El movimiento obrero crece. El anarquismo tiene raíces profundas. El catalanismo empieza a organizarse políticamente. Lerrux ve la oportunidad y se lanza. Su estrategia es simple y brutal. Atacar a todos, a la iglesia, a la monarquía, a los patronos, a los catalanistas burdeses. Él es el único defensor del pueblo auténtico, el único que no tiene miedo, el único que dice la verdad.
Es un mensaje que en 1901 resuena con una fuerza tremenda entre los trabajadores analfabetos del paralelo. Esa avenida de teatros populares, tabernas y miseria que es el corazón proletario de Barcelona. Lo que nadie ve. Entonces, lo que quedará enterrado bajo capas de demagogia y escándalo durante décadas es que desde casi el principio las cuentas del Partido Radical no cuadran.
Los mítines cuestan dinero, los periódicos cuestan dinero, los viajes, los abogados, las campañas electorales, todo cuesta dinero. ¿Y de dónde sale ese dinero cuando tu partido supuestamente representa a los que no tienen nada? Esa pregunta en 1901 nadie se la hace en voz alta o al menos nadie que pueda responderla.
Barcelona, 1903. El paralelo de noche es otra ciudad. Los teatros escupen luz y ruido a la calle. Los bares están llenos de obreros que han cobrado el jornal semanal y quieren olvidar durante unas horas que mañana vuelve el turno de 12 horas. Las familias enteras viven acinadas en pisos de dos habitaciones. La tuberculosis mata más gente en el rabal que en cualquier campo de batalla.
Y en medio de todo eso, Lerrux organiza actos políticos que son mitad meeting, mitad espectáculo de variedades, música, oradores secundarios que calientan el ambiente y luego él, el gran Lrux, subiendo a la tarima como un tenor, sale al escenario de la ópera con pausa, con gesto calculado, dejando que el silencio crezca antes de abrir la boca.
Sus discursos son obras de teatro en sí mismos. empieza suave, casi conversacional, describiendo la miseria cotidiana de su audiencia con una precisión que los hace sentir comprendidos. Luego sube la intensidad, introduce al enemigo, lo construye con trazos gruesos y villanos de melodrama. El obispo gordo, el marqués inútil, el político corrupto.
La audiencia abuchea, insulta, se enfurece. Y cuando Lerrux tiene al público en ese punto de ebullición perfecta, lanza el gancho final, la promesa, la república, la igualdad, la justicia, el mundo nuevo que está al alcance de la mano si el pueblo se une detrás de él. Es extraordinariamente efectivo y extraordinariamente manipulador, porque mientras habla de igualdad, Lerrux lleva una vida que sus seguidores jamás podrían permitirse.
Come en buenos restaurantes, viste con ropa de calidad, viaja con frecuencia. Tiene una red de relaciones que va mucho más allá de los círculos republicanos. Empresarios que financian discretamente su prensa, abogados con clientes adinerados que hacen donaciones sin nombre. intermediarios cuya procedencia nadie pregunta demasiado.
Sus rivales políticos lo saben. Los catalanistas de la liga regionalista, que lo desprecian con una mezcla de miedo y asco, filtran a la prensa conservadora datos sobre las finanzas turbias del Partido Radical, pero la denuncia no prospera. ¿Por qué? Porque los que deberían investigarle son exactamente los mismos que le están pagando.
La restauración española es un sistema de corrupción institucionalizada donde todos están manchados. Ilerrux ha aprendido a usar esa impunidad generalizada como escudo personal. Mientras tanto, su poder en Barcelona crece hasta límites que asustan incluso a sus propios correligionarios republicanos. Controla barrios enteros a través de una red de casas del pueblo lerruxistas.
que funcionan como centros sociales, bolsas de trabajo y maquinaria electoral. Simultáneamente, los trabajadores que quieren un empleo, un abogado de oficio o simplemente resolver un problema burocrático saben que el camino pasa por el Partido Radical, por Lerrux, por la lealtad al emperador. Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres.
Nos encanta saber de dónde nos ven. Es, reconocen los historiadores, un siglo después. una forma de clientelismo político perfectamente moderna, no muy diferente en su estructura profunda a las mafias políticas urbanas de Chicago o Nápoles de la misma época. El líder da protección y favores, los seguidores dan votos y silencio y todos fingen que eso es democracia.
