REVELAN EL GRAN ESCÁNDALO QUE UNE AL VIEJO LIN Y AL FMLN DESDE HACE AÑOS EN PLENA ERA BUKELE
En plena era buukele, cuando el país creía que ya lo había visto todo, volvió a salir a la luz el gran escándalo que une al viejo Lin, uno de los cabecillas más sanguinarios del barrio 18 con el FML y que venía amarrado desde hacía años. Es el vínculo más letal de nuestra historia reciente, el de los que aterrorizaban a la gente en las colonias y los que desde el poder se sentaron a negociar con ellos.
Lo quisieron esconder detrás de una sola palabra, paz. Pero por debajo era mucho más sucio de lo que parecía. Y cuando la justicia tiró del hilo, todos quedaron expuestos. Si a usted le revuelve por dentro pensar que mientras este país enterraba sus muertos, había quienes desde un despacho les daban la mano a los verdugos.
Suscríbase ahora mismo porque en este canal no dejamos que estas historias se entierren con el tiempo porque lo que le vamos a contar no es un rumor de redes ni una teoría de pasillo. Es algo que tiene fechas, nombres y al final del camino una sentencia. Y todo esto volvió a la conversación por una noticia concreta.
En mayo de 2026, en custodia del estado salvadoreño, murió Carlos Ernesto Mojica Lechuga, el hombre que todos conocían como el viejo Lin. No murió en un tiroteo, ni mandando ni rodeado de su gente. Murió enfermo, encerrado, apagándose despacio en una cama. Después de más de dos décadas tras las rejas y su muerte, en vez de cerrar la historia, hizo lo contrario.
La volvió a abrir porque al recordar quién fue este hombre, el país se reencontró con un capítulo que muchos preferían dejar en el olvido. Y para entender de verdad lo que su nombre representa, hay que rebobinar hasta una imagen que en su momento dejó al El Salvador con la boca abierta, una que hoy parece sacada de otra dimensión.
Esa imagen es de 2012 y todavía cuesta creerla. Un cabecilla del barrio 18, un hombre señalado de ordenar muertes apareciendo en las pantallas de televisión del país, dando conferencias de prensa desde el interior de un penal, hablando de reconciliación y de paz como si fuera un líder social. No era un preso cualquiera escondido en una celda.
Era una figura pública, casi un personaje de estado con micrófonos delante. Y eso no pasó por casualidad. pasó durante el gobierno del FML, encabezado por Mauricio Funes en el marco de lo que se llamó la tregua entre pandillas. Para armar esta historia, nosotros contrastamos la cobertura de más de 10 medios salvadoreños e internacionales, el comunicado oficial de centros penales y los documentos del caso que años después sacudió al país.
Y todo lo que encontramos apunta en la misma dirección. Pero la pregunta es, ¿quién era de verdad el hombre detrás de ese micrófono? Porque el viejo Lin no era un activista por la paz, era uno de los fundadores históricos del barrio XVI de la facción de los sureños, deportado de Estados Unidos en los años 90 y preso en El Salvador desde 2003, condenado por ordenar decenas de homicidios por extorsión, por tenencia de armas de guerra.
Desde la cárcel, convirtió a la pandilla en una estructura con lógica de empresa, con la renta como columna financiera, cobrando entre 400 y $,400 por quincena a comercios y transportistas. Y bajo su mando, según las investigaciones, hasta una adolescente de 16 años, conocida como la nena, fue torturada y asesinada por órdenes internas, una niña.

Ese era el hombre al que pusieron frente a las cámaras hablar de paz. Y lo que esa supuesta paz escondía por debajo es la parte más sucia de todas, la que el país tardó años en conocer. Si usted es de los que siempre sospechó que detrás de aquella tregua había gato encerrado, suscríbase porque aquí le vamos a ir mostrando pieza por pieza lo que de verdad se cocinó.
Porque la versión bonita decía que las pandillas de buenas a primeras decidieron dejar de matarse. Mentira. Lo que la justicia salvadoreña terminó estableciendo es que aquello no fue un acuerdo espontáneo entre maras, fue un pacto negociado entre el gobierno y las pandillas. Y los pandilleros no bajaron los homicidios por bondad, los bajaron porque recibieron algo a cambio, algo concreto, algo que les convenía muchísimo más que seguir matándose en las calles.
