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EMILIANO ZAPATA: 4 Presidentes Intentaron Comprarlo — y Murió Pobre Defendiendo lo que Prometió

9 de abril de 1919, medianoche. Campamento militar de Tlaltizapán, Morelos. El general Pablo González sostiene un telegrama, lo lee dos veces, no porque no lo entienda, sino porque quiere estar seguro de que lo van a entender otros. Las palabras son cortas, la orden más corta aún. dobla el papel, llama a su hombre, el coronel Jesús Guajardo.
Mañana vas a Chinameca, Zapata llega a mediodía. Cree que te pasaste a su bando. Guajardo no pregunta nada y cuando entre por la puerta, González responde sin titubear, disparen. A 100 km de ese campamento, Emiliano Zapata duerme sin saber que alguien acaba de firmar su muerte. No sabe que la reunión de mañana es una trampa.
No sabe que los rifles que lo recibirán ya están cargados. No sabe que Venustiano Carranza, el cuarto presidente que intentó comprarlo, acaba de decidir que hay una sola manera de callar a un hombre que no se vende, borrarlo. Pero para entender por qué Zapata llegó a esa hacienda, hay que entender algo que ningún libro de historia explica del todo bien.
Cuatro presidentes lo intentaron antes que Carranza. Porfirio Díaz mandó amenazas. Francisco Ignacio Madero mandó negociadores. Victoriano Huerta mandó dinero y un grado militar. Carranza mandó promesas de reforma agraria escritas en papel mojado. Cuatro veces Zapata les dijo lo mismo. No. ¿Cómo un campesino de Morelos sin ejército formal sin fortuna y sin ambición de llegar a la capital resistió a cuatro de los hombres más poderosos de México? ¿Qué tenía Emiliano Zapata que ningún presidente pudo comprar? Esta es esa
historia, la de un hombre que murió pobre, que nunca pisó el Palacio Nacional, que nunca cobró lo que le ofrecieron y cuyo nombre más de 100 años después todavía le incomoda al poder. Anenecuilco, Morelos. 8 de agosto de 1879. Nace Emiliano Zapata en una familia campesina que lleva generaciones trabajando la misma tierra.


No es una familia de mendigos. Tienen animales, tienen una pequeña parcela, tienen algo más valioso que el dinero, tienen papeles, documentos que demuestran que esas tierras les pertenecen, documentos que nadie en el gobierno quiere leer. Morelos, en ese tiempo es una contradicción brutal. Es el estado más productivo de México en caña de azúcar.
Los ingenios trabajan sin parar. Los trenes salen cargados hacia la capital y hacia los puertos. La riqueza de Morelos alimenta fortunas enormes en Ciudad de México. Pero los hombres que trabajan la tierra no ven nada de esa riqueza. Las haciendas crecen y cuando crecen necesitan más tierra y cuando necesitan más tierra la toman.
Con títulos falsificados, con jueces comprados, con guardias armados que llegan de madrugada. Zapata lo ve desde niño. Según relatan quiénes lo conocieron, Yemy, su padre le mostró alguna vez como los hombres de la hacienda hospital movían los linderos de noche. Corrían las piedras que marcaban los límites, 1 met esta semana, 2 m el mes siguiente, año tras año, hasta que la parcela del campesino desaparecía sin que ningún tribunal reconociera el robo.
“¿Y por qué no hacemos algo?”, preguntó el joven Emiliano. Su padre respondió con la resignación de quien ya no espera justicia, porque ellos tienen el poder y nosotros tenemos la razón. Y en este país el poder siempre le gana a la razón. Zapata no olvidó esa respuesta. La guardó como quien guarda una deuda.
A los 20 años queda huérfano de padre. Asume la responsabilidad de su familia. Trabaja la tierra. comercia con mulas, se convierte en un hombre que otros campesinos respetan sin que nadie se lo haya ordenado. En algún momento, los registros indican que viajó brevemente a Ciudad de México y trabajó en las caballerizas de una familia adinerada.
Lo que vio ahí no lo abandonó nunca. Los caballos del patrón dormían en establos limpios, comían mejor que muchos jornaleros y recibían cuidados que ningún campesino de Morelos podía soñar para sus hijos. Un animal valía más que una familia entera. Regresó a Anenecuilco con algo distinto en los ojos. Septiembre de 1909.
El pueblo necesita un nuevo jefe de la Junta de Defensa de las Tierras. El cargo no paga nada. Exige enfrentarse a los hacendados, a los jefes políticos, as al gobierno del estado. El hombre que lo acepte se convierte automáticamente en enemigo de los poderosos de Morelos. Nadie quiere el cargo, nadie, excepto uno.
Emiliano Zapata tiene 30 años, lo eligen por unanimidad. Su primera decisión es ir al archivo del pueblo y sacar los documentos coloniales que demuestran la propiedad de las tierras. Papeles amarillentos escritos a mano con sellos de una época en que México ni siquiera existía como nación. Los envuelve en tela hoy los guarda como si fueran lo más preciado que el pueblo posee. Porque lo son.
Esos papeles son la única diferencia entre la justicia y el despojo. Y Zapata ha decidido que mientras él viva, nadie va a ignorarlos. Nadie. Noviembre de 1910. Francisco Ignacio Madero lanza el plan de San Luis. Llama a los mexicanos a levantarse contra Porfirio Díaz. Promete elecciones libres. Promete justicia. Promete que las tierras roba

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