En 1906, Lerrux tiene 50,000 votos en Barcelona. es diputado en el Congreso, es famoso en toda España y está completamente convencido de que el futuro es suyo. Lo que todavía no sabe es que el sistema que ha construido, ese sistema de lealtades compradas y promesas grandilocuentes, es exactamente el tipo de maquinaria que cuando el dinero escasea o el poder se acerca de verdad, devora a quien la creó.
El emperador del paralelo lleva coronado menos de 10 años y ya lleva dentro la semilla de su propia destrucción. Julio de 1909. Barcelona arde. No en sentido metafórico, arde de verdad. Las llamas de decenas de conventos e iglesias iluminan la noche catalana mientras el ejército dispara contra obreros en las calles del Rabal y el Poblac.
Es la semana trágica. El estallido más violento que ha vivido la ciudad en generaciones. Una revuelta espontánea contra el envío de reservistas a la guerra de Marruecos. Una guerra que los ricos pueden comprar con 100 pesetas para que sus hijos no vayan y que los pobres pagan con sangre. Lees no está en Barcelona.
Ese detalle aparentemente menor lo dice todo. El gran tribuno del paralelo, el emperador de los trabajadores, el hombre que lleva años prometiendo que estará con el pueblo en el momento decisivo, se encuentra en el extranjero cuando su ciudad explota. Algunos dicen que está en Francia, otros en Portugal. Sus biógrafos más benévolos sugieren que fue una coincidencia desgraciada.
sus críticos, que no fue ninguna coincidencia. Lo que sí es seguro es lo que ocurre después. La represión es brutal. El gobierno de Maura fusila a cinco personas, entre ellas a Francisco Ferré Guardia, el pedagogo anarquista fundador de la escuela moderna. En una ejecución que escandaliza a media Europa.
Miles de obreros son detenidos. Los barrios del paralelo están en luto y Lerrux cuando regresa hace algo que sus seguidores tardarán años en digerirles del todo. No lidera la defensa de los represaliados. No convierte el proceso aferré en una cruzada republicana. Se distancia con cuidado quirúrgico de los elementos más radicales de la revuelta.
Calcula sus palabras, negocia con el gobierno en lugar de enfrentarlo. ¿Por qué? La respuesta oficial es que Lerrux es un republicano posibilista, un hombre de estado que entiende que la revolución no se hace con barricadas, sino con votos. La respuesta real es más sombria. En 1909, Lerrux ya no puede permitirse quemar puentes con el establishment porque necesita esos puentes para su propia supervivencia financiera y política.
Porque hay algo que sus seguidores del paralelo ignoran completamente. El Partido Radical está endeudado. Los periódicos, los locales, la maquinaria electoral, los viajes constantes del ERUX entre Barcelona y Madrid, todo cuesta dinero que las cuotas de los afiliados obreros no pueden cubrir. Y hay prestamistas, hay financiadores discretos, hay hombres de negocios con intereses muy concretos que esperan un retorno sobre su inversión.
Un compañero de partido, años después lo escribirá en sus memorias con una claridad demoredora. Lerrux nunca cobró un soborno en el sentido vulgar de la palabra. Simplemente vivía de manera que siempre necesitaba más dinero del que tenía y siempre había alguien dispuesto a proporcionárselo a cambio de nada en particular.
Por ahora, ese por ahora es la clave de todo. La corrupción de Lerrux no es la de un funcionario que mete la mano en la caja y huye. Es algo más sofisticado y más peligroso. Es la corrupción del político que se deja atrapar en una red de favores y obligaciones hasta que ya no puede distinguir dónde terminan sus convicciones y dónde empiezan las de sus financiadores.
La semana trágica marca el principio del fin del errux en Cataluña. Los trabajadores que sobreviven la represión lo miran de otra manera. El movimiento obrero barcelonés empieza a organizarse en estructuras sindicales, en la CNT, que se fundará en 1910, que no necesitan a ningún tribuno carismático para hablar en su nombre.
