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SORAYA JIMÉNEZ : LA ASQUEROSA TRAICIÓN QUE ACABO CON SU VIDA

Estuvo tres días buscando, encontró ocho nombres, les escribió correos electrónicos a los ocho, le contestaron tres y de los tres, uno aceptó venir a México por una cantidad que Soraya iba a tener que conseguir. Recuerda este correo electrónico. 1993. Una muchacha de 16 años en una computadora del Centro Olímpico buscando entrenadores en el extranjero.

Ese correo es el primer caramelo de esta historia y vamos a volver a él más adelante. El entrenador que aceptó era búlgaro. Tenía 47 años. Era exolímpico. Había entrenado a tres campeonas mundiales. Pidió $4,000 al mes para vivir en México. Soraya, que tenía 16 años y vivía con sus padres en Naalpan, no tenía esos $4,000.

La Federación Mexicana de Alterofilia tampoco se los iba a dar. Y en ese momento, en la oficina del Centro Olímpico, mientras Soraya leía el correo del búlgaro, un hombre que estaba revisando papeles en la mesa de al lado se acercó. Un hombre que tenía 38 años, bien vestido, camisa blanca planchada, reloj caro, acento norteño, zapatos italianos lustrados.

Le dijo a Zoraya que él podía conseguirle los 000. Le dijo a Soraya que él era empresario, que él patrocinaba atletas, que él creía en el deporte mexicano, que él iba a hacer su mecena si Soraya lo dejaba, sin pedir nada a cambio, solo verla competir y verla ganar. Soraya tenía 16 años, no sabía leer contratos, no sabía hacer preguntas. Le dijo que sí.

El hombre se presentó, le dijo que se llamaba Sergio Mendoza. Esa fue la primera vez que Soraya vio a Sergio Mendoza y no iba a saberlo en ese momento, pero acababa de conocer al hombre que iba a robarle la vida en cámara lenta durante los siguientes 20 años. Lo que Sergio Mendoza hizo en las siguientes 48 horas fue lo que solo un hombre que llevaba años esperando esa oportunidad sabe hacer.

llamó a un banco, transfirió $8,000 a una cuenta nueva que abrió a nombre de una sociedad mercantil registrada en Puerto Vallarta. Le pagó al búlgaro el primer mes por adelantado. Le compró un boleto de avión desde Sofía, le rentó un departamento en Coyoacán y le compró a Soraya su primera membresía del gimnasio privado del Centro Olímpico.

Soraya, en 48 horas pasó de no tener nada a tener un entrenador búlgaro de nivel mundial, un departamento donde entrenar fuera de horario y una persona que le contestaba todas sus llamadas a cualquier hora del día. Lo que Soraya no entendió esa semana, lo que no iban a entender hasta 20 años después, es que Sergio Mendoza no estaba invirtiendo en una atleta.

Sergio Mendoza estaba comprando una vida. Sergio Mendoza no era empresario. Sergio Mendoza tenía 38 años y vivía de algo que no era patrocinar atletas. A esto vamos a llegar. Pero todavía no. El entrenador búlgaro llegó a la ciudad de México en marzo de 1994. Soraya tenía 16 años y 8 meses. El búlgaro la vio entrenar tr días.

Al cuarto día le dijo a través de un traductor que Sergio Mendoza le pagó lo siguiente. Frase textual que José Luis, el hermano, iba a contar al periodista deportivo Roberto Tapia en 2015. le dijo, “Mucha, si haces lo que te diga, en 6 años estás en los Juegos Olímpicos, en 8 años eres campeona del mundo.

Solo tienes que prometerme una cosa, no volver a tocar a un hombre, no volver a salir con muchachos, no volver a perder un minuto en cosas de niña. Tu cuerpo es mío hasta que ganes el oro.” Soraya le prometió. Tenía 16 años. No entendía lo que estaba prometiendo, pero firmó otro papel y empezó a entrenar 6 horas al día, seis días a la semana, durante 6 años.

Y en esos 6 años, Sergio Mendoza estuvo presente en cada paso. Pagó las cirugías de mantenimiento de la rodilla, pagó las vitaminas, pagó los doctores, pagó los suplementos, pagó los viajes a competencias internacionales. Pagó las pastillas para dormir cuando Soraya no podía dormir por el dolor. pagó los antidepresivos cuando Soraya entró en depresión después de la primera competencia internacional en 1996.

Cada una de esas pastillas Soraya la tomó pensando que era para su carrera. Cada una de esas pastillas estaba creando una dependencia que Sergio Mendoza ya tenía calculada. Vamos a entender por qué. Septiembre de 1998. Soraya tiene 21 años. Récord nacional de alterofilia femenil en cuatro categorías de peso.

Medallista de oro en los Juegos Centroamericanos. Le faltan 2 años para Sydney 2000. Su entrenador, Búlgaro le dice que está lista para el oro olímpico. Sergio Mendoza le dice que ya está todo pagado, que solo tiene que entrenar. Pero esa semana de septiembre pasa algo. Soraya gana una pelea con su entrenador búlgaro.

Le grita, le dice que ya no puede más, que el peso le está rompiendo la espalda, que necesita descansar, que la rodilla operada le está doliendo otra vez. El búlgaro le dice que descansar es perder, que perder es no ir a los juegos, que no ir a los juegos es traicionar a la persona que la trajo. Soraya esa noche se fue a su casa de Naucalpán. Lloró frente a su madre.

Le dijo que ya no quería entrenar, que quería estudiar, que quería tener novio, que quería ser una muchacha normal. Su madre la abrazó, le dijo que decidiera ella, que la familia la iba a apoyar en lo que decidiera. Y a las 11 de la noche sonó el teléfono. Era Sergio Mendoza. Soraya contestó.

Sergio Mendoza le habló durante 18 minutos. Cuando Soraya colgó el teléfono, le dijo a su madre que iba a seguir entrenando, que se había confundido, que el búlgaro tenía razón. Lo que Sergio Mendoza le dijo a Soraya en esos 18 minutos por teléfono es algo que solo iba a saber 13 años después su hermano José Luis cuando encontrara en el departamento donde murió su hermana un cuaderno donde Soraya había anotado, palabra por palabra esa conversación.

Ese cuaderno es otro caramelo. Vamos a abrirlo más adelante, pero hoy lo dejamos sembrado. Porque lo que Sergio Mendoza le dijo a Soraya esa noche de septiembre de 1998 es la pieza que conecta toda la historia. Soraya volvió a entrenar al día siguiente y los siguientes 22 meses fueron los más duros de su carrera.

Entrenamientos a las 5 de la mañana. Cirugía menor en la rodilla en noviembre de 1999. Cuatro infiltraciones de cortisona en 6 meses. Pastillas para el dolor todos los días. Pastillas para dormir todas las noches. Pastillas para despertar todas las mañanas. y un hombre, Sergio Mendoza, que le entregaba personalmente cada lunes un sobre con todas las pastillas que iba a necesitar esa semana.

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