Y aquí es donde a uno se le calienta la sangre, porque ese algo a cambio, según lo que documentó la investigación, fue todo un paquete de privilegios. Traslados de cabecillas desde el penal de máxima seguridad hacia cárceles de régimen más cómodo, ingreso de televisores, de teléfonos, de alimentos, hasta de orquestas y de mujeres a los penales y el paso libre de los mediadores saltándose los protocolos.
Pero lo más grave no fue ni siquiera eso. Fue el espacio que se les dio para crecer, para reorganizarse, para hacerse más fuertes en los territorios. Es decir, en lugar de aplastarlos, los engordaron y mientras tanto le vendían al país la idea de que estábamos viviendo un proceso histórico de paz. Pero esa cuenta, la de verdad, no se pagó con privilegios carcelarios, se pagó después con sangre.
Y hay un dato del pasado de este hombre de mucho antes de 2012 que hace que todo este vínculo huela todavía peor, porque hay que entenderlo claro. Una tregua que baja a los muertos en el papel mientras la pandilla se fortalece por debajo. No es paz, es una trampa con el reloj corriendo. Y cuando ese arreglo se desarmó, los homicidios no solo regresaron, regresaron con fuerza y cayeron sobre las mismas comunidades humildes de siempre, las que nunca se sentaron en ninguna mesa a negociar nada. La gente común puso los muertos.
Los que firmaron el arreglo pusieron las encuestas. No sé usted, pero a mí me cuesta tragarme que alguien pensara que repartirle premios a los que aterrorizaban al país iba a terminar de otra manera. Y lo peor es que esto no fue un error de cálculo, fue una decisión. Y ahora viene el dato que ata el vínculo todavía más atrás en el tiempo, porque el viejo Lin no se cruzó con la órbita del FML en 2012 con la tregua.
La conexión, fíjese usted, viene de décadas antes. Él mismo reconoció en público hace años que en su juventud, durante la guerra civil, había militado en el PRTC uno de los grupos que llegaron a formar el Frente Farabundo Martí. Y aquí lo digo con el mismo cuidado con que lo cuentan los que investigaron su vida, porque la verdad se respeta, esa etapa tuvo más de historia personal que de ideología y parte de esa leyenda la agrandó el propio mito de la pandilla.
Pero el dato existió, está documentado y no deja de ser inquietante. El mismo hombre que combatió en aquellos años terminó tres décadas después, sentado frente a un gobierno de izquierda recibiendo privilegios. Y lo que un tribunal terminó escribiendo, negro sobre blanco, sobre quiénes movieron de verdad los hilos de aquel pacto, es lo que convierte este escándalo en algo de lo que ya no hay forma de esconderse.
Durante años, todo esto se enterró bajo la palabra paz. Se repitió tanto, se celebró tanto, que mucha gente de buena fe llegó a creérselo y los responsables contaban con eso, con que el tiempo lo tapara todo, como había tapado tantas cosas antes en este país. Pero llegó la era Bukele y con ella cambió la regla del juego.
En 2022, el gobierno implementó el régimen de excepción. Vinieron las detenciones masivas y los homicidios cayeron de una forma que transformó la vida de barrios que habían vivido secuestrados por el miedo durante décadas. Ya no se negociaba con las pandillas, ya no había traslados de cortesía y sobre todo ya no había impunidad garantizada para los que en el pasado se habían sentado a pactar con el crimen.
Y ahí quedó flotando la pregunta que de verdad incomoda, porque una cosa era capturar a los pandilleros de la calle y otra muy distinta era tocar a los que desde el poder los habían tratado como interlocutores. ¿Iban a pagar también ellos o eran como siempre intocables? Durante mucho tiempo en este país, sentarse a negociar con criminales y salir limpio fue casi una costumbre.
Los expedientes se archivaban, los responsables se reciclaban y la gente humilde se quedaba con los muertos. Esa era la norma no escrita. Pero esta vez algo se rompió y lo que vino después puso sobre la mesa un nombre de altísimo nivel con cargos concretos y con años de cárcel encima.
