdad llevaba la agroforestería a los productores, con escaso éxito, no por falta de datos ni de argumentos, sino porque en esos municipios nadie quería ser el primero en hacer algo que su papá no había hecho y su abuelo tampoco. Llegó en 40 minutos exactos en una camioneta blanca de la extensión rural del municipio con el logo medio deslavado por el sol.
Botas de campo con barro seco de otra visita, una libreta con pastas de ule café bajo el brazo, igual a la mía. Cuando lo llevé al borde oriente y le expliqué lo que planeaba hacer, se agachó. Agarró un puño de tierra del filo con la mano derecha, lo apretó, lo abrió, vio cómo se desmoronaba en polvo sin formar ninguna estructura.
se paró, sacudió la tierra de la mano y sonró. No fue la sonrisa de quien está a punto de corregirte o explicarte por qué tu idea no va a funcionar en la práctica, aunque en la teoría suene bonita. Fue la sonrisa específica de alguien que lleva años esperando escuchar exactamente esto y que no esperaba que llegara hoy ni de dónde llegó.
Siéntese, me dijo. Tengo 5co años de datos compilados que son de usted. Nos sentamos en la sombra de la Troje durante 3 horas y media. El ingeniero Rodrigo había reunido durante años estudios del INFAP sobre sistemas agroforestales en el altiplano central de México. Reportes técnicos del Colegio de Posgraduados de Monteillo sobre fijación de nitrógeno en especies nativas del semidesierto guanajuatense.
del CM IT sobre interacciones entre cortinas, rompevientos y rendimiento de cultivos de temporal en condiciones de estrés hídrico. Me explicó con detalle y con paciencia las tasas de fijación de nitrógeno de Luis en suelos arcillo arenosos con pH entre 6.2 2 y 7, que era exactamente el rango de nuestro suelo según los análisis que mi mamá había mandado hacer dos años antes.
me explicó el comportamiento hídrico del ciruelo silvestre en condiciones de temporal irregular, su capacidad de sobrevivir periodos de sequía de hasta 120 días sin riego suplementario una vez establecido, y su hábito de rebrotar desde la base después de heladas tardías de marzo, que en nuestra zona todavía llegaban algunos años, me explicó la resistencia del tejocote a la sequía estacional prolongada y su función como especie paragua.
para aves insectívoras que controlan poblaciones de trips, pulgón y mosca blanca en los cultivos adyacentes sin que tú apliques nada. Me explicó también los programas de apoyo gubernamental disponibles en ese momento, el programa de pago por servicios ambientales de CONAFOR, modalidad sistemas agroforestales, que incluía un componente específico para cortinas rompevientos en zonas de erosión documentada.

El componente de desarrollo productivo sustentable de la SADER, con apoyo para prácticas de conservación de suelo y agua, entre los dos podían cubrir hasta el 75% del costo total de establecimiento del sistema, incluyendo plántulas, preparación del terreno y asistencia técnica. Cuando el ingeniero Rodrigo terminó, le hice la pregunta que llevaba un rato queriendo hacer.
¿Por qué nadie en el municipio lo ha hecho en todos estos años que usted lleva promoviendo esto? Respondió sin necesitar pensarlo. Porque nadie quiere ser el primero aquí. Si algo no lo hizo tu papá ni tu abuelo, no existe o está mal. Y si alguien nuevo llega con una idea diferente, primero tiene que aguantar que se rían de ella, que la critiquen, que le digan que no va a funcionar, que esperen a que fracase para poder decir que lo sabían.
La mayoría de la gente no aguanta eso. Prefieren no intentarlo a tener que aguantar las carcajadas. Le dije, “Yo sí aguanto.” El ingeniero Rodrigo me miró un momento, luego abrió su libreta y dijo, “Entonces le voy a dar mi número de celular directo y quiero que me llame cada dos semanas con datos.” Las plántulas llegaron en camioneta desde el vivero de Conafor en Dolores Hidalgo, un miércoles de agosto a las 7 de la mañana.
250 bolsas de vivero con árboles jóvenes de entre 40 y 60 cm de altura, agrupadas por especie en el platón de la camioneta con lonas húmedas encima para que no se estresaran con el calor del transporte. Wisache nativo del altiplano guanajuatense, acacia farnesiana, la especie principal fijadora de nitrógeno de la zona. Ciruelo silvestre del vajío.
Espondias, purpurea bar mexicana, productor de fruta que atrae aves y fija nitrógeno de manera complementaria. Tejocote Serrano, Crataegus Mexicana, resistente a heladas y sequía, productor de flor para polinizadores en marzo y de fruto para aves en otoño. Los descargué sola porque los jornaleros avisaron ese mismo día que no podían sin más explicación como pasa.