Lerrux pierde su base social original y un político sin base social es como un edificio sin cimientos. Puede seguir en pie un tiempo, pero cualquier temblor lo derrumba. Lo que hace entonces Lerrux es lo que hacen todos los políticos cuando pierden una base, buscar otra. Y la nueva base que encuentra lo llevará inevitablemente al corazón mismo del poder que siempre dijo querer destruir.
Madrid. 1931 ha pasado un cuarto de siglo desde los tiempos gloriosos del paralelo. Lerrux tiene 67 años, el pelo completamente blanco y la silueta redondeada de un hombre que come bien desde hace mucho tiempo. El 14 de abril, la Segunda República Española se proclama entre una explosión de alegría popular que sacude el país entero.
La gente sale a las calles, llora, abraza a desconocidos. Por fin, por fin la República. Yerux está ahí. Claro que está ahí. Lleva 30 años diciendo que este momento llegaría. El problema es que el Lrux de 1931 no tiene absolutamente nada que ver con el joven furioso que incendiaba el paralelo con sus discursos.
Ese era un revolucionario de opereta, desde luego, pero al menos tenía la energía y la rabia genuina de quien viene de abajo y quiere subir. Este Lerrux de 1931 es otra cosa. Es un aparato político, un operador, un hombre que ha sobrevivido 30 años en la política española, aprendiendo a dobledarse en el momento justo.
Su partido radical existe todavía, aunque ya no representa a los obreros. Su base real en este momento son los pequeños comerciantes, los funcionarios de clase media, los republicanos históricos que quieren los beneficios de la República sin el coste de una transformación social profunda. Es, en resumen, un partido de centro derecha con retórica de izquierda heredada de otra época.
La coalición republicanocialista que gobierna los primeros dos años de la República no necesita al Errux. Tienen suficiente mayoría sin él. Asaña gobierna, reforma el ejército, intenta separar la iglesia del estado, impulsa el estatuto de Cataluña. Son años de transformación intensa y de resistencia feroz de los sectores conservadores.
Lerrux observa desde la oposición esperando su momento y el momento llega en noviembre de 1933. Las elecciones dan la victoria a una coalición de centro derecha en la que el Partido Radical del Errux es pieza fundamental. La CEDA, la gran coalición católica y conservadora liderada por Gil Robles, obtiene más escaños.
Pero el presidente Alcalz Amora no quiere darle el gobierno a alguien con vínculos tan estrechos con el fascismo europeo. Le da el gobierno a Lerrux. Alejandro Lerrux García, a los 69 años es por fin presidente del Consejo de Ministros de España. Ha llegado al poder real y lo primero que hace con ese poder es exactamente lo contrario de todo lo que prometió durante 30 años.
Paraliza las reformas agrarias que habrían dado tierra a los campesinos más pobres. Frena la legislación laboral que protegía a los obreros. concilia con la iglesia en lugar de limitar su poder. Amnistía a los militares implicados en el golpe fallido del general Sanjurjo de 1932. Y en octubre de 1934, cuando el movimiento obrero asturiano se levanta en una insurrección desesperada contra el giro derechista del gobierno, Lerrux autoriza al general Francisco Franco para aplastar la revuelta con el ejército de África.

El resultado es una masacre. Más de 13 muertos, 30,000 detenidos. Torturas sistemáticas denunciadas ante el parlamento. El hombre que prometió acabar con los ricos acaba de aplastar a los pobres con el ejército colonial. El tribuno del paralelo ha firmado la orden de fuego contra los nietos de aquellos obreros que lo vitoreaban en Barcelona.
En los círculos republicanos de izquierda, el nombre de Lerrux se convierte en sinónimo de traición. Pero Lerrux duerme bien. Tiene un gobierno que dirigir y según se descubrirá muy pronto, tiene también negocios que atender. Otoño de 1935. La República española lleva 4 años tambaleándose entre reformas y contrarreformas, entre esperanzas rotas y violencias crecientes.
El ambiente político es de crisis permanente y en ese clima de agotamiento y desconfianza está ya la bomba que nadie esperaba o que quizás todos esperaban sin saber exactamente cuándo llegaría. Todo comienza con una carta. Una carta que el presidente de la República, Niseto Alcalá Zamora, recibe en septiembre de 1935 y que decide leer personalmente ante las cortes.