Y aquí es donde todo lo que le he contado se junta en un solo punto que no tiene marcha atrás, porque la caída de la pandilla en las calles fue apenas una mitad de esta historia. La otra mitad, la que de verdad destapa el escándalo completo, es la de la responsabilidad política de quienes negociaron con ella y la fortalecieron. Lo que la justicia salvadoreña terminó estableciendo sobre aquella tregua, sobre cómo se fragó y bajo el conocimiento de quién se ejecutó, le cambió la cara a todo lo que el país había creído durante años. No fue una
acusación de redes sociales, fue una sentencia con sello de tribunal con nombre propio. Y exactamente quién quedó condenado por cuántos años y por qué a pesar de todo sigue libre. Es lo que le vamos a contar a continuación. Y aquí está lo que durante años se quiso enterrar. El gran escándalo no terminó en habladurías ni en sospechas de café, terminó en un tribunal con sello oficial con sentencia firme.
Eso es lo que cambia todo, porque una cosa es que la gente murmure que el gobierno del FLN pactó con las pandillas y otra muy distinta es que un juez lo declare probado y le ponga años de cárcel a los responsables. Lo segundo es lo que pasó. La paz que durante una década se exhibió como una página gloriosa de la izquierda salvadoreña, quedó al final llamada por su nombre real ante la ley, un delito.
Y el viejo Lin, el de las conferencias de prensa, fue apenas la cara visible de algo que se cocinó mucho más arriba, porque le voy a explicar exactamente de qué los acusaron y por qué los condenaron, para que vea que aquí no inventamos nada. Según lo que estableció la justicia, aquel proceso no fue un milagro de buena voluntad, fue un pacto en el que el gobierno entregó beneficios a las pandillas a cambio de bajar la cifra de homicidios.
Traslados de cabecillas a cárceles más cómodas, ingreso de teléfonos, televisores, alimentos y mediadores a los penales sin los controles debidos y espacio para que la estructura criminal creciera. Eso no es paz, eso es alimentar al monstruo y luego cobrar el aplauso por haberlo calmado un rato. Y lo más fuerte no fue lo que recibieron las pandillas, sino quienes desde el lado del estado firmaron y permitieron que todo esto ocurriera, porque ahí los nombres suben hasta lo más alto, porque el caso, conocido mediáticamente como el caso
Tregua, no se quedó en funcionarios de bajo nivel. La fiscalía señaló al general retirado David Munguía Plees que fue ministro de Seguridad y justicia durante el gobierno de Funes como el autor intelectual del arreglo. Pero, aquí está lo grueso. Según la acusación, ese pacto no se movió a espaldas del presidente, se ejecutó con su conocimiento y con su venia.
Es decir, no fue una iniciativa suelta de un ministro queriendo hacerse listo. Fue, según lo que estableció el tribunal, una decisión que llegaba hasta la cabeza del gobierno del FMLN. Cuando uno ata esos cabos, entiende por qué tantos prefirieron que esta historia se quedara enterrada para siempre. Y entonces cayó la sentencia.
En mayo de 2023, un tribunal especializado condenó al expresidente Mauricio Funes a 14 años de prisión, ocho por agrupaciones ilícitas y seis por incumplimiento de deberes. A Munguía Pés, su exministro de seguridad, le impusieron 18 años, todavía más que a su antiguo jefe. El tribunal dejó establecido que ambos tenían el conocimiento y el dominio de las acciones ilegales que se ejecutaron como parte de aquella tregua, pactada con la Mara Salvatrucha y las dos facciones del barrio XVI.
Con eso Funes pasó a ser el segundo expresidente salvadoreño condenado por delitos cometidos durante su mandato. El vínculo más letal del que hablábamos al principio dejó de ser una sospecha y se volvió un hecho judicial. Y sin embargo, fíjese bien en esto, porque es lo que más rabia produce de toda la historia. Ese expresidente condenado a 14 años jamás ha pisado una celda por este caso.