Los acomodé en sombra junto a la pared norte de la Troje en filas por especie, con las bolsas bien paradas y el suelo húmedo abajo para mantener la temperatura. Saqué mi libreta y dibujé el plano de distribución que había diseñado en mi tesis, adaptado a las dimensiones exactas del borde oriente del rancho. El diseño técnico para condiciones de altiplano semiárido con vientos predominantes del noreste recomendaba tres hileras paralelas a la cerca.
Primera hilera a 90 cm del alambre con tejocote, porque aguanta más el impacto directo del viento y la exposición. Segunda hilera a 2 metros de la primera con ciruelo silvestre. Tercera hilera, la más interior, a 2 m de la segunda, con uizche, que es el de crecimiento más rápido y el que más nitrógeno fija.
Distancia entre plantas dentro de cada hilera, 2 m exactos medidos a cordel. Alternancia de especies cada tres plantas dentro de cada hilera para reducir el riesgo fitosanitario. Total de plantas, 250, distribuidas en 700 m de borde en tres hileras. El primer día marqué las posiciones con estacas de madera cada 2 m a lo largo de los 700 m de cerca.
400 estacas aproximadas clavadas con mazo a cordel bajo el sol de las 10 de la mañana. Para cuando terminé eran las 5 de la tarde y había tomado 3 lros de agua. El segundo día empecé a plantar temperatura registrada en el termómetro de la Troje a las 12 del día, 41 gr. Viento del noreste entre 15 y 20 km porh constante con ráfagas que llegaban a 25.
La tierra en el filo estaba tan compacta que para hacer el hoyo de cada plántula necesitaba clavar la pala con fuerza, hacer palanca, girarla, sacar la tierra, repetir al menos dos veces por hoyo para alcanzar la profundidad de 30 cm que la plántula necesitaba para que la raíz quedara bien instalada.
Cada hoyo me tomaba entre tres y 5 minutos, dependiendo de qué tan dura estuviera la tierra en ese punto. 250 hoyos. Planté las primeras 84 plántulas el segundo día llegué a la cocina a las 6 de la tarde con las manos ampolladas debajo de los guantes y la espalda reclamando. Mi mamá me puso en la mesa un plato de frijoles con nopales y un vaso de agua de limón sin decir nada.
Eso era todo lo que necesitaba. El tercer día llegó don Aurelio Vega. Don Aurelio era el vecino con más terreno al oriente, con más años en el municipio y con más opiniones sobre lo que los demás deberían hacer con sus tierras. 63 años. Sombrero norteño de palma. Bigote entreco, bien recortado, manos gruesas con los nudillos marcados de décadas de trabajo.
No era mal hombre, era un hombre de su tiempo y de su lugar. Y en su tiempo y en su lugar, el campo lo llevaban los hombres y las mujeres esperaban en la casa. Y una muchacha de 28 años, recién llegada de la universidad, con ideas raras sobre sembrar árboles en el borde de la cerca, era, en el mejor de los casos, algo pintoresco.
Llegó en su camioneta gris a las 9 de la mañana, se estacionó en el camino de terracería junto a la cerca oriente. Se bajó, se recargó en el cofre con los brazos cruzados y me observó plantar durante 20 minutos sin decir nada. Luego dijo, “Valentina, eso que estás haciendo no tiene ningún caso. Seguí plantando.
Esos árboles te van a quitar agua al cultivo del borde. Las raíces van a competir directo con el maíz o lo que pongas en el primer surco y la sombra va a afectar el rendimiento. El primer surco de maíz junto a esa cerca va a producir la mitad que el resto.” Seguí plantando. “¿Tu mamá sabe que estás haciendo esto?”, respondí. y sin levantar la vista.
Ella me dijo que empezara. Don Aurelio se rió, no con crueldad calculada, sino con la risa involuntaria de quien está completamente seguro de que tiene razón y no puede contenerse. Se subió a su camioneta y se fue. Al día siguiente regresó con tres más. Don Crescencio Reyes, que tenía el rancho al norte y sembraba cebolla blanca y ajo.
Don Beto Muñoz, que cultivaba sorgo forrajero y girasol al sur y tenía fama de saber de tractores. El joven Memo Vega, sobrino de don Aurelio, de 25 años, que había intentado poner un invernadero de jitomate Cherry 3 años antes con un crédito del gobierno y lo había perdido todo en una granizada en abril antes de la primera cosecha y desde entonces tenía opiniones muy firmes sobre los proyectos agrícolas ambiciosos.
Los cuatro se instalaban en la cerca entre las 9 y las 11 cada mañana con su café en termo, como quien va a ver el partido. Comentaban entre ellos, señalaban, se reían. Alguno decía algo en voz suficientemente alta para que yo lo escuchara desde donde estaba plantando, que era intencional. Don Cresencio. Ahí va la ingeniera con sus palitos de Linifap.