Ese gesto extraordinariamente inusual indica desde el principio que lo que contiene esa carta no es un asunto menor. El remitente se llama Daniel Straus. Es un hombre de negocios de origen neerlandés con pasaporte de varios países y un historial de proyectos comerciales dudosos por media Europa. Su socio se llama Jacob Perlowitz, conocido como Perlo.
Juntos han diseñado un dispositivo que llaman extraerlo, una ruleta electromecánica que, según sus creadores, garantiza que la banca siempre gana porque el aparato puede manipularse a distancia. Es, en términos modernos, una máquina tragaperras trucada de diseño. El plan de Straus y Perlo es sencillo. Instalar estos aparatos en los casinos españoles, obtener una licencia oficial que les dé cobertura legal y repartir los beneficios.
Para conseguir esa licencia necesitan sobornar a quien corresponda y quien corresponde en la España de 1934 es el entorno inmediato de Errux. Los detalles que Straus documenta en su carta al presidente son demoledores en su precisión. Pagos en efectivo a Aurelio Lerrux, sobrino adoptivo del jefe de gobierno.
Relojes de oro, dinero en metálico, favores varios a otros funcionarios del Partido Radical. A cambio, el straperlo recibe autorización para funcionar en los casinos de San Sebastián y Formentor. Las máquinas se instalan, funcionan durante semanas y cuando las autoridades locales empiezan a recibir quejas de los jugadores que sospechan el truco, el escándalo amenaza con salir a la superficie.
Straus y Perlo son expulsados de España sin devolución de sus inversiones ni de las comisiones prometidas y entonces deciden vengarse. La carta de Straus al presidente es una bomba de relojería perfectamente construida. incluye nombres, fechas, cantidades, descripciones de reuniones. Es el tipo de documentación que un funcionario corrupto nunca debería haber permitido que existiera.
Pero la corrupción del entorno de Errux era tan descarada, tan convencida de su propia impunidad, que nadie se molestó en cubrir bien las huellas. Alcal Z Amora, que desde hace meses busca una excusa para deshacerse de Errux, lee la carta ante las Cortes el 28 de septiembre de 1935. El efecto es sísmico. Los diputados escuchan en silencio mientras el presidente de la República detalla, con nombres propios y cifras concretas, cómo el partido en el gobierno ha vendido licencias estatales a cambio de sobornos.
Lerrux intenta defenderse. Dice que él no sabía nada, que su sobrino actuó sin su conocimiento, que es víctima de una conspiración política. Son exactamente los argumentos que cualquier político corrupto ha utilizado en cualquier época y en cualquier país del mundo. Y tienen exactamente la misma credibilidad que siempre. Ninguna.
Pero lo que hace verdaderamente histórico al escándalo del extraperlo no es solo la corrupción en sí, es el simbolismo aplastante. Aquí está el hombre que construyó toda su carrera política sobre la denuncia de los ricos y los poderosos. El tribuno que prometía un mundo sin privilegios y sin corrupción, hundido hasta el cuello en exactamente el tipo de escándalo que él siempre atribuía a sus enemigos.
La ironía es tan perfecta, tan redonda, que resulta casi literaria. El nombre extraerlo entra en el diccionario español. Aún hoy, 90 años después, los españoles utilizan la palabra extraperlo para referirse al mercado negro, al faude, a los negocios turbios. El apellido de un estafador neerlandés y el nombre de una ruleta trucada se han fusionado para siempre con la idea de la corrupción política.
Ese es el legado lingüístico de Alejandro Lerrux, haber prestado su gobierno a una estafa tan escandalosa que cambió el vocabulario de un idioma. El Partido Radical se desintegra en semanas. Los diputados huyen del naufragio. Los aliados se distancian. Lerrux, que gobernaba España hace apenas meses, se convierte en una figura política terminada de la noche a la mañana.
Tiene 71 años, lleva 50 en política y todo lo que ha construido se hunde bajo el peso de una ruleta trucada y la venganza de un estafador neerlandés al que sus socios dejaron sin pagar. Fuera del Congreso, en las calles de Madrid y Barcelona, la izquierda celebra la caída, mientras la derecha finge escandalizarse.