¿Y por qué sigue libre? Porque a Funes lo condenaron en ausencia. No estuvo en el juicio, no nombró abogado, no dio la cara. La razón. Desde 2016 vive en Nicaragua, asilado por el gobierno de Daniel Ortega y desde 2019 es ciudadano nicaragüense. Un detalle que vuelve prácticamente imposible su extradición. Desde allá, cómodo y a salvo, rechazó las acusaciones.
Piénselo un momento, la justicia salvadoreña le puso nombre, cargos y años. dejó probada su responsabilidad ante el país entero. Pero el Señor mira todo desde el exilio, protegido por otro gobierno de su misma familia. Ideológica, esa es la herida abierta de este escándalo. Un pueblo que enterró a miles y un responsable que negoció su impunidad antes de que le llegara la cuenta.
Puchica, cuesta no encacharse con algo así. Ahora que esa sentencia llegara a existir, no fue suerte ni casualidad. Fue producto de años de trabajo y de un cambio profundo en el país. La fiscalía pasó mucho tiempo armando el rompecabezas, juntando interceptaciones, testimonios judiciales, registros de los traslados, documentación de lo que entraba a los penales durante aquellos meses y hubo una pieza institucional clave.
En septiembre de 2022, ya en plena era Bukele, la Asamblea Legislativa aprobó una reforma que permitió a los tribunales seguir adelante con los procesos. Aunque el acusado estuviera ausente. Sin esa reforma, la huida de Funes a Nicaragua habría bastado para congelar el caso para siempre, como se congelaron tantos otros antes.
Y ese giro, el de un país que dejó de aceptar que los poderosos fueran intocables, es exactamente lo que explica por qué empezaron a caer nombres que durante décadas nadie se había atrevido a rozar siquiera. Porque hay que decirlo con todas sus letras. Durante años en El Salvador, sentarse a negociar con criminales y salir impune fue casi la regla.
Los expedientes se archivaban, los responsables se reacomodaban en otros cargos y la gente humilde se quedaba con los muertos y con el miedo metido en el cuerpo. Esa era la costumbre. Lo que cambió no fue un papel ni una ley aislada, fue la decisión de romper esa rueda, de poner la fuerza del Estado a perseguir lo que antes se tapaba.
Y bajo ese clima nuevo, el de una ofensiva que no negocia ni perdona a los que pactaron con el crimen, los que se creían por encima de todo empezaron a recibir por fin las cuentas que llevaban décadas esquivando. Pero hay que devolverle ahora la mirada al hombre con el que abrimos esta historia. Porque mientras los arquitectos políticos del pacto vivían su propia novela de tribunales y de exilio, el viejo Lin seguía exactamente donde el nuevo El Salvador mantenía los de su clase, encerrado, sin privilegios, sin micrófono, sin nadie que viniera a
negociar su salida. Ya no había tregua que lo rescatara, ya no había gobierno que lo sentara en una mesa. El hombre que en 2012 le hablaba al país desde una pantalla se había convertido en apenas un preso más, viejo y enfermo, bajo un sistema que no le iba a regalar absolutamente nada. Y sus últimos años, lejos de la leyenda que él mismo se había construido, fueron una caída lenta y silenciosa que casi nadie llegó a ver de cerca, porque ese es el final que el mito de la pandilla nunca cuenta.
Después de más de dos décadas tras las rejas, recorriendo casi todos los penales del país, el cuerpo del viejo Lin empezó a pagarse. Las dolencias se le fueron acumulando, el hígado deshecho, los riñones fallando y según los reportes médicos, hasta la sospecha de un tumor cerebral agresivo. El mismo que con una orden movía la renta de medio territorio y decidía castigos terminó dependiendo de aparatos, de cuidados, de manos ajenas.
En sus últimas declaraciones, según se ha recogido, se mostró resignado, derrotado a kilómetros de distancia de aquel personaje que se daba baños de prensa. Hablando de paz, nada de lo que construyó lo acompañó hasta el final. Y así se llegó a la última noche. El 20 de mayo de 2026, bajo custodia del Estado y con vigilancia médica permanente, el monitoreo de los aparatos marcó el compás de un colapso definitivo.