Don Beto, cuando vengan los primeros de noviembre, esos arbolitos van a quedar tiesos como velas. El joven Memo, mi tío tiene razón. En 4 años eso va a ser puro monte y le va a meter plagas al maíz. Don Aurelio, resumiendo, el problema de ir a la universidad es que te enseñan teoría y cuando llegas al campo la teoría no sirve. Aquí la tierra manda.
Yo seguía plantando. Cuarto día. Terminé la plántula número 250 a las 4:20 de la tarde. Me quité los guantes, me senté en el suelo junto a la cerca y tomé agua directo de la botella hasta que dejé de tener sed. Luego me quedé mirando las tres hileras de plántulas que se extendían los 700 m del borde oriente.
Se veían pequeñas e insignificantes bajo ese cielo enorme de agosto. parecían exactamente lo que eran árboles recién plantados, vulnerables, con toda su vida por delante o por no tener, dependiendo de lo que pasara en las próximas semanas. Saqué la libreta del bolsillo trasero. Anoté la fecha. 14 de agosto de 2022. Número de plantas 250.
Condiciones 41 gr. Viento 15 a 20 k del noreste. Hora de finalización 4,20. Observaciones. Ninguna plántula perdida durante el proceso de plantación, todas instaladas con raíz a 30 cm de profundidad mínima. Suelo compactado en todos los puntos, sin estructura, humedad superficial, mínima. Esa tarde mi mamá caminó el borde oriente conmigo antes de que se hiciera de noche.
Fuimos despacio, sin hablar, mirando las plántulas. Mi mamá pasaba los dedos de vez en cuando por las hojas de las que estaban más cerca de la cerca. Cuando llegamos al final de los 700 m, se quedó un momento mirando hacia atrás, hacia donde habíamos comenzado. Dijo, “Se ven muy solas.” le respondí, “Por eso las planté para que dejen de estarlo.
El primer año documenté con una disciplina que no le habría pedido disculpas a ningún comité de investigación universitaria. Cada 15 días, sin excepción, tomaba muestras de suelo en cinco puntos fijos del borde oriente, marcados con varillas de rebar pintadas de rojo, para encontrarlos siempre en el mismo lugar y cinco puntos del centro del campo como control de comparación.
Las muestras iban en bolsas de plástico ziplock etiquetadas con fecha, código de punto y profundidad, 0 a 10 cm, 10 a 20 cm. Cada dos meses mandaba el lote completo al laboratorio de suelos del INFAP en Celaya, con el que el ingeniero Rodrigo Fuentes había gestionado una tarifa reducida para productores participantes en proyectos de extensión rural documentados.
Además de las muestras de suelo, medía la velocidad del viento a un metro de altura con un anemómetro de mano que el ingeniero Rodrigo me prestó en tres puntos del borde oriente y tres puntos del borde poniente, que no tenía ninguna protección y me servía como referencia real de lo que pasaría sin los árboles.
medía la humedad superficial del suelo en los mismos puntos con una sonda de yeso que había comprado de segunda mano en una ferretería agrícola de Dolores Hidalgo por 300 pesos y tomaba fotografías desde los mismos ángulos exactos cada 15 días con una cinta métrica desplegada en el suelo como referencia de escala para tener registro visual del crecimiento de las plántulas.
Todo iba a una hoja de cálculo que el ingeniero Rodrigo revisaba cada mes en su visita de seguimiento. Venía, revisaba los números, revisaba las fotos, tomaba sus propias notas, hacía preguntas. A veces venía con algún colega de la extensión o de la universidad y me preguntaba si podía mostrarles el sistema.
Siempre dije que sí. Los datos del primer año eran modestos en magnitud, pero consistentes en dirección. En marzo y abril, los meses de viento más intenso, la velocidad registrada en el borde oriente era en promedio 16% menor que en el borde poniente sin protección. No era un número espectacular, pero era medible irrepetible en cada medición de esos meses.
La humedad superficial en el filo oriente era cuatro puntos porcentuales mayor que en el año anterior, en el mismo periodo, según la comparación con los datos basales que había tomado antes de plantar. Las plántulas habían sobrevivido la primera sequía de otoño, los primeros nortes fuertes de noviembre y diciembre, la helada de finales de enero que ese año llegó a -4 gr y mató varios trasplantes de hortalizas en los invernaderos de la zona y habían llegado a la primavera siguiente con alturas de entre 80 cm y 1,20 m según la especie.
