
En un escenario político cada vez más convulso, la relación entre México y Estados Unidos se encuentra atravesando uno de sus momentos más tensos de los últimos años. Lo que comenzó como un llamado a la colaboración estratégica se ha transformado en una encendida disputa diplomática, protagonizada por las declaraciones del embajador estadounidense, Ronald Johnson, y la firme respuesta de la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum. El núcleo del conflicto, lejos de ser una simple diferencia de opiniones, apunta a la raíz de la seguridad nacional y la lucha contra el crimen organizado transnacional.
Todo inició cuando el embajador Johnson, a través de sus canales oficiales, emitió un mensaje que muchos analistas han calificado como un “coscorrón diplomático” necesario. Johnson fue claro y directo: la lucha contra los cárteles es un desafío compartido que debería unir a ambas naciones en lugar de dividirlas. Según el diplomático, las personas en ambos lados de la frontera merecen vivir libres de la intimidación, la corrupción y el miedo que genera el crimen organizado. Su advertencia fue contundente: cada momento dedicado a convertir esta crisis de seguridad en un debate político interno es una oportunidad perdida para proteger a los ciudadanos y fortalecer la cooperación bilateral.
La intervención del embajador no fue gratuita. Se produjo en un contexto donde el gobierno mexicano, encabezado por Sheinbaum, ha sido objeto de críticas por lo que muchos consideran una postura ambivalente frente a la violencia. La metáfora utilizada por observadores políticos es ilustrativa: Estados Unidos está intentando apagar un incendio en su propia casa —causado por el tráfico de drogas y el fentanilo— mientras observa que el vecino, México, no solo no atiende su propio fuego, sino que intenta impedir que intervengan los servicios de emergencia bajo el argumento de la “soberanía”.
La respuesta de Claudia Sheinbaum no se hizo esperar. Fiel a un estilo que recuerda las dinámicas de comunicación de su predecesor, Andrés Manuel López Obrador, la mandataria optó por el camino de la confrontación, exigiendo a los embajadores extranjeros que se limiten a sus funciones diplomáticas y respeten los asuntos internos de México. Para Sheinbaum, cualquier crítica desde el exterior sobre el manejo del crimen organizado es una injerencia inaceptable en la autodeterminación de los pueblos. Sin embargo, sus palabras han generado escepticismo en diversos sectores de la sociedad civil y el análisis político, donde se cuestiona la coherencia de este discurso frente a las intervenciones históricas del actual régimen en los asuntos electorales de otros países de Latinoamérica, como Colombia o Ecuador.
El debate se ha centrado, además, en una aparente “esquizofrenia política”. Mientras el oficialismo clama por la no intervención cuando se le cuestiona por la inseguridad, mantiene una postura activa y crítica hacia los procesos electorales en países aliados. Esta disparidad de criterios ha llevado a preguntarse si el objetivo real del gobierno no es la defensa de la soberanía, sino la construcción de una narrativa para ocultar una realidad innegable: el territorio mexicano sufre una crisis de gobernabilidad ante el poder de los grupos criminales.
Una de las preguntas más incómodas que ha surgido en este debate es por qué el gobierno ha evitado convocar a movilizaciones masivas contra la violencia de los cárteles, prefiriendo desviar la atención hacia disputas políticas externas. La sospecha de una relación —o al menos una convivencia tolerada— entre ciertos sectores del poder y las organizaciones criminales, se ha convertido en el elefante en la habitación. Como señalaron analistas, es contradictorio mostrarse tan indignado por una supuesta intervención extranjera, mientras los cárteles controlan de facto instituciones y territorios, vulnerando la soberanía nacional mucho más que cualquier comentario diplomático desde Washington.
El caso del exgobernador Rocha Moya, mencionado constantemente en este intercambio, añade una capa de urgencia a la situación. Las peticiones de extradición y las investigaciones en Estados Unidos sobre redes de narcotráfico no son, como intenta hacer creer la narrativa oficial, una cuestión ajena a México. Son la consecuencia directa de una red de criminalidad que mata a miles de estadounidenses cada año y que utiliza el territorio mexicano como su centro de operaciones.