El hombre que durante años decidió, con una sola palabra, desde una celda, quién amanecía vivo y quién no en varios enteros, se apagaba ahora en una cama, sin estruendo, sin balas, sin el caos de los territorios que un día creyó suyos. No hubo última batalla, no hubo gran escena, solo el silencio de un final que se veía venir desde hacía tiempo.
Pero lo que esa muerte significó no para él, sino para el barrio 18 entero. Y para un país que llevaba décadas esperando cerrar esta herida es lo que de verdad le da sentido a toda esta historia y es justo lo que le vamos a contar a continuación. Y así, sin una sola bala, se apagó el nombre, que durante décadas fue sinónimo de terror en El Salvador.
El viejo Lin no murió como el jefe que un día fue. Murió como lo que el país había decidido que fuera, un preso más, sin poder, sin privilegios, sin nadie que viniera a rescatarlo. Su cuerpo se rindió en una cama bajo la custodia de un estado que ya no le tenía ni pisca de miedo.
Y la propia Dirección General de Centros Penales lo dijo con una frialdad que pesa más que cualquier discurso. Su muerte marcaba el cierre de uno de los símbolos del auge de las pandillas en este país. Un símbolo. Eso era ya no un poder, sino un recuerdo de un poder que se acabó. Y deténgase un momento en el contraste porque ahí cabe toda la historia.
En 2012 este hombre le hablaba a El Salvador desde una pantalla rodeado de micrófonos, tratado casi como un mediador respetable, negociando de igual a igual con el gobierno de un presidente. En 2026 se fue en silencio, esposado a una cama de hospital, derrotado por su propio cuerpo y por un país que le cambió las reglas debajo de los pies.
De decidir traslados de cárcel a no decidir ni la hora de su medicina. del centro de la noticia al olvido. Pero la verdadera pregunta no es, ¿qué fue de este hombre? Sino, ¿qué le pasa al barrio 18 ahora que su fundador histórico ya no está y que la ofensiva de Bukele tiene contra las cuerdas a toda la estructura? Porque la muerte del viejo Lin no es un hecho suelto, es el síntoma del final de toda una era.
Él pertenecía a la generación de cabecillas que levantó las pandillas salvadoreñas desde los años 90, que las convirtió en estructuras mafiosas y que sembró el terror durante más de tres décadas. Esa generación se está apagando, una parte por la edad y la enfermedad como él y la inmensa mayoría tras los barrotes, sin la menor posibilidad de volver a mandar.
El imperio que construyó no le sobrevivió. Y la pregunta que hoy se hace todo el país es si ese imperio le va a sobrevivir a la pandilla misma. Porque una organización sin cabeza, sin dinero y sin nuevos reclutas no es una organización. Es el cascarón de lo que alguna vez fue. Y el factor que lo cambió todo tiene nombre y fecha.
Desde marzo de 2022, ya en plena era Bukele, el gobierno implementó el régimen de excepción y con él una ofensiva contra las pandillas que no se parece en nada a lo que el país había visto. Nada de negociar, nada de traslados de cortesía, ni teléfonos, ni mediadores entrando a los penales como en los tiempos de la tregua.
Lo que llegaron fueron detenciones masivas, miles y miles de capturas y un desmantelamiento de las estructuras que les arrebató a las maras el control territorial que durante décadas ejercieron a sangre y fuego. La 18 que el viejo Lin ayudó a construir, esa que cobraba renta por quincenas y se llevaba a los hipotes de las colonias, fue precisamente el tipo de estructura que esa ofensiva se propuso reventar.
Y para entender si esa pandilla puede o no volver a levantarse, hay que mirar de frente en qué condiciones quedó después del golpe. Y las condiciones, le voy a ser honesto, son las de una organización a la que le rompieron el esqueleto. La cúpula que daba las órdenes quedó decapitada.
Los fundadores históricos como el viejo Lin, muertos o encerrados de por vida, los cabecillas que movían la estructura en penales de máxima seguridad. incomunicados, sin teléfonos, sin la capacidad de seguir dirigiendo desde adentro como hacían antes. La cadena de mando, que durante años funcionó como un reloj suizo donde cada orden bajaba desde lo más alto hasta el último de la esquina se rompió y una pandilla cuya fuerza siempre estuvo en su disciplina interna y en su capacidad de mandar desde la cárcel.