Don Aurelio Vega siguió apareciendo en la cerca los primeros meses, a veces con uno o dos de sus compañeros, a veces solo. Con el tiempo fue viniendo menos seguido. Para el sexto mes del primer año venía solo, sin los otros, y ya no con comentarios, solo mirando. Eso pensé cuando me di cuenta.
Ya era un cambio que valía anotar. El ingeniero Rodrigo me dijo en la visita de noviembre mientras revisaba la hoja de cálculo sentado en la sombra de la Troje. ¿Sabe cuántos productores del municipio me han preguntado cómo le va a usted con los árboles? Le pregunté, “¿Cuántos?”, me respondió, “Ninguno todavía.” “Pero dos me preguntaron en la última reunión del cader si usted estaba bien de la cabeza o si era noás pose de universitaria.
Me reí por primera vez en meses. Era la risa de alguien que sabe que está en el camino correcto, aunque el camino todavía no haya llegado a ningún lado visible. El segundo año fue cuando los datos empezaron a hablar más alto de lo que yo misma había calculado. En febrero, el ingeniero Rodrigo llegó con la doctora Lorena Iváñez, investigadora titular del departamento de suelos de la Universidad de Guanajuato, campus Celaya Salvatierra.
con 15 años de trabajo en análisis de suelos agrícolas del Bajío y del altiplano guanajuatense. Traía un equipo de muestreo completo, profesional, del tipo que yo no tenía. Analizador de materia orgánica portátil de precisión. Penetrómetro digital de doble punta para medir resistencia del suelo a diferentes profundidades. Frascos esterilizados de vidrio para muestras que iban a procesarse en laboratorio con análisis de 15 parámetros diferentes.
Caminó el borde oriente sola durante casi una hora, eligiendo sus propios puntos de muestreo sin que yo le indicara dónde, tomando muestras en profundidades de hasta 40 cm en algunos puntos. Luego tomó las mismas muestras en cinco puntos del centro del campo para la comparación. No habló mucho durante el proceso. Cuando terminó, me preguntó si podía ver mi hoja de datos del primer año.
Se la mostré en la laptop. Leyó todo despacio. Asintió varias veces sin decir nada. se fue. Los resultados del laboratorio llegaron 22 días después en un correo electrónico con seis páginas de tablas adjuntas y un resumen ejecutivo de media página que la DOCO Iváñez había escrito ella misma. Materia orgánica del suelo en el borde oriente, 18% mayor que en el centro del campo en el segundo año de sistema.
Retención de humedad en la zona previamente más erosionada del borde, 23% mayor que la línea base medida antes de plantar. 19 densidad aparente del suelo en el filo, 12% menor que la línea base, lo que indicaba que la estructura del suelo estaba mejorando activamente, perdiendo compactación, ganando porosidad.
Actividad microbiana medida por respiración del suelo, 27% mayor en el borde que en el centro del campo, indicando una comunidad de microorganismos más activa y diversa, asociada al aporte de materia orgánica de las raíces de los árboles. Al final del correo, la docutora Ibáñez escribió una sola oración adicional al resumen.
Sus datos son los más consistentes que he revisado en un sistema agroforestal de establecimiento reciente en la región Bajío altiplano guanajuatense. ¿Le interesaría participar en un artículo de divulgación técnica para el boletín del INFP y posiblemente para la revista de la Sociedad Mexicana de la Ciencia del Suelo? Le respondí esa misma tarde.
Déjeme terminar el tercer año y tener los datos de rendimiento del cultivo. Prefiero publicar cuando el ciclo de evidencia esté completo. Hay algo que quiero decirles aquí en este punto del video antes de seguir con la historia de Valentina. Hay algo que la mayoría de los productores en México, y me atrevería a decir en buena parte de América Latina, nunca se detienen a considerar de verdad cuando piensan en la cerca de su rancho o su parcela.
Tu cerca no es el límite de tu propiedad, no es solamente donde terminas tú y empieza el vecino. Es el borde de un sistema que si lo manejas bien trabaja para ti cada día del año sin que tú le pongas un peso en insumos, sin que lo riegues, sin que lo fumigues, sin que le dediques mano de obra permanente.
Es un recurso que la mayoría de los productores está dejando trabajar en su contra. Porque la erosión y el viento trabajan sin descanso y si no pones algo que los frene, ese trabajo va a ser siempre en contra de tu suelo. Las especies nativas fijadoras de nitrógeno, elach, el ciruelo silvestre, el mezquite según la región, hacen algo que no tiene equivalente barato ni sintético accesible para el productor pequeño y mediano.
Sus raíces establecen una relación simbiótica con bacterias del género risovium, que están naturalmente en el suelo y que bajo las condiciones correctas toman el nitrógeno del aire, el mismo aire que tienes alrededor en este momento y que es 78% nitrógeno y lo depositan en el suelo en formas químicas que las plantas de cultivo pueden absorber directamente a través de sus raíces.
