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EL SECRETO DE BARCELONA

EL SECRETO DE BARCELONA

PARTE 1

Daniel siempre había pensado que su vida con Clara era de esas que, vistas desde fuera, daban una mezcla bastante peligrosa de envidia y ganas de comentar algo sarcástico.

Vivían en un piso pequeño del Eixample, de esos en los que el pasillo era tan estrecho que si dos personas se cruzaban una tenía que retroceder hasta el baño o aceptar una intimidad no solicitada. Pero Daniel decía que tenía encanto. Clara decía que tenía humedades. Y el casero decía que aquello era “finca con carácter”, que era como decir “no pienso arreglar nada salvo que se caiga una pared y salga en TikTok”.

Aun así, a Daniel le parecía el hogar perfecto. Tenían una cafetera que hacía más ruido que una excavadora municipal, una planta medio viva llamada Manolo y una rutina tan bonita que hasta le daba vergüenza reconocerlo. Clara salía por la mañana impecable, con el pelo recogido, el portátil al hombro y esa seguridad de quien sabía entrar a una reunión sin pedir perdón por existir. Daniel, en cambio, salía siempre corriendo, con una tostada en la boca y el casco de la moto mal puesto, diciendo:

—Luego compro pan.

Y nunca compraba pan.

Clara trabajaba en una empresa tecnológica con nombre inglés y oficinas de cristal en Poblenou: NorthGate Strategy. Nadie sabía muy bien qué hacía NorthGate Strategy, ni siquiera algunos empleados, pero sonaba caro. Decían palabras como “sinergia”, “pipeline”, “roadmap” y “alinear expectativas”, que Daniel consideraba delitos leves contra el castellano.

—Hoy he tenido una reunión de tres horas para decidir si otra reunión debía llamarse reunión o workshop —le contó Clara una noche, dejando el bolso sobre una silla.

—¿Y?

—Ha ganado workshop.

—Normal. Reunión suena a que alguien va a sufrir. Workshop suena a que alguien va a sufrir con post-its de colores.

Clara se rio. A Daniel le encantaba verla reír. Le encantaba incluso cuando se reía de él, que era casi siempre. Clara tenía una forma de reírse breve, elegante, como si no quisiera gastar demasiada energía en el mundo pero aun así le concediera un pequeño favor.

Desde que habían empezado a salir, tres años atrás, Daniel se había sentido absurdamente orgulloso de ella. Orgulloso cuando la ascendieron a coordinadora. Orgulloso cuando presentó un proyecto ante media empresa y volvió a casa con la mirada agotada pero brillante. Orgulloso cuando su madre dijo, durante una comida familiar:

—Esta chica vale mucho. Tú espabila.

Daniel no se ofendió. En su familia, “tú espabila” era una forma de cariño. Como dar un abrazo, pero con más presión psicológica.

Clara era lista, guapa, rápida y tenía una capacidad sobrenatural para encontrar fallos en documentos que nadie más veía. Una vez descubrió una coma mal puesta en un contrato de treinta páginas mientras veía MasterChef de fondo. Daniel la miró como quien presencia un milagro.

—¿Cómo has visto eso?

—Porque estaba mal.

—Esa explicación me deja igual pero con miedo.

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