La tensión entre ambos países no parece tener un final cercano. Mientras el embajador Johnson y Washington intentan poner el foco en la necesidad de resultados tangibles y en el desmantelamiento de las estructuras criminales, la administración de Sheinbaum se atrinchera en una defensa de la soberanía que muchos consideran obsoleta. Lo cierto es que, mientras los líderes discuten, el costo humano en ambos lados de la frontera sigue aumentando.
La ciudadanía, atrapada en medio de esta retórica, observa con preocupación cómo las diferencias políticas están fracturando una relación esencial para la estabilidad de la región. El llamado de Johnson, aunque diplomático, contiene un mensaje de desesperación: la seguridad no puede ser un botín político. Si México y Estados Unidos no logran coordinar una estrategia efectiva y transparente, la escalada de violencia y el descrédito de las instituciones serán los únicos resultados visibles.
En última instancia, el enfrentamiento revela las profundas heridas que el narcotráfico ha dejado en la política mexicana. La negativa a reconocer la magnitud del problema y la tendencia a culpar a agentes externos han sido, hasta ahora, el refugio de una clase política que se siente acorralada. El desafío para el gobierno actual no es solo diplomático, sino existencial: demostrar que pueden y quieren combatir a quienes realmente han violado la soberanía nacional: los grupos del crimen organizado. Por ahora, el silencio y la evasión siguen siendo la norma en Palacio Nacional, mientras el resto del mundo observa con atención cómo México navega esta tormenta.

Dice embajador Roland Johnson, eh, embajada de Estados Unidos. La lucha, dice el embajador, la lucha contra los cárteles debe unirnos, no dividirnos. Las personas en ambos lados de nuestra frontera desean vivir con seguridad y en paz. merecen vivir libres de la intimidación, la corrupción y el miedo que generan los cárteles.
Cada momento que dedicamos a convertir este desafío compartido de seguridad en una discusión política, es una oportunidad perdida para fortalecer nuestra cooperación y proteger a las personas a las que servimos. Este, perdón, este es un coscorrón, sí, de un embajador conste que ha sido siempre muy empático.
Él siempre trata de ser moderado. Sí. Entre lo que dice Washington, lo que sí es en México y él siempre entra a hacerle al amigable componedor. Para aquel para aquel se Sí, pero cuidadoso, pero muy profundo. Donde dice, “A ver, señora, estamos politizando esto.” Sí. Si no lo politicizen, no lo politice. Ronald Johnson de manera muy inteligente puso el dedo en A ver, a ver, señora Shan Bo está quemando tu casa y ya se va a quemar la mía.
A ver, no desvíe la conversación. Es lo que le está diciendo el embajador. No se salga usted del foco. Aquí el tema es el combate al crimen organizado, al narcotráfico, cosa que usted ni su gobierno quieren hacer. Estamos viviendo una esquizofrenia política en México porque tenemos un personaje en Palenque que se siente dueño del país y está en peligro de que sus hijos vayan mañana a estar siguiendo la misma suerte de Rocha Moya.
En la mentira también hay karma, inevitablemente te alcanza la verdad. Claro. Bueno, tenemos un tweet que publicó. Es que creo que desayunó Gol Titina. Ajá. Que está muy enchilada otra vez. Sí. Entonces vamos a ver el Twitter del embajador. Si lo lees, Betita, porfa. Sí. Dice embajador Roland Johnson, eh, embajada de Estados Unidos.
La lucha, dice el embajador, la lucha contra los cárteles debe unirnos, no dividirnos. Las personas en ambos lados de nuestra frontera desean vivir con seguridad y en paz. Merecen vivir libres de la intimidación, la corrupción y el miedo que generan los cárteles. Cada momento que dedicamos a convertir este desafío con partido de seguridad en una discusión política, es una oportunidad perdida para fortalecer nuestra cooperación y proteger a las personas a las que servimos.
Okay. Bueno, ya contestó Titín ahorita en la mañana. Este, perdón, este es un coscorrón, ¿sí? De un embajador Conste que ha sido siempre muy empático. Él siempre trata de ser moderado. Sí. Entre lo que dice Washington, lo que sí es en México y él siempre entra a hacerle al amigable componedor como buen embajador usando la diplomada.