El INIFA y el Colegio de Posgraduados de Montecillo documentan tasas de fijación de 40 a 80 kg de nitrógeno por hectárea por año en condiciones de altiplano semiárido, sin que tú pagues un solo peso en urea, sin que cargues una sola bolsa, sin que hagas un solo viaje a la agroos. Eso es solo el nitrógeno.
Las raíces de los árboles también rompen las capas compactadas del subsuelo que décadas de tráfico de tractor y pisoteo han creado, abriendo canales naturales por donde el agua de lluvia penetra verticalmente en lugar de escurrirse horizontalmente por la superficie llevándose la tierra contigo. Las hojas que caen y se descomponen año tras año añaden carbono orgánico al suelo, mejorando su estructura, su capacidad de retención de agua, su actividad microbiana.
La sombra parcial de las ramas reduce la temperatura superficial del suelo en los meses más calurosos, disminuyendo la evaporación y conservando la humedad disponible para el cultivo en los días entre riegos o entre lluvias. Las aves insectívoras que llegan atraídas por los frutos del tejocote y el ciruelo silvestre controlan poblaciones de plagas sin que tú apliques ningún insecticida en esa zona y transportan esporas de hongos micorrísicos que se establecen en las raíces de los cultivos adyacentes y aumentan su capacidad de
absorción de fósforo y micronutrientes. No es un árbol, es una red de relaciones biológicas que se vuelve más compleja. más diversa y más productiva cada año que pasa, mientras tú te ocupas de lo demás y lo haces sola mientras llueve o no llueve, mientras el precio de la urea sube, mientras los vecinos opinan.
El tercer año fue el año en que don Aurelio Vega dejó de venir a la cerca y yo entendí mucho después que dejó de venir porque ya no sabía qué decir y prefería el silencio al reconocimiento que todavía no estaba listo para hacer en voz alta. Ese año sembré Chile Mirasol en el Campo Oriente, la variedad regional de mayor precio en el mercado de Guanajuato para uso en chile seco y molido.
Usé un 20% menos de fertilizante nitrogenado que en los años anteriores en el borde oriente específicamente, respaldada por los datos de aporte de nitrógeno que las muestras de suelo mostraban, apliqué riego deficitario controlado, una técnica que había estudiado en la universidad y que el ingeniero Rodrigo me ayudó a calibrar con los datos de humedad del suelo que llevaba 2 años acumulando, ajustando los turnos de riego a la Eva.
vapotranspiración de referencia semanal que publica el Conagua. En agosto, cuando los chiles estaban cerrando color y aproximándose a la madurez de cosecha, la diferencia entre el borde oriente y el centro del campo era visible a simple vista desde el camino de terracería, sin necesitar ningún instrumento. Las plantas en los primeros 15 m desde la cerca eran más grandes en tamaño de planta, más oscuras de follaje, más uniformes en tamaño de fruto, con menor espacio entre plantas muertas o deficientes que en el centro del campo. La incidencia de araña roja,
la plaga más común en Chile en ese municipio en los meses de calor seco, era notablemente menor en el borde protegido que en el resto del campo, sin que yo hubiera aplicado más plaguicida en esa zona. Al contrario, había aplicado menos como prueba adicional de que la diferencia venía del sistema y no de un insumo extra.
Cuando hice el conteo de cosecha, el rendimiento del borde oriente, los primeros 12 mortina, superó al rendimiento del centro del campo en 31% por hectárea. No era un error de medición. Lo medí tres veces con tres métodos diferentes porque quería estar segura. Marisol Aguilar me encontró a través de un grupo de productores orgánicos del vajío en WhatsApp.
El ingeniero Rodrigo había publicado en la página de la extensión rural del municipio un breve caso de estudio sobre el sistema del rancho Cruz con mis datos de rendimiento resumidos y con mi autorización explícita. Alguien en el municipio lo compartió en el grupo. Marisol era compradora regional para una red de distribución orgánica premium que abastecía tiendas especializadas en Querétaro, San Miguel de Allende, León y una cadena pequeña de supermercados orgánicos en Ciudad de México.
Le llamó primero al ingeniero Rodrigo. Le dijo, “¿Los números son reales o son los de laboratorio?” El ingeniero le respondió sin dudar. Son los del campo. Venga a verlos. Marisol manejó 3 horas desde Querétaro un martes de septiembre con ropa de campo y botas de ule. Llegó a las 10 de la mañana. No quiso que yo la guiara.
Me pidió que la dejara caminar sola. Caminó el borde oriente de norte a sur y de sur a norte. Luego caminó el centro del campo, luego volvió al borde. Anotaba cosas en su teléfono. Se agachaba a revisar el suelo con las manos. Examinaba los frutos en las plantas que quedaban. Miraba los árboles.
