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La Doctrina de las Cañas y el Dispositivo del Mal

PARTE 1: La Doctrina de las Cañas y el Dispositivo del Mal

El calor en Madrid no es un clima, es un estado mental de agresión constante. Eran las siete de la tarde de un jueves de julio, y el asfalto de la calle Ponzano parecía estar a punto de licuarse y arrastrar consigo las esperanzas de cualquier ser vivo que no tuviera una caña bien tirada en la mano. Javi y Dani estaban sentados en la terraza del “Laredo”, bajo una sombrilla que cumplía una función puramente decorativa, porque el sol se filtraba por los costados con la saña de un cobrador del frac.

Javi era el tipo de amigo que todos tenemos: un estoico de barrio, un filósofo de servilleta de papel que siempre tiene la teoría perfecta para los problemas ajenos. Dani, por el contrario, era un manojo de nervios con patas. Llevaba diez minutos mirando el móvil de Marta, su novia, que descansaba sobre la mesa como un artefacto nuclear a punto de entrar en masa crítica. Marta se había ido al baño hacía una eternidad —o al menos eso le parecía a él—, dejando el aparato allí, boca arriba, desafiante.

—Tío, deja de mirarlo que te van a salir estigmas en las córneas —soltó Javi, tras dar un sorbo largo a su cerveza, dejando una marca de espuma perfecta en el labio superior.

—No lo estoy mirando, Javi. Lo estoy observando. Es distinto —replicó Dani, aunque no apartó la vista ni un milímetro.

—Lo estás escaneando con rayos X, Dani. Estás a dos segundos de intentar desbloquearlo con la fuerza del pensamiento. Es patético. Te lo he dicho mil veces: si revisas el móvil de tu pareja, ya no hay confianza. Es el fin. El contrato social se rompe. Es como si vas al Museo del Prado y te pones a rascar un cuadro de Goya para ver si debajo hay un boceto guarro. Te cargas la obra, te cargas el museo y acabas en comisaría.

Dani soltó un bufido que sonó a desesperación pura. Se pasó la mano por el pelo, que ya empezaba a estar apelmazado por el sudor y la angustia.

—Ya estamos con la superioridad moral, Javi. Muy bonito todo. Muy ético. Pero es que ha vibrado tres veces. Tres. Y no son notificaciones de Instagram, te lo digo yo. Son vibraciones cortas, secas. Vibraciones de “aquí hay tomate”. De “estoy llegando” o “qué ganas de verte”.

—O de “tu pedido de Amazon ha llegado” o “tienes una cita en el dentista mañana a las nueve” —intervino Javi, con esa calma irritante que solo tienen los que no tienen nada que perder—. Pero da igual lo que sea. El concepto es el que importa. En el momento en que pones un dedo sobre esa pantalla con la intención de husmear, has cruzado el Rubicón, colega. Has pasado de ser un novio a ser un agente de la Stasi. Y de ahí no se vuelve.

—¿Y si encuentro algo? —preguntó Dani, girándose por fin para mirar a su amigo con los ojos inyectados en una mezcla de miedo y cafeína mal digerida—. ¿Qué pasa si lo abro y veo que “Borja Gym” no es un monitor de spinning, sino un tío de dos metros que le escribe poemas a las tres de la mañana? ¿Eh? ¿Qué pasa entonces con tu ética de las narices?

Javi dejó la caña en la mesa con una parsimonia casi ritual. Se ajustó las gafas y miró a Dani como quien mira a un alumno que no entiende que dos más dos son cuatro.

—Pues muy sencillo, Dani. Si encuentras algo, entonces ya no había confianza antes. Estás planteando el dilema al revés. Tú crees que el descubrimiento justifica la búsqueda, pero es la búsqueda la que certifica que el vínculo ya estaba podrido. Si tienes que mirar, es porque ya sabes que algo va mal, o porque estás tan mal de la cabeza que ya no te fías ni de tu sombra. En ambos casos, la relación está en la UCI. Mirar el móvil es solo el acta de defunción.

—Venga ya, hombre. Eso es de un determinismo que asusta —protestó Dani—. Si yo miro y veo que me está engañando, el malo es el que engaña, no el que mira. Es como si pillas a un ladrón entrando en tu casa porque has puesto una cámara oculta. ¿Quién es el culpable? ¿Tú por poner la cámara o el que entra a llevarse la tele?

—La metáfora es coja, Dani. Una pareja no es una propiedad privada que tienes que vigilar con cámaras de seguridad. Es un espacio compartido basado en la fe ciega. En el momento en que necesitas pruebas, la fe ha muerto. Y sin fe, solo quedan los trámites judiciales.

En ese momento, el móvil de Marta volvió a vibrar. Una vez. Seca. Cortante. La pantalla se iluminó brevemente, pero Dani no llegó a ver el nombre porque un rayo de sol traicionero rebotó en el cristal. Solo vio que era un mensaje de WhatsApp. El “globo” de la notificación se quedó ahí, flotando, como una provocación.

—¿Has visto? —susurró Dani, como si el móvil pudiera oírle—. Ha vuelto a pasar.

—No he visto nada, porque me importa tres pimientos —dijo Javi, aunque en el fondo empezaba a disfrutar del espectáculo de degradación humana que estaba protagonizando su amigo—. Lo que veo es a un tío de treinta y cinco años que está a punto de sufrir un síncope por un mensaje de texto. Dani, escúchame bien: si ella quisiera ocultarte algo de verdad, no dejaría el móvil encima de la mesa como si fuera un posavasos. La gente que pone los cuernos es profesional, tío. Tienen carpetas ocultas, usan Telegram con mensajes que se borran solos, o tienen un segundo móvil escondido en la rueda de repuesto del coche. Marta es una bendita.

—Eso es lo que ella quiere que pienses —balbuceó Dani—. Es la estrategia perfecta. La ocultación a través de la exposición total. Lo deja ahí para que yo piense exactamente lo que tú acabas de decir. Es “La carta robada” de Poe, Javi. El lugar más seguro para esconder algo es a plena vista.

Javi se echó a reír, una carcajada franca que hizo que un señor de la mesa de al lado, que estaba concentrado en su pincho de tortilla, levantara la vista con cara de pocos amigos.

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