Pero en realidad, en los despachos donde se toman las decisiones importantes, hay hombres que observan el hundimiento de la República con una satisfacción tranquila. El escándalo del extraperlo no va a matar a la República directamente, pero la ha debilitado de una manera que resultará fatal. Quedan 9 meses para el inicio de la guerra civil.
Febrero de 1936. Las elecciones generales más tensas de la historia española. El Frente Popular, una coalición de republicanos de izquierda, socialistas y comunistas, se enfrenta al frente nacional, respaldado por la CEDA y los sectores más conservadores del país. El Partido Radical del Errux se presenta como una tercera vía, un centro razonable entre dos extremos.
El resultado es una humillación histórica. De los 102 escaños que tenía en las cortes anteriores, el partido de Errux obtiene cuatro. Cuatro. Un desplome tan vertical que sus propios candidatos no se lo explican la noche electoral. Lerrux pierde su propio escaño. El emperador del paralelo, el hombre que durante 30 años fue uno de los políticos más votados de España, no consigue que ni su propio distrito lo elija.
Pero lo verdaderamente perturbador no es la derrota electoral, es lo que Lerrux hace después. Mientras la República agoniza, mientras la tensión entre el nuevo gobierno del Frente Popular y los militares conspiradores sube semana a semana, mientras España se desliza hacia el abismo con una velocidad que aterra a cualquiera que mire con honestidad, Lerrux establece contacto con los golpistas.
Los documentos desclasificados décadas después, estudiados por historiadores como Nigel Townson y Diego Martínez Barrio, revelan que en los meses previos al golpe de julio de 1936, Lerrux forma parte de esa zona gris de políticos republicanos conservadores que saben que algo se prepara, que no lo denuncian y que en algunos casos actúan como intermediarios o simplemente como observadores convlacientes.
No hay prueba de que Lerrux financiara directamente la conspiración militar, pero hay algo quizás más revelador, su silencio. El hombre que durante décadas utilizó su voz como su principal arma política, guarda silencio exactamente cuando esa voz podría haber servido para algo. Cuando los generales conspiran abiertamente, cuando los rumores del golpe llenan los cafés de Madrid, Lerrux no alerta, no denuncia, no moviliza.
Observa por qué. La respuesta más probable es también la más sombría. Porque a estas alturas Lerrux ha llegado a creer, con la convicción serena de quien ha pasado demasiado tiempo en los despachos del poder, que la República del Frente Popular es más peligrosa para sus intereses personales que un golpe militar moderado, que los generales restaurarán el orden, que habrá negociación, que España no puede hundirse del todo porque él todavía tiene demasiado que perder.
Es el error de cálculo más catastrófico de su vida y no lo comete solo. Lo comparten decenas de políticos conservadores, empresarios, eclesiásticos y militares de segundo rango que piensan exactamente lo mismo. Todos ellos están a punto de descubrir que cuando invitas a los generales a resolver tus problemas políticos, los generales no se van a casa cuando el problema está resuelto.
El 17 de julio de 1936, el alzamiento militar comienza en Marruecos. Al día siguiente se extiende a la península. España se parte en dos. Comienza una guerra civil que durará 3 años y costará entre 500,000 y un millón de vidas según las estimaciones. El mundo que Lerrux conocía, el mundo en el que había maniobrado, conspirado, prometido y traicionado durante medio siglo, deja de existir en el espacio de 72 horas. Y Lerrux huye.
Sale de España hacia Portugal, luego hacia Argentina arrastrando lo que puede. El emperador del paralelo abandona su reino a toda prisa, como siempre ha abandonado las situaciones incómodas, con la diferencia de que esta vez no hay vuelta calculada, no hay jugada política preparada para el regreso. Esta vez la historia le ha superado definitivamente.
Deja atrás una república en llamas. Deja atrás a los nietos de aquellos obreros del paralelo que lo vitoreaban en 1903, que ahora mueren en las trincheras del Jarama o en las checas de Madrid o bajo los bombardeos de la Legión Condor. Los mismos de siempre pagando el precio. Como siempre. Buenos Aires, 1937.