Estuvo así casi dos horas sin decirme nada. Cuando terminó, se sentó conmigo a la sombra de la Troje con dos vasos de agua que mi mamá trajo sin que nadie le pidiera y habló durante 40 minutos. me ofreció un contrato de compra orgánica premium por 3 años, renovable por acuerdo mutuo, chile mirasol, jitomate bola, cebolla de cambray y cualquier hortaliza que yo eligiera rotar dentro del plan de cultivo con aprobación previa de la red.
Precio 26% por encima del precio de referencia del SIAP para producto orgánico certificado. pago a 15 días de entrega, no a 90 como en el mercado convencional, con una sola condición escrita en el contrato, que el sistema agroforestal del borde oriente se mantuviera operativo durante la vigencia del contrato y que en el segundo año del contrato se expandiera al borde norte del rancho con al menos 100 árboles adicionales de las mismas especies.
Los árboles son parte del valor de lo que usted produce, me dijo Marisol. Y son parte de la certificación que mis compradores en Ciudad de México exigen cada vez más. Ellos quieren saber que el suelo donde creció su comida tiene historia y tiene cuidado. Sus árboles son esa historia visible. Firmamos el contrato tres semanas después en la mesa de la cocina del rancho con el ingeniero Rodrigo como testigo técnico y mi mamá sentada a mi lado derecho con las manos sobre las rodillas y una expresión que tardé en
identificar porque no la había visto antes en su cara con esa claridad. Era orgullo, el orgullo callado, el que no necesita que nadie lo vea para ser absolutamente real. Don Aurelio Vega llegó a la cerca ese tercer otoño un atardecer de noviembre. Yo estaba revisando el sistema de riego por goteo junto al bordo del campo oriente cuando lo vi llegar en su camioneta gris por el camino de terracería.
Se estacionó, se bajó despacio, no traía a nadie. Caminó hasta el borde de la cerca sin prisa y se quedó ahí parado mirando los árboles. Ya medían más de 2 met y medio. La cortina era densa y compacta, verde oscuro, con las hojas del tejocote brillando con la luz baja del atardecer de noviembre, y elche con sus ramas largas moviéndose suave con el viento, que ya no llegaba con la misma fuerza al interior del campo.
Desde donde estaba don Aurelio, la diferencia entre el viento en el camino y el viento dentro del campo era perceptible sin medir nada. Estuvo parado ahí tal vez 10 minutos sin moverse. Luego miró el campo cosechado, el suelo oscuro y bien estructurado que yo podía ver diferente al suelo que había ahí 6 años antes, aunque nadie más que yo y mi mamá hubiéramos visto ese suelo anterior de cerca.
Luego volvió a mirar los árboles y entonces se volvió hacia mí, se quitó el sombrero con la mano derecha y lo sostuvo contra el pecho y dijo directo, sin rodeos, sin preamble, “Valentina, quiero hacer esto en mi cerca.” Lo miré. Guardé el cilindro del sistema de riego que tenía en la mano.
Caminé hasta donde estaba él. No le dije que ya era hora. No le dije que me lo debía. No le dije nada que lo hiciera sentir más pequeño de lo que él mismo ya se sentía, porque eso no sirve para nada y no era lo que la situación pedía. Le dije, le enseño cómo. Cuarto año de cosecha, el Comité Municipal de Desarrollo Rural de San Diego de la Unión publicó en enero su reporte anual de rendimientos agrícolas, el mismo que publican todos los años en la página del Ayuntamiento y en el boletín impreso que reparten en las reuniones del comité de productores. El
campo oriente del Rancho Cruz encabezaba la tabla de rendimiento orgánico certificado por hectárea. el número más alto en la historia registrada del municipio. Desde que empezaron a documentar ese dato de manera sistemática en 2004, el ingeniero Rodrigo Fuentes enmarcó la página del reporte con el nombre del rancho Cruz, impreso en la tabla superior, y me la mandó por paquetería desde Celaya con una nota manuscrita que decía, “Aquí está la prueba que nadie quiso esperar a ver.
” Gracias por aguantar las mañanas en la cerca. Mi mamá la colgó en la pared de la Troje junto a una fotografía de mi papá con la mano en mi hombro, tomada el año que gané el primer lugar en la feria de ciencias del municipio con un proyecto sobre erosión del suelo. Yo tenía 12 años en esa foto y el proyecto lo había hecho con tierra del borde oriente del rancho que mi papá me había ayudado a recoger un domingo de mañana.
