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La Fotografía Que Aleida March OCULTÓ 57 Años — El MENSAJE Secreto del Che Para Fidel

 

En ese momento nadie sabía que Carmen Rodríguez, de 89 años, revelaría en su lecho de muerte un secreto que había guardado durante 57 años. Solo ella conocía el mensaje escrito detrás de la fotografía que su mejor amiga, Aleida March, llevó en su billetera toda la vida. Las cinco palabras que el Cheegev Vara escribió antes de partir a Bolivia eran en realidad un mensaje para Fidel Castro.

 Carmen yace ahora en una cama de hospital en La Habana, rodeada de sus hijos y nietos, pero sus ojos buscan solo a una persona. Su nieta Lucía, la única periodista de la familia. Acércate, mi niña susurra con voz débil, pero decidida. Antes de irme necesito contarte algo que prometí no revelar mientras los protagonistas vivieran. Pero Fidel murió hace años.

 El Che lleva décadas en su tumba y Aleida finalmente me liberó de mi promesa. Me dijo, “Carmen, cuando sientas que tu tiempo se acerca, cuenta la verdad. Lucía, enciende su grabadora con manos temblorosas. Lo que está a punto de escuchar cambiará para siempre su comprensión de la historia de Cuba y del hombre que el mundo conoce como el Cheegevara.

 Carmen Rodríguez conoció a Aleida March en 1958 durante los días más oscuros de la lucha contra Batista. Ambas eran jóvenes guerrilleras de la resistencia urbana en Santa Clara, arriesgando sus vidas cada día para transportar mensajes, armas y suministros a los rebeldes en las montañas. Aleida era la más valiente de todas nosotras.

 Recuerda Carmen con una sonrisa que ilumina su rostro marchito. Tenía solo 22 años. pero caminaba por las calles con documentos falsos escondidos en su ropa como si fuera a comprar pan. Los soldados de Batista la detuvieron varias veces y siempre los convenció de que era una simple maestra rural. Fue durante esos meses de terror y esperanza que Aleida conoció al médico argentino que comandaba una de las columnas rebeldes.

 Carmen recuerda perfectamente la primera vez que Aleida le habló de Ernesto Guevara. me dijo, “Carmen, hay un argentino en las montañas que me mira de una manera que me asusta y me emociona al mismo tiempo. Tiene los ojos más tristes y más determinados que he visto en mi vida.” Carmen supo en ese instante que su amiga estaba perdidamente enamorada.La Viuda del Che Guevara Rompe el Silencio y Revela el Secreto de Fidel  Castro guardado por 57 años. Nadie podía imaginarlo. Pero durante más de  medio siglo, la mujer que compartió

 El romance entre Aleida y El Che floreció entre balas y bombardeos. Carmen fue testigo de cada etapa, desde las primeras miradas hasta las cartas secretas que Aleida guardaba bajo su almohada. El Che no era un hombre romántico en el sentido tradicional”, explica Carmen. No escribía poemas de amor ni regalaba flores, pero cuando miraba a Aleida, todo su rostro cambiaba, la dureza desaparecía y por un momento podías ver al hombre detrás del revolucionario.

 Después del triunfo de la revolución en enero de 1959, todo cambió rápidamente. El Che se convirtió en uno de los hombres más poderosos de Cuba y Aleida pasó de ser una guerrillera clandestina a ser la esposa de un comandante. Se casaron en junio de ese mismo año en una ceremonia íntima donde Fidel Castro fue testigo de honor. Carmen estuvo presente ese día.

Fidel abrazó al Che como a un hermano. Le dijo, “Cuídala bien, argentino, porque si la haces sufrir, te las verás conmigo.” Todos reímos en ese momento, pero había algo en los ojos de Fidel que me inquietó, una intensidad que iba más allá de la broma. Los primeros años fueron de felicidad intensa, mezclada con ausencias constantes.

 El Che viajaba por el mundo representando a Cuba mientras Aleida se quedaba en la Habana criando a sus hijos. Carmen la visitaba casi todos los días durante esos periodos de soledad. Aleida nunca se quejaba, recuerda, pero yo veía como sus ojos se apagaban cada vez que Ernesto partía hacia algún país lejano. Ella sabía que él amaba la revolución más que cualquier cosa en el mundo, incluso más que a ella y a sus hijos.

 Y lo aceptaba porque también ella amaba la revolución, pero de una manera diferente. Para Aleida, la revolución era el medio para construir un hogar seguro, un país donde sus hijos pudieran crecer libres. Para el Che, el hogar era solo un descanso temporal entre revoluciones, una pausa antes de la próxima batalla.

 Durante esos años, Carmen notó algo que pocos observaban, la creciente tensión entre el Che y Fidel. En las reuniones sociales donde antes bromeaban como hermanos, ahora se miraban con una distancia calculada. Las conversaciones que antes duraban hasta el amanecer se volvieron breves y formales. Fue en marzo de 1965 cuando Carmen presenció el momento que definiría el resto de la vida de Aleida.

Era una noche calurosa de primavera y Carmen había ido a visitar a su amiga sin avisar. Encontró a Aleída sentada sola en la cocina con una fotografía en las manos y lágrimas silenciosas corriendo por sus mejillas. Cuando me vio, intentó esconder la foto rápidamente, pero yo ya la había visto, cuenta Carmen.

 Era una imagen del che había visto antes. No era una foto oficial ni una imagen de propaganda revolucionaria. Era una foto íntima tomada en su casa, donde Ernesto aparecía sonriendo de una manera que pocas veces mostraba en público una sonrisa genuina y vulnerable. Pero lo que llamó la atención de Carmen no fue la imagen en sí, fue el hecho de que Aleida no estaba mirando el rostro de su esposo, estaba mirando el reverso de la fotografía donde algo estaba escrito.

Carmen se sentó junto a su amiga y esperó en silencio. Sabía que Aleida hablaría cuando estuviera lista. Pasaron varios minutos antes de que Aleida finalmente volteara la fotografía. Perdóname por elegir la muerte. Esas eran las cinco palabras escritas con tinta negra en el reverso de la fotografía con la inconfundible letra del cheegue vara.

 Carmen sintió que el aire abandonaba sus pulmones al leerlas. ¿Qué significa esto, Aleida? preguntó con voz temblorosa. Su amiga tardó un momento en responder secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Sus ojos estaban rojos e hinchados, pero su voz fue sorprendentemente firme cuando finalmente habló. Errnesto se va, Carmen, se va de Cuba, se va de mi vida, se va a buscar la muerte en alguna selva lejana.

 Y lo peor de todo es que Fidel lo sabe perfectamente. Fidel lo está dejando ir, quizás incluso lo está empujando. Carmen no entendía completamente lo que Aleida estaba diciendo. En esos días, la desaparición del che de la vida pública cubana era un misterio que nadie podía explicar satisfactoriamente. Los rumores decían que estaba enfermo, que había tenido un accidente grave, que estaba en una misión secreta, pero Aleída conocía la verdad detrás de todas esas mentiras oficiales.

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