Mientras España se desangra en la guerra más brutal de su historia contemporánea, Alejandro Lerrux vive en un apartamento confortable del barrio de Recoleta, uno de los más elegantes de la capital argentina. Tiene 73 años, está en perfecta salud, come bien, duerme bien y ha comenzado a escribir sus memorias.
Este detalle merece detenerse. El hombre que contribuyó de manera decisiva al hundimiento de la Segunda República Española, que gobernó con una derecha más reaccionaria, que aplastó la insurrección obrera de Asturias, que permitió que el escándalo del extraperlo destruyera la credibilidad del sistema republicano en el peor momento posible.
Ese hombre tiene tiempo libre suficiente para escribir un libro en el que se presenta como víctima. Las memorias de Lerrux, publicadas bajo el título La pequeña historia son un documento fascinante por lo que revelan sin querer. En ellas, Lerrux construye con paciencia la imagen de un republicano honesto, saboteado por enemigos políticos y por la mala suerte.
El extraperlo fue una trampa tendida por sus rivales. La coalición con la seda fue una necesidad pragmática para salvar la República del Caos. La represión de Asturias fue una medida dolorosa, pero inevitable para mantener el orden constitucional. Lo que no aparece en el libro es igualmente revelador. No hay ninguna reflexión seria sobre la corrupción que impregnó su partido.
No hay ningún reconocimiento de que sus decisiones de gobierno aceleraron la polarización que hizo inevitable la guerra. No hay ninguna palabra de duelo por los muertos de Asturias, por los 30,000 presos torturados. por los fusilamientos. No hay, en definitiva, ninguna señal de que Alejandro Lerrux haya aprendido absolutamente nada de nada.
Pero hay algo en ese exilio argentino que los historiadores han tardado en examinar con suficiente detalle. El dinero. Lerrux vive bien en Buenos Aires. Demasiado bien para ser un político arruinado por los escándalos. ¿De dónde viene ese dinero? La respuesta, reconstruida a través de documentos notariales y registros bancarios españoles y argentinos es que leer llevaba años transfiriendo fondos al extranjero, no de forma masiva ni espectacular, sino de la manera que caracteriza a los políticos corruptos verdaderamente
listos, gota a gota a través de intermediarios en forma de honorarios legales, comisiones comerciales, préstamos que nunca se devuelven. El patrimonio exacto del ERUs en 1936 nunca pudo determinarse con precisión, pero los indicios apuntan a una fortuna personal muy considerable para alguien que técnicamente solo había cobrado sueldos públicos durante 30 años.
El hombre que prometió acabar con los ricos no solo acabó siendo uno de ellos, tuvo la precaución de poner ese dinero a salvo antes de que España ardiera. Mientras tanto, en la España que él dejó atrás, la guerra avanza con una crueldad sistemática. Los bombardeos de Guernica en abril de 1937, las matanzas de Badajoz, las ejecuciones en el parque del oeste de Madrid, la hambruna en las ciudades republicanas sitiadas.
Lerru lee las noticias en los periódicos argentinos, seguramente con la misma expresión vagamente preocupada con que siempre leyó las noticias sobre consecuencias que él no iba a sufrir. En 1939, la guerra termina con la victoria de Franco. El régimen del general instaura una dictadura que durará 40 años. Los líderes republicanos en el exilio fundan gobiernos en el exilio, organizaridad, escriben manifiestos.
mantienen viva la llama de la resistencia. Azaña muere en el exilio en 1940, destrozado por la derrota. Largo Caballero muere en un campo de concentración nazi en 1946. Conangch es entregado por los nazis a Franco y fusilado en el castillo de Monjui en 1940. Lerru regresa a España en 1947. Franco lo deja entrar. Naturalmente, ¿por qué no iba a dejarlo entrar? Lerru no es un enemigo del régimen.
Es, en el fondo, exactamente el tipo de personaje que Franco necesita para construir su relato. La prueba viviente de que la República era un sistema corrupto e ingobernable que se destruyó a sí mismo. El emperador del Paralelo, de vuelta en Madrid a los 83 años, es el testigo involuntario perfecto de la propaganda franquista.