Hay algo que el ingeniero Rodrigo me dijo después de que salió el reporte, sentados en la misma sombra de la Troje, donde habíamos hablado 4 años antes en nuestra primera reunión y que no he dejado de repetir cada vez que tengo oportunidad de hablar con otros productores. me dijo, “Valentina, los 8,200es que usted invirtió en las plántulas habrían costado menos de 2,000 pes de su bolsillo si antes de comprar hubiera tramitado el programa de pago por servicios ambientales de CONAFOR en su modalidad de sistemas agroforestales.
Ese programa existía cuando usted plantó y cubría hasta el 75% de los costos de establecimiento en sistemas certificados como el suyo y había un componente complementario en la SADER para cortinas rompevientos en zonas de erosión eólica documentada que también aplicaba perfectamente a su situación. Me quedé mirándolo un momento.
Luego le dije, “¿Y por qué no me lo dijo el primer día? El ingeniero Rodrigo tomó un momento antes de responder. Luego dijo, “Porque usted no preguntó y yo asumí que ya lo había investigado. Fue un error mío y lo reconozco.” Le dije, “Entonces, haga una sola cosa por mí, cuénteselo al siguiente productor antes de que plante, no después, antes.
” Eso es lo único que le pido a cambio de todo lo que me ayudó. Eso es lo único que les pido a ustedes también. Hoy los árboles del borde oriente del rancho Cruz miden más de 3 m de altura. La cortina rompevientos es visible desde la carretera estatal que corre a poco más de 1 km, como una franja verde oscura y compacta que recorre el horizonte del rancho de norte a sur.
La zona protegida, donde el microclima de los árboles beneficia activamente al cultivo adyacente, se extiende 18 m hacia el interior del campo. La materia orgánica del suelo en el borde de la cerca está 340% por encima de los niveles que medí cuando llegué en 2022. Los costos de insumos del rancho bajaron 135,000 pesos anuales en comparación con los últimos años de operación sin el sistema, principalmente por reducción en fertilizante nitrogenado, menor uso de plaguicidas en la zona protegida y menor necesidad de riego de auxilio en el
borde. El rancho Cruz tiene certificación orgánica vigente desde el tercer año. contrato de compra premium activo, red de compradores que conocen el nombre del rancho y el sistema que está detrás de sus productos y 250 razones verdes de más de 3 m alineadas a lo largo de 700 m de cerca, que 6 años antes era tierra gris, compacta, sin estructura y sin futuro visible.
Don Aurelio Vega plantó su cerca la primavera siguiente a su visita de noviembre. 180 árboles, mismas especies, mismo diseño de tres hileras. El ingeniero Rodrigo lo acompañó a tramitar el apoyo de Conaforántula. La plantación le costó menos de 800 pesos de su bolsillo. Al tercer día de plantación, don Aurelio llamó a don Cresencio, a don Beto y al joven Memo, y los invitó a ver cómo se hacía.
Ninguno se rió. Don Aurelio me llamó esa noche. Yo estaba en la cocina con mi mamá tomando café cuando sonó el teléfono. Lo contesté. Había algo diferente en su voz. No era la voz del hombre que se recargaba en su camioneta y señalaba. Era la voz de alguien que acaba de terminar de plantar 180 árboles con sus propias manos y que todavía está procesando lo que eso significa para lo que dijo hace 6 años.

me dijo, “Valentina, te debo más que una disculpa.” Le respondí, “Don Aurelio, no me debe nada. Usted hizo exactamente lo que hacemos en el campo.” Observó, esperó y cuando vio la prueba actuó. Así funciona esto aquí. Así ha funcionado siempre y así está bien que funcione. Hubo una pausa larga al teléfono.
Luego me dijo, “6 años es mucho tiempo de esperar.” Le respondí, “A los árboles no les importó.” Antes de contarles lo que mi mamá me dijo la mañana siguiente, quiero pedirles una sola cosa concreta. No en algún momento, sino esta semana. Caminen el borde de su cerca. No mañana, si hoy pueden, esta semana camínenlo despacio con los ojos en el suelo, con la mano lista para agarrar un puño de tierra en el filo.
Miren la tierra. Si está compacta, si está grisácea, si cuando la aprietan se desmigaja sin formar ninguna estructura, esa tierra está trabajando en su contra. El viento le está robando un poco más cada año. La lluvia escurre por la superficie en lugar de penetrar. La materia orgánica desaparece. El suelo pierde profundidad activa año con año sin que lo veas directamente porque pasa despacio.
Luego vayan a conafor.topomex y busquen el programa de pago por servicios ambientales en la sección de modalidades productivas. Busquen también en GOP TM Schul Sider, el componente de desarrollo productivo sustentable. Es gratuito solicitarlo. Los técnicos de extensión rural del municipio existen exactamente para ayudarles a tramitar estos apoyos sin costo para el productor si en su municipio no hay técnico activo.
