Posted in

Emilio ‘El Indio’ Fernández: El Crimen y su Infierno en la Cárcel.

Se obsesiona con el cine con la idea de eternizarse en un rostro filmado. Para un hombre  criado entre balas, la cámara es la primera cosa que le promete algo parecido  a la inmortalidad. 1930 regresa a México. Tiene 26 años, un español endurecido por años en el exilio y un ego afilado como navaja.

Conoce a Gabriel Figueroa, el cinefotógrafo que convertirá su rostro y sus fantasmas  en arte. Juntos construyen un México mítico. Nubes violentas, sombras profundas, campesinos heroicos, mujeres trágicas. El indio Fernández nace en pantalla, pero detrás del hombre que mostraba dignidad indígena y orgullo nacional había un niño que nunca dejó de sentirse  humillado.

Y cuando la vida le ofrece éxito, dinero y respeto, él lo toma todo, pero no sabe administrarlo. Porque alguien que creció entre  órdenes y castigos no entiende el lenguaje de la vulnerabilidad. Solo sabe dominar o ser dominado. En los años  40 y 50 el país lo llama genio. Francia lo aplaude.

En Kans gana la palma de oro con María Candelaria en 1946. Lo invitan  a fiestas, a palacios, a estudios, pero cada noche vuelve a una soledad espesa, la misma que lo acompañó desde niño. Una soledad que disimula con tequila. mujeres y un carácter que podía volverse tormenta con una sola provocación. Quienes lo conocieron decían que vivía con dos almas, una luminosa, artística, poética, y otra oscura,  impulsiva, violenta.

Ambas crecerían juntas  durante décadas, hasta que un día en una casa de piedra volcánica  en Coyoacán, la segunda alma ganaría la batalla y lo llevaría  directamente al crimen que destruiría su apellido para siempre. La casa fuerte siempre tuvo ecos, ecos de risas, de copas, de discusiones, de mujeres que llegaban de madrugada  y salían al amanecer sin mirar atrás.

Pero la tarde del 29 de mayo de 1976 los ecos cambiaron. Eran densos, eran pesados, eran el preludio de una tragedia que llevaba años gestándose, mucho antes del disparo, mucho antes del cadáver, mucho antes del expediente que México preferiría olvidar. Ese día, Emilio el Indio Fernández despertó con el carácter torcido. No era raro.

Su temperamento era una cuerda tensa que se rompía con el menor roce. Pero esa mañana algo estaba distinto. Había bebido desde la noche anterior. Había dormido mal, había discutido con alguien cuyo nombre nunca quedó claro. Lo único cierto era esto. Se sentía desafiado. Y un hombre como él nunca toleró la idea de perder autoridad ni en su casa, ni en un set, ni en su propia sombra.

A las 12:40 del mediodía llegaron dos trabajadores, entre ellos Javier Aldecoa, un joven de 32 años que venía a resolver  un detalle mínimo en el jardín. Un detalle tan pequeño que cualquier otro director habría pasado por alto. Pero no el indio. Para él cada gesto era un desafío, cada palabra un posible insulto, cada demora una afrenta personal.

Y esa tarde, según testigos, creyó que alguien lo estaba provocando. La tensión subió en minutos. Primero voces más altas de lo normal, después insultos. Después un silencio espeso antes  de la tormenta. A la 1:15 pm, dentro del patio empedrado de piedra volcánica, bajo el sol que caía directo sobre sus paredes negras, Emilio se acercó a Javier.

llevaba encima su pistola tu 38, una que nunca registró y que  siempre presumía como si fuera una extensión de su ego. Lo que pasó en los siguientes 10 segundos nunca quedó claro del todo. Hay versiones contradictorias, testimonios borrachos, silencios comprados y documentos que desaparecieron misteriosamente.

Pero hay algo que nadie niega. Se escuchó un solo disparo y cuando el eco rebotó en los muros, Javier Aldecoa yacía en el suelo inmóvil, con los ojos abiertos, como si aún no comprendiera lo que había ocurrido. El indio dio una versión inmediata. No quise matarlo, solo quise asustarlo. Pero el cuerpo decía otra cosa.

La policía llegó tarde, o mejor dicho, llegó cuando debía llegar. El reporte oficial se escribió con una rapidez sospechosa, casi idéntica a los guiones de cine, donde el final estaba decidido antes de filmar  la primera escena. El acta hablaba de un accidente, de un malentendido, de una descarga  involuntaria, pero había un detalle imposible de ignorar.

El indio había huído, no esperó a los agentes, no pidió ayuda, no intentó explicar. Tomó su coche, salió de Coyoacán a toda velocidad y  durante horas nadie supo dónde estaba. Más tarde se  sabría que cruzó hacia el sur, que llegó hasta la frontera con Guatemala, que intentó  ganar tiempo para que sus contactos movieran influencias, llamaran jueces, ajustaran declaraciones.

Era el ritual de siempre, poder primero, verdad después, si es que  llegaba. Pero esa vez algo falló. Las cámaras del cine ya no lo protegían, el público ya no lo aplaudía y él ya no era un héroe. El secreto había estallado y con él la imagen del hombre más temido y respetado del cine mexicano.

lo que vendría después. Las rejas, las humillaciones, el derrumbe familiar fue solo consecuencia, porque la verdadera tragedia no fue el disparo, fue todo lo que lo hizo inevitable.  Para entender la tragedia de la generación 2, no basta con mirar la pistola  del 29 de mayo de 1976. Hay que mirar la casa fuerte, esa mansión de piedra volcánica que Emilio el Indio Fernández construyó en Coyoacán como si fuera un templo para su ego.

Lo que pocos saben es que dentro de esas paredes nació la víctima silenciosa de su historia, Adela Fernández, su hija, su sombra, su consecuencia. Adela llegó al mundo en los años 40, cuando el indio estaba en el punto más alto de su fama. Kans lo ovacionaba. Gabriel Figueroa lo hacía inmortal con cada fotografía y México lo veía como un semidios capaz de transformar la pobreza en poesía.

Pero una cosa es filmar dignidad indígena y otra muy distinta es practicar la ternura en  casa. Para Emilio la paternidad era un concepto que se ejercía desde la distancia, desde la autoridad, desde el pedestal. Nunca desde el abrazo la infancia de Adela  transcurrió entre pasillos fríos, muros gruesos y noches en las que las fiestas interminables de su padre resonaban más que las palabras afectuosas.

La niña creció rodeada de actores, políticos, escritores, directores, pero casi nunca del hombre que más necesitaba. Él prefería sets de filmación, caravanas, reflectores, guiones. Ella prefería que la mirara aunque sea un minuto sin estar borracho, sin estar furioso, sin estar pensando en  su siguiente película.

Read More