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Ella plantó 250 árboles mientras ellos se reían. 6 años después, ella ganó…

de cargar costales de 100 kg cuando los jornaleros no llegaban, de manejar tractor en terrenos que no perdonan el cansancio ni el error, de preocuparse por el precio del maíz que bajaba cuando tú necesitabas que subiera, por el agua que escaseaba cuando más la necesitabas, por la deuda del banco que estaba siempre ahí como un perro flaco en la puerta, esperando paciente y sin ladrar.

infarto a los 59 años. No murió, pero el médico de Lims en San Felipe fue muy claro desde el primer día. Nada de esfuerzo físico, nada de estrés, nada de campo, nada de sol fuerte, nada de carga. Si quería llegar a los 70, tenía que aprender a quedarse sentado y dejar que otros hicieran lo que él había hecho toda su vida.

Para un hombre como mi papá, eso era casi peor que no sobrevivir. Así que el rancho quedó en manos de mi mamá, doña Carmen Cruz. 54 años cuando pasó todo aquello. 120 haáreas de tierra arcillo arenosa en el noreste de Guanajuato, en el municipio de San Diego de la Unión, cerca de la frontera con San Luis Potosí, tierra de clima seco y de cielos que te engañan porque se ven bonitos cuando no hay nubes.

Pero sin nubes no hay agua y sin agua no hay nada. Tierra de vientos que llegan cargados de polvo fino en marzo y abril. y se meten por debajo de las puertas y por las ventanas, aunque estén cerradas. Tierra de lluvias que cuando vienen lo hacen de golpe en tormentas de 2 horas que te echan encima, lo que debería caer en tres semanas y cuando no vienen te dejan mirando el cielo durante semanas con la boca seca y los surcos cuarteados y las plantas mirando hacia arriba igual que tú.

Mi mamá nunca había firmado un documento oficial en su vida hasta ese momento. Nunca había ido al banco sola a negociar una prórroga. Nunca había tratado con el coyote en la báscula sin que mi papá estuviera a su lado. Nunca había contratado jornaleros ella sola, ni decidido ella sola cuándo sembrar, cuándo fumigar, cuándo cosechar.

Pero conocía cada metro de esa tierra mejor que cualquier persona en el municipio, mejor que mi papá en algunos aspectos, aunque él nunca lo dijo en voz alta porque no era de los que decían ese tipo de cosas en voz alta. Mi mamá sabía que surco del campo norte drenaba mal en julio y se encharcaba si llovía fuerte dos días seguidos.

Sabía qué esquina del campo poniente se helaba antes que el resto cuando llegaba el norte de noviembre, y cuántos surcos había que dejar sin sembrar de esa esquina para no perder la inversión. sabía cuando el maíz pedía agua, aunque el suelo todavía se viera húmedo en la superficie, porque había aprendido a leer las hojas, el color, el ángulo en que colgaban al mediodía.

Había pasado 40 años mirando, siguiendo, preguntando, sin que nadie se diera cuenta de que estaba aprendiendo. Porque en esa época, en esos municipios, una mujer que preguntaba demasiado sobre el campo era rara y ella no quería ser rara, quería aprender. 8 años trabajó sola con jornaleros en temporada alta, con sus propias manos cuando no había de otra o cuando los jornaleros no llegaban, o cuando el dinero no alcanzaba para pagarlos, con orgullo que no se doblaba, aunque el precio del maíz cayera tres temporadas seguidas, aunque

el pozo principal bajara su nivel 2 met en 2 años por la sobreexplotación del acuífero en toda la región, aunque los vecinos le dijeran que vendiera, que ya estaba grande para tanto trabajo, que sus hijos estaban lejos y para qué tanto sacrificio. Ella decía que gracias y seguía. Yo tenía 20 años cuando mi papá tuvo el infarto.

Estaba en mi segundo año en la Universidad Autónoma de Querétaro, carrera de ingeniería en sistemas de producción agropecuaria con una beca parcial que complementaba con trabajo de medio tiempo en un invernadero experimental del campus. Le ofrecí regresar al rancho inmediatamente. Mi mamá dijo que no con una claridad que no dejaba espacio para discutir.

Me dijo que terminara la carrera. Me dijo que el rancho lo iba a sostener ella y que cuando yo regresara iba a regresar con algo útil entre las manos y entre las orejas, no n más con ganas de ayudar, que a los dos meses se convierten en frustración. y lo sostuvo. 8 años lo sostuvo. Regresé en 2022 con 28 años. Título enmarcado, 4 años de prácticas en distintos sistemas agrícolas del vajío, incluyendo 2 años en un rancho de agricultura orgánica certificada en el municipio de Dolores Hidalgo.

Y una idea que había estado desarrollando desde mi tercer año de carrera, que se convirtió en el tema central de mi tesis de licenciatura y que no le había contado a nadie del rancho todavía. porque sabía exactamente qué iban a decir. El borde oriente estaba pelón cuando llegué. 700 m de cerca de alambre de púas oxidado con postes de mezquite que se estaban pudriendo por la base, delimitando el lado más expuesto del rancho, el que da directo al viento del noreste que baja del altiplano potosino en los meses de febrero a mayo y arrasa

con todo lo que no está bien agarrado o bien protegido. La erosión eólica había estado barriendo la tierra de ese filo durante 30 años, sin que nadie hiciera nada para impedirlo, porque nadie había considerado que había algo que hacer. La tierra en el borde estaba compacta y grisácea.

Si la agarrabas con la mano y la apretabas, no formaba un terrón. Se desmoronaba en polvo seco que el viento te llevaba inmediatamente. En los puntos más afectados, la superficie estaba erosionada. 6, 7, hasta 8 cm por debajo del nivel original del suelo. Podías ver la diferencia porque la raíz de algunas plantas del primer surco quedaba expuesta colgando en el aire.

Cada vecino que había dado opinión sobre ese borde había dicho lo mismo. Siembra hasta la cerca, métele maíz o sorgo hasta el alambre. No desperdicies ni un metro cuadrado, porque la tierra es cara, aunque parezca barata. Yo dije, primero planta árboles. Esa noche, sentada en la cocina con mi mamá después de cenar, con el silencio del rancho afuera y el radio bajo de fondo, le expliqué el plan completo.

Le expliqué qué son los sistemas agroforestales de cortinas rompevientos y por qué funcionan en suelos como el nuestro. Le expliqué cómo las raíces de las especies nativas fijadoras de nitrógeno interactúan con las bacterias del suelo para convertir el nitrógeno del aire en nutrientes disponibles para los cultivos sin que tú pongas un solo peso en fertilizante.

Le expliqué los datos de reducción de erosión eólica que había revisado en los estudios del INFAP. Le expliqué los números de retención de humedad, los porcentajes de aumento de materia orgánica, los efectos sobre el rendimiento del cultivo en la zona protegida. Le expliqué los programas de apoyo de CONAF y de Sader, que podían cubrir buena parte de los costos de establecimiento.

Mi mamá me escuchó sin interrumpirme ni una sola vez durante 40 minutos. Cuando terminé, se levantó. Me sirvió más café, aunque yo no había pedido. Se sentó de nuevo y me hizo una sola pregunta. ¿Cuánto cuesta? Le dije, 8,200 pesos para las plántulas, más mis 4 días de trabajo que no le cobro. Me hizo la segunda pregunta.

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