Sin esa cadena se desarma en pedazos sueltos que ya no responden a nadie. Y a eso súmele lo más importante. Se le secaron las dos fuentes que la mantenían viva. La primera, el dinero. La extorsión, esa renta que durante años fue su columna financiera, dejó de correr como antes cuando los cobradores empezaron a caer presos por miles y los territorios dejaron de estar bajo su control.
La segunda, la sangre nueva, el reclutamiento de niños y adolescentes, esa línea de producción que garantizaba el relevo generación tras generación. Se cortó de raíz porque hoy un cipote de las colonias ya no crece bajo el dominio de la clica de la esquina. Sin dinero y sin relevo, una pandilla no tiene futuro, tiene fecha de caducidad.
Y aún así, sería deshonesto venderle la idea de que esto ya está cerrado del todo, porque hay un matiz que este canal no le va a esconder. Porque la verdad con todo y lo esperanzador del panorama es que ninguna organización con décadas de historia desaparece de un día para otro como por arte de magia y quien le diga lo contrario le está mintiendo.
Pueden quedar células dispersas, individuos peligrosos, restos que intenten reorganizarse en la sombra. La historia del crimen enseña que estas estructuras son tercas, pero una cosa es que sobrevivan ramas sueltas y otra muy distinta es la maquinaria aceitada que durante 30 años funcionó como un estado paralelo dentro del país.
Esa maquinaria quedó descompuesta y recomponerla sin líderes, sin plata y sin reclutas bajo un estado que ya no negocia es una montaña que hoy se ve casi imposible de escalar. Y para entender hasta dónde llegó el golpe, basta mirar el lugar que se volvió el símbolo de a donde fue a parar el poder que antes mandaba.
En las calles, el Secot, la megacárcel, que es la cara visible de esta nueva, era, aunque cada caso es distinto, lo que ese sitio representa es inconfundible. Allí, los que antes entraban gritando consignas y manejando colonias enteras, hoy son filas de hombres rapados, de uniforme blanco, con la mirada al suelo y el silencio donde antes había órdenes, a gritos.
La identidad que los hacía temidos, los tatuajes, los apodos, el respeto impuesto a punta de miedo, se disuelve en un lugar donde aquí no se manda, de aquí no se decide nada, de aquí no se sale a seguir cobrando renta. Ese es el escenario que le puso punto final al modelo de pandilla, que hombres como el viejo Lin encarnaron y el contraste con lo que vivíamos antes es de los que ponen la piel de gallina.
Porque pensemos por un momento en lo que significaba la 18 hace apenas unos años. el control absoluto de territorios, la capacidad de paralizar el transporte público de un día para otro, la renta convertida en un impuesto criminal que pagaba medio país, del pequeño comerciante al gran empresario, el reclutamiento forzado como una rutina más del barrio y los cabecillas dando órdenes desde la comodidad de una celda con teléfono en mano como si la cárcel fuera una oficina.
Ese era el poder que el viejo Lin representaba y hoy ese poder no se negoció ni se calmó con privilegios, se apagó. Por primera vez en muchísimo tiempo los que mandaban dejaron de mandar. Y aquí está la otra cara de la moneda, la que de verdad importa, porque esta historia nunca fue sobre los criminales, es sobre la gente. Comunidades enteras que durante años no podían entrar ni salir después de cierta hora sin permiso de la clica.
Hoy respiran distinto. Los homicidios que hicieron de El Salvador uno de los países más violentos del mundo sin estar en guerra cayeron de una forma que cambió la vida cotidiana de la gente común. La señora que vendía pupusas y cerró por no poder pagar la renta, volvió a encender el comal. El bus que dejó de pasar por una colonia por miedo volvió a su ruta y los papás que mandaban a los hijos por el camino largo para esquivar la esquina de los banderas, hoy los dejan ir solos.
Y cuando uno junta esa calma recuperada con el destino que tuvieron los dos rostros de este escándalo, la historia se cierra en un círculo que muchos creyeron que nunca llegarían a ver. Porque fíjese bien cómo terminó cada parte. El criminal, que fue la cara visible de la tregua murió encerrado, enfermo, sin volver a pisar la calle libre, sin la protección que un día le regaló un gobierno.