Madrid, 1949. Un apartamento en el centro de la ciudad. Alejandro Lerrux García muere el 25 de junio a los 84 años en su cama de muerte natural, sin juicio, sin condena, sin rendir cuentas ante nadie más que ante el tiempo. En el momento de su muerte, España lleva 10 años bajo la dictadura más larga de su historia.
Los republicanos que sobrevivieron están en el exilio o en las cárceles o han aprendido a callar. Las reformas que la Segunda República intentó impulsar, la separación Iglesia Estado, la reforma agraria, los estatutos de autonomía, los derechos laborales, todo ha sido revertido con violencia. El país que Legú ayudó a construir y a destruir en igual medida vive ahora en un silencio forzado de posguerra.
El funeral de Legú es discreto. No hay multitudes, no hay discursos en la plaza. El emperador no tiene súbditos que lo despidan. Los que sobreviven de aquella generación lo recuerdan con una mezcla de desprecio y fatiga. La fatiga de quien ha visto demasiadas traiciones para indignarse por una más. Pero el verdadero legado de Erru no está en su funeral, está en lo que dejó después de sí mismo.
Y ese legado es profundamente perturbador en su vigencia. Primer dato que los historiadores han tardado en cuantificar con precisión. El Partido Radical en sus años de gobierno entre 1933 y 1935 bloqueó o revirtió reformas que habrían redistribuido tierra entre aproximadamente 150,000 familias campesinas en Extremadura y Andalucía.
Esas familias, sin tierra y sin esperanza, fueron el caldo de cultivo del anarquismo desesperado y de la violencia rural que contribuyó a la polarización previa a la guerra. La inacción deliberada de Errux tiene víctimas concretas con nombres y apellidos que nadie pronunció en su funeral. Segundo dato, el escándalo del extraperlo no fue un accidente ni una excepción.

Las investigaciones posteriores revelaron que la corrupción en el Partido Radical era sistémica y conocida internamente. Había un segundo escándalo, el llamado caso Tayá, igualmente documentado, en el que funcionarios del partido cobraron comisiones por contratos de obras públicas. El extraperlo fue el que explotó públicamente solo porque Estraus y Perlo se sintieron estafados y decidieron vengarse.
Si hubieran cobrado lo prometido, nunca habríamos sabido nada. Tercer dato, quizás el más demoledor. En 1934, cuando Lerrox autoriza al general Franco para dirigir la represión de la insurrección asturiana, toma esa decisión sabiendo perfectamente qué tipo de oficial es Franco. Sabe que Franco dirigió el ejército de África, un cuerpo colonial entrenado para la guerra de exterminio, no para la contención policial.
sabe que usar ese ejército contra mineros asturianos es desproporcionado de manera criminal y lo autoriza igualmente porque calcula que el miedo a la revolución le dará votos en el centro y la derecha. El resultado son 1335 muertos confirmados, aunque las cifras reales probablemente superan los 2000. Hay testimonios documentados de torturas en los interrogatorios, de fusilamientos sumarios, de mujeres violadas por tropas regulares.
El general López Ochoa, uno de los mandos de la operación, escribirá años después que las órdenes que recibió eran las de una campaña de guerra, no de una operación policial. Leerru nunca respondió por esos muertos, ni en vida ni en la historia oficial. Cuarto dato y quizás el que mejor resume quién fue realmente este hombre.
En 1933, cuando Lerru llega por primera vez a la presidencia del gobierno, su patrimonio declarado es modesto, coherente con décadas de salarios políticos. En 1939, cuando sale de España hacia el exilio, mueve dinero suficiente para vivir con comodidad durante años en Buenos Aires sin trabajar. En ese intervalo de 6 años en los que ostentó el poder ejecutivo del Estado español, su situación económica personal experimentó una mejora que ningún salario público puede explicar.
Los historiadores del periodo han intentado rastrear ese dinero con resultados parciales. Hay indicios de comisiones en contratos militares, de participaciones encubiertas en empresas que obtuvieron licencias estatales durante su gobierno, de transferencias a través de testacerros hacia cuentas en Francia y Argentina.