En la página de CONAFOR hay un directorio de asesores técnicos certificados por Estado que pueden orientarlos. La información es pública, el trámite es gratuito. Las plántulas están disponibles en viveros de CONAF, en casi todos los estados. Lo único que se necesita es tomar la decisión de empezar y aguantar las dos primeras temporadas mientras los vecinos opinan y los árboles crecen.
Mi mamá camina la cortina de árboles cada mañana desde hace 2 años. sale antes de que yo me levante. Cuando el sol todavía está bajo y la luz llega horizontal y dorada entre los troncos, lleva su taza de café en la mano y camina a los 700 m despacio sin prisa, pasando los dedos por la corteza de los troncos, mirando el suelo entre las hileras, donde la materia orgánica que cae de los árboles año con año ha formado ya una capa esponjosa y oscura que cruje suave bajo el zapato.
Los pájaros, tordos, gorriones, cardenales del norte que llegaron el segundo año y se quedaron hacen ruido entre las ramas todavía antes de que el sol caliente. Una mañana, hace unos meses, yo la alcancé y caminamos juntas el último trecho sin hablar. Como acostumbramos, cuando llegamos al final de los 700 met y nos quedamos mirando hacia donde habíamos empezado, mi mamá tomó un sorbo de café y dijo sin que viniera de ninguna conversación previa, “Tu papá se hubiera reído también al principio.
” Le respondí, “Lo sé.” Mi mamá miró los árboles todavía un momento. Luego dijo, sin voltear hacia mí, “Por eso los plantaste de todas formas. No era una pregunta, era el reconocimiento de alguien que entendió desde el principio por qué su hija iba a aguantar las carcajadas de la cerca y que había esperado pacientemente a que llegara el momento de decirlo en voz alta.
Todo productor y toda productora con una cerca debería saber tres cosas, solo tres. No necesitan un título universitario, no necesitan hablar con ningún investigador. No necesitan entender la bioquímica de la simbiosis bacteriana. Solo estas tres cosas claras y concretas. Primera, las especies nativas fijadoras de nitrógeno alimentan el suelo adyacente de forma gratuita, continua y sin ningún insumo externo.
Elisache, el ciruelo silvestre, el mezquite según la región están disponibles en viveros de CONAF, en prácticamente todos los estados de la República. Son árboles que evolucionaron en el clima y el suelo de México. No necesitan riego después del primer año si están bien establecidos. No necesitan fertilizante nunca.
No necesitan cuidados permanentes. Trabajan solos mientras el resto del rancho sigue funcionando como siempre. Segunda, la protección del rompevientos aumenta el rendimiento del cultivo en la zona protegida de manera medible dentro de dos o tres ciclos de producción, no en una generación. en dos o tres temporadas.
Los datos del INFAP están publicados y son de acceso libre en inif.gomex. No necesitan creerle a este video, léanlos directamente en la fuente. Tercera, con Afor y SADER tienen programas vigentes que pagan hasta el 75% de los costos de establecimiento en sistemas agroforestales documentados. hasta el 75%. El productor pone el 25% restante y la tierra.
La información está en conafor.govpunmx. El trámite es gratuito y los técnicos de extensión están para acompañarlo, no para cobrarle. Tres cosas. Nativas que trabajan solas. Rendimiento en dos o tres ciclos. 75% de apoyo disponible antes de plantar. Si este canal te dio algo útil hoy, algo concreto que vas a pensar la próxima vez que camines el borde de tu cerca, suscríbete ahorita y comparte este video con cualquier productor o productora que conozcas.
No importa si tiene 200 haáreas o tiene dos. La cerca más pequeña del rancho más pequeño puede ser el comienzo del sistema más importante que ese suelo haya tenido en toda su historia productiva. Valentina Cruz no heredó un rancho próspero. Heredó tierra cansada con el borde erosionado, una mamá que había sostenido todo sola 8 años con manos y orgullo y la memoria de un papá que le ponía la mano en el hombro cuando algo salía bien.
plantó 250 árboles sola bajo el sol de 41 gr en agosto con el viento del noreste tirándole polvo a la cara y cuatro hombres riéndose desde el otro lado del alambre cada mañana durante 4 días seguidos. No les respondió. Siguió plantando. 6 años después tiene el rendimiento por hectárea más alto en la historia de su municipio. Tiene un contrato de compra orgánica premium.
tiene el respeto de los hombres que se rieron. Tiene una mamá que camina entre sus árboles cada mañana antes del amanecer con el café en la mano y los dedos en la corteza. Y tiene 250 razones verdes de más de 3 m de altura para no dudar nunca más de lo que los datos dicen cuando la tierra los respalda.
El legado no se hereda, se siembra. M.