Y los que lo sentaron a aquella mesa, los que lo pusieron frente a las cámaras y le entregaron privilegios a cambio de números, terminaron señalados por la justicia. Un expresidente condenado a 14 años y su ministro de seguridad a 18, dos caras de una misma moneda podrida. el que cobraba la renta con una pistola y el que negociaba con él desde un despacho con sello presidencial.
Los dos villanos de esta historia, el de la calle y el del poder, recibieron cada uno a su manera las cuentas que durante décadas creyeron que jamás les iban a llegar. Para un país acostumbrado a ver salir impunes a los poderosos, eso parecía de ciencia ficción. Y la conclusión de fondo, la que vale la pena masticar despacio es esta.
Lo que enterró a la pandilla no fue la muerte del viejo Lin, que al final llegó por la edad y la enfermedad. Lo que la enterró fue una decisión, la decisión de un país de dejar de negociar con el crimen, de dejar de tratar a los cabecillas como interlocutores, de poner la fuerza del estado del lado de la gente honrada y no del lado de los que la extorsionaban.
La tregua hizo exactamente lo contrario, les dio oxígeno y los engordó. La era actual hizo lo opuesto, les cortó el aire. Y la diferencia entre una cosa y la otra se mide en algo muy concreto, en vidas humanas que hoy siguen aquí y que bajo el viejo modelo probablemente no estarían.
Por eso esta historia no se entiende solo mirando una tumba, sino mirando todo lo que esa tumba deja atrás. y deja atrás, sobre todo, a las víctimas, que son las que de verdad importan en todo esto. La madre que durante años pagó la renta contando moneda sobre la mesa y que hoy se queda con lo que gana, el comerciante que bajó la cortina por miedo y que volvió a abrirla, el cipote que iba camino a ser reclutado a la fuerza y que hoy va a la escuela sin que nadie lo marque en la esquina.
Y la madre que enterró a un hijo y que aunque ya nada le devuelva lo que perdió, al menos puede ver que el que dio la orden no volvió a mandar nunca más y que los que lo protegían desde arriba tampoco salieron tan limpios como creyeron. Esa es la gente por la que esta historia se cuenta, no por los criminales por los que durante demasiados años no le importaron a nadie. 30 años.
Eso duró el reinado del miedo que hombres como el viejo Lin impusieron sobre este país con la complicidad en ciertos momentos de quienes debían combatirlos y prefirieron negociar. 30 años de renta, de reclutamiento, de barrios secuestrados, de madres llorando en silencio, de expedientes que se archivaban para no incomodar a los poderosos.
Y lo que durante tres décadas nadie se atrevía a tocar de verdad, empezó por fin a venirse abajo. No a punta de discursos. sino de decisiones. El hombre que simbolizó esa era murió preso. La era que él representó se está muriendo con él. Y por primera vez en muchísimo tiempo la gente honrada de este país puede mirar hacia delante sin esa sombra encima de la cabeza.
Y aunque el viejo Lin ya esté enterrado y el barrio 18 esté de rodillas, queda un cabo suelto que casi nadie se atreve a jalar del todo. Porque si la justicia alcanzó al expresidente que pactó con él y al ministro que armó el arreglo, la pregunta incómoda sigue ahí flotando en el aire. ¿Cuántos más se sentaron en aquellas mesas durante esos años? ¿Cuántos nombres todavía no han rendido cuentas? ¿Y cuántos siguen igual que Funes mirándolo todo cómodamente desde otro país? Este escándalo no se cerró del todo la noche en que se apagaron los
aparatos en aquella cama de hospital. Hay piezas que siguen sueltas, hay verdades que apenas empiezan a salir y casos como este, fíjese usted, aparecen uno tras otro cuando uno menos lo espera. Si usted siente que estas historias tienen que contarse, que no se pueden quedar enterradas como tantos quisieran, quédese en este canal porque aquí vamos a seguir destapando lo que muchos prefieren mantener en silencio.
Sure.