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HARFUCH ABRE la CAJA FUERTE de Selena en Monterrey… 3 Cintas que Yolanda Nunca Mencionó

HARFUCH ABRE la CAJA FUERTE de Selena en Monterrey… 3 Cintas que Yolanda Nunca Mencionó

Firmó los papeles la noche del 29 de marzo. Murió 36 horas después. La cantante era Selena Quintanilla. 3:20 de la madrugada, municipio de Guadalupe, Nuevo León. 15 gruera y un viento seco que viene del cerro de la silla y entra por las calles vacías como si tuviera prisa. La camioneta blindada del secretario de seguridad y Protección Ciudadana de México se detiene en una calle de la zona industrial donde casi todas las naves tienen las persianas bajadas a esa hora. Casi todas.

 Hay una en particular que lleva más de 30 años con la persiana bajada y nadie en esta calle recuerda haberla visto abierta. Omar García Harfuch baja de la camioneta primero. Botas militares, chaleco táctico negro, una linterna en la mano izquierda. Detrás de él bajan seis hombres de la Agencia de Investigación Criminal, on cascos y rifles cortos.

Atrás de ellos, dos peritos de la Fiscalía General de la República cargando maletines de aluminio, una fotógrafa forense con la cámara colgando del pecho, una notaria pública del estado de Nuevo León cargando una carpeta verde con el sello federal. Nadie habla. La operación está autorizada bajo una orden discreta firmada 12 horas antes en Ciudad de México.

 Lo que están a punto de entrar a buscar no aparece en ningún noticiero, no aparece en ningún expediente público y, sin embargo, ha estado encerrado en esa nave durante años sin que nadie de la familia más famosa del Texmex haya dicho una sola palabra sobre lo que hay adentro. La nave está al final de una calle que se llama Calzada del Norte, en una zona industrial vieja de las que se construyeron en los años 80, cuando Monterrey todavía no era lo que es hoy.

La fachada es de bloques grises descoloridos por 30 años de sol. La persiana metálica que da a la calle está oxidada en las esquinas con una capa de polvo del color de la tierra y manchas blancas de cal que alguien echó hace mucho para tapar grafitis. La puerta peatonal que está al lado de la persiana tiene tres candados.

 Uno grande, marca Jail, dos pequeños sin marca, soldados al marco con soldadura rústica. Una persona no pone tres candados en una puerta a menos que tenga algo dentro que no quiere que se vea. Sobre la persiana, en una placa de aluminio que ya nadie distingue de lejos, hay un nombre comercial casi borrado, una sola palabra que sobrevivió a la intemperie.

 Dice México. Detrás de esa palabra hay otra que el sol borró hace décadas. Y antes de esa palabra hay un nombre que la familia que firmó el contrato nunca quiso que apareciera en una placa pública, porque esa nave es de una persona que no debería tener naves industriales en México, una mujer de 23 años que en ese momento estaba grabando un disco en inglés en Corpus Cristi, Texas, y que iba a inaugurar esta fábrica el 15 de abril de 1995.

Don Heriberto, el dueño del taller mecánico de la esquina, 81 años, recuerda una cosa de abril de 1995. Dos semanas después del asesinato de Selena Quintanilla, una camioneta sin placas se estacionó frente a esta nave durante 3 días. Hombres bajaban cajas grandes, sacaban máquinas envueltas en plástico, cargaban rollos de tela, operación de mudanza completa.

 Don Heriberto se acercó, preguntó qué hacían. Uno de los hombres lo miró sin contestar. Don Heriberto entendió. Nunca volvió a preguntar. Pero hay una cosa que sí recuerda. Una de las cajas que cargaron ese día se cayó y se abrió en la banqueta. De adentro salieron decenas de etiquetas pequeñas, blancas con letras doradas, que el viento esparció por la calle.

 Don Heriberto recogió una del suelo, la guardó en su cartera. La etiqueta decía, “Selena, don Heriberto la conservó 31 años. Esta semana, cuando los agentes de la Agencia de Investigación Criminal tocaron su puerta y le mostraron una foto de la nave, don Heriberto sacó la etiqueta de su cartera y se la entregó.

El 15 de abril de 1995, Selena Quintanilla llevaba 14 días enterrada en el cementerio Seaside Memorial Park. El cerrajero, que viene con el operativo trabaja sobre el candado principal durante 4 minutos. Es un candado viejo de los que ya no se hacen con una marca que cerró en los años 2000.

 Cuando finalmente cede, lo que sale de adentro no es ruido, es olor. Un olor a tela enmoecida, a aceite industrial que se secó hace décadas, a cartón humedecido por 30 inviernos y 30 veranos. Y debajo de todo eso, muy abajo, un olor dulce, casi a perfume. Un olor que no debería estar en una nave abandonada. Arfux se queda parado en la entrada a un momento.

 Mira a la perito que está a su lado. Laperito asiente. Es perfume. Perfume de mujer flural de los caros, de los que se usaban en los 90. La linterna entra primero. Lo que ilumina son hileras. Hileras y hileras de máquinas de coser industriales. Senger modelo 7225. 22 máquinas en total alineadas en cuatro filas, cada una con su silla giratoria empujada exactamente como la dejó la última persona que tocó esa nave.

 Cada máquina está cubierta con un plástico transparente que el tiempo puso amarillo. Pero las máquinas debajo del plástico siguen siendo nuevas. Nunca se enchufaron, nunca cosieron una sola puntada, nunca cumplieron la función para la que fueron compradas. Los manuales de instrucciones siguen en bolsas selladas junto a cada máquina con la fecha de envío impresa en una etiqueta blanca. 22 de febrero de 1995.

37 días antes del asesinato, Harf camina por el pasillo central. Las botas levantan polvo. La fotógrafa empieza a tomar imágenes. Cada flash congela un instante de algo que no debería existir. una nave industrial en Monterrey con 22 máquinas singer nuevas lista para arrancar, registrada a nombre de una sociedad mexicana cuyo socio mayoritario era una cantante de 23 años de Corpus Cristi, Texas, que llevaba 31 años muerta sin que ningún medio en español hubiera mencionado nunca la existencia de esta nave.

En el fondo de la nave contra la pared del lado norte hay rollos de tela apilados hasta el techo. Algodón, licra, telas brillantes para escenario, 5 m de altura de rollos, todavía con los flejes originales de la fábrica textil que los envió. Etiquetas que dicen textil saltillo y industrias Moncroba.

 Pedidos pagados, entregados, firmados de recibido y nunca cortados. En una mesa larga de madera contra la pared del lado sur hay cajas de cartón abiertas. La fotógrafa se acerca, saca tres fotos. Adentro de las cajas hay etiquetas, miles de etiquetas, pequeñas, rectangulares, blancas con letras doradas y bordes rosados.

 Las letras forman una palabra que cualquier persona en este país reconoce en un segundo. Dice Selena y debajo, en letras más pequeñas dice hecho en México. Las etiquetas estaban listas para coserse en cada prenda que iban a producir las 22 máquinas Singer. Las máquinas nunca cosieron, las etiquetas nunca se cosieron. Pero las etiquetas existen.

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