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ARIAS NAVARRO: el hombre de dos caras que gobernó España en el momento más peligroso de su historia

Y mientras hablaba, los ojos se le llenaron de lágrimas. Lágrimas reales, o al menos eso parecían. La España que llevaba décadas esperando un gesto, una señal, una palabra de esperanza, contuvo el aliento. Los periodistas llamaron a aquel discurso El espíritu del 12 de febrero. Los más optimistas vieron en Arias Navarro a un reformador inesperado, un hombre del sistema que desde dentro iba a abrir las puertas de la jaula.

La prensa extranjera habló de un franquismo con rostro humano. Parecía el comienzo de algo nuevo. Duró exactamente 93 días, porque en mayo de ese mismo año, el gobierno de Arias Navarro cerró el diario Madrid, uno de los pocos periódicos que habían intentado ejercer un periodismo crítico dentro de los estrechos márgenes que permitía la censura.

Y en agosto algo mucho más grave. El anarquista catalán Salvador Pujantic fue ejecutado mediante Garrote Bill. La imagen de aquel joven de 26 años ejecutado por un estado que acababa de prometer apertura, recorrió las portadas de toda Europa. La indignación fue inmediata y brutal. Manifestaciones frente embajadas españolas en París, Londres, Ámsterdam.

El gobierno alemán llamó a consultas a su embajador. La reputación internacional de España se hundió en cuestión de horas. ¿Dónde estaban las lágrimas de febrero? ¿Dónde estaba el espíritu del 12 de febrero? Arias Navarro no respondió. Nunca respondió. Siguió gobernando como si el discurso de febrero y la ejecución de agosto hubieran sido protagonizados por dos personas distintas.

Y quizás en cierto sentido lo habían sido, porque eso es exactamente lo que era Carlos Arias Navarro. Dos personas distintas habitando el mismo cuerpo, dos caras bajo el mismo nombre. Y la España de 1975 estaba a punto de descubrir cuál de las dos era la verdadera. Cuando Franco murió, Arias seguía en el poder.

El rey Juan Carlos I, que acababa de ser proclamado jefe del Estado, lo confirmó en su cargo. Era una decisión que muchos no entendieron entonces y que los historiadores siguen debatiendo hoy. ¿Por qué el rey, que según todos los indicios quería llevar a España hacia la democracia, mantuvo en el gobierno a un hombre tan ligado al franquismo más duro? La respuesta, como casi todo en esta historia, es más complicada de lo que parece.

Para entender de verdad a Carlos Arias Navarro, hay que volver atrás, muy atrás. Hay que viajar a Málaga en el año 1937. Hay que entrar en los archivos que estuvieron cerrados durante décadas. Hay que leer los documentos que nadie quería encontrar. Carlos Arias Navarro nació en Madrid en 1908. estudió derecho, aprobó las oposiciones a fiscal.

Era un hombre metódico, disciplinado, con una vocación clara por el orden y por la ley, o al menos por cierto tipo de orden y cierto tipo de ley. Cuando estalló la guerra civil en julio de 1936, Arias tenía 27 años y una carrera prometedora por delante y tomó una decisión que marcaría todo lo que vino después. se puso del lado de Franco.

No era una decisión extraña para alguien de su perfil social y profesional. Muchos juristas, muchos funcionarios, muchos hombres de su generación y su clase hicieron lo mismo. Pero lo que Arias Navarro hizo con esa decisión fue más allá de lo que hicieron la mayoría. En 1937, cuando las tropas nacionales tomaron Málaga, Arias Navarro fue nombrado fiscal de la ciudad.

Y en esa ciudad, en ese momento, ejerció su cargo con una eficiencia que sus enemigos describirían siempre con una sola palabra, terror. Los tribunales militares de posguerra funcionaban como máquinas de condenar. Los procesos duraban minutos, las pruebas eran irrelevantes. La condena era casi siempre la misma, muerte.

Carlos Arias Navarro era el fiscal que pedía esas condenas. ¿Cuántas? Los historiadores llevan décadas tratando de establecer una cifra exacta. Los archivos del periodo son incompletos. Algunos fueron destruidos deliberadamente, otros permanecen parcialmente clasificados. Pero las investigaciones más rigurosas, entre ellas las del historiador Francisco Espinoza, hablan de miles de condenas dictadas en los meses posteriores a la toma de Málaga.

Miles de hombres y mujeres que fueron juzgados en procesos sumarios y ejecutados. El pueblo de Málaga no lo olvidó y le puso un nombre que lo persiguió durante el resto de su vida, el carnicerito de Málaga. El pequeño carnicero de Málaga, un apodo que contenía todo el desprecio y todo el horror que aquel periodo dejó grabado en la memoria colectiva de la ciudad.

Pero Franco sí lo olvidó, o mejor dicho, Franco no lo veía como algo que hubiera que olvidar. Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Para el régimen, aquellos años de represión de posguerra no eran una vergüenza. eran una necesidad histórica, eran el precio que había que pagar por la victoria.

Y los hombres que habían ejecutado esa represión con eficiencia y lealtad eran hombres de confianza, hombres que podían ascender. Y Arias Navarro ascendió, gobernador civil de varias provincias, director general de seguridad, el cargo que controlaba toda la policía política del régimen. Alcalde de Madrid durante 11 años, desde 1965 hasta 1973.

Y finalmente la cúspide, presidente del gobierno. En cada uno de esos cargos, Arias demostró la misma habilidad que había mostrado en Málaga. La capacidad de hacer lo que el sistema necesitaba sin preguntas, sin dudas visibles, con una disciplina inquebrantable. Era el funcionario perfecto del régimen, el hombre que nunca fallaba, el hombre que siempre cumplía.

Pero había algo más en Carlos Arias Navarro, algo que sus colaboradores más cercanos percibidan y que los documentos desclasificados en años recientes empiezan a confirmar. Arias no era simplemente un ejecutor leal, era un político con ambición propia, un hombre que había aprendido en 40 años de servicio al régimen, que la supervivencia en el poder requería flexibilidad, requería adaptación, requería en ocasiones decir lo que la audiencia quería escuchar, aunque luego uno hiciera exactamente lo contrario.

Las lágrimas de febrero de 1974 no eran quizás completamente falsas. Puede que Arias Navarro creyera de verdad en algún nivel, en cierto tipo de apertura controlada, limitada, supervisada por los mismos hombres que habían construido el régimen. Una apertura que cambiara lo suficiente para que nada cambiara de verdad.

Eso es lo que los historiadores llaman el reformismo del búnker, la ilusión de la reforma como escudo contra la reforma verdadera. y Carlos Arias Navarro fue su mejor intérprete. Lo que nadie podía imaginar en noviembre de 1975 era hasta dónde estaba dispuesto a llegar para mantener ese juego, para seguir siendo el hombre indispensable, para seguir siendo en un mundo que cambiaba a velocidad de vértigo, el guardián de un orden que ya estaba muriendo.

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