El cuadro completo nunca se ha podido reconstruir porque muchos archivos del periodo republicano fueron destruidos durante la guerra o están todavía incompletos. Pero los fragmentos disponibles apuntan todos en la misma dirección. El hombre que prometió acabar con los ricos utilizó el poder del estado para enriquecerse. Utilizó la retórica de la justicia social como trampolín para acceder a los privilegios que fingía combatir.
Y luego, cuando el sistema que había contribuido a corroer desde dentro se derrumbó, huyó con su dinero mientras otros pagaban con sus vidas el precio de ese derrumbe. Hay una última imagen que resume todo esto con una precisión que ningún discurso político podría igualar. En 1947, cuando Lerrux regresa a Madrid bajo la protección del régimen de Franco, lo hace al mismo tiempo que miles de republicanos en el exilio son declarados apátridas, que sus bienes en España han sido confiscados, que sus familias viven en la miseria del destierro o del
silencio forzado dentro del país. Lerrux no comparte ese destino. Lerrux vuelve a casa porque Lerrux nunca fue realmente de los que pagan. fue siempre de los que cobran. Eso es lo que prometió cambiar. Eso es lo que en cambio perfeccionó. Y cuando uno mira la historia política del siglo XX, no solo en España, sino en cualquier democracia que haya visto surgir a un demagogo populista que habla en nombre de los pobres mientras vive como los ricos, la historia de Lrux no parece una anomalía, parece un manual.
Madrid. Hoy, en el Congreso de los Diputados, el mismo edificio donde Alcalá Zamora leyó en voz alta la carta del estafador neerlandés que hundió al Errux. Los diputados debaten sobre corrupción política. Lo hacen con la misma indignación performativa, los mismos gestos de escándalo fingido, las mismas promesas de transparencia y regeneración que llevan resonando en esas paredes desde 1810.
El nombre de Lerrux no aparece en esos debates, pero su sombra está en cada uno de ellos. Porque la historia de Alejandro Lerrux no es solo la historia de un político corrupto del siglo pasado. Es la radiografía de un mecanismo que no ha dejado de funcionar un solo día desde entonces. El mecanismo funciona así.
Un hombre sin nada identifica el resentimiento legítimo de los que tienen menos. Convierte ese resentimiento en combustible político. Construye una identidad pública basada en la denuncia de los poderosos. llega al poder y una vez dentro descubre que el poder no es un instrumento para cambiar el sistema, sino un ecosistema que te cambia a ti.
Que las personas que financian tu partido esperan algo a cambio, que los compromisos ideológicos se negocian igual que los presupuestos, que la línea entre defender el interés público y defender el propio interés privado se vuelve cada vez más difusa hasta que un día ya no puedes verla. Lerrux no es una excepción en la historia española ni en la historia universal.
Es el arquetipo. El caso de laboratorio perfectamente documentado de cómo el populismo genuino, nacido de una rabia real ante injusticias reales, puede convertirse en el vehículo más eficiente para reproducir exactamente las injusticias que prometió eliminar. Y aquí está el dato más incómodo de todos, el que los libros de texto raramente incluyan con la claridad que merece.
Lerrux no engañó a nadie solo, lo dejaron. Sus seguidores del paralelo vieron las señales durante años y eligieron no derlas porque necesitaban creer en alguien. Los periodistas que conocían sus finanzas turbias callaron porque él les ofrecía acceso e información. Los políticos aliados miraron para otro lado porque su éxito electoral les era útil.
La corrupción de Lerru no fue el crimen solitario de un individuo sin escrúpulos. Fue un acuerdo tácito entre un demagogo dispuesto a mentir y una sociedad que prefería la mentira cómoda a la verdad incómoda. Esa es quizás la lección más perturbadora de toda esta historia. No que los políticos mientan, eso lo sabemos, sino que les dejamos mentir, porque sus mentiras nos resultan más soportables que asumir nuestra propia responsabilidad en el sistema que criticamos.
Alejandro Lerru prometió acabar con los ricos. Acabó siendo uno de ellos. Pero antes de juzgarlo, hay una pregunta que vale la pena hacerse con honestidad. ¿Cuántos lerrucks hemos aplaudido nosotros en nuestro tiempo en nuestro país? porque decían exactamente lo que queríamos escuchar. Muchas gracias por vernos.
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